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Maese Zacarías

Editado
© Ariel Pérez
14 de abril del 2002
Indicador Una noche de invierno
Indicador El orgullo y la ciencia
Indicador Una extraña visita
Indicador La iglesia de San Pedro
Indicador La hora de la muerte

Maese Zacarías
Capítulo III
Una extraña visita

La pobre Gérande habría visto apagarse su vida junto con la de su padre de no existir Aubert, que la unía a este mundo.

El viejo relojero se iba poco a poco. Sus facultades tendían evidentemente a debilitarse al concentrarse sobre un pensamiento único. Debido a una funesta asociación de ideas, remitía todo a su monomanía, y la vida terrestre parecía haberse retirado de él para dejar sitio a esa existencia extranatural de las potencias intermedias. Por eso, algunos rivales malintencionados reavivaron los rumores diabólicos que se habían difundido sobre los trabajos de maese Zacarías.

La confirmación de los inexplicables desarreglos que experimentaban sus relojes causó un efecto prodigioso entre los maestros relojeros de Ginebra. ¿Qué significaba aquella repentina inercia en los mecanismos, y por qué aquellas extrañas relaciones que parecían tener con la vida de Zacarías? Era uno de esos misterios que nunca se consideran sin un secreto terror. En las diversas clases de la ciudad, desde el aprendiz hasta el señor, que utilizaban los relojes del viejo relojero, no hubo nadie que no pudiera juzgar por sí mismo la singularidad del hecho. Quisieron, aunque en vano, llegar hasta maese Zacarías. Este cayó enfermo de gravedad, cosa que permitió a su hija sustraerle a aquellas visitas incesantes, que degeneraban en reproches y recriminaciones.

Las medicinas y los médicos fueron impotentes ante aquel deterioro orgánico cuya causa se desconocía. A veces parecía que el corazón del viejo dejaba de latir, y luego sus latidos empezaban de nuevo con una irregularidad inquietante.

En aquel tiempo existía la costumbre de someter las obras de los maestros a la apreciación de la gente. Los jefes de los diferentes gremios trataban de distinguirse por la novedad o la perfección de sus obras, y fue entre ellos donde el estado de maese Zacarías encontró la piedad más visible, pero era una piedad interesada. Sus rivales le compadecían de mejor grado porque ahora le temían menos. Seguían recordando los éxitos del viejo relojero cuando exponía aquellos magníficos relojes de figuras móviles, aquellos relojes de campanario, que causaban la admiración general y alcanzaban precios tan altos en las ciudades de Francia, de Suiza y de Alemania.

Sin embargo, gracias a los constantes cuidados de Gérande y de Aubert, la salud de maese Zacarías pareció reafirmarse un poco, y en medio de la inquietud que le dejó su convalecencia, logró liberarse de los pensamientos que le absorbían. Desde que pudo caminar, su hija le sacó fuera de casa, donde los clientes descontentos afluían sin cesar. En cuanto a Aubert, se quedaba en el taller dando cuerda una y otra vez inútilmente a aquellos relojes rebeldes, y el pobre muchacho, que no comprendía nada, se apretaba a veces la cabeza entre las manos, con el temor a volverse loco como su maestro.

Gérande dirigía entonces los pasos de su padre hacia los paseos más risueños de la ciudad. Unas veces, sosteniendo el brazo de maese Zacarías, tiraba hacia Saint-Antoine, desde donde la vista se extiende sobre la ladera de Cologny y sobre el lago. A veces, cuando la mañana era buena, podían verse los picos gigantes del monte Bruet elevarse en el horizonte. Gérande decía los nombres de aquellos lugares casi olvidados por su padre cuya memoria parecía confundida, y éste experimentaba un placer infantil al saber todas aquellas cosas cuyo recuerdo se había extraviado en su cabeza. Maese Zacarías se apoyaba en su hija, y aquellas dos cabelleras, blanca y rubia, se unían en el mismo rayo de sol.

Sucedió también que el viejo relojero se dio cuenta al fin de que no estaba solo en este mundo. Al ver a su hija joven y hermosa, y él viejo y quebrantado, pensó que después de su muerte ella se quedaría sola, sin apoyo, y miró alrededor de él y de ella. Muchos jóvenes operarios habían cortejado ya a Gérande; pero ninguno había tenido éxito en el retiro impenetrable en que vivía la familia del relojero. Fue, pues, completamente natural que, durante aquella mejoría de su cerebro, la elección del viejo se detuviese en Aubert Thun. Una vez lanzado este pensamiento, observó que aquellos jóvenes se habían educado en las mismas ideas y las mismas creencias, y las oscilaciones de su corazón le parecieron "isócronas", como dijo cierto día a Escolástica.

La vieja sirvienta, literalmente encantada con la palabra aunque no la comprendiese, juró por su santa patrona que la ciudad entera lo sabría antes de un cuarto de hora. A duras penas consiguió calmarla maese Zacarías, que por fin obtuvo de ella guardar sobre la comunicación un silencio que ella no conservó nunca.

