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Un drama en México
Editado
© Ariel Pérez
31 de mayo del 2002
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Un drama en México
Capítulo III
De Cigualán a Tasco

Al día siguiente los caballos estaban ensillados y embridados antes de la salida del sol. Los viajeros, cabalgando por senderos apenas marcados que serpenteaban ante ellos, se internaron hacia el este atajando al sol. Su viaje parecía auspiciarse favorablemente. Si no hubiera sido por la actitud taciturna del teniente, que contrastaba con el buen humor del gaviero, se les habría tomado por las personas más honradas de la tierra. El terreno ascendía cada vez más. La inmensa meseta de Chilpanzingo, en la que reina el mejor clima de México, no tardó en extenderse hasta los confines del horizonte. Esta región, perteneciente a la zona templada, está situada a mil quinientos metros sobre el nivel del mar, y no experimenta ni los calores de las tierras bajas ni los fríos de las zonas elevadas. Pero, dejando este oasis a su derecha, los dos españoles llegaron a la aldea de San Pedro y, luego de tres horas de descanso, reemprendieron su ruta dirigiéndose al pequeño pueblo de Tutela del Río.

-¿Dónde vamos a pernoctar? - preguntó Martínez.

-En Tasco - respondió José -. Una gran ciudad, comparada con estas aldeillas, mi teniente.

-¿Hay alguna buena posada?

-Sí, y en un buen clima, bajo un hermoso cielo, en Tasco el sol calienta menos que al borde del mar. De esa forma, apenas sin enterarse a medida que se va subiendo, llega uno gradualmente a helarse en las cimas del Popocatepetl.

-¿Cuándo atravesaremos las montañas, José?

-Pasado mañana al atardecer, mi teniente. Desde las cumbres podremos vislumbrar, muy lejos, eso sí, el término de nuestro viaje. ¡México es, realmente, una ciudad de oro! ¿Sabe usted en lo que estoy pensando, mi teniente?

Martínez no respondió.

-Me pregunto qué habrá sido de los oficiales del brick y del navío que abandonamos en aquel islote.

Martínez se estremeció.

-¡No lo sé...! - respondió sordamente.

-Me gusta pensar - continuó José - que todos esos altaneros personajes se han muerto de hambre. Por otra parte, cuando los desembarcamos algunos cayeron al mar, y por esos parajes hay una especie de tiburón, la tintorera, que no perdona. ¡Virgen Santa! ¡Si el capitán Orteva levantara la cabeza, ya podríamos irnos ocultando en el vientre de una ballena! Pero, por fortuna, su cabeza estaba a la altura de la botavara cuando las escotas se rompieron tan oportunamente...

-¡Cállate de una vez!

El marinero puso punto en boca.

« ¡A buenas horas le entran los escrúpulos! », pensó José.

Luego, en voz alta, recomenzó:

-Cuando regresemos me quedaré a vivir en este hermoso país de México. ¡Se hacen las singladuras entre piñas y bananas y se encalla en arrecifes de oro y de plata!

-¿Por eso te decidiste a hacer traición? - preguntó Martínez.

-¿Por qué no, mi teniente? ¡Asunto de piastras!

-¡Ah...! - exclamó Martínez con desagrado.

-¿Y usted? - preguntó José.

-¿Yo? ¡Por cuestiones de jerarquía! ¡El teniente pretendía, ante todo, vengarse del capitán!

-¡Ah...! - exclamó José, despreciativo.

Los dos eran tal para cual, fuesen cuales fueran sus móviles.

-¡Calla...! - murmuró Martínez, deteniéndose con brusquedad -. ¿Ves algo por aquel lado?

José se irguió sobre los estribos.

-No hay nadie - respondió.

-¡He visto desaparecer rápidamente a un hombre! - dijo Martínez.

-¡Imaginaciones!

-¡Lo he visto! - repitió Martínez, impaciente.

-¡Pues bien, explore, si ese es su gusto...!

Y José continuó su camino. Martínez avanzó solo hacia un matorral de ese tipo demangles cuyas ramas, al tocar el suelo, echan raíces y forman malezas impenetrables. El teniente echó pie a tierra. La soledad era completa.

De pronto, observó una especie de espiral que se removía en la sombra. Era una serpiente de pequeño tamaño, con la cabeza aplastada por una piedra, y que retorcía aún la parte posterior de su cuerpo como si estuviese galvanizada.

-¡Había alguien aquí! - murmuró el teniente.

Martínez, supersticioso y con remordimientos, miró hacia todas partes. Empezó a temblar.

-¿Quién sería...? - susurró.

-¿Qué pasa? - preguntó José, que se había reunido con su compañero.

-¡Nada, nada! - respondió Martínez -.

-¡Vámonos!

Los viajeros bordearon a continuación las riberas del Mexala, pequeño afluente del río Balsas, cuyo curso también remontaron. Pronto, algunas humaredas delataron la presencia de indígenas, y el pequeño pueblo de Tutela del Río apareció ante sus ojos.

Pero los españoles, que tenían prisa por llegar a Tasco antes de anochecer, dejaron el pueblo luego de unos momentos de reposo. El camino se hacía más abrupto. Sus monturas tenían que ir casi siempre al paso. Aquí y allá, pequeños olivares empezaron a aparecer en las laderas de las montañas. Tanto en el terreno como en la temperatura y la vegetación se manifestaban notables diferencias. No tardó en caer la noche. Martínez seguía a pocos pasos a su guía. Este se orientaba con trabajo en medio de las espesas tinieblas, buscando los senderos practicables, renegando unas veces contra un tronco que le hacía tropezar, otras contra una rama que le azotaba la cara y amenazaba con apagar el excelente habano que fumaba.

El teniente dejaba que su caballo siguiera al de su compañero. Vagos remordimientos le acometían, sin advertir que era presa de una obsesión. La noche había caído por completo. Los viajeros apretaron el paso. Atravesaron sin detenerse las aldeas de Contepec y de Iguala, y llegaron al fin a Tasco.

José tenía razón. Era una gran ciudad después de las insignificantes aldeas que habían atravesado. Una especie de posada se abría en la calle principal. Tras dejar sus caballos a un mozo de cuadra, entraron en la sala del establecimiento, en la que aparecía una larga y estrecha mesa completamente servida. Los españoles se sentaron uno frente al otro y comenzaron a hacer los honores a una comida que sería sin duda suculenta para paladares indígenas, pero que sólo el hambre podía hacer soportable a paladares europeos.

Se trataba de pedazos de pollo que nadaban en una salsa de chile verde, porciones de arroz sazonadas con ajíes y azafrán, gallinas viejas rellenas con aceitunas, pasas, cacahuetes y cebollas; calabacines en dulce, garbanzos y ensaladas, acompañado todo por tortillas, una especie de tortas de maíz cocinadas en una placa de hierro. Tras la comida les sirvieron de beber. De todas formas, si no el paladar, el hambre fue satisfecha, y la fatiga no tardó en hacer dormir a Martínez y a José hasta una hora avanzada de la mañana.

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