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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo XV

Después de la destrucción de la casa de Storitz, parecióme que la sobreexcitación de Raab se había calmado un tanto; la ciudad iba tranquilizándose poco a poco.

Como yo había supuesto, algunos habitantes se inclinaban a creer que el hechicero, hallándose realmente en su morada en el momento de ser invadida por la muchedumbre, había perecido en medio de las llamas.

La verdad es que, buscando entre los escombros y removiendo las cenizas, no se descubrió nada que pudiera justificar semejante opinión. Si Wilhelm Storitz había asistido al incendio, era indudable que lo hizo desde algún sitio donde las llamas no podían alcanzarle.

Nuevas cartas recibidas de Spremberg se hallaban de acuerdo sobre este punto: ni Wilhelm Storitz ni su criado Hermann habían sido vistos allí, y se ignoraba en absoluto donde podían haberse refugiado uno y otro.

Por desgracia, si bien una calma relativa comenzaba a reinar en la ciudad, no sucedía lo mismo en casa de Roderich. El estado mental de nuestra pobre Myra no mejoraba nada; inconsciente, indiferente a los cuidados que incesantemente le eran prodigados, no reconocía a nadie. Así es que los médicos no abrigaban ninguna esperanza.

Sin embargo, aun cuando débil, su vida no se encontraba amenazada.

En la tarde del día 16, erraba yo al azar por las calles de la población, cuando se me ocurrió la idea de pasar a la orilla derecha del Danubio,

Era ésta una excursión que se había quedado hasta entonces en proyecto, pues las circunstancias no me habían permitido hacerla aún, excursión de la que, por lo demás, no me aprovecharía de gran cosa, dado el estado en que mi espíritu se encontraba.

Encamíneme, pues, hacia el puente, atravesé la isla Svendor y puse, por fin, el pie sobre la orilla perteneciente a Serbia.

Mi paseo hubo de prolongarse algo más de lo que pensaba y quería; habían dado ya las ocho y media cuando volvía al puente, después de haber comido en una fonda de la orilla servia, próxima al río, en un bello sitio.

No sé qué capricho me asaltó entonces; en vez de entrar directamente en el puente, no atravesé sino su primera parte, y bajé por el paseo central de la isla Svendor.

Apenas había dado una docena de pasos, cuando descubrí al jefe de policía. Estaba solo; se acercó a mí, y entablamos en seguida conversación sobre el asunto que a ambos nos preocupaba tan hondamente.

Haría unos veinte minutos que habíamos emprendido el paseo cuando llegamos a la punta septentrional de la isla. Acababa de caer la noche, y la sombra se extendía por los árboles y los desiertos paseos. Las quintas estaban cerradas, y no encontramos a nadie.

Había llegado la hora de regresar a Raab, y a ello nos disponíamos, cuando algunas palabras llegaron a nuestros oídos.

Me detuve y detuve al señor Stepark, cogiéndole del brazo. Luego, inclinándome de manera que fuera oído por él sólo, le dije:

-Escuche, es la voz de Wilhelm Storitz.

-¿Wilhelm Storitz? -dijo el jefe de policía en el mismo tono.

-Sí.

-No nos ha visto.

-No; la noche viene a igualar las cosas y nos hace tan invisibles como él.

La voz, sin embargo, continuaba llegando hasta nosotros, algo indistinta.

Las voces, mejor dicho, porque seguramente había dos o más interlocutores.

-No está solo -murmuró el señor Stepark.

-No. Probablemente le acompaña su fiel criado.

El jefe de policía me arrastró tras él al abrigo de unos árboles, inclinándose hacia el suelo. Merced a la oscuridad que nos protegía, tal vez pudiéramos acercarnos a los interlocutores lo bastante para oír sin ser vistos.

Pronto nos encontramos escondidos a diez pasos aproximadamente del sitio en que debía de encontrarse Wilhelm Storitz; no vimos, naturalmente, a nadie, pero no por eso dejamos de aguardar, y no tuvimos por qué lamentarlo.

Jamás se nos había presentado mejor ocasión para averiguar dónde se ocultaba nuestro enemigo desde el incendio de su casa, así como de conocer sus proyectos, y hasta, si posible fuera, de apoderarnos de su persona.

No podía en manera alguna sospechar que nosotros estuviésemos allí, con el oído atento. Medio acostados entre la maleza, no atreviéndonos casi ni a respirar, escuchamos, con indecible emoción, las frases que se cambiaban, más o menos distintas, según el amo o el sirviente se acercaban o se alejaban de nosotros.

