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De la Tierra a la Luna
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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De la Tierra a la Luna
Capítulo II
Comunicado del presidente Barbicane

El 5 de octubre, a las ocho de la noche, una multitud compacta se apiñaba en los salones del Gun-Club, 21, Union Square. Todos los miembros de la sociedad residentes en Baltimore habían acudido a la cita de su presidente.En cuanto a los socios corresponsales, los trenes los desembarcaban a centenares en las estaciones de la ciudad, sin que por mucha que fuese la capacidad del salón de sesiones, cupiesen todos. Así es que aquel concurso de sabios refluía en las salas próximas, en los corredores y hasta en los vestiíbulos exteriores, donde se condensaba un gentío inmenso, que deseaba con ansia conocer la importante comunicación del presidente Barbicane. Los unos empujaban a los otros, y mutuamente se atropellaban y aplastaban con esa libertad de acción característica de los pueblos educados en las ideas del self government1.

Un extranjero que se hubiese hallado aquella noche en Baltimore no hubiera conseguido a fuerza de oro penetrar en el gran salón, exclusivamente reservado a los miembros residentes o corresponsales, sin que nadie más pudiera ocupar en él puesto alguno, y así es que los notables de la ciudad, los magistrados del consejo de los selectmen2 habían tenido que mezclarse con la turba de sus admiradores para coger al vuelo las noticias del interior.

La inmensa sala ofrecía a las miradas un curioso espectáculo. Aquel vasto local estaba maravillosamente adecuado a su destino. Altas columnas, formadas de cañones sobrepuestos que tenían por pedestal grandes morteros, sostenían la esbelta armazón de la bóveda, verdadero encaje de hierro fundido admirablemente recortado. Panoplias de trabucos, retacos, arcabuces, carabinas y de todas las armas de fuego antiguas y modernas cubrían las paredes entrelazándose de una manera pintoresca. La llama del gas brotaba profusamente de un millar de revólveres dispuestos en forma de lámparas, completando tan espléndido alumbrado arañas de pistolas y candelabros formados de fusiles artísticamente reunidos.

Los modelos de cañones, las muestras de bronce, los blancos acribillados a balazos, las planchas destruidas por el choque de las balas del Gun-Club, el surtido de baquetones y escobillones, los rosarios de bombas, los collares de proyectiles, las guirnaldas de granadas, en una palabra, todos los útiles del artillero fascinaban por su asombrosa disposición y hacían presumir que su verdadero destino era más decorativo que mortífero.

En el puesto de preferencia, detrás de una espléndida vidriera, se veía un pedazo de recámara rota y torcida por el efecto de la pólvora, preciosa reliquia del cañón de J. T. Maston.

El presidente, con dos secretarios a cada lado, ocupaba en uno de los extremos del salón un ancho espacio entarimado. Su sillón, levantado sobre una cureña laboriosamente tallada, afectaba en su conjunto las robustas formas de un mortero de treinta y dos pulgadas, apuntando en ángulo de noventa grados, y estaba suspendido de dos quicios que permitían al presidente columpiarse como en los rocking chairs3, que tan cómoda es en verano para dormir la siesta. Sobre la mesa, que era una gran plancha de hierro sostenida por seis obuses, se veía un tintero de exquisito gusto, hecho de una bala de cañón admirablemente cincelada, y un timbre que se disparaba estrepitosamente como un revólver. Durante las discusiones acaloradas, esta campanilla de nuevo género bastaba apenas para dominar la voz de aquella legión de artilleros sobreexcitados.

Delante de la mesa presidencial, los bancos, colocados de modo que formaban eses como las circunvalaciones de una trinchera, constituían una serie de parapetos del Gun-Club, y bien puede decirse que aquella noche había gente hasta en las trincheras. El presidente era bastante conocido para que nadie pudiese ignorar que no hubiera molestado a sus colegas sin un motivo sumamente grave.

Impey Barbicane era un hombre de unos cuarenta años, sereno, frío, austero, de un carácter esencialmente formal y reconcentrado; exacto como un cronómetro, de un temperamento a toda prueba, de una resolución inquebrantable. Poco caballeresco, aunque aventurero, siempre resuelto a trasladar del campo de la especulación al de la práctica las más temerarias empresas, era el hombre por excelencia de la Nueva Inglaterra, el nordista colonizador, el descendiente de aquellas Cabezas Redondas tan funestas a los Estuardos, y el implacable enemigo de los aristócratas del Sur, de los antiguos caballeros de la madre patria. Barbicane, en una palabra, era un yanqui completo.

Había hecho, comerciando con madera, una fortuna considerable. Nombrado director de artillería durante la guerra, se manifestó fecundo en invenciones, audaz en ideas, y contribuyó poderosamente a los progresos del arma, dando a las investigaciones experimentales un incomparable desarrollo.

Era un personaje de mediana estatura, que por una rara excepción en el Gun-Club, tenía ilesos todos los miembros. Sus facciones, acentuadas, parecían trazadas con carbón y tiralíneas, y si es cierto que para adivinar los instintos de un hombre se le debe mirar de perfil, Barbicane, mirado así, ofrecía los más seguros indicios de energía, audacia y sangre fría.

