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Maese Zacarías

Editado
© Ariel Pérez
14 de abril del 2002
Indicador Una noche de invierno
Indicador El orgullo y la ciencia
Indicador Una extraña visita
Indicador La iglesia de San Pedro
Indicador La hora de la muerte

Maese Zacarías
Capítulo V
La hora de la muerte

Pasaron todavía algunos días y maese Zacarías, aquel hombre casi muerto, se levantó de su cama y volvió a la vida gracias a una excitación sobrenatural. Vivía de orgullo. Pero Gérande no se equivocó: el cuerpo y el alma de su padre estaban perdidos para siempre.

Vieron entonces al viejo ocupado en reunir sus últimos recursos, sin preocuparse de su familia. Derrochaba una energía increíble, andando, registrando y murmurando palabras misteriosas.

Una mañana, Gérande bajó a su taller. Maese Zacarías no estaba allí.

Le esperó durante todo aquel día. Maese Zacarías no volvió.

Aubert recorrió la ciudad y tuvo la triste certeza de que el viejo la había dejado.

-¡Busquemos a mi padre! - exclamó Gérande cuando el joven operario le llevó esas dolorosas noticias.

-¿Dónde puede estar? - se preguntó Aubert.

Una inspiración iluminó de pronto su espíritu. Vinieron a su memoria las últimas palabras de maese Zacarías. ¡El viejo relojero ya no vivía más que pensando en aquel viejo reloj de hierro que no le habían devuelto! Maese Zacarías debía haberse puesto a buscarlo.

Aubert comunicó su pensamiento a Gérande.

-Veamos el libro de mi padre - le respondió ella.

Los dos bajaron al taller. El libro estaba abierto sobre el banco. Todos los relojes de pared o de bolsillo hechos por el viejo relojero y que le habían devuelto debido a su desarreglo estaban tachados, excepto uno.

"Vendido al señor Pittonaccio un reloj de hierro, con campanario y personajes móviles, entregado en su castillo de Andernatt".

Era aquel reloj "moral" del que la vieja Escolástica había hablado con tantos elogios.

-¡Mi padre ha ido allí! - exclamó Gérande.

-Corramos - respondió Aubert -. Todavía podemos salvarle...

-No para esta vida - murmuró Gérande -, pero al menos para la otra.

-¡Que sea lo que Dios quiera, Gérande! El castillo de Andernatt está situado en las gargantas de los Dents-du-Midi, a unas veinte horas de Ginebra. Vayamos.

Aquella misma tarde, Aubert y Gérande, seguidos por su vieja sirvienta, caminaban a pie por la ruta que bordea el lago de Ginebra. Hicieron cinco leguas por la noche, sin detenerse ni en Bessigne, ni en Ermance, donde se alza el célebre castillo de los Mayor. Vadearon no sin esfuerzo el torrente del Dranse. En todos los lugares preguntaban por maese Zacarías, y pronto tuvieron la certeza de que caminaban tras sus pasos.

Al día siguiente, a la caída del sol, después de haber pasado Thonon llegaron a Evian, desde donde se ve la costa de Suiza desarrollarse ante la vista en una extensión de doce leguas. Pero los dos prometidos no se fijaron siquiera en aquellos parajes encantadores. Caminaban impulsados por una fuerza sobrenatural. Aubert, apoyado en un bastón de nudos, ofrecía su brazo unas veces a Gérande y otras a la vieja Escolástica, y sacaba de su corazón una suprema energía para sostener a sus compañeras. Los tres hablaban de sus dolores, de sus esperanzas, y seguían de este modo aquel hermoso camino a flor de agua, sobre la llanura estrecha que une las orillas del lago con las altas montañas del Chalais. Pronto alcanzaron Bouveret, el lugar en que el Ródano entra en el lago de Ginebra.

A partir de esta ciudad abandonaron el lago, y su fatiga aumentó en medio de aquellas comarcas montañosas. Vionnaz, Chesset, Collombay, aldeas medio perdidas, quedaron pronto a sus espaldas. Sin embargo, sus rodillas se doblaron, sus pies se desgarraron en aquellas crestas agudas que erizan el suelo como matas de granito. ¡Ningún rastro de maese Zacarías!

