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De la Tierra a la Luna
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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De la Tierra a la Luna
Capítulo XVIII
El pasajero del Atlanta

Si tan estupenda noticia, en vez de volar por los hilos telegráficos, hubiera llegado sencillamente por el correo, cerrada y bajo un sobre, si los empleados de Francia, Irlanda, Terranova y Estados Unidos de América no hubiesen debido conocer necesariamente la confidencia telegráfica, Barbicane no habría vacilado un solo instante. Hubiese callado por medida de prudencia, y para no desprestigiar su obra. Aquel telegrama, sobre todo procediendo de un francés, podía ser una burla. ¿Qué apariencia de verdad tenía la audacia de un hombre capaz de concebir la idea de un viaje semejante? Y si en realidad había un hombre resuelto a llevar a cabo tan singular propósito, ¿no era un loco a quien se debía encerrar en una casa de orates, y no en una bala de cañón?

Pero el parte era conocido, porque los aparatos de transmisión son por su naturaleza poco discretos, y la proposición de Miguel Ardan circulaba ya por los diversos Estados de la Unión. No tenía, pues, Barbicane ninguna razón para guardar silencio acerca de ella, y por tanto reunió a los individuos del Gun-Club, que se hallaban en Tampa Town, y, sin dejarles entrever su pensamiento, sin discutir el mayor o menor crédito que le merecía el telegrama, leyó con sangre fría su lacónico texto.

-¡Imposible!- ¡Es inverosímil! - ¡Pura broma! -¡Se están burlando de nosotros! -¡Ridículo! -¡Absurdo!

Durante algunos minutos, se pronunciaron todas las frases que sirven para expresar la duda, la incredulidad, la barbaridad, la locura con acompañamiento de los aspavientos y gestos que se usan en semejantes circunstancias. Cada cual, según su carácter, se sonreía, o reía, o se encogía de hombros, o soltaba la carcajada. J. T. Maston fue el único que tomó la cosa por lo serio.

-¡Es una soberbia idea! -exclamó.

-Sí -le respondió el mayor-, pero si alguna vez es permitido tener ideas semejantes, es con la condición de no pensar siquiera en ponerlas en práctica.

-¿Y por qué no? -replicó con cierto desenfado el secretario del Gun-Club, aprestándose para el combate que sus colegas rehuyeron.

Sin embargo, el nombre de Miguel Ardan corría de boca en boca en la ciudad de Tampa. Extranjeros e indígenas se miraban, se interrogaban y se burlaban, no del europeo, que era en su concepto un mito, un ser quimérico, sino de J. T. Maston, que había podido creer en la existencia de aquel personaje fabuloso. Cuando Barbicane propuso enviar un proyectil a la Luna, la empresa pareció a todos natural y practicable, y no vieron en ella más que una simple cuestión de balística. Pero que un ser racional quisiera tomar asiento en el proyectil e intentar aquel viaje inverosímil, era una proposición tan sin pies ni cabeza que no podía dejar de parecer una chanza, una farsa, y valiéndonos de un vocablo del cual los franceses en su lenguaje familiar tienen la traducción exacta, un humbug1.

Las burlas duraron sin interrupción hasta la noche, y se puede asegurar que toda la Unión prorrumpió en una sola carcajada, lo que es poco común en un país en que las empresas imposibles encuentran fácilmente panegiristas, adeptos y partidarios.

Con todo, la proposición de Miguel Ardan, como todas las ideas nuevas, no dejaba de preocupar a más de cuatro, por lo mismo que se apartaba de la corriente de las emociones acostumbradas. "He aquí -decían- una cosa que no se le había ocurrido a nadie." Aquel incidente fue luego una obsesión por su misma extrañeza. Daba en qué pensar. ¡Cuántas cosas negadas la víspera han sido una realidad al día siguiente! ¿Por qué un viaje a la Luna no se ha de realizar un día u otro? Pero siempre tendremos que el primero que se quiera arriesgar debe ser un loco de atar, y decididamente, puesto que su proyecto no puede tomarse por lo serio, hubiera hecho bien en callarse en lugar de poner en fermentación a una población entera con sus ridículas salidas de tono.

