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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo II

Salí de París el día 14 de abril, a las siete de la mañana, en una berlina tirada por caballos de posta, contando con emplear unos diez días en llegar a la capital de Austria.

Pasaré rápidamente por esta primera etapa de mi viaje, que no se vio señalada por ningún incidente digno de mención; por otra parte, las regiones que entonces hube de recorrer comienzan a ser demasiado conocidas para ser dignas de una descripción en toda regla.

Estrasburgo fue mi primer alto formal. Al salir de esta ciudad, me asomé por la portezuela, y las altas veletas de la catedral aparecieron ante mi vista, bañadas por los rayos del sol.

Muchas noches pasé mecido por la canción de las ruedas, aplastando la grava del camino, por esa fatigosa monotonía que acaba por adormecerle a uno mejor que el silencio; sucesivamente atravesé Oos, Badén y algunas otras ciudades; después, dejé atrás a Stuttgart y Ulm, en Wurnich. Cerca ya de la frontera austríaca, un alto más prolongado me detuvo en Salzburgo y por fin, el día 25 de abril, a las seis y treinta y cinco de la tarde, los caballos, cubiertos de espuma, se detenían ante la mejor hospedería de Viena.

Sólo treinta y seis horas, contando entre ellas dos noches, permanecí en esta capital. A mi regreso era cuando pensaba visitarla detenidamente.

Viena no está atravesada ni bordeada por el Danubio. Por ello tuve que hacer una legua aproximadamente de camino en carruaje para alcanzar la orilla del río, cuyas complacientes aguas iban a llevarme hasta Raab.

La víspera había comprometido el pasaje en la gabarra Dorotea, que se dedicaba al transporte de pasajeros. Había allí de todo un poco, alemanes, austríacos, húngaros, rusos e ingleses. Los pasajeros ocupaban la popa, pues la proa estaba destinada a las mercancías, hasta el extremo de que nadie habría podido encontrar allí un sitio.

Mi primer cuidado fue el procurarme una cama en el dormitorio común. No había que pensar en colocar allí un baúl y tuve que dejarlo al aire libre, cerca de un banco, y en él proyectaba sentarme a menudo durante el viaje sin dejar de velar por mi propiedad con el rabillo del ojo.

Con el doble impulso de la corriente y de un viento bastante vivo, descendía rápidamente la gabarra, hendiendo con su proa las amarillentas aguas del hermoso río, aguas que, diga lo que quiera la leyenda, parecen teñidas de ocre más bien que de azul. Nos cruzamos con numerosos bajeles, con sus velas tendidas a la brisa y transportando los productos de la campiña que hasta donde la vista puede alcanzar se extiende a una y otra margen. Pasamos asimismo al lado de una de esas inmensas almadías, verdaderos trenes flotantes formados por un bosque entero, en los que se edifican aldeas acuáticas, alzadas a la partida y derribadas a la llegada, y que recuerdan las prodigiosas jangadas brasileñas del Amazonas.

Luego y caprichosamente diseminadas, las islas se sucedían unas a otras, grandes o pequeñas, alzándose apenas del agua algunas, hasta el extremo de que la mayor parte se verían sumergidas con sólo que el nivel del río subiese unas cuantas pulgadas. Las miradas se recreaban en la contemplación de aquellas islitas tan verdes, tan frescas, con sus líneas de árboles y arbustos y tapizadas con sus humildes hierbecillas salpicadas de flores.

Así fuimos cruzando ante pueblecitos edificados a la orilla misma del río. A veces, parece que el movimiento y los remolinos de los barcos les hacían oscilar sobre su base. Más de una vez pasamos por debajo de una cuerda tendida entre ambas orillas a riesgo de que se engancharan en ella las jarcias de nuestra embarcación.

