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El volcán de oro
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Segunda parte
Indicador Un invierno en Klondike
Indicador La historia del moribundo
Indicador Las consecuencias de...
Indicador Circle City
Indicador Hacia los...
Indicador Fort Macpherson
Indicador El Golden Mount
Indicador La audaz idea de un...
Indicador La caza del alce
Indicador Inquietudes mortales
Indicador A la defensiva
Indicador Ataque y defensa
Indicador La erupción
Indicador De Dawson City a...

El volcán de oro (versión original)
Segunda parte - Capítulo V
Hacia los descubrimientos

Estaba escrito en el libro indestructible del destino que Summy Skim, después de haber acompañado a Ben Raddle a Klondike, lo acompañaría hasta las regiones más elevadas de América del Norte. Había expuesto todos los argumentos contra esta nueva campaña, incluso todas las recriminaciones. Nada había podido modificar los proyectos del ingeniero, y, a menos que se quedara esperándolo en Dawson City (y no habría tenido paciencia) o que tomara solo el camino de Montreal (y no se habría decidido a ello), sólo podía seguir a su primo a la conquista del Golden Mount.

-Ceder una primera vez -se repetía-, es exponerse a ceder una segunda vez, y quién sabe si no será preciso ceder todavía una tercera vez. No puedo culparme sino a mí mismo. ¡Ah, Green Valley! ¡Green Valley, qué lejos estás, y cuánto más lejos estarás dentro de algunas semanas!

Gracias a la precocidad de la estación, el scout estuvo de regreso en Dawson City en los primeros días de mayo. El paso del Chilkoot y la navegación a través de los lagos y sobre el río Lewis habían podido efectuarse más rápidamente, en condiciones favorables. Conforme a lo dispuesto, Bill Stell llegaba a ponerse a disposición de los dos primos para conducirlos a Skagway, desde donde el vapor los llevaría a Vancouver.

Stell no se mostró muy sorprendido al enterarse de los proyectos de Ben Raddle. Sabía muy bien que cualquiera que pone los pies en el suelo de Klondike se arriesga a echar raíces allí, y si el ingeniero no estaba por completo en ese caso, al menos no parecía dispuesto a cerrar su maleta y regresar a Montreal.

-Así... -dijo el scout a Summy Skim.

-Sí, así es, mi buen Bill.

Fue todo lo que dijo el scout.

Pero Summy Skim tuvo la satisfacción de saber que Bill Stell había aceptado hacer esta nueva campaña.

En efecto, Ben Raddle no había creído necesario ocultar al scout, en quien tenía plena confianza, el fin de la expedición. Lo que había mantenido callado ante otros, incluso ante el doctor Pilcox, no vaciló en confiarlo a Bill Stell.

Al principio éste se resistió a creer en la existencia del Golden Mount. Conocía la leyenda y no pensaba que se le pudiera conceder el menor crédito. Pero cuando Ben Raddle le comunicó todas las informaciones que le había traspasado Jacques Laurier y le mostró el mapa en que figuraba el volcán de oro situado con precisión, el scout comenzó a prestar atención, y la opinión del ingeniero sobre el asunto era tan absoluta que acabó por compartirla.

-Y bien -le dijo Ben Raddle-, ya que allí se encuentran riquezas incalculables, ¿por qué no participa usted?

-¿Me ofrece que lo acompañe al Golden Mount? -preguntó Bill Stell.

-Más que acompañarnos, guiarnos, ya que usted ha recorrido esos territorios del norte. Usted posee el equipamiento necesario para esta campaña: animales, vehículos... Si no tenemos éxito, le pagaré bien sus servicios. Si lo tenemos, ¿por qué no sacaría también usted a manos llenas el oro de esa caja fuerte volcánica?

Por filósofo que fuera, el valiente scout sintió que se estremecía. En verdad, jamás se le había presentado una ocasión semejante, si se tomaba en serio la revelación del francés.

Sin embargo, lo atemorizaba la duración del viaje. Después de haber reconocido que el mejor itinerario sería el que pasa por Fort Macpherson, que había visitado, declaró que la distancia no debía ser inferior a doscientas veinte leguas.

-Bueno -replicó el ingeniero-, es más o menos la distancia que separa Skagway de Dawson City, y usted nunca ha tenido problemas para recorrerla.

