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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo XVII

De esta trágica manera pereció el hijo de Otto Storitz.

Su muerte llegaba demasiado tarde. Aun cuando la familia Roderich no tuviese ya en lo sucesivo nada que temer, aquella muerte venía a agravar la situación en vez de mejorarla, puesto que nos hacía perder la esperanza de encontrar a Myra.

Aterrado por la responsabilidad que sobre él pesaba, el capitán Haralan contemplaba con mirada sombría el cadáver de su enemigo.

Por fin, tomando una resolución, se alejó a pasos lentos en dirección a su casa, a fin de poner a los suyos al corriente de aquellos deplorables acontecimientos.

El teniente Armgard y yo, por el contrario, permanecimos en compañía del señor Stepark, llegado allí como por milagro, y sin saber nosotros por dónde.

El silencio era completo, a pesar de aquellos centenares de hombres, cuya curiosidad había llegado al paroxismo, y que se amontonaban en torno de nosotros, apretándose unos contra otros, esforzándose por ver y enterarse de todas las particularidades.

Las miradas estaban fijas sobre el cadáver, un poco vuelto sobre el lado izquierdo, con los vestidos manchados de sangre, la faz descolorida, la mano derecha sujetando aún el sable del teniente y el brazo izquierdo replegado. Wilhelm Storitz sólo esperaba ya la tumba.

-¡Es realmente él! -murmuró el jefe de policía, después de haberle contemplado largo rato.

Los agentes se habían acercado, no sin cierto temor. También ellos lo reconocieron. Para unir a la de la vista la certidumbre del tacto, el señor Stepark palpó el cadáver de pies a cabeza.

-¡Muerto! ¡Muerto! -declaró, al momento que se incorporaba.

El jefe de policía dio una orden, y en el acto una docena de hombres se encaminaron a los escombros, al punto mismo donde antes de la muerte de Storitz, parecían los maderos y las paredes estar animados de extraños movimientos.

-Según la conversación que sorprendimos -dijo el señor Stepark, respondiendo a una pregunta que yo le dirigí-, ahí es donde debe de encontrarse el escondite en que el miserable guardaba esa sustancia que le permitía desafiarnos. No me iré de aquí antes de haber descubierto ese escondite y sin haber destruido cuanto contiene. Storitz ha muerto. Aun cuando la ciencia humana hubiera de maldecirme, quiero que su secreto muera con él.

En mi interior daba toda la razón al jefe de policía; aunque el descubrimiento de Otto Storitz fuese a propósito como para despertar el interés de un ingeniero, no podía reconocerle ninguna utilidad práctica, y comprendía que sólo podía favorecer a los malvados y avivar las malas pasiones de la Humanidad.

Pronto quedó descubierta una pequeña placa de hierro; se la alzó y aparecieron los primeros peldaños de una estrecha escalera.

En aquel momento una mano cogió la mía, en tanto que una voz plañidera murmuraba:

-¡Piedad...! ¡Piedad!

Volvíme, pero no vi a nadie; mi mano, sin embargo, continuaba prisionera, y la voz suplicante seguía oyéndose con claridad.

Los agentes habían interrumpido su trabajo, volviéndose todos hacia mi lado. Con una ansiedad fácil de comprender, extendí aquella de mis manos que no se encontraba prisionera y exploré el espacio en torno mío.

A la altura de la cintura mis dedos tropezaron con una cabellera, y más abajo un rostro inundado de lágrimas. Era indudable que un hombre, a quien no podía ver, estaba allí de rodillas y llorando.

-¿Quién es usted? -logré balbucear tras un esfuerzo y con profunda emoción.

-Hermann -me contestó.

-¿Qué quiere?

Con algunas frases entrecortadas, el invisible criado de Wilhelm Storitz nos dijo que había oído al jefe de policía formular sus proyectos de destrucción, y que si esos proyectos se ejecutaban habría de serle preciso renunciar para siempre a recobrar la apariencia humana. ¿Qué iba a ser de él, condenado a permanecer siempre solo en medio de los demás hombres?

Suplicaba, por tanto, que el jefe de policía, antes de destruir los diversos frascos que había en el escondite, le permitiese absorber el contenido de uno de ellos.

El señor Stepark prometió acceder a ello, tomando, sin embargo, las precauciones que se imponían, ya que Hermann tenía que dar cuentas a la justicia. A una orden suya, cuatro robustos agentes cogieron al invisible personaje, y se podía estar seguro de que no le soltarían.

El jefe de policía y yo, precediendo a los cuatro agentes que sujetaban al prisionero, descendimos por la escalerilla. Algunos peldaños nos condujeron hasta una cueva, que la luz que penetraba por la abierta trampilla iluminaba débilmente.