Durante el primer día, dejamos atrás Fischamenan y Rigelsbrun, anclando la Dorotea, al llegar la noche, en la desembocadura del March, un afluente del lado izquierdo, que desciende de la Moravia, muy cerca de la frontera del reino magiar; en este sitio pasamos la noche del 27 al 28 de abril, para emprender de nuevo la marcha al amanecer, arrastrados por la corriente a través de los territorios donde en el siglo XVI hubieron de batirse franceses y turcos con tanto encarnizamiento.

Finalmente, después de una corta escala en Petronel, en Altenbourg y en Hainbourg, después de franquear el desfiladero de la Puerta de Hungría y después de abrirse ante ella el puente de barcas, la gabarra llegó al muelle de Presburgo. Allá hicimos escala.

Una parada de veinticuatro horas, precisa para el movimiento de mercancías, me permitió visitar esta ciudad, digna de la atención de los viajeros. Tiene verdaderamente todo el aspecto de hallarse edificada sobre un promontorio; no experimentaría uno la menor sorpresa si fuese el mar el que se extendiera a sus pies, bañando las olas su base, en vez de las mansas y apacibles aguas de un río. Por encima de la línea de sus magníficos muelles se dibujaban las siluetas de casas construidas con una notable regularidad, y de un hermoso estilo.

Pude admirar la catedral, cuya cúpula termina con una corona dorada, numerosos hoteles, y hasta algunos palacios que pertenecen a la aristocracia húngara; hice luego la ascensión de la colina en que se alza el castillo, y visité aquella vasta construcción cuadrangular, flanqueada de torres en sus ángulos como una ruina feudal; tal vez pudiera uno lamentar el haberse encaramado tan alto, si una vez allí, la vista no se perdiera sin obstáculos sobre los magníficos viñedos de los alrededores y la llanura infinita por la que se desliza majestuoso el Danubio.

Más allá de Presburgo y en la madrugada del 30 de abril, la Dorotea cruzó a través de las puszta. Viene a ser ésta la estepa rusa, la sabana americana, cuyas llanuras inmensas se extienden por toda la Hungría central; un territorio sumamente curioso, con sus prados de pastos cuyo fin no se percibe, que recorren algunas veces en un golpe tendido innumerables caballadas, y que proporciona alimento a rebaños de bueyes y de búfalos formados por millares de cabezas.

Allí se desarrolla en sus múltiples zigzag el auténtico Danubio húngaro; aumentado ya su caudal con el de muchos y muy caudalosos tributarios procedentes de los pequeños Cárpatos y de los Alpes Estirios, adquiere la importancia de gran río, después de haber sido apenas más que un arroyo en su paso por Austria.

Remontaba yo con la imaginación el curso de este río hasta sus lejanas fuentes, casi en la frontera francesa, en el Gran Ducado de Badén, limítrofe de la Alsacia, y no podía menos de pensar que las lluvias de Francia eran las que le suministraban sus primeras aguas.

Al día siguiente pude detenerme y descubrir la célebre ciudadela de Kromorn, levantada en el siglo XV por Matías Corvino, y donde tuvo lugar el último acto de la insurrección.

No conozco nada más hermoso que el abandonarse a la corriente del Danubio en esta parte del territorio magiar. De continuo curvas caprichosas, bruscos recodos que hacen variar por completo la perspectiva y el paisaje, islas bajas, medio sumergidas, y sobre las cuales revolotean grullas y cigüeñas: en la puszta en toda su magnificencia, ya en praderas lujuriantes, ya en colinas que ondulan en el horizonte; allí prosperan los viñedos mejores de Hungría; puede estimarse en más de un millón de pipas, a las cuales contribuye el Tokav, la producción de este país, que figura, después de Francia, España e Italia, en la lista de las regiones vinícolas. Dícese que esta cosecha se consume casi por entero en el país. No ocultaré, sin embargo, que pude darme la satisfacción de vaciar algunas botellas en las posadas de la ribera; ¡tanto peor para los bebedores magiares!

