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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo IV

Al día siguiente, día solemne, hice mi visita oficial a la familia Roderich.

Álzase la casa del doctor en la extremidad del muelle Batthyani, esquina al bulevar Tekeli, el cual bajo diferentes nombres da la vuelta a la ciudad; es un hotel moderno, de una ornamentación rica y severa en el interior y amueblado con gusto que atestigua un sentido artístico muy refinado.

Delante de las habitaciones hay una galería de cristales adonde dan las puertas que conducen al despacho del doctor Roderich, a los salones y al comedor. Y todas estas habitaciones reciben la luz del muelle Batthyani, por las seis ventanas de la fachada y del bulevar Tekeli.

El primero y el segundo piso reproducen la misma disposición; encima del salón y del comedor, los cuartos de los esposos Roderioh; en el segundo el del capitán Haralan; encima del despacho del doctor, la alcoba y el tocador de Myra.

Conocía yo este hotel antes de haberlo visitado; durante nuestra conversación de la víspera, Marcos me lo había descrito sin dejar un detalle y pieza, sin olvidar la monumental escalera y la terraza circular, desde la que se domina la ciudad y el curso del Danubio. Hasta sabía, del modo más preciso, cuáles eran los lugares preferidos de Myra en las distintas habitaciones de la casa.

Sería la una de la tarde cuando Marcos y yo fuimos recibidos en la amplia galería de cristales construida ante el primer cuerpo del edificio.

Sobre un caballete vi y admiré el retrato de Myra, obra de una factura magnífica, digna del nombre que la firmaba, y que era para mí el más querido del mundo.

El doctor Roderich tendría unos cincuenta años, pero no se le hubiera calculado tal edad; era de elevada estatura, recto, de cabellos espesos y grisáceos, buen color y una vigorosa constitución sobre la que ninguna enfermedad hacía presa. Reconocíase en él al verdadero tipo magiar en toda su original pureza, y en su persona había una especie de altivez y arrogancia natural, atemperadas por la expresión sonriente de su semblante. Tan pronto como le fui presentado sentí, en su caluroso apretón de manos, que me encontraba en presencia del mejor de los hombres.

La señora Roderich, de cuarenta y cinco años de edad, conservaba numerosos restos de su gran hermosura de otros tiempos, rasgos regulares, ojos de un azul oscuro, una magnífica cabellera que comenzaba a blanquear, una boca finamente dibujada, dejando ver una dentadura intacta y un talle aún esbelto y elegante.

Marcos me había hecho de ella un retrato bastante fiel. Producía la impresión de ser una excelente mujer, dotada de todas las virtudes familiares, habiendo encontrado la felicidad completa al lado de su marido, y adornando a sus dos hijos con toda la ternura de una madre prudente y previsora.

La señora Roderich diome muestras de gran estima y afecto, de que quedé profundamente agradecido; considerábase, dijo, dichosa, por la llegada a su casa del hermano de Marcos Vidal a condición de que tuviera a bien considerarla como suya.

Pero ¿qué decir de la señorita Roderich? Se acercó a mí, sonriente, con la mano o más bien con los brazos abiertos. Sí, era efectivamente una hermana lo que iba a tener yo en aquella muchacha, una hermana que me abrazó, y a quien yo abracé sin ningún linaje de ceremonias. Y estoy seguro de que Marcos, al contemplarlo, conoció el aguijón de la envidia.

-¡Yo todavía no he llegado a eso! -exclamó, suspirando.

-Porque no es usted mi hermano -replicó, riendo, mi futura cuñada.

La señorita Roderich era, en efecto, tal como mi hermano me la había descrito y tal como la representaba aquel lienzo que acababa yo de admirar: una joven de cabeza encantadora, coronada por una fina cabellera rubia, ojos de un azul oscuro rebosante de personalidad, la boca de un corte perfecto, labios sonrosados abriéndose sobre dientes de resplandeciente blancura, de estatura algo más que mediana, esbelta y elegante; era Myra la gracia personificada, de una distinción perfecta, sin gazmoñería ni afectación.

El capitán Haralan se encontraba allí arrogante con su uniforme y ostentando un parecido casi exacto con su hermana; habíame estrechado la mano tratándome como hermano, y podíamos considerarnos como verdaderos amigos, aun cuando nuestra verdadera amistad no datase sino de la víspera.

