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El volcán de oro
Editado
© René Contreras
20 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
Indicador El legado de un tío
Indicador Los dos primos
Indicador De Montreal a Vancouver
Indicador Vancouver
Indicador A bordo del Football
Indicador Skagway
Indicador El Chilkoot
Indicador Al lago Lindeman
Indicador Del lago Benett a...
Indicador Klondike
Indicador En Dawson City
Indicador De Dawson City a la...
Indicador La parcela 129
Indicador La explotación
Indicador La noche del 5 al 6 de...
Segunda parte
(click encima para ver el contenido del volumen)

El volcán de oro (versión original)
Primera parte - Capítulo XIV
La explotación

Los temores de Summy Skim se vieron pues justificados. Mientras esperaban que se pudiera vender la parcela, Ben Raddle iba a ponerla de nuevo en actividad. Y quién sabe si consentiría alguna vez en deshacerse de ella. Es verdad, por poco fruto que diera esta explotación, ¿era como para lamentarlo?

"Esto tenía que ocurrir", se repetía Summy Skim.

"Me dan ganas de maldecir al tío Josías. Por su culpa nos hemos convertido en mineros, en prospectores o como quiera que se llamen estos buscadores de oro que yo llamo buscadores de miserias. Debí haberme opuesto desde el comienzo a esta aventura. Si me hubiera negado a dejar Montreal, a acompañar a Ben a este país espantoso, es seguro que no hubiera partido y no estaríamos metidos en este deplorable asunto. Y aunque haya millones en estos barros del 129, va a ser odioso pensar que desempeñamos el oficio de lavadores de barro... Y luego, una vez que hayamos metido la mano en este engranaje, vamos a meter todo el cuerpo, y llegará el próximo invierno antes de que hayamos podido regresar a Montreal. ¡Un invierno en Klondike! Con fríos de cincuenta grados, para los cuales ha sido necesario fabricar termómetros con tantos grados bajo cero como los termómetros normales tienen sobre cero. ¡Qué perspectiva! Ah, tío Josías, usted ha hecho la desgracia de sus sobrinos."

Así razonaba Summy Skim. Pero, filósofo después de todo, sabía resignarse. En cuanto al arrepentimiento que experimentaba por no haberse opuesto a este viaje a Klondike, sí tenía razón para arrepentirse. Debía haberse opuesto. Pero, en el fondo, sabía que no hubiera podido impedirle a Ben que partiera, incluso si se hubiera negado a seguirlo. Y, en fin, de todos modos... habría terminado por acompañarlo.

La estación para la explotación aurífera del Yukon estaba recién comenzando en esta primera semana de junio. Hacía sólo unos quince días que el deshielo había hecho practicable el suelo. La tierra, endurecida por los grandes fríos, ofrecía todavía alguna resistencia a la piqueta, pero se lograba dominarla. A través de los pozos ya era más fácil llegar hasta el filón sin temor de que las paredes solidificadas por el invierno se desmoronaran. Bastaría unirlos entre sí mediante acequias para que el trabajo pudiera efectuarse regularmente.

Era evidente que, a falta de un material más perfeccionado, a falta de máquinas que hubieran sido de gran provecho, Ben Raddle tendría que limitarse al empleo de la escudilla o del plato, el "pan", como se le llama en la jerga de los mineros. Pero estos utensilios rudimentarios bastarían para lavar el barro en los terrenos adyacentes al Forty Miles Creek. Son las parcelas de cuarzo, no las parcelas de ribera, las que deben trabajarse industrialmente, y ya se habían instalado en los yacimientos de Klondike máquinas de pilón para moler el cuarzo, similares a las que funcionaban en otras regiones mineras de Canadá y de la Columbia inglesa.

Ben Raddle no habría podido encontrar un colaborador más valioso que el contramaestre Lorique. Sólo había que dejar hacer a este hombre experimentado, perfecto conocedor de este tipo de trabajos. Lorique había dirigido explotaciones en la Columbia británica. Además, era capaz de aplicar los perfeccionamientos que pudiera proponerle el ingeniero.

Hay que hacer notar que una inactividad demasiado prolongada de la parcela 129 habría podido ser causa de problemas con la autoridad. Siempre ávida por cobrar impuestos, por el beneficio que proporcionaban los terrenos auríferos, la administración podía decretar la inhabilidad de los que no funcionaban durante un tiempo relativamente breve.

Por esta razón, el contramaestre se preocupó inmediatamente de encontrar personal. Se topó con dificultades que no imaginaba. Numerosos yacimientos se habían demarcado en la parte del distrito dominada por los Dómes, y los mineros se habían precipitado allí pues la mano de obra se iba a pagar a buen precio. Las caravanas no cesaban de llegar a Dawson City. La travesía de los lagos y el descenso del Yukon era más fácil durante la buena estación. De todas partes pedían obreros, ya que en esa época el empleo de máquinas no se había generalizado.