Debe notarse que los métodos y procedimientos de cultivo van mejorando de año en año en esta región. Sin embargo, queda todavía mucho por hacer; sería menester abrir una red de canales de riego que le asegurasen una fertilidad constante, plantar muchos millares de árboles y disponerlos con arte y simetría de modo que pudieran constituir una barrera contra los vientos perjudiciales. Así, los cereales no tardarían en duplicar y hasta triplicar sus rendimientos.

Por desgracia, la propiedad no se encuentra lo bastante dividida en Hungría. Los bienes de mano muerta son en ella considerables y hay dominios de veintiocho millas cuadradas más extensos todavía, que sus propietarios no han podido explorar jamás en toda su extensión; los pequeños cultivadores no poseen ni siquiera la cuarta parte de ese vasto territorio repartido por otra parte en pequeñas parcelas.

Es probable que semejante estado de cosas, tan perjudicial al país, cambie gradualmente, y tan sólo por la lógica obligada que encierra el porvenir. Por lo demás, el campesino húngaro no es en modo alguno refractario al progreso; está lleno de buena voluntad, de valor y de inteligencia; tal vez se halla demasiado contento con su suerte y de sí mismo; menos, sin embargo, de lo que lo está el campesino germánico; entre ambos hay la diferencia de que si el primero cree poder aprenderlo todo, el segundo cree saberlo todo.

En Gran, situado en la orilla derecha, fue donde noté un cambio en el aspecto general. A las planicies de la puszta sucedieron largas y numerosas colinas, extremas ramificaciones de los Cárpatos y de los Alpes Nórdicos que oprimen el río y le obligan a atravesar estrechos desfiladeros. Gran es la sede del obispo primado de Hungría, y sin duda, la más envidiada de las diócesis del Globo, si es que los bienes de este mundo poseen atractivos para un prelado católico; el titular de esta sede, cardenal, primado, legado, príncipe del Imperio y Canciller del Reino, posee una renta que excederá de un millón de libras.

Más allá de Gran vuelve a comenzar la puszta. Hay que reconocer que la Naturaleza es muy artista; practica en grande la ley de los contrastes; tras los variados aspectos del paisaje entre Presburgo y Gran, ha querido que el paisaje sea aquí triste, sombrío, monótono.

En este viaje, la Dorotea viose obligada a elegir uno de los dos brazos que forman la isla de San Andrés y por lo demás son uno y otro practicables a la navegación; tomó por el brazo de la izquierda, lo cual me permitió ver la ciudad de Waitzen, dominada por media docena de campanarios y con una iglesia construida en la orilla misma del río y que se refleja en las aguas en medio de grandes masas de verdura.

Más adelante, el aspecto del país comenzó a modificarse. La animación sucedió a la calma. Era evidente que nos aproximábamos a una capital, ¡y qué capital! Doble, como ciertas estrellas, y si estas estrellas no son de primera magnitud, resplandecen al menos con gran brillo en la constelación húngara.

La gabarra rodeó una última isla; Buda aparece en seguida e inmediatamente Pest; y en esas dos ciudades, inseparables como dos hermanas gemelas, era donde del 3 al 6 de mayo iba yo a tomar algún reposo, consagrándome a visitarlas y recorrerlas detenidamente.

Entre Buda y Pest, entre la ciudad turca y la ciudad magiar, pasan las flotillas de barcas, especie de galeotas con un mástil de bandera en la proa y dotadas de un largo timón, cuya barra se alarga de un modo desmesurado; ambas orillas se hallan transformadas en muelles que bordean casas sobre las cuales se alzan veletas y campanarios.

Buda, la ciudad turca, se halla situada en la orilla derecha; Pest en la izquierda, y el Danubio, sembrado siempre de islas cubiertas de verdor, forma la cuerda de la semicircunferencia; del lado de ésta se encuentra la llanura, por donde la ciudad ha podido y podrá continuar extendiéndose. Por la parte de Buda hay una sucesión de colinas de forma de bastiones que coronan la ciudadela.