Pero había que encontrarle, y los dos prometidos no pidieron descansar ni en las cabañas aisladas ni en el castillo de Monthey, que con sus dependencias formó la dote de Margarita de Saboya. Por último, hacia el final de aquella jornada, alcanzaron, casi moribundos de fatiga, la ermita de Notre-Dame du Sex, que está situada en la base del Dent-du-Midi, a seiscientos pies por encima del Ródano.

EI ermitaño los recibió a los tres a la caída de la noche. No habrían podido dar un paso más, y allí tuvieron que tomar algún reposo.

El ermitaño no les dio noticia alguna de maese Zacarías. Apenas podían esperar encontrarle vivo en medio de aquellas sombrías soledades. La noche era profunda, el huracán silbaba en la montaña y las avalanchas se precipitaban desde la cima de las rocas vacilantes.

Los dos prometidos, acurrucados ante el hogar del ermitaño, le contaron su dolorosa historia. Sus capas, impregnadas de nieve, se secaban en un rincón. En el exterior el perro del ermitaño lanzaba lúgubres ladridos que se mezclaban a los silbidos del viento.

-El orgullo - dijo el ermitaño a sus huéspedes - perdió a un ángel creado para el bien. Es la piedra de toque donde chocan los destinos del hombre. Al orgullo, ese principio de todo vicio, no se puede oponer ningún razonamiento, porque, por su naturaleza misma, el orgulloso se niega a oírlos... ¡Por eso lo único que cabe hacer es rezar por su padre!

Los cuatro se arrodillaron cuando aumentaron los ladridos del perro, y, al poco, llamaron a la puerta de la ermita.

-¡Abra, en nombre del diablo!

La puerta cedió bajo violentos esfuerzos y apareció un hombre desgreñado, de mirada extraviada, apenas vestido.

-¡Padre! - exclamó Gérande.

Era maese Zacarías.

-¿Dónde estoy? - dijo -. ¡En la eternidad!...

El tiempo se ha terminado... las horas ya no suenan... las agujas se paran.

-¡Padre! - continuó Gérande con una emoción tan desgarradora que el viejo pareció volver al mundo de los vivos.

-¿Tú aquí, Gérande mía? - exclamó -. ¡Y tú también, Aubert! ¡Ah, mis queridos hijos, vengan a casarse a nuestra vieja iglesia!

-Padre mío - dijo Gérande tomándole del brazo -, vuelva a su casa de Ginebra, vuelva con nosotros.

El viejo escapó al abrazo de su hija y se lanzó hacia la puerta, en cuyo umbral la nieve se amontonaba en grandes copos.

-¡No abandone a sus hijos! - exclamó Aubert.

-¿Por qué - respondió con tristeza el viejo relojero -, por qué volver a esos lugares que mi vida ya ha dejado y donde una parte de mí mismo está enterrada para siempre?

-¡Su alma no ha muerto! - dijo el ermitaño con voz grave.

-¡Mi alma!... ¡Oh, no!... ¡Sus mecanismos son buenos!... La siento latir a compás...

-¡Su alma es inmaterial! ¡Su alma es inmortal! - continuó el ermitaño con fuerza.

-¡Sí... como mi gloria! ¡Pero está encerrada en el castillo de Andernatt, y quiero volver a verla!

El ermitaño se santiguó. Escolástica estaba casi desvanecida. Aubert sostenía a Gérande en sus brazos.

-El castillo de Andernatt está habitado por un condenado - dijo el ermitaño -, un condenado que no saluda a la cruz de mi ermita.

-¡Padre, no vaya allí!

-¡Quiero mi alma! ¡Mi alma es mía!

-¡Reténganlo, retengan a mi padre! - exclamó Gérande.

Pero el viejo había franqueado el umbral y se había lanzado a través de la noche gritando:

-¡Mía, mi alma es mía!

Gérande, Aubert y Escolástica se precipitaron tras sus pasos. Caminaron por senderos impracticables que maese Zacarías seguía como el huracán, impulsado por una fuerza irresistible. La nieve formaba remolinos a su alrededor y mezclaba sus copos blancos con la espuma de los torrentes desbordados.

Al pasar delante de la capilla levantada en memoria de la masacre de la legión tebana, Gérande, Aubert y Escolástica se santiguaron muy deprisa. Maese Zacarías no se descubrió.