-Sin duda, señor Raddle, y yo añadiría que el país es menos difícil entre Dawson City y Fort Macpherson. Pero más allá, para alcanzar la desembocadura del Mackensie...

-A lo más, hay unas cien leguas -declaró Ben Raddle.

-En total, por lo menos trescientas cincuenta -dijo Bill Stell.

-Que podemos recorrer en cinco o seis semanas -afirmó el ingeniero-, y estaríamos de regreso en Dawson City antes del invierno.

Sí, todo eso era posible, a condición de que no sobreviniera alguna de esas fastidiosas calamidades tan frecuentes por dichas latitudes.

A los intentos de persuasión de Ben Raddle se unieron los del contramaestre y de Neluto, que estaba feliz de ver de nuevo a su jefe. Y por qué no confesar que Summy Skim habló también en el mismo sentido, y ¡cómo estuvo de persuasivo! Desde el momento en que el viaje estaba resuelto, el concurso del scout era precioso y acrecentaba sus posibilidades de éxito.

En cuanto a Neluto, esta expedición le venía de perlas. Qué hermosas expediciones de caza harían Summy Skim y él en esos territorios apenas visitados hasta ahora...

-Queda por saber para quién vamos a cazar -observó Summy Skim.

-Para nosotros, naturalmente -respondió Neluto, algo sorprendido de estas palabras.

-A menos que seamos nosotros los cazados, lo que es bien posible en ese país plagado de malhechores de todo tipo.

En efecto, bandas de indios de los que no se puede esperar nada bueno recorren las regiones septentrionales durante el verano. Los agentes de la Compañía de la bahía de Hudson a menudo han tenido que defenderse de sus ataques.

Los preparativos se efectuaron con rapidez. El scout puso a punto su material: carros, canoas portátiles, tiendas, tiros de mulas, bastante más preferibles a los perros, pues su comida está asegurada en esas verdes praderas. En cuanto a los víveres, sin hablar de los que produciría la caza y la pesca, fue fácil procurarse carne y legumbres en conserva, té, café, harina, azúcar, aguardiente para varios meses. Dawson City acababa de ser abastecida por las sociedades que sirven los yacimientos de Klondike, desde que las comunicaciones fueron restablecidas entre esta ciudad y Skagway o Vancouver. Las municiones tampoco faltarían, y si había que recurrir a las carabinas, éstas no se desarmarían.

La caravana, bajo la dirección del scout, iba a estar integrada por los dos primos, el contramaestre Lorique, Neluto con su carro y su caballo, seis canadienses que habían trabajado en el lote 129 y nueve canadienses al servicio de Bill Stell; en total, dieciséis personas, que bastarían para la explotación del Golden Mount. De acuerdo con las informaciones proporcionadas por Jacques Laurier, el trabajo se reduciría a recoger las pepitas amontonadas en el cráter del volcán.

Se puso tanta diligencia en preparar esta campaña, de la cual sólo Ben Raddle, Summy Skim, el scout y Lorique conocían la finalidad, que se pudo fijar la partida para el 6 de mayo.

Antes de dejar Dawson City, Ben Raddle quiso informarse por última vez de la situación de las parcelas del Forty Miles Creek. Por orden suya, el contramaestre y Neluto fueron al lugar en que nacía la derivación que corría hacia el norte.

La situación era la misma. El 129, como el 127 y otros terrenos situados a lo largo de la frontera, estaba enteramente sumergido. El nuevo río seguía su curso normal en el lecho abierto por el terremoto. Desviarlo hubiera sido un trabajo tan considerable, tan costoso, que no valía la pena emprenderlo, y nadie pensaba en eso. Lorique volvió con la certeza de que debía abandonar la esperanza de volver alguna vez a explotar esos yacimientos.

Los preparativos finalizaron el 5 de mayo por la tarde. Summy Skim y Ben Raddle fueron al hospital a despedirse de la superiora y de las dos religiosas. La hermana Marta y la hermana Magdalena veían con aprensión que sus compatriotas se aventuraran a través de esos territorios del norte, donde el francés Jacques Laurier y Harry Brown habían sufrido tantas miserias que finalmente habían sucumbido a ellas.