Pero, ¿aquel personaje existía realmente? He aquí la primera cuestión. El nombre de Miguel Ardan no era desconocido en América. Era el nombre de un europeo muchas veces citado por sus atrevidas empresas. Además, aquel telegrama que había atravesado las profundidades del Atlántico, la designación del buque en que el francés decía haber tomado pasaje, la fecha fija de su llegada próxima, eran circunstancias que daban a la proposición ciertos visos de verosimilitud. La empresa requería, sin duda, un valor inaudito. Pronto los individuos aislados se agruparon: los grupos se condensaron bajo la acción de la curiosidad como en virtud de la atracción molecular se condensan los átomos, y al cabo se formó una multitud compacta que se dirigió a la habitación del presidente Barbicane.

Éste, desde la llegada del parte, no había manifestado acerca de él, opinión alguna, había dejado a J. T. Maston descubrir la suya sin aprobar ni desaprobar; se mantenía expectante, y se proponía aguardar los acontecimientos; pero no contaba con la impaciencia pública, y vio con muy poca satisfacción a los habitantes de Tampa reunirse bajo sus ventanas. Los murmullos, los gritos y las vociferaciones le obligaron a presentarse. Tenía todos los deberes, y por consiguiente, todas las desazones de la celebridad.

Se presentó, y la multitud guardó silencio. Un ciudadano tomó la palabra, y dirigió a Barbicane la siguiente pregunta:

-¿El personaje designado en el parte bajo el nombre de Miguel Ardan se ha puesto en marcha para América? ¿Sí o no?

-Señores -respondió Barbicane-, no sé más que lo que saben ustedes.

-Pues es preciso saberlo -gritaron algunos con impaciencia.

-El tiempo nos lo dirá -respondió con sequedad el presidente.

-No reconocemos en el tiempo ningún derecho para mantener en un estado de ansiedad penosa a un pueblo entero -replicó el orador-. ¿Se han modificado los planos del proyectil en conformidad con lo que dice el telégrama?

-Todavía no, señores, pero tienen razón; es preciso saber a qué atenernos, y el telégrafo, que ha causado toda esta conmoción, completará nuestros informes.

-¡Al telégrafo! ¡Al telégrafo! -exclamó la muchedumbre.

Barbicane bajó, y, seguido del inmenso gentío, se dirigió a las oficinas de la administración.

Pocos minutos después se envió al síndico de los corredores marítimos de Liverpool un parte en el que le hacían las siguientes preguntas:

"¿Qué buque es el Atlanta? ¿Cuándo salió de Europa? ¿Llevaba a bordo a un francés llamado Miguel Ardan?"

Dos horas después Barbicane recibía informes de una precisión tal que no permitían ninguna duda.

"El vapor Atlanta, de Liverpool, se hizo a la mar el 2 de octubre con rumbo a Tampa Town, llevando a bordo a un francés que con el nombre de Miguel Ardan consta en la lista de los pasajeros."

Al ver esta confirmación del primer parte, los ojos del presidente brillaron con una llama súbita, se cerraron sus puños y con violencia se le oyó murmurar:

-¡Es, pues, cierto! ¡es, pues, posible! ¡este francés existe! ¡y estará aquí dentro de quince días! Pero es un loco, y nunca consentiré...

Y, sin embargo, aquella misma tarde escribió a la casa Breadwill y Compañía para que suspendiesen hasta nueva orden la fundición del proyectil.