De tal modo que, sin saberlo Gérande y Aubert, toda Ginebra ya hablaba de su próxima unión. Pero también sucedió que, durante estas conversaciones, se oía con frecuencia una risa singular y una voz que decía:

-Gérande no se casará con Aubert.

Si los que hablaban se volvían, se encontraban frente a un viejecito que no conocían.

¿Qué edad tenía aquel ser singular? ¡Nadie habría podido decirlo! Se adivinaba que debía existir desde hacía un gran número de siglos, pero nada más. Su gruesa cabeza aplastada descansaba en unos hombros cuya anchura igualaba la altura de su cuerpo, que no superaba los tres pies. Este personaje hubiera hecho buena figura sobre un soporte de péndulo, porque la esfera se habría colocado de forma natural sobre su cara, y la péndola habría oscilado con holgura en su pecho. De buena gana se habría tomado su nariz por el estilete de un reloj de sol, por lo delgada y aguda que era; sus dientes, separados y de superficie epicicloide, se parecían a los engranajes de una rueda y rechinaban entre sus labios; su voz tenía el sonido metálico de un timbre, y podía oírse latir su corazón como el tic-tac de un reloj. Aquel hombrecito, cuyos brazos se movían a la manera de las agujas de una esfera, caminaba a sacudidas, sin retroceder nunca. Si se le seguía, resultaba que caminaba una legua por hora y que su camino era casi circular.

Hacía poco tiempo que aquel ser extraño erraba así, o más bien daba vueltas por la ciudad; pero ya habían podido observar que todos los días, en el momento en que el sol pasaba al meridiano, se detenía ante la catedral de San Pedro, y que seguía su camino después de las doce campanadas del mediodía. Salvo ese momento preciso, parecía surgir en todas las conversaciones en que se hablaba del viejo relojero, y todos se preguntaban, con terror, qué relación podía existir entre él y maese Zacarías. Además, se había notado que no perdía de vista al viejo y a su hija durante los paseos.

Un día, en la Treille, Gérande vio a aquel monstruo que la miraba riendo, Se apretó contra su padre con un movimiento de terror.

-¿Qué te pasa, Gérande? - preguntó maese Zacarías.

-No sé - respondió la joven.

-Te encuentro cambiada, hija mía - dijo el viejo relojero -. ¿No irás tú a caer enferma ahora? Bueno - añadió con una sonrisa triste -, tendré que cuidarte y te cuidaré bien.

-¡Oh, padre mío, no será nada! Tengo frío, y me imagino que es...

-¿Qué, Gérande?

-La presencia de ese hombre que nos sigue constantemente - respondió ella en voz baja.

Maese Zacarías se volvió hacia el vejete.

-¡Palabra que va bien! - dijo con aire de satisfacción -. Porque precisamente son las cuatro. ¡No tengas miedo, hija, no es un hombre, es un reloj!

Gérande miró a su padre aterrorizada. ¿Cómo había podido leer maese Zacarías la hora en el rostro de aquella extraña criatura?

-A propósito - continuó el viejo relojero sin preocuparse más de aquel incidente, no veo a Aubert desde hace varios días.

-Sin embargo sigue con nosotros, padre respondió Gérande, cuyos pensamientos adoptaron un tono más dulce.

-¿Qué hace entonces?

-Trabaja, padre.

-¡Ah! - exclamó el viejo, trabaja en reparar mis relojes, ¿verdad? No lo conseguirá jamás. Porque no es una reparación lo que necesitan, sino una resurrección.

Gérande permaneció en silencio.

- Necesito saber - añadió el viejo - si aún no han traído algunos de esos relojes malditos sobre los que el diablo ha lanzado una epidemia.

Luego, tras estas palabras, maese Zacarías cayó en un mutismo absoluto hasta el momento en que llegó a la puerta de su hogar y, por primera vez desde su convalecencia, mientras Gérande subía entristecida a su cuarto, él bajó a su taller.

En el momento en que franqueaba la puerta, uno de los numerosos relojes colgados de la pared dio las cinco. Por regla general, las diferentes campanas de aquellos aparatos, admirablemente regulados, se dejaban oír al mismo tiempo, y su concordancia alegraba el corazón del viejo; pero aquel día, todos aquellos timbres sonaron uno tras otro, de tal modo que durante un cuarto de hora su oído fue ensordecido por los sucesivos ruidos. Maese Zacarías sufría horriblemente; no podía quedarse quieto, iba de uno a otro de aquellos relojes y marcaba su compás, como un jefe de orquesta que ya no fuera dueño de sus músicos.

Cuando el último sonido se apagó, se abrió la puerta del taller y maese Zacarías se estremeció de pies a cabeza al ver delante de él al vejete, que le miró fijamente y le dijo:

-Maese, ¿no puedo hablar un momento con usted?

-¿Quién es usted?- preguntó con brusquedad el relojero.

-Un colega. Soy yo quien se encarga de regular el sol.

-¡Ah!, ¿es usted el que regula el sol? - replicó vivamente maese Zacarías sin pestañear -. Pues bien, no lo felicito. Su sol va mal, y para ponerle de acuerdo con él, nos vemos obligados unas veces a adelantar nuestros relojes y otras a retrasarlos.