He aquí la primera frase que llegó hasta nosotros, y que fue pronunciada por Wilhelm Storitz:

-¿Podremos estar allí mañana?

-Sí -respondió su invisible interlocutor, el criado Hermann, según todas las probabilidades-. Y nadie sabrá quiénes somos.

-¿ Desde cuándo estás en Raab?

-Desde esta mañana.

-Bien... ¿Y esa casa está alquilada?

-Bajo un nombre supuesto.

-¿Estás seguro de que podemos habitarla a la vista de todo el mundo, que no somos conocidos en ... ?

Imposible nos fue, con gran disgusto nuestro, oír bien el nombre de la población.

Pero por las palabras oídas resultaba que nuestro adversario contaba con volver a tomar la apariencia humana en un plazo más o menos largo. ¿Por qué cometía semejante imprudencia? Supuse yo que su invisibilidad no podía mantenerse más allá de cierto tiempo, sin que resultase perjudicial a su salud.

Doy, por lo que pueda valer, esta explicación, que me parece plausible, pero que nunca tuve ocasión de comprobar.

Cuando las voces volvieron a acercarse, Hermann decía, acabando una frase comenzada:

-La policía de Raab no nos descubrirá bajo esos nombres.

¿La policía de Raab?... ¿Era, pues, en una población húngara donde iban a habitar?

Disminuyó luego el ruido de los pasos, alejáronse los interlocutores, lo cual permitió al señor Stepark decirme:

-¿Qué población? ¿Qué nombre? He aquí lo que nos interesaría conocer.

Antes de que hubiese tenido tiempo de contestarle, nuestros enemigos se acercaron de nuevo y vinieron a hacer algo a algunos pasos de nosotros.

-¿Es, pues, absolutamente necesario ese viaje a Spremberg? -preguntaba Hermann.

-Sí, porque allí es donde están depositados mis fondos. Además, aquí no podría dejarme ver impunemente, mientras que allí...

-¿Tiene usted la intención de dejarse ver en carne y hueso?

-¿Y cómo evitarlo? ¿Cómo iban a pagarme, si no?

Así, pues, lo que yo había previsto se realizaba; Wilhelm Storitz se hallaba en una de esas situaciones en que la invisibilidad deja de ser una ventaja. Necesitaba dinero, y para procurárselo érale preciso renunciar a su poder.

Continuó diciendo:

-Lo peor es que no sé cómo arreglármelas. Esos imbéciles han destruido mi laboratorio, y no poseo ni un solo frasco número 2. Afortunadamente, no han podido descubrir el escondite del jardín, pero está bajo los escombros, y te necesito para dejarlo al descubierto.

-A sus órdenes -contestó Hermann.

-Ven pasado mañana, hacia las diez; el día o la noche son lo mismo para nosotros, y así, al menos, lo veremos todo claro.

-¿Por qué no mañana?

-Mañana tengo otra cosa que hacer; medito un golpe de los míos, y del que no se alegrará mucho alguien que conozco.

Ambos interlocutores emprendieron de nuevo su paseo; cuando volvieron hablaba Wilhelm Storitz:

-No, no saldré de Raab, mientras mi odio contra esa familia no esté satisfecho; mientras Myra y ese francés...

Acabó la frase con un rugido. En aquel momento cruzaba muy cerca de nosotros, tal vez habría bastado extender la mano para cogerle; pero nuestra atención fue entonces atraída por estas palabras de Hermann:

-Se sabe ya en Raab que usted posee el poder de hacerse invisible, pero ignoran por qué medio lo consigue.

-Y eso se ignorará siempre -respondió Wilhelm Storitz-. Raab no ha acabado conmigo. ¡Porque han quemado mi casa creen haber destruido mi secreto! ¡Imbéciles! No, Raab no evitará mi venganza, y no dejaré de él piedra sobre piedra.

Apenas se había pronunciado esta frase tan amenazadora para la ciudad, cuando las ramas que nos ocultaban se apartaron violentamente; el jefe de policía acababa de lanzarse en la dirección que sonaban las voces.

De pronto, gritó:

-Tengo a uno, señor Vidal; coja usted al otro.

No había duda de que sus manos habían caído sobre un cuerpo perfectamente tangible, ya que no visible; pero fue rechazado con suma violencia, y habría caído si no le hubiese yo cogido del brazo a toda prisa.

Creí entonces que nosotros íbamos a ser atacados en condiciones sumamente desventajosas, ya que no podíamos ver a nuestros agresores.

Pero no fue así; una risa irónica estalló hacia la izquierda, y percibimos un ruido de pasos que se alejaban.