De turca que era, Buda tiende a convertirse en húngara y, hasta fijándose y observando bien, en austríaca. Más militar que comercial, falta en ella la animación que prestan los negocios. No debe admirarnos que la hierba crezca en sus calles y bordee sus aceras. Por habitantes, cuenta, sobre todo, con soldados, quienes diríase que circulan por una ciudad que se encontrara en estado de sitio; en muchos lugares ondea el pabellón nacional, cuya tela flota al viento; es, en suma, una ciudad muerta colocada frente a una ciudad tan viva y bullidora como Pest, de tal suerte que muy bien pudiera decirse que el Danubio se desliza entre el pasado y el porvenir.

No obstante, si bien es cierto que Buda posee un arsenal y que no faltan en ella los cuarteles, también pueden ser visitados muchos palacios de muy buen aspecto. No dejé yo de experimentar cierta impresión ante sus viejas iglesias y su catedral, que se convirtió en mezquita bajo la dominación otomana; seguí por una amplia calle, cuyas casas con terrazas como en Oriente están rodeadas de verjas; recorrí los salones del Ayuntamiento y contemplé la tumba de Bull-Baba, que visitan numerosos peregrinos turcos.

Pero ocurrióme a mí lo mismo que acontece a la mayor parte de los extranjeros, y Pest me ocupó la mayor parte del tiempo; no fue, se me puede dar crédito, tiempo perdido, porque, en realidad, dos días no son suficientes para visitar la capital húngara, la noble ciudad universitaria.

Conviene, en primer término, escalar la colina situada al sur de Buda, a la extremidad del barrio de Taban, con objeto de obtener una vista panorámica de ambas ciudades. Desde este punto se descubren los muelles de Pest y sus plazas rodeadas de hermosos palacios; el aspecto de Pest es magnífico y grandioso, y no sin razón se le ha preferido muchas veces al de Viena.

En la campiña circundante, sembrada de villas, se extiende la inmensa llanura de Rakos, donde en otro tiempo celebraban los caballeros húngaros, con gran solemnidad, sus reuniones o dietas nacionales.

No puede dejarse de visitar enseguida el Museo, con sus cuadros y estatuas, las salas de Historia Natural y de antigüedades prehistóricas, las inscripciones, las monedas, las valiosas colecciones etnográficas que contiene.

Es preciso visitar después la isla Margarita, con sus bosques, sus praderas, sus baños alimentados por una fuente termal y, asimismo, el jardín público, Stadtwaldchen, regado por un arroyuelo practicable para las embarcaciones pequeñas, con sus hermosas umbrías, sus tiendas, sus juegos, y en el cual bulle una animada y señoril muchedumbre, entre la que se encuentra un gran número de tipos notables.

La víspera de mi partida entré en una de las principales hospederías de la ciudad con objeto de reposar un instante; la bebida favorita de los magiares, vino blanco mezclado con una agua ferruginosa, me había refrescado agradablemente, e iba a continuar mis excursiones por la ciudad, cuando mis miradas fueron a tropezar con un periódico desplegado.

Lo cogí maquinalmente y el siguiente título, «Aniversario Storitz», escrito con gruesos caracteres góticos, atrajo enseguida mi atención.

Este nombre era precisamente el que había pronunciado ante mí el subjefe de policía, era el nombre del famoso alquimista alemán, así como el del desahuciado pretendiente de Myra Roderich; no podía abrigar dudas a este respecto.

He aquí lo que leí:

«Dentro de veinte días, el 25 de mayo, se celebrará en Spremberg el aniversario de Otto Storitz. Puede afirmarse que la población se trasladará en masa al cementerio de la ciudad natal del ilustre sabio.

»Sabido es que este hombre extraordinario ha ilustrado Alemania con sus maravillosos trabajos, con sus sorprendentes descubrimientos y con sus prodigiosos inventos, que tanto han contribuido al progreso de las ciencias físicas.»

