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Un drama en México
Editado
© Ariel Pérez
31 de mayo del 2002
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Un drama en México
Capítulo V
De Cuernavaca al Popocatepetl

La temperatura era fría y la vegetación escasa. Estas alturas inaccesibles pertenecen a las zonas glaciales, llamadas las «tierras frías» Los abetos de las regiones brumosas mostraban ya sus secas siluetas entre las ultimas encinas de estos climas elevados, y las fuentes se hacían cada vez más raras en terrenos que están compuestos en su mayor parte de traquitas resquebrajadas y de amigdaloides porosas.

Desde hacía ya seis horas largas el teniente y su compañero se arrastraban penosamente, hiriéndose las manos en las vivas aristas de las rocas y los pies en los agudos guijarros del camino. Pronto, la fatiga les obligó a sentarse. José se ocupó de preparar algún alimento.

-¡Condenada idea, no haber tomado el camino ordinario! - murmuraba.

Ambos esperaban encontrar en Aracopistla, aldea totalmente perdida entre las montañas, algún medio de transporte para finalizar su viaje; pero ¡cuál no sería su decepción al encontrarse con lo mismo que en Cuernavaca, la misma inexistencia de todo lo necesario y la misma falta de hospitalidad! Y, sin embargo, había que llegar.

Ante ellos se erguía entonces el inmenso cono del Popocatepetl, de una altitud tal que las miradas se perdían entre las nubes intentando encontrar la cima de la montaña. El camino era de una aridez desesperante. Por todas partes se abrían insondables precipicios entre los salientes del terreno, y los vertiginosos senderos parecían oscilar bajo los pasos de los caminantes. Para avistar bien el camino tuvieron que escalar una parte de esta montaña de cinco mil cuatrocientos metros a la que los indios llamaban «La roca humeante» y que muestra aún la huella de recientes explosiones volcánicas. Sombrías grietas serpenteaban entre sus abruptas laderas. Desde el último viaje del gaviero José, nuevos cataclismos habían trastornado estos desiertos que ya no conseguía reconocer. De esa forma se perdía por senderos impracticables deteniéndose a veces con el oído atento, porque sordos rumores se dejaban oír aquí y allá a través de las quebraduras del enorme cono.

El sol declinaba ya a ojos vistas. Enormes nubes, aplastadas contra el cielo, oscurecían aún más la atmósfera. Amenazaban la lluvia y la tormenta, fenómenos frecuentes en estas comarcas en las que la elevación del terreno acelera la evaporación del agua. Toda especie de vegetación había desaparecido en estos roquedales cuya cima se pierde bajo las nieves eternas.

-¡No puedo más! - dijo por fin José, desplomándose de fatiga.

-¡Sigamos andando! - respondió el teniente Martínez con febril impaciencia.

Algunos truenos resonaron al momento en las grietas del Popocatepetl.

-¡Que el diablo me lleve si consigo orientarme entre estos senderos perdidos! - exclamó José.

-¡Levántate y sigamos! - respondió bruscamente Martínez, obligando a José a seguir caminando dando traspiés.

-¡Y ni un ser humano que nos guíe! - murmuraba el gaviero.

-¡Mejor! - dijo el teniente.

-¿Acaso no sabe que, cada año, se cometen un millar de asesinatos en México y que sus alrededores no son seguros?

-¡Mejor! - replicó Martínez.

Gruesas gotas de lluvia brillaban en las aristas de las rocas, iluminadas por los últimos resplandores del cielo.

-¿Qué es lo que veremos cuando consigamos atravesar las montañas que nos rodean? - preguntó el teniente.

-México a la izquierda y Puebla a la derecha, ¡si es que podemos ver algo! - respondió José -. Pero no distinguiremos nada. Está demasiado oscuro... Tendremos ante nosotros la montaña de Icctacihuatl y, por la hondonada, el camino seguro. Pero, ¡por Satanás!, no creo que lleguemos.

-¡Sigamos!

José estaba en lo cierto. La meseta de México está encerrada entre un inmenso circo de montañas. Es una inmensa cuenca oval de dieciocho leguas de largo, doce de ancho y sesenta y siete de perímetro, rodeada de altos salientes, entre los que se distinguen, al sudoeste, el Popocatepetl y el Icctacihuatl. Una vez llegado a la cima de estas barreras, el viajero ya no experimenta ninguna dificultad para descender por la meseta de Anahuac y la ruta, que se prolonga hacia el norte, es agradable hasta México. Entre las amplias avenidas de olmos y de álamos se admiran los cipreses plantados por los reyes de la dinastía azteca, así como los schinns, parecidos a los sauces llorones de Occidente. Por todas partes los campos labrados y los jardines en flor muestran sus cosechas, mientras que manzanos, granados y cerezos respiran a gusto bajo este cielo azul profundo que determina el aire seco y enrarecido de las alturas terráqueas.