Sin embargo, Lorique logró reclutar una treintena de emigrantes, en lugar de los cincuenta de Josías Lacoste. Pero tuvo que fijarles un salario muy elevado, entre cinco y seis francos la hora.

Ese era el precio que se pagaba en la región del Bonanza. Numerosos obreros se hacían setenta y cinco a ochenta francos por día, y cuántos se enriquecerían si no gastaran ese dinero tan fácilmente como lo ganaban.

No hay que sorprenderse de que los salarios no dejaran de subir, ya que en los yacimientos de Sookum, entre otros, se lavaban hasta cien dólares por obrero y por hora. En realidad, los obreros no recibían más que la centésima parte de lo que producían.

Se ha dicho que el equipo de la parcela 129 era de los más rudimentarios, los que empleaban los prospectores cuando se descubrieron los primeros yacimientos: el plato y la escudilla. Sin duda Josías Lacoste pensaba completar este equipo tan primitivo, y lo que él no hizo trató de hacerlo su sobrino. Ocurrió, pues, que, gracias al contramaestre y pagando un buen precio, se añadieron dos rockers al material del 129.

El rocker es simplemente una caja de tres pies de largo y dos de ancho, que se monta sobre una báscula. En el interior se coloca un cedazo provisto de un cuadrado de lana, que retiene los granos de oro y deja pasar el agua y la arena. En el extremo inferior de este aparato, que oscila de modo regular gracias a la báscula, se dispone una cantidad de mercurio, con el cual se amalgama el metal cuando no se puede retener con la mano por ser demasiado minúsculo.

En vez del rocker, Ben Raddle hubiera preferido un sluice, y, en la imposibilidad de procurárselo, pensó fabricarlo. El sluice es un conducto de madera con unas ranuras transversales cada seis pulgadas. Cuando se lanza en él una corriente de barro líquido, la tierra y el ripio son arrastrados y las ranuras retienen el oro, a causa de su peso.

Estos dos procedimientos son bastante eficaces, pero ambos requieren la instalación de una bomba para elevar el agua hasta el extremo superior del sluice o del rocker, y eso es lo costoso del aparato.

Cuando se trata de parcelas de montaña, se pueden utilizar las caídas naturales, pero en la superficie de las parcelas ribereñas hay que recurrir a un medio mecánico, lo que implica un fuerte gasto.

La explotación de la parcela 129 se reinició pues en las mejores condiciones. Filosofando a su manera, Summy Skim no dejaba de observar con qué ardor, con qué pasión Ben Raddle se entregaba a ese trabajo.

"Decididamente, se decía, Ben no ha escapado a la epidemia reinante, y Dios quiera que no me contagie yo también. ¡Qué fiebre ésta del oro, y no es intermitente, y no se la puede cortar con una quinina cualquiera! Veo que no se sana de ella, incluso después de haber hecho fortuna. No basta con tener bastante oro. No. Hay que tener más y más, y nunca es suficiente."

Los herederos del tío Josías, claro, no estaban todavía en ese caso. Si el yacimiento era rico, como decía el contramaestre, no entregaba generosamente sus riquezas. Había dificultades para alcanzar la vena aurífera que corría a través del suelo hacia el oeste, siguiendo el curso del Forty Miles Creek. Ben Raddle debió reconocer que los pozos no tenían suficiente profundidad y que sería necesario excavar más a fondo. Supondría un buen esfuerzo, pues la temperatura ya no producía la solidificación de las paredes que se obtiene naturalmente en tiempos de helada.

Pero, ¿sería inteligente lanzarse a trabajos costosos? ¿No sería mejor dejar esa tarea a los sindicatos o a los particulares que adquirieran la parcela? ¿No debía Ben Raddle contentarse con lo que producían los platos y los rockers? ¿Era prudente aventurarse en gastos que no acrecentarían el valor del 129?

Los platos alcanzaban apenas un cuarto de dólar. Con el precio que se pagaba al personal, la ganancia era mínima. ¿Reposarían sobre bases serias las previsiones del contramaestre?

Durante el mes de junio el tiempo fue bastante bueno. Estallaron varias tormentas, muy violentas a veces, pero pasaban pronto. Los trabajos interrumpidos se reiniciaban a la brevedad en todo el Forty Miles Creek.