Por fin apareció la aldea de Evionnaz en medio de aquella región desértica. El corazón más duro se hubiera conmovido al ver este poblado perdido en medio de aquellas horribles soledades. El viejo siguió adelante. Se dirigió hacia la izquierda y se abismó por la más profunda de las gargantas de aquellos Dents-du-Midi que muerden el cielo con sus agudos picos.

Muy pronto una ruina, vieja y sombría como las rocas de su base, se irguió ante él.

-¡Ahí está! ¡Ahí!... - exclamó acelerando de nuevo su desenfrenada carrera.

En aquella época, el castillo de Andernatt no era ya más que un montón de ruinas. Una maciza torre, gastada, hecha trizas, lo dominaba y parecía amenazar con su caída los viejos aguilones que se erguían a sus pies. Aquellos vastos amontonamientos de piedras causaban horror a la vista. En medio de los escombros se presentían algunas sombrías salas de techos desmoronados, inmundos receptáculos de víboras.

Una poterna estrecha y baja que se abría sobre un foso lleno de escombros daba acceso al castillo de Andernatt. ¿Qué habitantes habían pasado por allí? No se sabe. Sin duda algún margrave, mitad bandido, mitad señor, moró en aquel edificio. Al margrave le sucedieron los bandidos o los monederos falsos, que fueron ahorcados en el teatro de su crimen. Y la leyenda decía que, en las noches de invierno, Satán iba a dirigir sus zarabandas tradicionales en la pendiente de las profundas gargantas donde se sepultaban las sombras de aquellas ruinas.

Maese Zacarías no se asustó por aquel aspecto siniestro. Llegó a la poterna. Nadie le impidió pasar. Un patio grande y tenebroso se ofreció a su mirada. Nadie le impidió atravesarlo. Subió una especie de plano inclinado que llevaba a uno de aquellos largos corredores, cuyos arcos parecían aplastar la luz bajo sus pesados arranques. Nadie se opuso a su paso. Gérande, Aubert y Escolástica seguían tras él.

Maese Zacarías, como si una mano invisible le guiase, parecía seguro de su ruta y caminaba con paso rápido. Llegó a una vieja puerta carcomida que se derrumbó bajo sus golpes, mientras los murciélagos trazaban alrededor de su cabeza círculos oblicuos.

Una sala inmensa, mejor conservada que las demás, apareció ante él. Altos paneles esculpidos revestían sus muros, en los que las larvas, los vampiros, las tarascas parecían agitarse confusamente. Algunas ventanas alargadas y angostas, semejantes a troneras, se estremecían bajo las descargas de la tempestad.

Cuando maese Zacarías llegó al centro de aquella sala, lanzó un grito de alegría.

Sobre una repisa de hierro empotrada en la muralla descansaba aquel reloj donde ahora residía su vida entera. Aquella obra maestra sin par representaba una vieja iglesia romana, con sus contrafuertes de hierro forjado y su pesado campanario, en el que se encontraba un campanario completo para la antífona del día, el angelus, la misa, vísperas, completas y bendición. Encima de la puerta de la iglesia, que se abría a la hora de los oficios, había ahuecado un rosetón, en cuyo centro se movían dos agujas, y cuya archivolta reproducía las doce horas de la esfera esculpidas en relieve. Entre la puerta y el rosetón, como había contado la vieja Escolástica, aparecía una máxima referida al empleo de cada instante en una esfera de cobre. Maese Zacarías había regulado en otro tiempo aquella sucesión de leyendas con una solicitud completamente cristiana; las horas de rezo, de trabajo, de descanso, de recreo y de reposo se seguían según la disciplina religiosa, y debían procurar de modo infalible la salvación de un observador escrupuloso de sus recomendaciones.

Maese Zacarías, ebrio de alegría, iba a apoderarse de aquel reloj cuando una risa espantosa estalló a sus espaldas.

Se volvió y, a la luz de una lámpara humeante, reconoció al vejete de Ginebra.

-¡Usted aquí! - exclamó.

Gérande tuvo miedo. Se apretó contra su prometido.

-Buenos días, maese Zacarías - dijo el monstruo.

-¿Quién es usted?