En un aparador estaban alineados una serie de frascos con la etiqueta, unos con el «Número 1» y los otros con el «Número 2» en su etiqueta.

Hermann, con tono de alguna impaciencia, reclamó uno de los últimos, que le tendió el jefe de policía.

Vimos entonces con indecible estupefacción -si bien todos debíamos esperarnos aquel espectáculo- que el frasco describía una curva en el aire y luego se iba vaciando, como si alguien, habiéndoselo llevado a la boca, bebiera ávidamente su contenido, vaciando por completo el frasco.

Entonces asistimos a una extraña maravilla. A medida que iba bebiendo, Hermann parecía brotar de la nada; distinguióse primeramente una especie de vapor ligero en la penumbra de la cueva, después los contornos se animaron y afirmaron, y tuve, por fin, ante mí, a aquel mismo individuo que me había seguido el día de mi llegada a Raab.

A una señal del señor Stepark, el resto de los frascos fue inmediatamente destruido, y los líquidos que contenían, desparramados por el suelo, se volatilizaron inmediatamente.

Terminada aquella ejecución subimos a la luz del día.

-Y ahora, ¿qué va usted a hacer, señor Stepark? -preguntó el teniente Armgard.

-Voy a mandar este cuerpo al ayuntamiento -se le respondió.

-¿Públicamente? -pregunté yo.

-Públicamente -dijo el jefe de policía-. Es preciso que todo Raab sepa que Wilhelm Storitz ha muerto. No se creerá hasta que se haya visto pasar su cadáver.

-¿Y después que sea enterrado? -añadió el teniente.

-Si se le entierra -dijo el señor Stepark.

-¿Si se le entierra? -pregunté.

-Sí, porque sería preferible, en mi opinión, quemar ese cadáver y arrojar sus cenizas al viento, como se hacía con los hechiceros en la Edad Media.

El señor Stepark dio las órdenes oportunas, y se fue, con la mayor parte de los agentes y su prisionero, un viejo inofensivo, ahora que no le protegía ya la invisibilidad.

El teniente Armgard y yo volvimos a casa de Roderich.

El capitán Haralan estaba ya al lado de su padre, a quien se lo había referido todo. En el estado en que la señora Roderich se encontraba, había parecido preferible no decirle nada por el momento. La muerte de Wilhelm Storitz no le devolvería a su hija.

Mi hermano tampoco sabía nada todavía. Sin embargo, era preciso ponerle al corriente, y con ese fin le hicimos llamar al despacho del doctor.

No acogió la noticia con el sentimiento de la venganza satisfecha. Estalló, por el contrario, en sollozos, mientras estas desesperadas palabras se escapaban de sus labios:

-¡Ha muerto! ¡Le han matado! ¡Murió sin haber hablado! ¡Myra! ¡Mi pobre Myra, no te volveré a ver!

¿Qué hubiéramos podido decir ante aquella explosión de dolor?

Yo lo intenté de todos modos.

No, no había que renunciar a toda esperanza. No sabíamos dónde estaba Myra, pero un hombre, Hermann, el criado de Wilhelm Storitz, debía de saberlo, y ese hombre estaba preso. Se le interrogaría, y como no tenía el mismo interés que su amo en callarse, hablaría; se le decidiría a ello, aun cuando fuera a costa de una crecida suma.

Marcos no oía ni quería escuchar nada.

Nuestra conversación viose de pronto interrumpida por un gran tumulto en el exterior. Se debía a que el cadáver de Wilhelm Storitz, conducido por los agentes de policía, según las órdenes del jefe, era paseado por todas las calles de la población.

El capitán Haralan y el teniente Armgard se dirigieron al ayuntamiento, a solicitar que el interrogatorio de Hermann tuviera lugar inmediatamente. Pero pronto regresaron manifestando que no había podido averiguarse nada.

En vano se habían hecho a Hermann, por el capitán Haralan y hasta por el jefe de policía y por el gobernador, las más halagüeñas ofertas, las promesas más seductoras; en vano también se le había amenazado con los castigos más espantosos. Se empeñaba en afirmar que ni siquiera sabía que Myra Roderich hubiera sido raptada.

¡Cuán triste final de jornada pasamos!

Embutidos en los sillones, aplanados, rebosantes de tristeza y amargura, dejábamos transcurrir el tiempo sin pronunciar una sola palabra. ¿Qué hubiéramos, en efecto, podido decirnos que no nos lo hubiéramos ya dicho y redicho mil veces?

Un poco antes de las ocho trajo un criado las lámparas. El doctor Roderich se encontraba en aquel momento al lado de su esposa, y no nos encontrábamos en el salón más que los dos oficiales, mi hermano y yo. Al retirarse el criado, después de terminar su servicio, el reloj comenzó a dar las ocho.