No exageraba en verdad, el autor del artículo. Otto Storitz era con justicia célebre en el mundo científico; pero lo que me dio más que pensar fueron las líneas siguientes:

«Nadie ignora que, mientras vivió, Otto Storitz pasaba, a los ojos de ciertas gentes inclinadas a lo maravilloso, por ser un tanto brujo; uno o dos siglos antes nada habría tenido de extraño que se hubiera visto detenido, condenado y quemado en la plaza pública; añadiremos que después de su muerte, gran número de personas, dispuestas evidentemente a la mayor credulidad, le consideran aún como un hechicero capaz de sortilegios y encantamientos, habiendo poseído un poder sobrehumano. Lo que les tranquiliza es que parece haberse llevado sus secretos a la tumba; no hay que abrigar la esperanza de que para tales gentes, que jamás abrirán los ojos, Otto Storitz continuará siendo un cabalista, un mago, un hechicero, un demoníaco.»

Sea lo que quiera, pensé yo, lo importante es que su hijo haya sido despedido por el doctor Roderich; ¡todo lo demás me importa un comino!

La gacetilla terminaba con estos párrafos:

«Debe, por lo tanto, esperarse que la muchedumbre, como todos los años, será considerable en la ceremonia del aniversario, sin contar con los amigos serios y respetables que han permanecido fieles al recuerdo de Otto Storitz. No es exagerado suponer que la población de Spremberg, tan supersticiosa, espera algún prodigio y desea ser testigo de él; según las impresiones que hemos podido recoger en la ciudad, el cementerio debe ser teatro de inverosímiles y extraordinarios fenómenos; nadie experimentaría la menor sorpresa si en medio del espanto general se alzase la piedra de la tumba y resucitase el sabio en toda su gloria.

»En opinión de algunos, Otto Storitz ni siquiera habría muerto en realidad, y el día de sus exequias se habrían celebrado falsos funerales.

»No nos detendremos en discutir semejantes necedades; pero como todo el mundo sabe, las supersticiones carecen de lógica y pasará mucho tiempo antes de que el buen sentido se haya impuesto y destruido esas ridículas leyendas. »

No dejó de sugerirme la anterior lectura algunas impresiones pesimistas. Nada más cierto que la muerte y el sepelio de Otto Storitz y ni un instante siquiera merecía la pena detenerse a pensar en la posibilidad de que su tumba se abriese el día 25 de mayo y que apareciese, cual nuevo Lázaro, ante las atónitas miradas de la muchedumbre. Pero si la defunción del padre era indudable, no lo era menos que ese señor había dejado un hijo que estaba vivo y bien vivo, Wilhelm Storitz, rechazado por la familia Roderich; ¿no era de temer que este hecho ocasionase disgustos y contratiempos a Marcos y que suscitase dificultades a su matrimonio... ?

«Bueno -hube de decirme por fin, rechazando el periódico-, he aquí que empiezo a perder la chaveta: Wilhelm Storitz pidió la mano de Myra, mano que le fue negada, ¿y luego...? Pues luego no se le ha vuelto a ver, y toda vez que nada me ha dicho Marcos de semejante asunto, no veo la razón de que haya de concederle yo la más mínima importancia. »

Pedí tintero, pluma y papel y escribí a mi hermano, con objeto de anunciarle que al día siguiente saldría de Pest y que llegaría en la tarde del día 11 de mayo, ya que, a lo sumo, me encontraba a setenta y cinco leguas de Raab; hacíale notar que hasta el momento mi viaje se había realizado sin incidentes ni retrasos, y que no veía ninguna razón para pensar que no hubiera de terminarse lo mismo; no me olvidaba de rogarle que presentase mis respetos a los señores Roderich y añadía para Myra la seguridad de mi afectuosa simpatía, que Marcos tendría a bien transmitirle.

A las ocho de la mañana siguiente desamarró la Dorotea del muelle y se entregó a la corriente.