Expresar ahora la conmoción que se apoderó de la América toda, el efecto que produjo la comunicación de Barbicane, lo que dijeron los periódicos de la Unión, el asombro que les causó la noticia y el entusiasmo con que la acogieron y con que cantaron la llegada de aquel héroe del antiguo continente; pintar la agitación febril de cada individuo, contando las horas, contando los minutos, contando los segundos; dar una idea, aunque débil, de aquella obsesión fatigosa de todos los cerebros subordinados a un solo pensamiento; manifestar las ocupaciones cediendo a una sola preocupación, los trabajos detenidos, el comercio suspensdido, los buques próximos a zarpar permaneciendo anclados en el puerto para presenciar la llegada del Atlanta; los trenes llegando llenos y volviendo vacíos, la bahía del Espíritu Santo, incesantemente surcada por vapores, packets boats, yates de placer, fly boats de todas las dimensiones; enumerar los millares de curiosos que cuadruplicaron en quince días la población de Tampa Town y tuvieron que acampar bajo tiendas como un ejército en campaña, sería una pretensión temeraria superior a todas las fuerzas de los hombres.

El 20 de octubre, a las nueve de la mañana, los vigías del canal de las Bahamas distinguieron una densa humareda en el horizonte. Dos horas después, un vapor de alto bordo era por ellos reconocido, y el nombre de Atlanta fue transmitido a Tampa Town. A las cuatro, el buque inglés entraba en la bahía del Espíritu Santo. A las cinco, cruzaba a todo vapor la rada de Hillisboro. A las seis fondeaba en el puerto de Tampa.

El áncora no había aún mordido el fondo de la arena, cuando quinientas embarcaciones rodeaban el Atlanta, y el vapor era tomado por asalto. El primero que pisó su cubierta fue Barbicane, el cual dijo con una voz cuya conmoción quería en vano reprimir.

-¿Miguel Ardan?

-¡Presente! -respondió un individuo encaramado a la toldilla.

Barbicane, con los brazos cruzados, con la vista investigadora, con la boca muda, miró fijamente al pasajero del Atlanta.

Era éste un hombre de cuarenta y dos años, alto, pero algo cargado de espaldas, como esas cariátides que sostienen balcones en sus hombros. Su cabeza enérgica, verdadera cabeza de león, sacudía de cuando en cuando una cabellera roja que parecía realmente una guedeja. Una cara corta, ancha en las sienes, adornada con unos bigotes erizados como los de un gato y mechones de pelos amarillentos que salpicaban sus mejillas, ojos redondos de los que partía una mirada miope y como extraviada, completaban aquella fisonomía eminentemente felina. Pero la nariz era de un dibujo atrevido, la boca perfecta, la frente alta, inteligente, y surcada como un campo que no ha estado nunca inculto. Un cuerpo bien desarrollado, descansando sobre unas largas piernas, brazos musculosos, que eran poderosas y bien apoyadas palancas, un continente resuelto, hacían de aquel europeo un buen mozo sólidamente constituido, que más parecía forjado que fundido, valiéndonos de una de las expresiones del arte metalúrgico.

Los discípulos de Lavater o de Gratiolet hubieran, sin dificultad, encontrado en el cráneo y en la fisonomía de aquel personaje los signos indiscutibles de la combatividad, es decir, el valor en el peligro y la tendencia a sobrepujar los obstáculos; los de la benevolencia y los de apego a lo maravilloso, instinto que induce a ciertos temperamentos a apasionarse por las cosas sobrehumanas; pero, en cambio, la disposición para la adquisibilidad, la necesidad de poseer y adquirir, faltaban absolutamente.

Para completar el retrato físico del pasajero del Atlanta, es oportuno decir que sus vestidos eran holgados, que no oponían el menor obstáculo al juego de sus articulaciones, siendo su pantalón y su gabán tan sumamente anchos que él mismo se llamaba la muerte con capa. Llevaba la corbata en desaliño, y su cuello de camisa muy escotado dejaba ver un cuello robusto como el de un toro. Sus manos febriles arrancaban de dos mangas de camisa que estaban siempre desabrochadas. Bien se conocía que aquel hombre no sentía nunca frío, ni en medio del invierno, ni en medio de los peligros.