En aquel preciso momento, la puerta de la galería se abrió vivamente. Sin duda había sido impulsada por alguna corriente de aire procedente del jardín, porque no vi a nadie que pudiera haberla abierto.

Pero lo más extraordinario fue que la puerta volvió a cerrarse por sí misma.

Y entonces, ¡no, yo no olvidaré jamás aquella escena! una voz se percibió. No, como en la noche de la velada de esponsales, la voz ruda que nos insultaba con el Canto del odio, sino una voz fresca y gozosa, una voz amada, cual ninguna, ¡la voz de nuestra querida Myra!

-Marcos -decía-, ¡y ustedes, señores, y tú, Haralan, ¿qué hacen aquí? Es ya la hora de comer y me estoy muriendo de hambre.

¡Era Myra, la propia Myra, Myra, que había recobrado la razón, Myra curada!

Hubiérase dicho que bajaba de su habitación como de costumbre. ¡Era Myra que nos veía, y a la que nosotros no veíamos! ¡Era Myra, invisible!

Jamás palabras tan sencillas habían producido tan gran efecto. Estupefactos, clavados en nuestros asientos, no nos atrevíamos a movernos ni a hablar, ni a dirigirnos hacia el sitio de donde la voz procedía. Sin embargo, Myra estaba allí, viva, y como nosotros ya sabíamos, tangible en su invisibilidad.

¿De dónde venía? ¿De la casa donde la había conducido su raptor...? ¿Había entonces podido huir, atravesar la ciudad y penetrar en su casa? Las puertas, no obstante, estaban cerradas y nadie había abierto.

No -y la explicación de su presencia no tardó en dársenos-, Myra bajaba de su habitación, en la que Wilhelm Storitz la había llevado y dejado invisible. Mientras nosotros la creímos fuera de la casa, ella estaba tranquilamente en su lecho. Allí había permanecido inmóvil, muda. Allí había permanecido durante aquellas veinticuatro horas. A nadie se le había ocurrido el pensamiento de que pudiera estar allí y, en realidad, ¿por qué razón habría de habérsenos ocurrido semejante pensamiento?

Sin duda Wilhelm Storitz no pudo llevársela en seguida, pero no habría dejado de dar cima a su crimen si no lo hubiese impedido el sable del capitán Haralan.

Y he aquí que Myra, habiendo recobrado la razón -acaso bajo la influencia del líquido que Wilhelm Storitz le había hecho beber-, Myra, ignorante de todo lo que había pasado desde la escena de la Catedral, Myra estaba en medio de nosotros habiéndonos, viéndonos y sin haber podido darse cuenta todavía de que no era vista.

Marcos se había levantado con los brazos abiertos como para cogerla...

Ella prosiguió:

-Pero, ¿qué tienen ustedes? Les hablo y no me contestan; parecen sorprendidos de verme: ¿qué es, pues, lo que ha pasado? ¿Por qué mi madre no está aquí? ¿Está enferma?

La puerta se abrió de nuevo y entró el doctor Roderich.

Myra lanzóse en seguida hacia él, así al menos hubimos de suponerlo, porque exclamó:

-¡Ah, padre mío! ¿Qué pasa...? ¿Por qué mi hermano y mi marido tienen ese aspecto tan extraño?

El doctor, petrificado, se había detenido en el umbral. Había comprendido.

Myra continuaba a su lado. Le abrazaba y le decía:

-¿Qué hay? ¿Dónde está mamá...?

-Tu madre está bien, hija mía -pudo balbucear el doctor-. Ahora bajará. Espera.

En aquel momento, Marcos, que había encontrado la mano de Myra, la atrajo hacia sí, suavemente, como si hubiera guiado a una ciega. No lo era, por fortuna, y sí más bien lo eran aquellos que no podían verla a ella. Mi hermano la hizo sentar dulcemente a su lado.

No hablaba ya Myra, sorprendida del efecto que su presencia producía, y Marcos, con trémula voz, murmuró estas palabras, que ella no podía comprender:

-¡Myra! ¡Mi querida Myra! ¿Eres tú, realmente? No me dejes más, te lo ruego...

-¡Mi querido Marcos! ¡Ese aspecto trastornado! ¿Ocurre alguna desgracia?

-No -dijo-; tranquilízate, ninguna desgracia ha ocurrido. Pero ¡habla, Myra, habla! ¡Que yo oiga tu voz...!

Estábamos todos con la mirada fija, inmóviles, reteniendo el aliento, aterrados ante el pensamiento de que el único que hubiera podido devolvernos a Myra bajo su forma visible había muerto, llevándose al más allá el secreto.

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