Innecesario será decir que, a partir de Viena, en cada una de las escalas había habido renovación de pasajeros. Los unos habían desembarcado en Presburgo, en Gran o en Budapest, en tanto que se habían embarcado otros en dichas ciudades; sólo cinco o seis dos ingleses entre ellos, habían embarcado en la capital austríaca con ánimo de llegar hasta el mar Negro.

En Pest, como en las escalas anteriores, había, pues, recibido la Dorotea nuevos pasajeros; uno de éstos llamó especialmente mi atención, tan extraño hubo de parecerme su aspecto.

Era un hombre de unos treinta y cinco años aproximadamente, alto, de un rubio intenso, de aspecto duro, mirada imperiosa: un hombre, en suma de los menos simpáticos; su actitud revelaba al hombre altivo y desdeñoso; en diversas ocasiones se dirigió al personal de a bordo, lo cual me permitió oír su voz seca, desagradable, y el tono de mando con que hacía sus preguntas.

Este pasajero no quería, al parecer, relacionarse con nadie, lo cual me importaba un ardite, ya que hasta entonces me había yo mantenido en una extrema reserva respecto de mis compañeros de viaje; el patrón de la Dorotea era el único a quien yo me había dirigido para pedirle algunos informes.

Observando bien a semejante personaje era forzoso convenir que se trataba de un alemán, originario, según todas las probabilidades, de Prusia; teníase la intuición de ellos, se sentía, como suele decirse, y todo llevaba en él el sello teutónico; imposible confundirle ni un instante con los valientes húngaros, con los simpáticos magiares, verdaderos amigos de Francia.

Al dejar Budapest, apenas si la gabarra marchaba más deprisa que la corriente; la brisa, sumamente leve, sólo le imprimía una muy débil y escasa velocidad, razón por la cual se hacía en sumo grado fácil la tarea de observar con todo pormenor los paisajes que a nuestras miradas se ofrecían.

Después de haber dejado atrás la ciudad doble, la Dorotea, habiendo alcanzado la isla Czepel, que divide al Danubio en dos brazos, tomó por el de la izquierda.

Tal vez el lector se admire, en el supuesto de que tenga yo lectores, de la completa trivialidad de un viaje cuyas extrañas peripecias comencé yo mismo por indicar; si así fuese, tenga el lector un poco de paciencia; no tardará mucho en tropezar con tanto suceso extraño y raro como pueda desear.

Precisamente, en el momento mismo de rodear la Dorotea la isla Czepel, fue cuando se produjo el primer incidente de que conservo memoria; un incidente de los más insignificantes; ¿tendré ni siquiera el derecho de llamar «incidente» a un hecho de tan poca importancia y por añadidura completa y totalmente imaginario, según pude comprobar inmediatamente? Como quiera que sea, he aquí lo acontecido:

Hallábame entonces a la popa del barco, en pie, cerca de mi baulito, en cuya tapa estaba pegado un papel en el que quien quisiera podía leer mi nombre, apellido, dirección y calidad; de codos sobre la borda dejaba errar beatíficamente mis miradas por la puszta que se desarrolla más allá de Pest y no pensaba en nada, lo confieso.

De pronto experimenté la vaga sensación de que alguien se encontraba detrás de mí.

Todo el mundo conoce, por haberla sentido, esa impresión vaga de que hablo y que experimentamos cuando somos mirados fijamente por una persona cuya presencia ignoramos; es éste un fenómeno mal o nada explicado y bastante misterioso; pues bien, en ese momento sentí yo una impresión de tal género.

Volvíme bruscamente. Próximo a mí no había nadie.

Tan clara y precisa había sido la impresión, que permanecí algunos minutos con la boca abierta y comprobando mi soledad; hubo de serme preciso rendirme a la evidencia, y reconocer que más de diez toesas me separaban de los pasajeros más próximos.