Ben Raddle tranquilizó a las hermanas lo mejor que pudo, y Summy Skim quiso mostrarse tan tranquilo como su primo. Antes del fin de la buena estación la pequeña caravana estaría de regreso en Dawson City en perfecto estado; si llegaba aplastada, ¡seria bajo el peso de las pepitas!

En cuanto al doctor Pilcox, he aquí lo que dijo:

-Estoy encantado de verlos partir hacia el norte. Si hubieran tomado el camino del sur, habría sido para regresar a Montreal, y nunca los habríamos vuelto a ver en Klondike. Así, por lo menos cuando regresen nos volveremos a ver.

-Dios lo quiera -murmuró sor Magdalena.

-Que Él los guíe y los traiga de vuelta -añadió sor Marta.

-Así sea -dijo la superiora.

Al día siguiente, a las cinco de la mañana, la caravana salía de Dawson City por el barrio alto de la orilla derecha del río Klondike, en dirección al noreste.

El tiempo era perfecto: el cielo puro, la brisa ligera, una temperatura de unos doce grados sobre cero. La nieve ya se había fundido en gran parte y sólo restaban algunas placas de blancura deslumbrante sobre el suelo cubierto de hierba.

Por supuesto que el itinerario había sido cuidadosamente establecido. Ben Raddle, Lorique y el scout habían traspasado al mapa general del país las indicaciones contenidas en el croquis de Jacques Laurier. Por lo demás, no olvidemos que el scout ya había hecho el viaje de Dawson City a Fort Macpherson, y se podía confiar en la fidelidad de sus recuerdos para las doscientas veinticinco millas que separan ambos puntos.

Era además un territorio bastante llano, cortado por algunos ríos, afluentes y subafluentes del Yukon y el Klondike, y, más allá del círculo polar ártico, afluentes o subafluentes del Peel, que va orillando la base de las montañas Rocosas antes de desembocar en el Mackensie.

Así, pues, durante el primer período del viaje entre Dawson City y Fort Macpherson el camino no presentaría grandes dificultades. Después del derretimiento de las últimas nieves, los ríos bajarían a su nivel mínimo y sería fácil vadearlos, y conservarían siempre bastante agua para las necesidades de la pequeña tropa. Cuando ésta hubiera llegado al río Peel, una centena de leguas antes de Fort Macpherson, se decidiría en qué condiciones efectuarían esta segunda mitad del itinerario.

¿Por qué no confesarlo? Con la excepción de Summy Skim, todos partían llenos de esperanzas. ¿Y puede uno asombrarse de que albergaran un sentimiento tan humano? Ben Raddle, Lorique, Neluto, el propio Bill Stell, que jamás había creído en la realidad del Golden Mount, todos admitían ahora su existencia. Las indicaciones del francés Jacques Laurier eran tan claras y precisas que no se podía dudar de ellas. En el caso del scout, más que la codicia lo que lo impulsaba era la curiosidad, el deseo de conocer ese famoso volcán. Haría todo por alcanzarlo.

Al salir de Dawson City, el carro conducido por Neluto, en el que se instalaron los dos primos, corrió rápidamente. Pero tuvo que disminuir la velocidad, pues los animales de tiro no podían seguirlo con la pesada carga que llevaban. Sin embargo, fue posible alargar esas primeras etapas sin fatigar a los hombres ni a los animales. La vasta llanura no presentaba ningún obstáculo, y el viento, que soplaba del sudeste, no dificultaba el camino. A menudo el scout y sus acompañantes hacían una parte de la etapa a pie, para hacer descansar las mulas. Lorique y el scout conversaban sobre el tema que ocupaba su mente. Summy Skim y Neluto batían el campo a derecha y a izquierda, y como la caza no faltaba, no perdían la pólvora. De este modo, economizaban las conservas en las comidas que se hacían en el descanso del mediodía y el descanso de la tarde. Antes de que llegara la noche, que ya tardaba en esa época del año y por esas latitudes, se levantaba el campamento hasta el día siguiente.

