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Diez horas de caza

Editado
© Cristian A. Tello
30 de diciembre del 2003
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Diez horas de caza
II

Un filósofo guasón dijo, no recuerdo dónde ni cuándo, “que no se debe tener nunca ni casa de campo, ni coche, ni caballos, ni posesiones donde haya caza, puesto que siempre hay amigos que se encargan de tenerlos por los demás”.

En virtud de este axioma, yo hice mi estreno en la carrera de las armas en unos terrenos reservados del departamento del Somme, sin ser yo el propietario.

Era a fines de agosto de 1859, sino recuerdo mal. Un bando de la alcaldía fijaba para el otro día la apertura de la caza.

En la ciudad de Amiens, cualquier tendero o artesano posee su escopeta, con la cual va a recorrer los campos en busca de caza; se comprende pues, la impaciencia con que la citada apertura era pues esperada desde hacía ya seis semanas.

Tanto los cazadores de oficio, como los de segundo y tercer orden, los hábiles que matan sin apuntar como los tontos que apuntan y no matan nunca, todos se preparaban en vista de la apertura, se equipaban, no pensando, hablando, ni soñando más que con liebres, conejos y perdices. Mujer, hijos, familia, amigos, todo se olvidaba. Política, artes, literatura, agricultura, comercio, todo desaparecía ante la perspectiva del gran día. Entre mis amigos en Amiens, había uno, verdadero cazador, pero persona amable, aunque era empleado. Algunas veces padecía de reuma al tratarse de ir a la oficina; pero estaba siempre más listo que un galgo cuando ocho días de vacaciones le permitían asistir a la apertura de la caza.

Mi amigo se llamaba Bretignot.

Algunos días antes de la fecha memorable, Bretignot estuvo en mi casa.

-¿No ha cazado usted nunca? -me dijo con ese tono de superioridad que tiene dos partes de amabilidad contra ocho de desdén.

-Nunca, Bretignot -le respondí-, ni pienso hacerlo.

-Entonces, venga a la apertura conmigo -añadió Bretignot-. Tenemos en Hérisart doscientas hectáreas reservadas, en donde la caza abunda. Tengo derecho a llevar un convidado, por lo cual lo invito, y le llevo.

-Es que... -dije yo balbuceando.

-¿No tiene usted escopeta?

-No; ni la he tenido nunca.

-Eso no importa. Yo le prestaré una. Es de pistón, es verdad; pero eso no impide que se pueda matar con ella una liebre a ochenta pasos.

-Si tiene uno la suerte de darle -repliqué yo.

-Naturalmente. Lo que no tendrá usted es perro.

-Inútil; teniéndolo en la escopeta, sería demasiado dos perros1.

Mi amigo me miró un tanto molesto. No le gusta que se burle uno de las cosas de caza. Es sagrado, según él.

-En fin, ¿viene o no?

-Si usted se empeña... -respondí yo sin el menor entusiasmo.

-¡Ya lo creo! Es preciso cazar cuando menos una vez en la vida. Salimos el sábado por la tarde; cuento con usted.

He aquí cómo me ví comprometido en esta aventura, cuyo funesto recuerdo me persigue siempre.

Debo confesar, sin embargo, que los preparativos no me inquietaron ni poco ni mucho, ni me quitaron el sueño. Sin embargo, la curiosidad me animaba un poco. ¿Era realmente interesante un cacería? En todo caso, mi idea era, más que cazar, observar a los cazadores. Si me decidí a llevar una escopeta fue por no hacer un papel ridículo en medio de aquellos cazadores, de los cuales Bretignot contaba tantas proezas.

Bretignot me prestaba una escopeta, es verdad, pero me faltaba un morral. Me puse pues, en busca de uno ya usado, pero no encontré ninguno; estaban en alza. Me decidí entonces a comprar uno nuevo, a condición, sin embargo, que me lo volverían a tomar, con un cincuenta por ciento de pérdida, si lo regresaba sin estrenar.

El comerciante me miró y se sonrió.

Aquella sonrisa me pareció de mal aguero.

Sin embargo, pensé yo, ¿porqué no lo he de estrenar?

¡Oh vanidad humana!

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1. En francés al gatillo de la escopeta se le llama chien del mismo modo que al perro. Al hacer la traducción no resulta el juego de palabras. (N. del T.)

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