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De la Tierra a la Luna
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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De la Tierra a la Luna
Capítulo III
Efecto de la comunicación de Barbicane

Es imposible narrar el efecto producido por las últimas palabras del ilustre presidente. ¡Qué gritos! ¡Qué vociferaciones! ¡Qué sucesión de vítores, de hurras, de "¡Hip, hip!" y de todas las onomatopeyas con que el entusiasmo condimenta la lengua americana! Aquello era un desorden, una barahúnda indescriptible. Las bocas gritaban, las manos palmoteaban, los pies sacudían el entarimado de los salones. Todas las armas de aquel museo de artillería, disparadas a la vez, no hubieran agitado con más violencia las ondas sonoras. No es extraño. Hay artilleros casi tan retumbantes como sus cañones.

Barbicane permanecía tranquilo en medio de aquellos clamores entusiastas. Sin duda quería dirigir aún algunas palabras a sus colegas, pues sus gestos reclamaron silencio y su timbre fulminante se extenuó a fuerza de detonaciones. Ni siquiera se le oyó. Luego le arrancaron de su asiento, le llevaron en triunfo, y pasó de las manos de sus fieles camaradas a los brazos de una muchedumbre no menos enardecida.

No hay nada que asombre a un americano. Se ha repetido con frecuencia que la palabra imposible no es francesa: los que tal han dicho han tomado un diccionario por otro. En América todo es fácil, todo es sencillo, y en cuanto a dificultades mecánicas, todas mueren antes de nacer. Entre el proyecto de Barbicane y su realización, no podía haber un verdadero yanqui que se permitiese entrever la apariencia de una dificultad. Cosa dicha, cosa hecha.

El paseo triunfal del presidente se prolongó hasta muy entrada la noche. Fue una verdadera marcha a la luz de innumerables antorchas. Irlandeses, alemanes, franceses, escoceses, todos los individuos heterogéneos de que se compone la población de Maryland gritaban en su lengua materna, y los vítores, los hurras y los bravos se mezclaban en un confuso estrépito.

Precisamente la Luna, como si hubiese comprendido que era de ella de quien se trataba, brillaba entonces con serena magnificencia, eclipsando con su intensa irradiación las luces circundantes. Todos los yanquis dirigían sus miradas a su centelleante disco. Algunos la saludaban con la mano, otros la llamaban con los dictados más halagüeños; éstos la medían con la mirada, aquéllos la amenazaban con el puño, y en las cuatro horas que mediaban entre las ocho y las doce de la noche, un óptico de Jone's Fall labró su fortuna vendiendo anteojos. El astro de la noche era mirado con tanta avidez como una hermosa dama de alto copete. Los americanos hablaban de él como si fuesen sus propietarios. Hubiérase dicho que la casta Febe pertenecía ya a aquellos audaces conquistadores y formaba parte del territorio de la Unión. Y sin embargo, no se trataba más que de enviarle un proyectil, manera bastante brutal de entrar en relaciones, aunque sea con un satélite, pero muy en boga en las naciones civilizadas.

Acababan de dar las doce, y el entusiasmo no se apagaba. Seguía siendo igual en todas las clases de la población; el magistrado, el sabio, el hombre de negocios, el mercader, el mozo de cordel, las personas inteligentes y las gentes "verdes"1 se sentían heridas en la fibra más delicada. Tratábase de una empresa nacional. La ciudad alta, la ciudad baja, los muelles bañados por las aguas del Pa-tapsco, los buques anclados no podían contener la multitud, ebria de alegría, y también de ginebra y de whisky. Todos hablaban, peroraban, discutían, aprobaban, aplaudían, lo mismo los ricos arrellanados muellemente en el sofá de los bar-rooms2 delante de su copa de sherry cobbler3, que el waterman4 que se emborrachaba con el matarratas5 de las tenebrosas tabernas del Fells-Point.

Sin embargo, cerca de las dos la conmoción se calmó. El presidente Barbicane pudo volver a su casa estropeado, quebrantado, molido. Un hércules no hubiera resistido un entusiasmo semejante. La multitud abandonó poco a poco plazas y calles. Las cuatro líneas férreas de Ohio, de Susquehanna, de Filadelfia y de Washington, que convergen en Baltimore, arrojaron al público heterogéneo a los cuatro puntos cardinales de los Estados Unidos, y la ciudad adquirió una tranquilidad relativa.