-¡Golpe fallido! -exclamó el señor Stepark-. Pero ahora estamos seguros de que su invisibilidad no les impide ser cogidos y encerrados.

Por desgracia, se nos habían escapado, e ignorábamos el lugar de su retiro; el jefe de policía, sin embargo, no parecía estar descontento.

-Son nuestros -dijo en voz baja, mientras ganábamos el muelle Batthyani-. Conocemos el punto débil del adversario, y sabemos que Wilhelm Storitz debe dirigirse pasado mañana a las ruinas de su casa. Esto nos da dos medios de vencerle. Si fracasa el uno, saldrá bien el otro.

Dejando al jefe de policía, volví a entrar en casa de Roderich, y mientras la señora y Marcos velaban a la cabecera de Myra, me encerré con el doctor. Importaba mucho ponerle en seguida al corriente de lo que había pasado en la isla Svendor.

Se lo referí todo, sin olvidar la conclusión optimista del jefe de policía, pero no sin añadir que, por mi parte, no me sentía muy tranquilo.

El doctor creyó que ante las amenazas de Wilhelm Storitz, ante su deseo de proseguir la obra de destrucción y de venganza contra la familia Roderich y contra la ciudad entera, se imponía la obligación de salir de Raab. Era menester partir, partir secretamente, y cuanto antes mejor. En seguida.

-Soy de la misma opinión -dije-, y sólo haré una objeción. ¿Se encuentra Myra en estado de soportar las fatigas de un viaje?

-La salud de mi hija no está alterada; no sufre; su razón es la única parte de ella atacada.

-La recobrará con el tiempo -afirmé enérgicamente-; y, sobre todo, en otro país donde nada tenga que temer.

-¡Ay! -gimió el doctor-. ¿Se evitará el peligro con nuestra marcha? ¿No nos seguirá Wilhelm Storitz?

-No, si guardamos el secreto acerca de la fecha de la partida y la meta de nuestro viaje.

-¡El secreto! -murmuró tristemente el doctor.

Lo mismo que mi hermano, el doctor Roderich se preguntaba si podía haber secreto bien guardado para Wilhelm Storitz, si no se encontraba en aquel mismo instante en aquel despacho, oyendo lo que decíamos y preparando alguna nueva canallada.

En resumen: la marcha quedó acordada y decidida.

La señora Roderich no hizo la menor objeción; tenía ansia de ver a Myra trasladada a otro sitio. Marcos, por su parte, también la aprobó; no le hablé para nada de nuestra aventura en la isla Svendor; me pareció inútil.

Se la referí, por el contrario, al capitán Haralan. Tampoco éste hizo ninguna objeción a nuestro proyecto de viaje, contentándose con preguntarme:

-Acompañará usted a su hermano, ¿eh?

-Naturalmente; mi presencia cerca de él es tan indispensable como la de usted cerca de...

-No partiré -me interrumpió con el tono de un hombre cuya resolución es absolutamente irrevocable.

-¿Por qué?

-Porque quiero permanecer en Raab, pues tengo el presentimiento de que debo quedarme. No podía discutirse, y no discutí.

-Como usted quiera, capitán.

-Cuento con usted, mi querido Vidal, para reemplazarme cerca de mi familia, que es ya la de usted.

-Confíe en mí.

Me ocupé en seguida de los preparativos. Conseguí dos berlinas de viaje, muy confortables, y luego fui a ver al señor Stepark, a quien di cuenta de mis proyectos.

-Hacen ustedes perfectamente, y es de lamentar que la ciudad toda no pueda hacer otro tanto.

El jefe de policía estaba sumamente preocupado, y no sin motivo, dado lo que habíamos oído la noche anterior.

A las ocho llegaron las berlinas a casa de Roderich, donde yo había entrado a las siete, asegurándome que todo estaba dispuesto.

Una de las berlinas la ocuparían los señores Roderich con su hija. Marcos y yo subiríamos en la segunda, que saldría de la ciudad por un camino distinto, con objeto de no llamar la atención.

Entonces, ¡ay!, fue cuando se produjo el más imprevisto, el más terrible de los incidentes, un verdadero golpe de teatro, fantástico, inesperado.

Los coches nos esperaban, el primero ante la puerta principal y el otro en la puertecilla del jardín. El doctor y mi hermano subieron a la habitación de Myra para transportarla hasta el coche.

Llenos de espanto y terror se detuvieron en el umbral; ¡el lecho estaba vacío! ¡Myra había desaparecido!

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