-¡Por el pie hendido del diablo! - exclamó el monstruoso personaje -. Tiene razón, maestro. Mi sol no marca siempre las doce del mediodía en el mismo momento que sus relojes; pero un día se sabrá que se debe a la desigualdad del movimiento de traslación de la tierra, y se inventará un mediodía medio que regulará esa irregularidad.

-¡Viviré yo aún en esa época? - preguntó el viejo relojero, cuyos ojos se animaron.

-Sin duda - replicó el vejete riendo. ¿No puede creer acaso que nunca habrá de morir?

-¡Ay!, sin embargo me encuentro muy enfermo.

-A propósito, hablemos de eso. ¡Por Belcebú, eso nos llevará a lo que quiero hablar con usted!

Y al decir esto, aquel ser extraño saltó sin modales sobre el viejo sillón de cuero y cruzó las piernas, a la manera de esos huesos descarnados que los pintores de colgaduras funerarias cruzan sobre las cabezas de muerto. Luego prosiguió en tono irónico:

-Veamos, maese Zacarías, ¿qué ocurre en esta buena ciudad de Ginebra? Dicen que su salud se altera, que sus relojes necesitan médicos.

-Ah, ¿cree acaso que hay una relación íntima entre su existencia y la mía? - exclamó maese Zacarías.

-Yo creo que esos relojes tienen defectos, vicios incluso. Si esos bribones no se portan de forma regular, es justo que sufran el castigo de su desarreglo. Mi opinión es que necesitarían sentar la cabeza.

-¿A qué llama defectos? - preguntó maese Zacarías, ruborizándose por el tono sarcástico con que habían sido pronunciadas estas palabras -. ¿No tienen derecho acaso a estar orgullosos de su origen?

-¡No demasiado, no demasiado! - respondió el vejete -. Llevan un nombre célebre, y en su esfera aparece grabada una firma ilustre, cierto, y tienen el privilegio exclusivo de introducirse entre las más nobles familias; pero desde hace algún tiempo, se estropean, y usted no puede hacer nada, maese Zacarías; el más inepto de los aprendices de Ginebra se lo reprocharía.

-¡A mí, a mí, a maese Zacarías! - exclamó el viejo con un terrible gesto de orgullo.

-¡A usted, maese Zacarías, que no puede dar vida a sus relojes!

-Pero es que estoy con fiebre y también ellos la tienen - respondió el viejo relojero mientras un sudor frío le corría por todos los miembros.

-Bueno, morirán con usted, puesto que usted está tan impedido para dar un poco de elasticidad a sus muelles.

-¡Morir! No, usted lo ha dicho. Yo no puedo morir, yo, el primer relojero del mundo, yo, que en medio de estas piezas y de estos mecanismos diversos he sabido regular el movimiento con una precisión absoluta. ¿No he sometido el tiempo a leyes exactas? ¿No podré disponer de él como soberano? Antes de que un genio sublime viniese a disponer regularmente esas horas extraviadas, ¿en qué vacío inmenso estaba sumido el destino humano? ¿A qué momento seguro podían referirse los actos de la vida? Pero usted, hombre o diablo, quienquiera que sea, ¿no ha pensado nunca en la magnificencia de mi arte, que llama a todas las ciencias en su ayuda? No, no. Yo, maese Zacarías, no puedo morir, porque si he regulado el tiempo, el tiempo terminará conmigo. ¡Él volvería a ese infinito del que mi genio supo arrancarle, y se perdería irreparablemente en el abismo de la nada! No, no puedo morir, como tampoco puede hacerlo el Creador de este universo sometido a sus leyes. Me he convertido en su igual, y he compartido su poder. Maese Zacarías ha creado el tiempo si Dios ha creado la eternidad.

El viejo relojero parecía entonces el ángel caído rebelándose contra el Creador. El vejete le acariciaba con la mirada y parecía soplarle todo aquel arrebato impío.

¡Bien dicho, maestro! - replicó -. Belcebú tenía menos derechos que usted para compararse con Dios. Es necesario que su gloria no perezca. Por eso, su servidor quiere proporcionarle el medio de domar esos relojes rebeldes.

-¿Cuál es? ¿Cuál es? - exclamó maese Zacarías.

-Lo sabrá al día siguiente de aquel en que me haya concedido la mano de su hija.

-¿De mi Gérande?

-De la misma.

-El corazón de mi hija no es libre - respondió maese Zacarías a esta petición, que no pareció chocarle ni sorprenderle.

-¡Bah!... No es la menos bella de sus relojes, pero también terminará por pararse...

-Mi hija Gérande..., ¡No!...

-Bueno, vuelva a sus relojes, maese Zacarías. ¡Móntelos y desmóntelos! ¡Prepare el matrimonio de su hija y de su operario! ¡Temple resortes hechos con su mejor acero! ¡Bendiga a Aubert y a la hermosa Gérande, pero recuerde que sus relojes no andarán jamás y que Gérande no se casará con Aubert!

Y tras esto, el vejete salió, pero tan deprisa que maese Zacarías no pudo oír dar las seis en su pecho.

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