Iba y venía por la cubierta del vapor, en medio de la multitud que apenas le dejaba espacio para moverse, sin poderse estar quieto un momento. Pero él derivaba sobre sus anclas, como decían los marineros, y gesticulaba y tuteaba a todo el mundo, y se mordía las uñas con una avidez convulsiva. Era uno de esos originales que la naturaleza inventa por capricho pasajero, pero cuyo molde rompe enseguida.

En efecto, la personalidad moral de Miguel Ardan ofrecía un campo muy dilatado a la investigación de los observadores analíticos. Aquel hombre asombroso vivía en una perpetua disposición a la hipérbole y no había traspasado aún la edad de los superlativos. En la retina de sus ojos se juntaban los objetos con dimensiones desmedidas, de lo que resultaba una asociación de ideas gigantescas. Todo lo veía abultadísimo y en grande, a excepción de las dificultades y los hombres, que los veía siempre pequeños.

Estaba dotado de una naturaleza poderosa, exorbitante, superabundante; era artista por instinto, muy ingenioso, muy decidor, pero aunque no hacía nunca un fuego graneado de chistes, el chiste que se permitía era siempre una descarga cerrada. En las discusiones se cuidaba muy poco de la lógica; rebelde al silogismo, no lo hubiera nunca inventado, y todas sus salidas eran suyas y no más que suyas. Atropellando por todo y para todo, apuntaba en medio del pecho argumentos ad hominem certeros y seguros, y le gustaba defender con el pico y con las zarpas las causas desesperadas.

Tenía, entre otras manías, la de proclamarse, como Shakespeare, un ignorante sublime y hacía alarde de despreciar a los sabios. "Los sabios -decía- no hacen más que apuntar los tantos mientras nosotros jugamos." Era un bohemio del mundo de las maravillas, que se aventuraba mucho sin ser por eso aventurero, una cabeza destornillada, un Faetón que se empeña en guiar el carro del Sol, un ícaro con alas de reserva. Por lo demás, pagaba con su persona, y pagaba bien, se arrojaba, sin cerrar los ojos a las más peligrosas empresas, quemaba sus naves con más decisión que Agatocles; siempre dispuesto a romperse el alma o desnucarse, caía invariablemente de pie, como esos monigotes de médula de saúco con plomo en la base que sirven de diversión a los niños.

En una palabra, su divisa era: A pesar de todo, y el amor a lo imposible, constituían su ruling passion2, según la feliz expresión de Pope.

Pero aquel hombre emprendedor tenía como ningún otro los defectos de sus cualidades. Se dice que quien nada arriesga nada tiene. Ardan nada tenía y lo arriesgaba siempre todo. Era un despilfarrador, un tonel de las Danaides. Perfectamente desinteresado, hacía tantas buenas obras como calaveradas; caritativo, cabelleresco y generoso, no hubiera firmado la sentencia de muerte de su más cruel enemigo, y era muy capaz de venderse como esclavo para rescatar a un negro.

En Francia, en la Europa entera, todo el mundo conocía a un personaje tan brillante y que tanto ruido metía. ¿No hablaban acaso de él incesantemente las cien trompas de la fama, puestas todas a su servicio? ¿No vivía en una casa de vidrio, tomando el universo entero por confidente de sus más íntimos secretos? No obstante eso, no le faltaba una buena colección de enemigos entre los individuos a quienes había rozado, herido o atropellado más o menos al abrirse paso con los codos entre la muchedumbre.

Pero generalmènte se le quería bien, y hasta se le mimaba como a un niño. Era, según la expresión popular, "«un hombre a quien era preciso tomar o dejar", y se le tomaba. Todos se interesaban por él en sus atrevidas empresas y le seguían con la mirada inquieta. ¡Era audaz con tanta imprudencia! Cuando algún amigo quería detenerle prediciéndole una.catástrofe próxima , respondía, sonriéndole amablemente: "El bosque no es quemado sino por sus propios árboles." Y no sabía, al dar esta respuesta, que citaba el más bello de todos los proverbios árabes.