No me quedaba, por consiguiente, ningún miembro de la familia a quien conocer.

La conversación que en seguida se inició siguió rumbos caprichosos, pasando sin ningún orden de un tema a otro; se habló primeramente de mi viaje, de la navegación a bordo de la Dorotea, de mis ocupaciones en Francia, del tiempo de que me era dado disponer, de la hermosa Raab, que habría de visitar en detalle, del gran río que debería yo recorrer hasta llegar, por lo menos, hasta las Puertas de Hierro, de aquel magnífico Danubio cuyas aguas parecen impregnadas de rayos de oro, de todo el bello país magiar, tan lleno de recuerdos históricos, de la famosa puszta, que debería atraer a los curiosos del mundo entero, etc.

-¡Con cuánta alegría le vemos junto a nosotros, señor Vidal! -repetía Myra Roderich, juntando las manos con un gesto lleno de gracia-. Su viaje se prolongaba y no dejábamos de hallarnos algún tanto inquietos; no quedamos tranquilos hasta que se recibió la carta que usted escribió desde Pest.

-Soy muy culpable, señorita Myra -respondí-, muy culpable por haberme retrasado en el camino. Hace mucho tiempo que me encontraría en Raab, si hubiese tomado la posta de Viena; pero los húngaros no me habrían perdonado nunca el haber desdeñado el Danubio, del que, con mucha razón, tan orgullosos se muestran, y que merece la fama de que universalmente goza.

-¿Nuestro río?

-Sí, señorita.

-En efecto, señor Vidal -aprobó el doctor-. El Danubio es nuestro glorioso río y nos pertenece, en verdad, a nosotros desde Presburgo hasta Belgrado.

-Le perdonamos a usted, en gracia al Danubio, señor Vidal -dijo la señora Roderich-, pues al fin y al cabo, se encuentra usted ahora entre nosotros, y nada retrasará ya la dicha de estos dos muchachos que nos son tan queridos.

Mientras hablaba, la señora Roderich fijaba enternecida miradas sobre su hija y sobre Marcos, unidos ya en su corazón; lo mismo hacía por su parte el doctor Roderich; en cuanto a «los dos muchachos» se comían recíprocamente con los ojos, como suele decirse; y por lo que a mí se refiere, puedo asegurar que estaba literalmente conmovido ante la dicha y la tranquilidad de aquella venturosa familia.

No había que pensar en salir aquella tarde; si bien el doctor hubo de verse obligado a volver a sus habituales ocupaciones, la señora Roderich y su hija no tenían ningún asunto que les obligara a salir de casa; en compañía recorrí el hotel y admiré todas las hermosas cosas que encerraba.

-¿Y la torre? -exclamó Myra-. ¿Piensa el señor Vidal que va a terminar su primera visita al hotel sin que se haya encaramado antes a nuestra torre?

-Seguramente no, señorita Myra -respondí-; ni una sola de las cartas de Marcos dejaba de hablarme de esa torre en términos de gran encomio, y, a decir verdad no he venido a Raab más que con el objeto de subir a ella.

-Tendrán ustedes que hacer la ascensión sin que yo les acompañe -dijo la señora Roderich-, pues resulta demasiado pesada para mí.

-¡Oh, madre, son ciento sesenta peldaños solamente!

-Y ¿te parece poco?

-Muy poco.

-Para tu edad, sí, hija mía; pero yo no la tengo ya.

-Tu edad, madre mía, no sale siquiera a cuatro escalones por año -dijo el capitán Haralan-; pero quédate y nos reuniremos de nuevo en el jardín.

-¡En marcha hacia el cielo! -dijo Myra.

Lanzóse ella la primera, y apenas si podíamos seguirla, tal era su ligereza; en pocos minutos alcanzamos la terraza, desde la que se ofreció a nuestras miradas un panorama magnífico y grandioso.

Hacia el Oeste, toda la ciudad y sus arrabales dominados por la colina de Wolkang, coronada por el viejo castillo en el que se ve ondear al viento la bandera húngara; hacia el Sur, el sinuoso curso del Danubio, de ciento setenta y cinco toesas de anchura, surcado incesantemente por las embarcaciones que lo remontan o desciende por él, y más allá, las lejanas y brumosas montañas de la provincia servia; al Norte, al puszta con sus bosques, sus llanuras, sus tierras de cultivo, sus praderas, precedido todo por innumerables casas de campo.