Burlándome de mi necia y ridícula nerviosidad, volví a mi primera posición y ningún recuerdo hubiera guardado de tan fútil incidente, si ulteriores acontecimientos, que a la sazón me hallaba muy lejos de esperar, no se hubiesen encargado de refrescar mi memoria.

Por el momento dejé de pensar en ello y mis miradas volvieron a dirigirse hacia la puszta, que se extendía ante nosotros con sus curiosos efectos de espejismo, sus largas llanuras, sus verdosos prados, sus tierras de cultivo, más ricas en las proximidades de la gran ciudad. Entretanto, por el río continuaba desarrollándose el rosario de las islas bajas, casi sumergidas.

Durante aquella jornada del 7 de mayo hicimos unas veinte leguas siguiendo los múltiples repliegues del río bajo un cielo inseguro que nos dio más horas húmedas que secas; a la caída de la tarde nos detuvimos para pasar la noche entre Duna Pentel y Duna Foldrar. La jornada del día siguiente fue semejante a la anterior desde todos los puntos de vista, y de nuevo hicimos alto en plena campiña, unas diez leguas más allá de Batta.

El 9 de mayo, con tiempo sereno, partimos con la certeza de llegar a Mohacz antes de la noche. Hacia las nueve, en el momento de ir a entrar en la sala, salía el pasajero alemán. Poco faltó para que tropezáramos y quedé sumamente sorprendido de la mirada tan singular que me dirigió; era la primera vez que el azar nos colocaba frente a frente y, sin embargo, no tan sólo había insolencia en aquella mirada, sino que, sin duda, estaba yo soñando, hubiera jurado que había también odio en ella.

¿Qué quería aquel individuo? ¿Me odiaba sencillamente por ser yo francés? Se me ocurrió, en efecto, el pensamiento de que habría podido leer mi nombre sobre la tapa del baúl, y hasta sobre la placa de mi saco de viaje, depositado en una de las banquetas; tal vez fuera esto lo que me valía aquellas miradas de enojo.

Pues bien, si él sabía y conocía mi nombre, yo estaba firmemente resuelto a no hacer nada por averiguar el suyo, toda vez que el personaje me interesaba muy poco.

La Dorotea hizo escala en Mohacz, pero demasiado tarde para que me fuera posible ver de esa importante ciudad otra cosa que dos campanarios que se elevaban por encima de una gran masa inundada ya de sombras; desembarqué, con todo, y tras una excursión de una hora volví a bordo.

Embarque de algunos pasajeros y partida al amanecer del 10 de mayo.

Durante esta jornada, el alemán se cruzó varias veces conmigo en el puente, afectando mirarme con una expresión que decididamente me causaba fuerte desagrado; no soy de aquellos a quienes gusta buscar querellas a las gentes, pero tampoco me place lo más mínimo que se me observe con semejante enojosa y descortés persistencia. Si aquel impertinente tenía algo que decirme, ¿por qué no me lo decía? No es con los ojos como se habla en tales casos, y si él no comprendía el francés, yo por mi parte habría sabido responderle en su idioma.

Sin embargo, si había de llegar el caso de que me viera obligado a interpelar al teutón, era preferible que previamente hubiese yo obtenido algunos informes acerca de él.

Pregunté al patrón de la gabarra si conocía a aquel viajero.

-No -me contestó.

-¿Es alemán? -interrogué.

-Sin la menor duda, señor Vidal, y hasta me figuro que lo es dos veces, porque debe de ser prusiano.

-¡Caramba! ¡Es demasiado con serlo una sola! -dije yo; respuesta poco digna, lo concedo, de un hombre culto, pero respuesta que pareció ser del agrado del capitán, que era de origen húngaro.

Durante la tarde, la barca evolucionó a la altura del Zombor, demasiado alejada de la orilla izquierda del río para que fuera posible verla bien. Es una ciudad muy importante, situada como Szegedin en esa vasta península formada por los dos cursos del Danubio y del Tisza, uno de sus más importantes afluentes.