En aquel momento permanecía inmóvil en su sillón, mudo, meditabundo, con una mirada honda, medio tapada la cara por un enorme sombrero, cilindro de seda negra que parece hecho a propósito para los cráneos americanos.

A su alrededor, sus colegas conversaban estrepitosamente sin distraerle. Se interrogaban, recorrían el campo de las suposiciones, examinaban a su presidente, y procuraban, aunque en vano, despejar la incógnita de su imperturbable fisonomía.

Al dar las ocho en el reloj fulminante del gran salón, Barbicane, como impelido por un resorte; se levantó de pronto; reinó un silencio general, y el orador, con bastante énfasis, tomó la palabra en los siguientes términos:

-Denodados colegas: mucho tiempo ha transcurrido ya desde que una paz infecunda condenó a los miembros del Gun-Club a una ociosidad lamentable. Después de un período de algunos años, tan lleno de incidentes, tuvimos que abandonar nuestros trabajos y detenernos en la senda del progreso. Lo proclamo sin miedo y en voz alta: toda guerra que nos obligase a empuñar de nuevo las armas sería acogida con un entusiasmo frenético.

-¡Sí, la guerra! -exclamó el impetuoso J. T. Maston.

-¡Silencio! -gritaron por todos lados.

-Pero la guerra -dijo Barbicane- es imposible en las actuales circunstancias, y, aunque otra cosa desee mi distinguido colega, muchos años pasarán aún antes de que nuestros cañones vuelvan al campo de batalla. Es, pues, preciso tomar una resolución y buscar en otro orden de ideas un alimento a la actividad que nos devora.

La asamblea redobló su atención, comprendiendo que su presidente iba a abordar el punto delicado.

-Hace algunos meses, ilustres colegas -prosiguió Barbicane-, que me pregunté si, sin separarnos de nuestra especialidad, podríamos acometer alguna gran empresa digna del siglo XIX, y si los progresos de la balística nos permitirián salir airosos de nuestro empeño. Así, pues, he buscado, trabajado, calculado, y como resultado de mis estudios obtuve la convicción de que el éxito coronará nuestros esfuerzos, encaminados a la realización de un plan que en cualquier otro país sería imposible. Este proyecto, prolijamente elaborado, va a ser el objeto de mi comunicación. Es un proyecto, digno de ustedes, digno del pasado del Gun-Club, y que meterá necesariamente mucho ruido en el mundo.

-¿Mucho ruido? -preguntó un artillero apasionado.

-Mucho ruido en la verdadera acepción de la palabra -respondió Barbicane.

-¡No interrumpan! -repitieron muchas voces.

-Yo suplico a mis dignos colegas que me presten todos su atención -dijo el presidente.

Un estremecimiento circuló por la asamblea. Barbicane, sujetando con un movimiento rápido el sombrero en la cabeza, continuó su discurso con voz tranquila.

-No hay ninguno entre ustedes, beneméritos colegas, que no haya visto la Luna, o que, por to menos, no haya oído hablar de ella. No os asombren si vengo aquí a hablarles del astro de la noche. Acaso nos esté reservada la gloria de ser los colonos de este mundo desconocido.Compréndanme, apóyenme con todo el poder de ustedes y los conduciré a su conquista, y su nombre se unirá a los de los treinta y seis estados que forman este gran país de la Unión.

-¡Viva la Luna! -exclamó el Gun-Club confundiendo en una sola todas sus voces.

-Mucho se ha estudiado la Luna -repuso Barbicane-; su masa, su densidad, su peso, su volumen, su constitución, su movimiento, su distancia, y el papel que representa en el mundo solar están perfectamente determinados; se han formado mapas selenográficos4 con una perfección igual o tal vez superior a la de las cartas terrestres; la fotografía ha obtenido pruebas de incomparable belleza de nuestro satélite. En una palabra, se sabe de la Luna todo lo que las ciencias matemáticas, la astronomía, la geología, y la óptica pueden saber; pero hasta ahora no se ha establecido comunicación directa con ella.

Un vivo movimiento de interés y de sorpresa acogió esta frase del orador.

-Permítanme -prosiguió- recordarles, en pocas palabras, de qué manera ciertas cabezas calientes, embarcándose para viajes imaginarios, pretendieron haber penetrado los secretos de nuestro satélite. En el siglo XVII, un tal David Fabricius se vanaglorió de haber visto con sus propios ojos habitantes en la Luna. En 1649, un francés llamado Jean Baudoin, publicó el Viaje hecho al mundo de la Luna por Domingo González, aventurero español. En una misma época, Cyrano de Bergerac publicó la célebre expedición que tanto éxito obtuvo en Francia. Más adelante, otro francés (los franceses se ocupan mucho de la Luna), llamado Fontenelle, escribió la Pluralidad de los mundos, obra maestra en su tiempo, pero la ciencia, avanzando, destruye hasta las obras maestras. Hacia 1835, un opúsculo traducido del New York American nos dijo que sir John Herschell, enviado al cabo de Buena Esperanza para ciertos estudios astronómicos, consiguió, empleando al efecto un telescopio perfeccionado por una iluminación interior, acercar la Luna a una distancia de ochenta yardas5. Entonces percibió claramente cavernas en que vivían hipopótamos, verdes montañas con franjas de encaje de oro, carneros con cuernos de marfil, corzos blancos y habitantes con alas membranosas como las del murciélago. Aquel folleto, obra de un americano llamado Locke6, alcanzó un éxito prodigioso. Pero luego se reconoció que todo era una superchería de la que fueron los franceses los primeros en reírse.