-¡El señor Pittonaccio, para servirle! ¡Ha venido a darme a su hija! Se ha acordado usted de mis palabras: "Gérande no se casará con Aubert".

El joven operario se lanzó contra Pittonaccio, que se esfumó como una sombra.

-Detente, Aubert - ordenó maese Zacarías.

-Buenas noches - dijo Pittonaccio, que desapareció.

-¡Padre - exclamó Gérande -, huyamos de estos lugares malditos!... ¡Padre mío!

Maese Zacarías ya no estaba allí. A través de los pisos desmoronados perseguía el fantasma de Pittonaccio. Escolástica, Aubert y Gérande permanecieron, anonadados, en aquella sala inmensa. La joven había caído sobre un sillón de piedra; la vieja sirvienta se arrodilló a su lado y se puso a rezar. Aubert permaneció de pie, velando por su prometida. En la sombra serpenteaban unas luces pálidas y el silencio sólo era interrumpido por el trabajo de esos pequeños animales que roen las maderas viejas y cuyo ruido marca los compases del "reloj de la muerte".

A los primeros rayos del día, los tres se aventuraron por las escaleras sin fin que circulaban bajo aquel montón de piedra. Durante dos horas, vagaron de ese modo sin encontrar alma viviente y sin oír otra cosa que un eco lejano respondiendo a sus gritos. Unas veces se encontraban hundidos a cien pies bajo tierra, otras dominaban desde la altura aquellas montañas salvajes.

La casualidad los devolvió por último a la vasta sala que los había amparado durante aquella noche de angustias. Ya no estaba vacía. Maese Zacarías y Pittonaccio hablaban juntos en ella, uno de pie y rígido como un cadáver, el otro acurrucado en una mesa de mármol.

Al ver a Gérande, maese Zacarías la tomó de la mano y la llevó hacia Pittonaccio diciendo:

-¡Aquí tienes a tu amo y señor, hija mía! ¡Gérande, aquí tienes a tu esposo!

Gérande se estremeció de pies a cabeza.

-¡Nunca! - exclamó Aubert -, porque es mi prometida.

-¡Nunca! - respondió Gérande como un eco lastimero.

Pittonaccio se echó a reír.

-¿Quieres acaso mi muerte? - exclamó el viejo -. Ahí, en ese reloj, el último que todavía anda de todos los que han salido de mis manos, está encerrada mi vida, y este hombre me ha dicho: "Cuando yo tenga a tu hija, ese reloj te pertenecerá. ¡Y ese hombre no quiere darle cuerda! Puede romperlo y precipitarme en la nada. ¡Ay, hija mía!, entonces ya no me amarás.

-Padre mío - murmuró Gérande recuperándose del desvanecimiento.

-¡Si supieras cuánto he sufrido lejos de este principio de mi existencia! - continuó el viejo -. ¡Tal vez no cuiden este reloj! ¡Tal vez dejen que sus resortes se gasten, que sus mecanismos se atasquen! Pero ahora, voy a sostener con mis propias manos esta salud tan querida, porque no es necesario que yo muera, yo, el gran relojero de Ginebra. ¡Mira, hija mía, cómo avanzan esas agujas con paso seguro! ¡Mira, van a dar las cinco! ¡Escucha y mira la hermosa máxima que se ofrecerá a tus ojos!

Sonaron las cinco en el campanario del reloj con un ruido que resonó dolorosamente en el alma de Gérande, y en letras rojas aparecieron estas palabras: Hay que comer los frutos del árbol de la ciencia.

Aubert y Gérande se miraban llenos de estupefacción. ¡Aquéllas no eran ya las leyendas ortodoxas del relojero católico! Era preciso que el aliento de Satán hubiera pasado por allá. Pero Zacarías no se preocupaba, y continuó:

-¿Oyes, Gérande mía? ¡Yo vivo, vivo todavía! ¡Escucha mi respiración!, ¿No ves la sangre circular en mis venas?... No, no querrás matar a tu padre, y aceptarás a este hombre por esposo para que yo me vuelva inmortal y alcance por ultimo el poder de Dios.

Ante estas palabras impías, la vieja Escolástica se santiguó y Pittonaccio lanzó un rugido de alegría.