Permanecí absorto ante aquel espectáculo, admirable, de tan varios aspectos, y que se extendía hasta los últimos confines del horizonte.

Mi futura cuñada creyó deber darme algunas explicaciones, haciéndolo con exquisita amabilidad y gracia.

-Ese -dijo- es el barrio aristocrático, con sus palacios, sus hoteles, sus plazas, sus estatuas. De ese otro lado, bajando, señor Vidal, podrá usted divisar el barrio comercial, con sus calles rebosantes de gente, sus mercados... y el Danubio, pues siempre hay que volver a nuestro Danubio, que está bastante animado en este momento. Y la isla Svendor, completamente verde, con sus bosquecillos y sus prados esmaltados de flores.

-¡Es hermosísimo!

-Supongo que mi hermano no se olvidará de llevarle a la isla Svendor.

-Tranquilízate -respondió el capitán Haralan-; no perdonaré nada para que el señor Vidal visite todos los rincones de Raab.

-Y nuestras iglesias -repuso Myra-. Vea usted nuestras iglesias con sus campanarios. Y tendrá usted ocasión de escuchar los domingos las armonías de nuestras campanas. Y nuestro Ayuntamiento con su patio de honor entre los dos cuerpos de edificio, su elevada techumbre y sus grandes ventanales...

-Mañana mismo -dije- lo visitaré, si el capitán no tiene nada que objetar.

-Nada absolutamente, mi querido señor.

-Y bien, caballero -interrumpió Myra volviéndose hacia Marcos-, ¿qué es, si puede saberse, lo que con tanta atención está usted contemplando mientras yo enseño a su hermano el Ayuntamiento?

-La catedral y su masa majestuosa, sus torres, su fachada, su aguja central, que se eleva hacia el cielo como para llevar hasta él la oración y las súplicas de los fieles, y ante todo y sobretodo su monumental escalera.

-¿La escalera? -exclamé yo.

-La escalera, sí, la escalera.

-¿Y por qué -inquirió Myra- tanto entusiasmo por esa monumental escalera?

-Porque ella conduce, precisamente bajo la cúpula, a cierto sitio del coro -respondió Marcos mirando amorosamente a su novia, cuyo lindo rostro se coloreó con un leve sonrosado-, a un sitio donde...

-¿Dónde qué? ...

-Donde yo espero oír de sus labios la más grande y la más hermosa de todas las palabras del mundo, aun cuando no conste más que de una sílaba.

-¡Bah, bah, de aquí a entonces! ...

Tras una larga parada en la terraza, volvimos a descender al jardín, donde nos aguardaba la señora Roderich. Paseando unas veces y sentados otras, transcurrió alegremente el tiempo, hasta el regreso del doctor a la hora de la comida.

Como era natural, aquel día me senté por primera vez a la mesa de la familia Roderich, pasando luego la velada nosotros solos.

Varias veces la señorita Myra se sentó ante el clavicordio, y acompañándose de él cantó con voz agradable y exquisito gusto esas originales melodías húngaras, odas, elegías, epopeyas, baladas que no pueden escucharse sin emoción.

La velada, en suma, fue una delicia, que se hubiera prolongado hasta una hora bastante avanzada de la noche, si el capitán Haralan no hubiera dado la señal de la partida, disolviéndose aquella gratísima reunión.

Cuando estuvimos de regreso en mi habitación del hotel Temesvar, Marcos me dijo:

-¿Había yo exagerado? ¿Crees tú que haya en el mundo otra muchacha?

-¡Otra! -hube de responder-. ¡Pero si estoy tentado de preguntarte y preguntarme si habrá otra verdaderamente una, si existe en realidad la señorita Myra Roderich!

-¡Ah, mi querido Enrique, la adoro con toda mi alma!

-¡Pardiez! He ahí una cosa que no me sorprende en absoluto, mi querido Marcos. No te consideraría como mi hermano si hubiese sido de otro modo.

Nos acostamos enseguida, sin que ni la más leve nubecilla hubiera venido a ensombrecer aquella feliz y tranquila jornada tan íntima y familiar.

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