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De la Tierra a la Luna
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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De la Tierra a la Luna
Capítulo XI
Florida y Texas

Una cuestión faltaba por resolver, y era la elección del lugar favorable al experimento. El observatorio de Cambridge había recomendado con eficacia que el disparo se dirigiese perpendicularmente al plano del horizonte, es decir, hacia el cenit, y la Luna no sube al cenit sino en los lugares situados entre uno y veintiocho gradosde latitud, o, lo que es lo mismo, la declinación de la Luna no es más que de veintiocho grados1. Tratábase, pues, de determinar exactamente el punto del globo en que se había de fundir el inmenso Columbiad.

El 20 de octubre, hallándose reunido el Gun-Club en sesión general, Barbicane se presentó con un magnífico mapa de los Estados Unidos de Z. Belltropp. Pero sin darle tiempo de desarrollo, J. T. Maston pidió la palabra con su habitual vehemencia, y se expresó en los siguientes términos:

-Dignísimos colegas: la cuestión que vamos a debatir tiene una importancia verdaderamente nacional, y va a depararnos la ocasión de ejercer un gran acto de patriotismo.

Los miembros del Gun-Club se miraron unos a otros sin comprender dónde iría a parar el orador.

-Ninguno de ustedes -prosiguió éste- ha pensado ni pensará nunca en transigir con la gloria de su país, y si hay algún derecho que la Unión pueda reivindicar es el fundir en su propio seno el formidable cañón del Gun-Club. Así pues, en las circunstancias actuales...

-Insigne Maston... -dijo el presidente.

-Permítanme desenvolver mi pensamiento -repuso el orador-. En las circunstancias actuales, tenemos que buscar un sitio bastante cerca del ecuador, para que el experimento se haga en buenas condiciones...

-Si me dejan hablar... -dijo Barbicane.

-Pido que no se opongan obstáculos a la libre discusión de las ideas -repuso el displicente J. T. Maston-, y sostengo que el territorio desde el cual se lance nuestro glorioso proyectil, debe pertenecer a la Unión.

-¡Sin duda! -respondieron algunos miembros.

-¡Pues bien! ¡Puesto que nuestras fronteras no son bastante extensas, puesto que al sur el océano nos opone una barrera insuperable, puesto que tenemos necesidad de ir a buscar más allá de los Estados Unidos en un país limítrofe este paralelo 28, se nos presenta un casus belli legítimo y pido que se declare la guerra a México!

-¡No! ¡no! -exclamaron muchas voces al unísono.

-¿Por qué no? -replicó J. T. Maston-. ¡No, es un monosílabo que no comprendo como se pronuncia en este recinto!

-¡Pero, escuchen!...

-¡No puedo escuchar nada! -exclamó el fogoso orador-. Tarde o temprano la guerra se hará, y pido que estalle hoy mismo.

-¡Maston! -dijo Barbicane haciendo sonar el timbre con estrépito-. ¡Le quito la palabra!

Maston quiso replicar, pero algunos de sus colegas pudieron contenerle.

-Convengo -dijo Barbicane- en que el experimento no se puede ni se debe intentar sino en territorio de la Unión, pero si mi impaciente amigo me hubiese dejado hablar, si hubiese recorrido este mapa con la vista, sabría que es períectamente inútil declarar la guerra a nuestros vecinos, en atención a que ciertas fronteras de los Estados Unidos se extienden más allá del paralelo 28. Miren en el mapa, y verán que tenemos a nuestra disposición, sin salir de nuestro país, toda la parte meridional de Texas y de la Florida.

El incidente no tuvo consecuencia, si bien a J. T. Maston le costó no poco dejarse convencer. Se decidió fundir el Columbiad en el suelo de Texas o en el de la Florida. Pero esta decisión debía crear una rivalidad sin ejemplo entre las ciudades de estos dos estados.