Se equivocaría el que creyese que, durante aquella memorable noche, quedó la agitación circunscrita dentro de Baltimore. Las grandes ciudades de la Union, New York, Boston, Albany, Washington, Richmond, Crescent City6, Charleston, Mobile, desde Texas a Massachusetts, desde Michigan a Florida, participaban todas del delirio. Los treinta mil corresponsales del Gun-Club conocían la carta de su presidente y aguardaban con igual impaciencia la famosa comunicación del 5 de octubre. Aquella misma noche, las palabras del orador, a medida que salían de sus labios, corrían por los hilos telegráficos que atraviesan en todos sentidos los estados de la Unión, con una velocidad de doscientas cuarenta y ocho mil cuatrocientas cuarenta y siete millas por segundo7. Podemos, pues, decir con una exactitud absoluta, que los Estados Unidos de América, diez veces mayores que Francia, lanzaron en el mismo instante un solo hurra, y que veinticinco millones de corazones, henchidos de orgullo, palpitaron con un solo latido.

Al día siguiente, mil quinientos periódicos diarios, semanales, bimensuales o mensuales, se apoderaron de la cuestión, y la examinaron bajo sus diferentes aspectos físicos, meteorológicos, económicos y morales, y hasta desde el punto de vista de la preponderancia política y de su influencia civilizadora. Algunos se preguntaron si la Luna era un mundo concluido, y si no experimentaría ya ninguna transformación. ¿Se parecía a la Tierra durante los tiempos en que no había aún atmósfera? ¿Qué espectáculo presentaría al hacerse visible la faz desconocida para el esferoide terrestre? Si bien no se trataba más que de enviar una bala al astro de la noche, todos veían en este hecho el punto de partida de una serie de experimentos, todos esperaban que América penetraría los últimos secretos de aquel disco misterioso, y algunos hablaban ya de las sensibles perturbaciones que acarrearía su conquista al equilibrio europeo.

Discutido el proyecto, no hubo un solo periódico que pusiese su realización en duda. Las colecciones, los folletos, las gacetas, los boletines publicados por las sociedades sabias, literarias o religiosas hicieron resaltar sus ventajas, y la Sociedad de Historia Natural de Boston, la Sociedad Americana de Ciencias y Ares de Albany, la Sociedad de Geografía y Estadística de Nueva York, la Sociedad Filosófica Americana de Filadelfia, el Instituto Smithsoniano de Washington, dirigieron al Gun-Club millares de cartas de felicitación con ofrecimientos inmediatos de apoyo moral y pecuniario.

Nunca proposición alguna había obtenido tan numerosas adhesiones. No hubo ninguna inquietud, ninguna vacilación, ninguna duda. En cuanto a las bromas, a las caricaturas, a las canciones burlescas que hubieran acogido en Europa, y particularmente en Francia, la idea de enviar un proyectil a la Luna, hubieran desconceptuado al que los hubiese permitido, y todos los life preservers8 del mundo hubieran sido impotentes para librarse de la indignación general. Hay cosas de las que nadie se ríe en el Nuevo Mundo.

Impey Barbicane fue desde aquel día uno de los más grandes ciudadanos de los Estados Unidos, algo como si dijéramos el Washington de la ciencia, y un rasgo de los muchos que pudiéramos citar, bastará para demostrar a qué extremo llegó la idolatría de todo un pueblo por un hombre.

Algunos días después de la famosa sesión del Gun-Club, el director de una compañía inglesa de cómicos anunció en el teatro de Baltimore la representación de Much ado about nothing9. Pero los habitantes de la ciudad, viendo en este título una alusión malévola a los proyectos del presidente Barbicane, invadieron el teatro, hicieron pedazos los bancos y obligaron a variar su cartel al desgraciado director, el cual, hombre sagaz, inclinándose ante la voluntad pública, reemplazó la malhadada comedia con la titulada As you like it10 que durante muchas semanas le valió un lleno completo.

Línea divisoria

1. Expresión enteramente americana con que se designa a los cándidos.
2. Locales semejantes a los cafés.
3. Mezcla de ron, zumo de naranja, azúcar, canela y nuez moscada. Esta bebida, de color amarillo, se sorbe por medio de un tubito de vidrio.
4. Marinero.
5. Bebida horrible de los barrios bajos.
6. Sobrenombre de Nueva Orleans.
7. La velocidad de la electricidad es de cien mil leguas.
8. Arma de bolsillo que se compone de una ballena flexible y una bala de metal.
9. Mucho ruido y pocas nueces, una de las comedias de Shakespeare.
10. Como gustéis, de Shakespeare.

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