Llegó julio. Sólo quedaban dos meses de la buena estación. El sol se ocultaba a las diez y media y reaparecía antes de una hora encima del horizonte. Entre la salida y la puesta del sol reinaba un crepúsculo que apenas permitía ver las constelaciones circumpolares. Con un segundo equipo que trabajara mientras descansaba el primero, los prospectores hubieran podido continuar su trabajo. Así se hacía en los terrenos situados del otro lado de la frontera, donde los americanos desplegaban una increíble actividad.

No hay que asombrarse de que, dado su temperamento, Ben Raddle quisiera tomar parte en las faenas. No desdeñaba unirse a los obreros, vigilándolos siempre, y, con el plato en la mano, lavar el barro del lote 129. Luego se ocupaba del trabajo de los rockers, y Lorique lo secundaba como si hubiera trabajado por su propia cuenta.

Más de una vez le dijo a su primo:

-¿No quieres probar, Skim?

-No -respondía invariablemente Summy Skim-. No tengo vocación para eso.

-No es difícil, sin embargo: se agita un plato, se elimina el ripio y al fondo quedan los pedacitos de oro.

-No, Ben, aunque me pagaran dos dólares la hora.

-Estoy seguro de que tienes buena mano.

Un día, tendiéndole un plato, Ben Raddle le dijo:

-Prueba, te lo ruego.

-Por darte en el gusto, Ben.

Dócilmente, Summy Skim tomó el plato, lo llenó con un poco de tierra que acababan de extraer de uno de los pozos y, después de haberlo transformado en limo, hizo que se escurriera poco a poco. Si hubiera contenido algunos pedacitos de oro, habrían quedado en el fondo del plato. No apareció ni la menor traza de ese metal que Summy Skim no cesaba de maldecir.

-Ya lo ves -dijo-. Ni siquiera con qué pagarme una pipa de tabaco.

-Otra vez tendrás más suerte -insinuó Ben Raddle, que no quería dar su brazo a torcer.

-En la caza me va mejor -respondió Summy Skim-. Nadie me impide correr tras la presa.

Y llamando a Neluto, tomó su fusil y partió por toda la tarde.

Era raro que regresara con las manos vacías, no solamente gracias a su talento de cazador, sino porque la caza de pelo y de pluma abundaba en las llanuras y en las gargantas vecinas. Los oriñales, los caribús solían andar por los bosques, subiendo hacia el norte, en esa extensa curva que forma el Yukon cuando se dirige hacia el este. En cuanto a las becadas, las perdices de nieve, los patos, pululaban en la superficie de las marismas de ambos lados del Forty Miles Creek. De este modo Summy Skim se consolaba de su prolongada estancia, no sin sentir nostalgia por los campos de Green Valley, tan aptos para la caza.

Durante la primera quincena del mes de julio, el lavado arrojó mejores resultados. El contramaestre había dado con el verdadero filón aurífero, que se hacía más rico a medida que se aproximaba a la frontera. Los platos y los rockers producían una suma importante en granos de oro. Aunque no se recogió ninguna pepita de gran valor, el rendimiento de esa quincena no fue inferior a los diecisiete mil francos. Las palabras del contramaestre se vieron justificadas, y ello sobreexcitó la ambición de Ben Raddle.

El mejoramiento se producía también en la parcela 127 a medida que la explotación avanzaba hacia el este. No cabía duda de que se trataba del mismo filón.

Resultaba, pues, que el personal de Hunter y Malone y el de Ben Raddle y Summy Skim avanzaban el uno hacia el otro. No tardaría en llegar el día en que se encontraran en el trazado actual de la frontera impugnada por los dos Estados.

Los reclutados de los texanos, una treintena de hombres, eran todos de origen americano. Hubiera sido difícil reunir una tropa de aventureros más deplorable, y de peor catadura: especie de salvajes capaces de todo, violentos, brutales y pendencieros, eran bien dignos de esos texanos tan desfavorablemente conocidos en la región de Klondike. Casi todos habían trabajado allí el año anterior, pues Hunter y Malone habían adquirido su parcela cuando se efectuaron los primeros descubrimientos después de la cesión de Alaska por los rusos.

Por lo demás, existía cierta diferencia entre los americanos y los canadienses empleados en los yacimientos. Estos se mostraban generalmente más dóciles, más tranquilos, más disciplinados. Los sindicatos los preferían. Eran los menos los que se ponían al servicio de las sociedades americanas. Estas buscaban a sus compatriotas, a pesar de su carácter turbulento, su tendencia a la rebelión y su comportamiento en las riñas que se producían casi todos los días a causa de los licores fuertes, y sobre todo de ese cóctel que hace inmensos estragos en las regiones auríferas. Era raro el día en que la policía no tuviera que intervenir. Se intercambiaban puñaladas y tiros de revólver. Se produjo en ocasiones la muerte de alguno. A los heridos había que conducirlos al hospital de Dawson City, ya atestado de enfermos que las epidemias enviaban allí sin cesar.