En la costa americana, el paralelo 28 atraviesa la península de Florida y la divide en dos partes casi iguales. Después, cruzando el golfo de México, sirve de subtensa al arco formado por las costas de Alabama, Mississippi y de Luisiana. Entonces, abordando Texas, del cual corta un ángulo, se prolonga por México, salva Sonora, pasa por encima de la antigua California y se pierde en los mares del Pacífico. Situadas debajo de este paralelo, no había más que las porciones de Texas y de la Florida que se hallasen en las condiciones de latitud recomendadas por el observatorio de Cambridge.

En su parte meridional, Florida, erizada de fuertes levantados contra los indios errantes, no tiene ciudades de importancia. Tampa Town es la única población que por su situación merece tenerse en cuenta.

En Texas las ciudades son más numerosas e importantes. Corpus Christi, en el distrito de Nueces, y todas las poblaciones situadas en el río Bravo, Laredo, Comalites, San Ignacio, en el de Web; Roma, Río Grande City, en el de Starr; Edimburgo, en el de Hidalgo; Santa Rita, el Panda, Brownsville, en el de Cameron, formaron contra las pretensiones de Florida una liga imponente.

Los diputados texanos y floridenses, apenas conocieron la decisión, se trasladaron a Baltimore por el camino más corto, y desde entonces el presidente Barbicane y los miembros más influyentes del Gun-Club se vieron día y noche asediados por formidables reclamaciones. Con menos afán se disputaron siete ciudades de Grecia la gloria de haber sido la cuna de Homero que el estado de Texas y el de Florida la de ver fundir un cañón en su regazo.

Aquellos feroces hermanos recorrían armados las calles de Baltimore. Era inminente un conflicto de incalculables consecuencias. Afortunadamente, la prudencia y el buen tacto del presidente Barbicane conjuraron el peligro. Las demostraciones personales hallaron un derivativo en los periódicos de varios estados. En tanto que el New York Herald y el Tribune se declaraban partidarios de Texas, el Times y el American Review se constituían en órganos de los diputados floridenses. Los miembros del Gun-Club estaban perplejos.

Texas hacía orgulloso alarde de sus veintiséis condados, que parecía poner en batería; pero la Florida contestaba que, siendo ella un país seis veces más pequeño, tenía doce condados que son en relación a la extensión del territorio más que los veintiséis de Texas.

Texas sacaba a relucir sus trescientos mil indígenas, pero la Florida, menos extensa, se consideraba más poblada con sus cincuenta y seis mil. Acusaba a Texas de tener una especialidad de fiebres palúdicas que costaba la vida todos los años a algunos miles de habitantes. Y tenía razón.

Texas, a su vez, replicaba que la Florida, respecto a fiebres, nada tenía que envidiar a nadie, y que no era prudente que acusase de insalubres a otros países un estado que tenía la honra de poseer entre sus enfermedades endémicas el vómito negro. Y Texas tenía razón también.

Además, añadían los texanos en el New York Herald, que algunas consideraciones merece un estado que produce el mejor algodón de América y la mejor madera de construcción para buques y que encierra también en sus entrañas soberbio carbón de piedra y minas de hierro que dan un cincuenta por ciento de mineral puro.

A esto el American Review contestaba que el suelo de Florida, sin ser tan rico, ofrecía mejores condiciones para fundir y vaciar el Columbiad, porque estaba compuesto de arena y arcilla.

-Pero -replicaban los texanos- antes de fundir algo, sea lo que fuere, en un país, es preciso llegar al país, y las comunicaciones con Florida son difíciles, al paso que la costa de Texas ofrece la bahía de Galveston, que tiene catorce leguas de extensión y podría contener a la vez todas las escuadras del mundo.

-¡Bueno! -repetían los periódicos defensores de la Florida-,¡gran cosa tienen en su bahía de Galveston, situada encima del paralelo 29! ¿No tenemos nosotros acaso la bahía del Espíritu Santo, abierta precisamente a 28° de latitud, y por la cual los buques llegan directamente a Tampa Town?

-¡Magnífica bahía! -respondía sarcásticamente Texas-. ¡Una bahía medio cegada!

-¡Ustedes son los que estan cegados por la pasión! -exclamaba Florida-. ¡Cualquiera, al oírlos, diría que el nuestro es un país de salvajes!