La dirección que seguían, hacia el norte, alejaba la caravana del territorio regado por las primeras aguas del Porcupine. El río se curvaba en un amplio gancho hacia el norte, que lo conducía al gran torrente cerca de Fort Yukon. No había que temer entonces que Ben Raddle y sus compañeros se encontraran con la banda de Hunter, que se había dirigido al Porcupine muy río abajo. Por lo demás, ignoraban que los texanos hubiesen emprendido una campaña a los territorios vecinos al mar Ártico, bajo la conducción del indio Krasak. Después del desastre del Forty Miles Creek, corrió el rumor de que habían sido sus víctimas; tras el incidente de Circle City, de su encuentro con la policía y de su condena, se sabía que estaban sanos y salvos. Sin embargo, Ben Raddle y Summy Skim ignoraban que hubieran recobrado la libertad. Además, ya ni pensaban en ellos.

El 29 de mayo, veintitrés días después de salir de Dawson City, la caravana atravesó el círculo polar, un poco más allá del paralelo sesenta y seis. Ningún incidente se había producido en esta primera parte del recorrido, a lo largo de ciento veinticinco leguas. Ni siquiera se habían encontrado con esas bandas de indios que los agentes de la Compañía de la bahía de Hudson todavía perseguían para expulsarlos hacia el oeste.

El tiempo fue por lo general bueno, y los hombres se hallaban bien de salud. Vigorosos, hechos a las fatigas, no tenían nada que sufrir en un viaje efectuado en estas condiciones, en esta época del año e incluso en estas latitudes. Los animales encontraban comida fácilmente en las praderas cubiertas de hierba. En cuanto a los campamentos, siempre había donde instalarlos, cerca de un río claro, en los linderos de los bosques de abedules, de álamos, de pinos que se extienden hasta perderse de vista en la dirección del nordeste.

El aspecto de la región empezaba a modificarse. En el horizonte oriental se perfilaban las crestas de las montañas Rocosas. En esta parte de Norteamérica la cadena muestra sus primeras ramificaciones, para prolongarse después casi a todo lo largo del Nuevo Continente.

Se encontraron en el nacimiento de uno de los afluentes del Porcupine, que el scout no quiso descender pues los habría llevado demasiado lejos hacia el oeste. Pero, como el suelo se hacía cada vez más desigual, tanto a causa de la red de esteros como de las ondulaciones en las vecindades de las montañas, se internó decididamente a través de los desfiladeros de la cordillera, poco elevada en esta parte del alto Dominion, con el fin de alcanzar el río Peel, que pasa al pie de Fort Macpherson.

En este límite del círculo polar, Bill Stell y sus compañeros se encontraban aún a un centenar de leguas del fuerte, situado casi en el nacimiento de la cadena montañosa. La marcha se hizo bastante dura y, si no hubiera sido por el cuidado que ponía Neluto, los ejes y las ruedas del carro se hubieran roto varias veces. Como era de esperar, no había rutas trazadas y los carros de la Compañía de la bahía de Hudson no habían aplanado el suelo. Pero Bill Stell sabía a qué atenerse.

-La ruta no me pareció tan mala cuando la recorrí hace unos veinte años -declaró un día, mientras atravesaban un estrecho desfiladero.

-No debería haber cambiado desde entonces -observó Summy Skim.

-Debe ser a causa del rigor del último invierno -dijo el ingeniero.

-Es lo que yo pienso, señor -respondió el scout-. Los fríos han sido tan excesivos que los hielos han hendido profundamente la tierra.

-Hay que tener cuidado con las avalanchas -recomendó Lorique-. Las rocas podrían desprenderse de los flancos de esta garganta.

En efecto, ello ocurrió dos o tres veces. Enormes trozos de cuarzo y de granito, desequilibrados por los hundimientos, rodaban y saltaban sobre las pendientes, triturando los árboles que encontraban a su paso. Poco faltó para que uno de los carros con sus animales fuera destruido por estas pesadas masas.

Durante dos días las etapas se volvieron penosas, y no se pudo mantener el promedio habitual de camino recorrido. Se produjeron retrasos, contra los cuales echaban pestes Ben Raddle y el contramaestre, pero que Summy Skim acogía con la calma de un filósofo.

-El Golden Mount, si existe -decía-, estará en su lugar tanto en quince días como en ocho, y me imagino que tomaremos un merecido reposo en Fort Macpherson. Después de trotar de esta manera, tendremos permiso para tendernos en una buena cama de albergue.