-¡Reírse de un americano! -exclamó J. T. Maston-. ¡He aquí un casus belli!

-Cálmese, mi digno amigo; los franceses, antes de reírse de nuestro compatriota, cayeron en el lazo que él les tendió haciéndoles comulgar con ruedas de molino. Para terminar esta rápida historia, añadiré que un tal Hans Pfaal, de Rotterdam, ascendiendo en un globo lleno de un gas extraído del ázoe, treinta y siete veces más ligero que el hidrógeno, y alcanzó la Luna después de un viaje aéreo de diecinueve días. Aquel viaje, lo mismo que las precedentes tentativas, era simplemente imaginario, y fue obra de un escritor popular de América, de un ingenio extraño y contemplativo, de Edgard Poe.

-¡Viva Edgard Poe! -exclamó la asamblea, electrizada por las palabras de su presidente.

-Nada más digno -repuso Barbicane- de esas tentativas que llamaré puramente literarias, de todo punto insuficientes para establecer relaciones formales con el astro de la noche. Debo, sin embargo, añadir que algunos caracteres prácticos trataron de ponerse en comunicación con él, y así es que hace años, un geómetra alemán propuso enviar una comisión de sabios a los páramos de Siberia. Allí, en aquellas vastas llanuras, se debían trazar inmensas figuras geométricas, dibujadas por medio de reflectores luminosos, entre otras el cuadrado de la hipotenusa, llamado vulgarmente en Francia el puente de los asnos. "Todo ser inteligente - decía el geómetra- debe comprender el destino científico de esta figura. Los selenitas7, si existen, responderán con una figura semejante, y una vez establecida la comunicación, será fácil crear un alfabeto que permita conversar con los habitantes de la Luna." Así hablaba el geómetra alemán, pero no se ejecutó su proyecto, y hasta ahora no existe lazo alguno directo entre la Tierra y su satélite. Pero está reservado al genio práctico de los americanos ponerse en relación con el mundo sideral. El medio de llegar a tan importante resultado es sencillo, fácil, seguro, infalible, y él va a ser el objeto de mi proposición.

Un gran runrún, una tempestad de exclamaciones acogió estas palabras. No hubo entre los asistentes uno solo que no se sintiera dominado, arrastrado, arrebatado por las palabras del orador.

-¡Atención!... ¡Silencio! -repetían por todos los ángulos del salón.

Calmada la agitación, Barbicane prosiguió con una voz más grave su interrumpido discurso.

-Ya sabén ustedes -dijo- cuántos progresos ha hecho la balística de algunos años a esta parte, y a qué grado de perfección habrían llegado las armas de fuego, si la guerra hubiese continuado. No ignoran tampoco que, de una manera general, la fuerza de resistencia de los cañones y el poder expansivo de la pólvora son ilimitados. Pues bien, partiendo de este principio, me he preguntado a mí mismo si, por medio de un aparato suficiente, establecido en condiciones determinadas de resistencia, sería posible enviar una bala a la Luna.

A estas palabras, un grito de asombro se escapó de mil pechos anhelantes, y hubo luego un momento de silencio, parecido a la profunda calma que precede a las grandes tempestades. Y en efecto, hubo tempestad, pero una tempestad de aplausos, de gritos, de clamores que hizo temblar el salón de las sesiones. El presidente quería hablar y no podía. No consiguió hacerse oír hasta pasados diez minutos.

-Déjenme concluir -repuso tranquilamente-. He examinado la cuestión bajo todos sus aspectos, la he abordado resueltamente, y de mis cálculos indiscutibles resulta que todo proyectil dotado de una velocidad inicial de doce mil yardas8 por segundo, y dirigido hacia la Luna, llegará necesariamente a ella. Tengo, pues, distinguidos colegas, el honor de proponerles que intentemos este pequeño experimento.

Línea divisoria

1. Gobierno personal.
2. Administradores de la ciudad elegidos por la población.
3. Sillones o mecedoras, usados en los Estados Unidos que permiten mecerse al que se sienta en alguno de ellos.
4. Vocablo compuesto cuya raíz griega significa Luna.
5. La yarda equivale a novecientas catorce milésimas de metro, que es algo más que la vara.
6. El folleto fue publicado en Francia por el republicano Laviron que fu muerto en el sitio de Roma en 1849.
7. Habitantes de la Luna.
8. Once mil cincuenta y un metros por segundo.

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