-La verdad es que los seminolas recorren todavía las praderas floridanas.

-¿Y los apaches y comanches de ustedes son gente civilizada?

Después de algunos días de dimes y diretes, la Florida llamó a su adversario a otro terreno, y una mañana salió el Times con la insinuación de que, siendo la empresa esencialmente americana, no podía acometerse sino en un terreno esencialmente americano.

A estas palabras, Texas se salió de sus casillas.

-¡Americanos! -exclamó-,¿no lo somos nosotros tanto como ustedes? ¿Texas y la Florida no se incorporaron acaso los dos a la Unión en 1845?

-Sin duda -respondió el Times-, pero nosotros pertenecemos a los americanos desde 1820.

-Ya lo creo -replicó el Tribune-; ¡después de haber sido españoles o ingleses por espacio de doscientos años, los vendieron a los Estados Unidos por cinco millones de dólares!

-¡Qué importa! -replicaron los floridenses-,¿debemos por ello avergonzarnos? ¿En 1803, no fue comprada Luisiana a Napoleón por dieciséis millones de dólares?

-¡Qué vergüenza! -exclamaron entonces los diputados de Texas-. ¡Un miserable pedazo de tierra como la Florida ponerse en parangón con Texas, que, en lugar de venderse, se hizo ella misma independiente, expulsó a los mexicanos el 2 de marzo de 1836 y se declaró república federal después de la victoria alcanzada por Samuel Houston en las márgenes del San Jacinto sobre las tropas de Santa Anna! ¡Un país, en fin, que se anexionó voluntariamente a los Estados Unidos de América!

-¡Por miedo a los mexicanos! -respondió Florida. ¡Miedo! Desde el momento que se pronunció esta palabra, demasiado fuerte en realidad, la posición se hizo intolerable. Era de temer un degüello de los dos partidos en las calles de Baltimore. Necesidad hubo de poner centinelas a los diputados.

El presidente Barbicane se hallaba metido en un atolladero. Llegaban continuamente a sus manos notas, documentos y cartas preñadas de amenazas. ¿Qué partido había de tomar? Desde el punto de vista de la posición, facilidad de las comunicaciones y rapidez de los transportes, los derechos de los dos estados eran perfectamente iguales. En cuanto a las personalidades políticas, nada tenían que ver en el asunto.

La vacilación y la perplejidad se habían prolongado ya mucho y ofrecían visos de perpetuarse, por lo que Barbicane trató de salir resueltamente del paso ocurriéndosele una solución que era indudablemente la más discreta.

-Todo bien considerado -dijo-, es evidente que las dificultades suscitadas por la rivalidad de Texas y la Florida se reproducirán entre las ciudades del estado favorecido. La rivalidad descenderá del género a la especie, del estado a la ciudad, y no habremos adelantado nada. Pero Texas tiene once ciudades que gozan de las condiciones requeridas, y las once disputándose el honor de la empresa, nos crearán nuevos conflictos, al paso que la Florida no tiene más ciudades que Tampa Town. Optemos, pues, por la Florida.

Esta disposición, apenas fue conocida, puso a los diputados de Texas en un humor de perros. Se apoderó de ellos un furor indescriptible, y dirigieron provocaciones nominales a los distintos miembros del Gun-Club. Los magistrados de Baltimore no podían tomar más que un partido, y lo tomaron. Mandaron preparar un tren especial, metieron en él de grado o por fuerza a los texanos, y dejaron la ciudad con una rapidez de treinta millas por hora.

Pero, por precipitado que fuese su forzoso viaje, tuvieron tiempo de echar un último sarcasmo amenazador a sus adversarios.

Aludiendo a la poca extensión de Florida, península en miniatura encerrada entre dos mares, se consolaron con la idea de que no resistiría al sacudimiento del disparo y saltaría al primer cañonazo.

-¡Que salte! -respondieron los floridenses, con un laconismo digno de los tiempos antiguos.

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1. La declinación de un astro es su latitud en la esfera celeste; la ascensión recta es la longitud.

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