Tal era aquel pasajero del Atlanta, siempre agitado, siempre hirviendo al calor de un fuego interior, siempre conmovido, y no por lo que pretendía hacer en América, en lo cual ni siquiera pensaba, sino por efecto de su organización calenturienta. Era seguramente un contraste, el más singular, el que ofrecían el francés Miguel Ardan y el yanqui Barbicane, no obstante ser los dos emprendedores, atrevidos, audaces, cada cual a su manera.

La contemplación a que se abandonaba el presidente del Gun-Club en presencia de aquel rival que acababa de relegarle a un segundo término, fue muy pronto interrumpida por los hurras y vítores de la muchedumbre. Tan frenéticos fueron los gritos, y formas tan personales tomó el entusiasmo, que Miguel Ardan, después de haber apretado millares de manos, en que estuvo expuesto a dejar sus dedos, tuvo que buscar un refugio en el fondo de su camarote.

Barbicane le siguió sin haber pronunciado una palabra.

-¿Es usted Barbicane? -le preguntó Miguel Ardan, cuando estuvieron solos los dos, con un tono como si hubiese hablado a un amigo de veinte años.

-Sí -respondió el presidente del Gun-Club.

-Pues bien, le saludo, Barbicane. ¿Cómo está? ¿Muy bien? ¡Me alegro! ¡Me alegro!

-Conque -dijo Barbicane entrando en materia, sin preámbulos-. ¿está decidido a partir?

-Absolutamente decidido.

-¿Nada lo detendrá?

-Nada. ¿Han modificado el proyectil como les indicaba en mi parte?

-Aguardaba su llegada. Pero -preguntó Barbicane con insistencia- ¿lo ha reflexionado bien?

-¡Reflexionado! ¿Tengo acaso tiempo que perder? Se me presenta la ocasión de ir a dar una vuelta por la Luna, y la aprovecho, he aquí todo. No creo que la cosa merezca tantas reflexiones.

Barbicane devoraba con la vista a aquel hombre que hablaba de su proyecto de viaje con una ligereza y un desdén tan completos y sin la más mínima inquietud ni zozobra.

-Pero, al menos -le dijo-, tendrá un plan, tendrá medios de ejecución.

-Excelentes, amigo Barbicane. Pero permítame hacerle una observación; me gusta contar mi historia solo una vez a todo el mundo, y luego no cuidarme más de ella. Así se evitan repeticiones, y, por consiguiente, salvo mejor parecer, convoque a sus amigos, a sus colegas, a la ciudad entera, a toda la Florida, a todos los americanos, si quiere, y mañana estaré dispuesto a desenvolver mis medios y a responder a todas las objeciones, cualesquiera que sean. Tranquilícese, los aguardaré a pie firme. ¿Le parece bien?

-Muy bien -respondió Barbicane.

Y salió del camarote para participar a la multitud la proposición de Miguel Ardan. Sus palabras fueron acogidas con saltos y gritos de alegría, porque la proposición allanaba todas las dificultades. Al día siguiente, todos podrían contemplar a su gusto al héroe europeo. Sin embargo, algunos de los más obstinados espectadores no quisieron dejar la cubierta del Atlanta, y pasaron la noche a bordo. J. T. Maston, entre otros, había clavado su mano postiza en un ángulo de la toldilla, y se hubiera necesitado un cabrestante para arrancarlo de su sitio.

-¡Es un héroe! ¡un héroe! -exclamaba en todos los tonos-. ¡y comparados con ese europeo, nosotros no somos más que unos maricas!

En cuanto al presidente, después de suplicar a los espectadores que se retiraran, entró en el camarote del pasajero y no se separó de él hasta que la campana del vapor señaló la hora del relevo de la guardia de medianoche.

Pero entonces los dos rivales en popularidad se apretaron muy amistosamente la mano, y ya Miguel Ardan tuteaba al presidente Barbicane.

Línea divisoria

1. Misitificación.
2. Su pasión dominante.

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