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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo XIX

Tal fue el desenlace que, el día 2 de julio, tuvo la historia que he tenido el capricho de referir. Comprendo que parezca increíble. En semejante caso sólo habría que acusar a la insuficiencia del autor. La historia es, por desgracia, muy verdadera, aun cuando sea única en los anales del pasado y aun cuando deba permanecer siendo única, así firmemente lo espero, en los anales del porvenir.

Innecesario será decir que mi hermano y Myra habían abandonado sus proyectos de otro tiempo. No podía ya tratarse de un viaje por Francia. Hasta preveía yo que Marcos sólo haría raras apariciones en París y que su hogar se fijaría definitivamente en Raab, con gran disgusto mío, por supuesto.

Lo mejor, en efecto, era el vivir ambos, su mujer y él, al lado del señor y la señora Roderich. El tiempo todo lo cura, y Marcos acabaría por acostumbrarse a aquella existencia. Myra, por lo demás, se ingeniaba para hacer notar su presencia. Siempre se sabía dónde estaba, y lo que hacía; era el alma de la casa, invisible como lo son las almas.

Por añadidura, su forma material no había desaparecido por completo; ¿no se tenía el admirable retrato que de ella había hecho Marcos?

Myra gustaba de sentarse cerca de aquel lienzo, y con su voz acariciadora, decía:

-Yo estoy ahí. He vuelto a ser visible y ustedes me ven, como yo me veo.

Permanecí algunas semanas aún en Raab, al lado de los recién casados, viviendo en la casa de Roderich en la más completa intimidad de aquella familia tan probada por la suerte, y no sin honda pena veía acercarse el día en que sería preciso separarme. No hay, sin embargo, vacaciones tan largas que no lleguen a acabarse, y hube de pensar en regresar a París.

Volví, pues, a entregarme a los trabajos de mi profesión, más absorbente de lo que el vulgo cree. Eran, sin embargo, demasiado salientes los acontecimientos en que me había visto mezclado para que mis preocupaciones pudiesen hacérmelos olvidar. Pensaba, pues, sin cesar, y ni un solo día pasó sin que mis recuerdos no me hiciesen volar hacia Raab, al lado de mi hermano y de su mujer.

En los comienzos del mes de enero siguiente evocaba yo, por la centésima vez, la terrible escena cuyo desenlace fue la muerte de Wilhelm Storitz, cuando de pronto se me ocurrió una idea, tan sencilla, tan evidente, que me admiraba de que antes no se me hubiera ocurrido. Nunca había pensado en relacionar entre sí las diversas circunstancias y peripecias de aquel drama...

El día a que me refiero se impuso a mi espíritu la conclusión de que si el cuerpo de nuestro vencido enemigo había perdido el poder de la invisibilidad que poseía mientras se hallaba vivo, su única causa debía ser la abundante hemorragia que siguió al sablazo de Haralan. Aquello fue una revelación. Se me representó en seguida, con certidumbre, que la misteriosa sustancia era mantenida en suspensión en la sangre, y que con la sangre se había eliminado.

Admitida esta hipótesis, la consecuencia se deducía por sí misma. Lo que el sable de Haralan había hecho podía volverlo a hacer el bisturí del cirujano. No se trataba, al fin y al cabo, más que de una operación de las más benignas, que era fácil ejecutar gradualmente, y que se podría repetir cuantas veces fuera necesario. La sangre que Myra perdiera, veríase reemplazada por otra sangre completamente nueva, y llegaría un día en que sus venas no contendrían ninguna partícula de la maléfica sustancia que privaba a Marcos de la dicha de verla.

Escribí inmediatamente a mi hermano en este sentido.

Mas en el momento en que mi carta iba a partir, recibí una de Marcos y juzgué preferible retrasar el envío de la mía. En su carta, anunciábame mi hermano una noticia que, por el momento al menos, hacía inútiles mis ideas. Myra se encontraba encinta, y no era ése el momento más oportuno para privarla de una sola gota de sangre. Necesitaba todas sus fuerzas para soportar la temible prueba de la maternidad.

El nacimiento de mi sobrino -o de mi sobrina- se esperaba para los últimos días de mayo, aproximadamente.

Conocido por el lector el efecto que yo experimentaba por mi hermano, inútil será decirle que fui exacto a la cita. Desde el 15 de mayo me hallaba en Raab, y esperé el suceso con una impaciencia que no le iba en zaga a la del padre.

El 27 de mayo fue cuando se produjo, y esta fecha no se borrará jamás de mi memoria.

La Naturaleza nos prestó la ayuda que yo quería reclamar a la Ciencia, y Myra salió a la luz. Marcos, asombrado, conmovido, embriagado de dicha, la vio surgir lentamente de las sombras y, doblemente padre, vio nacer al mismo tiempo que a su hijo, a su mujer, que le pareció más bella aún, después de tanto tiempo de haber permanecido oculta a sus miradas.

Desde entonces, mi hermano y Myra ya no tienen historia, como no la tengo yo. Mientras sigo entregado con ardor a las Matemáticas, Marcos continúa su carrera gloriosa de pintor célebre. Vive en París, a dos pasos de mi casa, en un hotel magnífico, donde todos los años vienen los esposos Roderich a pasar dos meses, acompañados del antiguo capitán, hoy coronel Haralan.

Esta visita es también devuelta todos los años por los dos esposos. Es el único momento en que me veo privado de mi sobrino -¡fue, por fin, un sobrino!- a quien quiero con una ternura que participa de la del tío y de la del abuelo.

Marcos y Myra son dichosos.

¡Haga el cielo que esta felicidad dure largos años! ¡Haga el cielo que nadie conozca los dolores que ellos conocieron! ¡Haga el cielo -y ésta será mi última palabra- que jamás se encuentre el execrable secreto de Wilhelm Storitz!

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