-Si es que hay albergues en Fort Macpherson -respondió Ben Raddle, que después de, tres semanas no veía razón para quejarse por acampar al aire libre.

-¿Hay albergues? -preguntó Lorique al scout.

-No -respondió Bill Stell-. Fort Macpherson es sólo una construcción para los agentes de la Compañía, un puesto fortificado contra los indios; pero hay habitaciones.

-Bueno, si hay habitaciones, hay camas -replicó Summy Skim-, y no me molestaría en absoluto estirar mis piernas durante dos o tres noches.

-Comencemos por llegar -respondió Ben Raddle-, y no perdamos tiempo en paradas inútiles.

La caravana marchaba, pues, todo lo rápido que le permitían los recovecos y los obstáculos del desfiladero. Pero tomaría velocidad cuando dejaran atrás la cadena que bordea el valle del Peel.

Sin embargo, antes de llegar al extremo de esta cadena el scout tuvo que enfrentar un mal encuentro, aunque Summy Skim lo calificara de otro modo.

Al salir del desfiladero, el guía hizo alto y acampó junto al Peel, bajo la frondosidad de grandes pinos marítimos agrupados en la orilla izquierda.

Se había presentado la cuestión de decidir si construirían una balsa para descender este río hasta Fort Macpherson. Bill Stell reconoció que la corriente no era navegable. Los últimos témpanos del deshielo iban aún a la deriva y constituían un obstáculo. Construir una balsa suficientemente grande como para transportar al personal y el equipo de la caravana hubiera exigido tiempo. Dirigirla por entre los témpanos era un problema. Así que optó por continuar por tierra las treinta leguas que les quedaban para llegar a Fort Macpherson, bordeando el río Peel. Sus orillas no ofrecían grandes dificultades.

-Utilizaremos los témpanos para llegar a la otra orilla -dijo Bill Stell a Ben Raddle-. De todos modos tenemos que atravesar el río, porque Fort Macpherson está en la orilla derecha, y creo que ésa es la mejor manera de hacerlo.

Tomada esta resolución, se levantó la tienda y se preparó todo para el reposo de la tarde, siempre esperado con impaciencia en esta segunda etapa del viaje.

Pero apenas se habían instalado bajo los árboles, Lorique, que se había alejado un poco río abajo, apareció corriendo y gritando:

-¡Alerta, alerta!

Summy Skim, como el cazador profesional que era, se levantó enseguida y cogió su carabina, listo para hacer fuego.

-¿Indios? -gritó.

-No -respondió el contramaestre-. Osos...

-Es lo mismo -replicó Bill Stell.

En un instante todos acudieron a la entrada del bosque, mientras las mulas resoplaban y el perro Stop1 ladraba furioso.

En efecto, tres osos, después de haber remontado la orilla izquierda, acababan de llegar al límite del campamento. Se detuvieron allí y se irguieron sobre sus patas. Eran animales de gran tamaño, de aspecto formidable, pertenecientes a la especie de los grizzlis, que frecuenta las gargantas de las montañas Rocosas.

¿Venían hambrientos? ¿Se preparaban para atacar la caravana? Era probable, ya que lanzaron terribles rugidos que enloquecieron a las bestias de carga.

Summy Skim y Neluto se abalanzaron sobre ellos. Estallaron dos disparos, que derribaron a uno de los tres osos. Tocado en el pecho y la cabeza, el animal cayó pesadamente para no levantarse más.

Fue el único incidente de esta agresión. Los otros osos abandonaron el campo de inmediato, y si los saludaron con algunas balas, ninguna los alcanzó, pues escaparon a toda velocidad por la orilla izquierda. Se convino, en todo caso, que un hombre vigilara toda la noche, por miedo a que volvieran las fieras.

El animal abatido era magnífico. Su carne, excelente, venía muy bien para acrecentar las reservas comestibles. Lucía una soberbia piel, y Neluto se encargó de desollarlo.

-Como el oso ya no la necesita para el invierno -dijo Summy Skim-, no dejemos que se pierda. Con esta ropa se pueden desafiar los fríos de sesenta grados bajo cero propios de este bendito Klondike.

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1. El novelista no ha aludido anteriormente a la adquisición de este perro de caza.

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