Hubiera parecido más indicado que los americanos fuesen enviados a Sitka, que es la capital alaskiense. Pero esta ciudad está muy alejada de Klondike. Habría sido necesario tomar la larga y fatigosa ruta de la región de los lagos y luego atravesar los pasos del Chilkoot. No se podía pensar en eso. Tanto para recibir los cuidados necesarios como para entregarse a los placeres de todo tipo que ese mundo de aventureros buscaba ávidamente, todos acudían a Dawson City.

Durante la tercera semana de julio, la explotación siguió siendo fructuosa, aunque ni Ben Raddle, ni Lorique, ni sus hombres recogieron jamás una de esas pepitas que han hecho la fortuna del Bonanza o del Eldorado. Pero, en fin las ganancias eran muy superiores a los gastos, y no era imposible que la campaña diera unos cien mil francos de beneficio. Se podría pedir un alto precio por el 129 cuando los compradores se presentaran.

Summy Skim no tenía, pues, motivos serios para quejarse, y no se quejaría si Ben Raddle y él pudieran dejar Klondike antes de que llegara la mala estación. Pero -y esto sí que lo irritaba- dejar Klondike no dependía de la sola voluntad de ellos. No se podía abandonar el país sin haber efectuado la venta del lote 129, y antes de eso era necesario que la cuestión de la frontera estuviera resuelta. Los días, las semanas transcurrían y no parecía que la operación llegara a su término. Los comisarios no acababan de ponerse de acuerdo.

Un día, Summy Skim exclamó, no sin cierta apariencia de razón:

-No veo por qué tenemos que estar aquí mientras no se fije la posición de ese meridiano ciento cuarenta y uno, que se lo lleve el diablo...

-Porque -respondió Ben Raddle- no podemos tratar con la Anglo American Transportation and Trading Company o con cualquier otra sociedad antes de que se acabe el trabajo de rectificación.

-De acuerdo, pero eso se puede hacer por correspondencia, por intermediarios, tanto en Montreal, en el estudio del señor Snubbin, como en Dawson City, en las oficinas de Front Street.

-No en condiciones tan favorables -respondió Ben Raddle.

-¿Por qué no, si ahora tenemos una idea clara del valor de nuestra parcela?

-Dentro de un mes o seis semanas, la tendremos mucho más clara -declaró el ingeniero-, y ya no serán doscientos mil francos los que nos ofrecerán, sino cuatrocientos o quinientos mil.

-¡Y qué haremos con todo eso! -exclamó Summy Skim.

-Le daremos buen uso, ten la seguridad -dijo Ben Raddle-. ¿No ves que el filón se hace más rico a medida que avanza hacia el oeste?

-Sí, y a fuerza de avanzar terminará por encontrarse con el filón de la parcela 127, y, cuando nuestros hombres se encuentren con los de ese horrible Hunter, no sé qué va a pasar.

En efecto, había razón para temer que se produjera una pelea entre las dos cuadrillas, que cada día se aproximaban más al límite de las dos parcelas. Ya se escuchaban injurias y amenazas de violencia. El contramaestre Lorique había tenido sus más y sus menos con el contramaestre americano, una especie de atleta brutal y grosero, y quién sabe si de las injurias no se pasaría a los hechos cuando Hunter y Malone regresaran a vigilar la explotación. Reclamarían por la posición del poste que indicaba la separación de los dos yacimientos. Más de una vez se habían lanzado piedras de una parcela a otra, no sin antes haber verificado, por cierto, que no encerraran alguna pepita de oro.

En esas circunstancias, Lorique hacía todo lo posible para contener a sus obreros, y Ben Raddle acudía en su ayuda. Por el contrario, el contramaestre americano no cesaba de excitar a los suyos y, visiblemente, no perdía ocasión de provocar a Lorique. Por lo demás, no estaba contento con el resultado de su trabajo. Actualmente la 127 no valía lo que la 129. Parecía incluso que el filón que prospectaba Lorique tendía a dirigirse hacia el norte, apartándose de la orilla izquierda del Forty Miles Creek, y no se prolongaba a través del suelo de la parcela limítrofe.

Los dos equipos se encontraban ahora a no más de veinticinco pasos el uno del otro. No transcurrirían dos o tres semanas antes de que se juntaran en la línea de separación.

Summy Skim no se equivocaba al prever y temer un enfrentamiento. El 27 de julio, un incidente vino a agravar la situación. Cualquier complicación lamentable ahora podía ocurrir.

Hunter y Malone acababan de reaparecer en la parcela 127.

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