-¡Además, Gérande, serás feliz con él! ¡Mira a este hombre! ¡Es el Tiempo! ¡Su existencia será regulada con una precisión absoluta! ¡Gérande, puesto que yo te he dado la vida, devuelve la vida a tu padre!

-Gérande - murmuró Aubert -, yo soy tu prometido.

-¡Es mi padre! - respondió Gérande desplomándose sobre ella misma.

-¡Tuya es! - dijo maese Zacarías -. Pittonaccio, has de cumplir tu promesa.

-¡Toma la llave de este reloj! - respondió el horrible personaje.

Maese Zacarías se apoderó de aquella larga llave que se parecía a una culebra estirada, y corrió hacia el reloj, al que empezó a dar cuerda con una rapidez fantástica. El rechinamiento del muelle hacía daño en los nervios. El viejo relojero daba vueltas y más vueltas una y otra vez sin que su brazo se detuviese, y parecía que aquel movimiento de rotación era independiente de su voluntad. Dio vueltas de este modo, cada vez más deprisa y con contorsiones extrañas, hasta que cayó exhausto.

-¡Ya le he dado cuerda para un siglo! - exclamó.

Aubert salió de la sala como loco. Después de largos rodeos, encontró la salida de aquella morada maldita y se lanzó al campo. Volvió a la ermita de Notre-Dame du Sex y habló al santo hombre con palabras tan desesperadas que éste consintió acompañarle al castillo de Andernatt.

Si durante estas horas de angustia Gérande no lloró fue porque las lágrimas se habían agotado en sus ojos.

Maese Zacarías no había abandonado aquella inmensa sala. Iba a cada minuto a escuchar los latidos regulares del viejo reloj.

Mientras tanto, acababan de sonar las seis, y, para gran espanto de Escolástica, sobre la esfera de plata habían aparecido estas palabras: El hombre puede volverse igual a Dios.

El viejo no sólo no se sentía sorprendido por estas máximas impías, sino que las leía con delicia y se complacía en esos pensamientos de orgullo mientras Pittonaccio daba vueltas a su alrededor.

El acta de matrimonio debía firmarse a las doce de la noche. Gérande, casi inanimada, ya no veía ni oía. El silencio sólo era interrumpido por las palabras del viejo y por las risotadas de Pittonaccio.

Sonaron las once. Maese Zacarías se estremeció, y con voz sonora leyó esta blasfemia: El hombre debe ser esclavo de la ciencia, y por ella sacrificar padres y familia.

-Sí - exclamó -, sólo existe la ciencia en este mundo.

Las agujas serpenteaban sobre aquella esfera de hierro con silbidos de víbora, y el movimiento del reloj batía con golpes precipitados.

Maese Zacarías ya no hablaba. Había caído al suelo, lanzaba estertores, y de su pecho oprimido no salían más que estas palabras entrecortadas:

-¡La vida! ¡La ciencia!

Aquella escena tenía entonces dos nuevos testigos: el ermitaño y Aubert. Maese Zacarías permanecía tumbado en el suelo. Gérande, a su lado, más muerta que viva, rezaba...

De pronto, se oyó el ruido seco que precede al campanario de las horas.

Maese Zacarías se levantó.

-¡Las doce! - exclamó.

El ermitaño tendió la mano hacia el viejo reloj... y las doce de la noche no sonaron.

Maese Zacarías lanzó entonces un grito, que debió ser oído en el infierno, cuando aparecieron estas palabras: Quien trate de hacerse igual a Dios será condenado por toda la eternidad.

El viejo reloj estalló con un ruido de rayo, y el muelle saltó escapando a través de la sala con mil fantásticas contorsiones. El viejo se levantó, corrió detrás de él tratando en vano de atraparlo, y exclamó:

-¡Mi alma! ¡Mi alma!

El muelle saltaba delante de él, hacia un lado y hacia otro, sin que lograra atraparlo.

Por último, Pittonaccio se apoderó de él y, profiriendo una horrible blasfemia, desapareció bajo tierra.

Maese Zacarías cayó de espaldas. Estaba muerto.

El cuerpo del relojero fue inhumado en medio de los picos de Andernatt. Luego, Aubert y Gérande volvieron a Ginebra, y durante los largos años que Dios les concedió, se esforzaron por redimir con oraciones el alma del réprobo de la ciencia.

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