Al otro día, siguiendo las numerosas sinuosidades del río, la gabarra se dirigió hacia Vukovar, construida sobre la orilla derecha; pasamos entonces a lo largo de la frontera de la Eslavonia, donde el río modifica su dirección Norte-Sur para correr hacia el Este; allí se extendía también el territorio de los Confines Militares. De trecho en trecho veíanse numerosos cuerpos de guardia en comunicación entre sí, merced a ir y venir de los centinelas, que ocupaban cabañas de madera o garitas de ramas de árboles.

Este territorio se halla administrado militarmente; todos los habitantes, designados con el nombre de grenzer, son soldados; las provincias, los distritos, las parroquias se borran para dejar el puesto a los regimientos y a las Compañías de ese ejército particular. Bajo la denominación de Confines Militares compréndase el territorio que se extiende desde el Adriático hasta las montañas de la Transilvania, abarcando un área de seiscientas diez millas cuadradas cuya población, de unas once mil almas, se halla sometida a una severa disciplina. Data esta institución de antes del actual reinado de María Teresa, y tiene su razón de ser no tan sólo contra los turcos, sino también como cordón sanitario contra la peste; allá se van los unos y la otra.

A partir de Vukovar dejé de ver al alemán a bordo; sin duda había desembarcado en esta ciudad; me vi de esta suerte libre de su presencia, lo que me evitó toda clase de explicaciones con semejante individuo.

Otros pensamientos ocupaban a la sazón mi espíritu; dentro de muy breves horas llegaría el barco a Raab; ¡qué alegría el volver a ver a mi hermano, de quien hacía más de un año me encontraba separado, estrecharle entre mis brazos, charlar ambos de cosas tan interesantes para nosotros y conocer a su nueva familia!

Hacia las cinco de la tarde comenzaron a aparecer en la orilla izquierda algunas iglesias, coronadas las unas por cúpulas y dominadas las otras por campanarios que se recortaban sobre un cielo por el que corrían rápidas nubes.

Eran los primeros anuncios de una gran ciudad: era Raab.

Tras el último recodo del río apareció ésta por entero, pintorescamente asentada al pie de altas colinas, una de las cuales soportaba el viejo castillo feudal, la acrópolis tradicional de las viejas ciudades de Hungría.

Impulsada por la brisa, la gabarra se acercó al desembarcadero y ancló.

En este preciso momento fue cuando sobrevino el segundo incidente de mi viaje. ¿Merece ser esta vez referido...? El lector juzgará de ello.

Me hallaba de pie, cerca de la banda de babor, contemplando la línea de los muelles, en tanto que la mayor parte de los pasajeros se acercaban a la salida, donde pululaban numerosos grupos, entre los cuales contaba yo que se encontraría esperándome mi hermano Marcos.

Pues bien, al tratar de descubrirle con la mirada percibí cerca de mí, muy claramente pronunciadas en lengua alemana, estas inesperadas palabras:

-Si Marcos Vidal se casa con Myra Roderich, ¡desdichada de ella y desdichado de él...!

Di rápidamente media vuelta... ¡Estaba solo en aquel lugar; y no obstante, alguien acababa de hablarme...! ¡Sí, se me había hablado, y aun iría más lejos, la voz con que se me habló no me era desconocida!

Sin embargo, ¡no había nadie, lo repito, nadie...! Era evidente que me equivoqué, y aquella frase amenazadora fue producto de mi imaginación; una especie de alucinación y nada más. Preciso era que mis nervios no anduviesen bien para jugarme aquellas pasadas en dos días. Estupefacto, miré de nuevo a mi alrededor... No, no había nadie... ¿qué otra cosa podía hacer sino encogerme de hombros y desembarcar?

Y esto fue lo que hice, abriéndome, no sin esfuerzo, paso a través de la bulliciosa muchedumbre que llenaba el desembarcadero en su totalidad.

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