 

Los estallidos del trueno se repetían entonces con extrema violencia en la montaña. La lluvia y el viento, que cesaban a ratos, tornaban más sonoros los ecos.

José maldecía a cada paso. El teniente Martínez, pálido y silencioso, miraba hostilmente a su compañero que se erguía ante él como un cómplice a quien hubiera querido hacer desaparecer.

De pronto, un relámpago iluminó la oscuridad. ¡El gaviero y el teniente estaban al borde de un abismo! Martínez se acercó de un salto a José. Le puso la mano sobre el hombro y, después de los últimos fragores del trueno, le dijo:

-¡José...! ¡Tengo miedo...!

-¿Miedo de la tormenta?

-No temo a la tempestad del cielo, José, sino la tormenta que se ha desencadenado dentro de mí...

-¡Ah! ¡Usted piensa todavía en el capitán Orteva...! ¡Vamos, mi teniente, me hace reír! - respondió José, que no se atrevía a reírse porque Martínez le miraba con ojos extraviados.

Un trueno formidable resonó.

-¡Calla, José, calla! - exclamó Martínez, que no parecía dueño de sí mismo.

-¡Pues sí que ha elegido una buena noche para sermonearme! - replicó el gaviero - ¡Si tiene miedo, mi teniente, tápese los ojos y los oídos!

-¡Mira... gritó Martínez -. ¡Me parece...! ¡Veo al capitán... al señor Orteva... su cabeza rota...! ¡Allí...! ¡Allí...!

Una sombra negra, iluminada por un relámpago blanquecino, se irguió a veinte pasos del teniente y de su compañero.

En el mismo instante, José vio a Martínez a su lado, pálido, siniestro, descompuesto, con el brazo armado de un puñal.

- ¿Qué le sucede? ¿Qué...?

Un relámpago los envolvió a los dos.

-¡Socorro! - gritó José.

No quedó más que un cadáver en aquel lugar. Como un nuevo Caín, Martínez huía en medio de la tempestad con su arma ensangrentada en la mano.

Algunos instantes después, dos hombres se inclinaban sobre el cadáver del gaviero, murmurando:

-¡Uno menos!

Martínez erraba como un loco a través de las sombrías soledades. Corría con la cabeza descubierta bajo la lluvia que caía a torrentes.

-¡Socorro! ¡Socorro! - gritaba, tropezando contra las rocas que se deslizaban a sus pies.

De pronto se dejó oír un gorgoteo profundo. Martínez miró y escuchó el estrépito de un torrente.

Era el pequeño río Ixtoluca, que se precipitaba a quinientos pies por debajo de donde se encontraba.

A pocos pasos, sobre el torrente mismo, colgaba un puente formado por cuerdas de pita. Sujeto en ambas orillas por algunos postes hundidos en la roca, el puente oscilaba con el viento como si fuera un hilo tendido en el espacio.

Martínez, agarrándose a las lianas, avanzó arrastrándose por el puente. A fuerza de energía consiguió llegar a la orilla opuesta...

Allí, una sombra se irguió ante él.

Martínez retrocedió sin decir palabra y se aproximó a la orilla que acababa de dejar.

Allí, también, otra forma humana apareció ante él.

Martínez regresó de rodillas hasta la mitad del puente, con las manos crispadas por la desesperación.

-¡Martínez! ¡Soy Pablo! - gritó una voz.

-¡Martínez! ¡Soy Jacopo! - exclamó otra.

-¡Eres un traidor...! ¡Y vas a morir...!

-¡Eres un traidor...! ¡Y vas a morir...!

Sonaron dos golpes secos. Los pilares que sujetaban los dos extremos del puente cayeron bajo el hacha...

Se oyó un terrible aullido y Martínez, con los brazos extendidos, se precipitó en el abismo.

 

A una legua de allí, el aspirante y el contramaestre se reunieron, después de haber vadeado el río Ixtoluca.

-¡He vengado al capitán! - dijo Jacopo.

-¡Y yo - respondió Pablo - he vengado a España!

Así nació la marina de la Confederación Mexicana. Los dos barcos españoles, entregados por los traidores, quedaron en propiedad de la nueva república y constituyeron el núcleo de la pequeña flota que antaño disputaba las tierras de Texas y de California a los navíos de los Estados Unidos de América.

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