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De la Tierra a la Luna
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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De la Tierra a la Luna
Capítulo XIII
Stone Hill

Hecha ya la elección por los miembros del Gun-Club, en detrimento de Texs, los americanos de la Unión, que saben todos leer, se impusieron la obligación de estudiar la geografía de Florida. Nunca jamás habían vendido los libreros tantos ejemplares de Bartram's travel in Florida, de Roman's natural history of East and West Florida, de William's territory of Florida, de Cleland on the culture of the Sugar Cane in East Florida. Fue necesario tirar nuevas ediciones. Aquello era un delirio.

Barbicane tenía que hacer algo más que leer; quería ver con sus propios ojos y marcar el sitio del Columbiad. Sin pérdida de un instante puso a disposición del observatorio de Cambridge los fondos necesarios para la construcción de un telescopio, y entró en tratos con la casa Breadwill y Compañía, de Albany, para la fabricación del proyectil de aluminio. Enseguida partió de Baltimore, acompañado de J. T. Maston, del mayor Elphiston y del director de la fábrica de Goldspring.

Al día siguiente, los cuatro compañeros de viaje llegaron a Nueva Orleáns, donde se embarcaron inmediatamente en el Tampico, aviso de la marina federal que el gobierno ponía a su disposición, y, calentadas las calderas, las orillas de Luisiana desaparecieron luego de sus vistas.

La travesía no fue larga. Dos días después de partir el Tampico, que había ganado cuatrocientas ochenta millas1, distinguió la costa floridense. Al acercarse a ésta, Barbicane se halló en presencia de una tierra baja, llana, de aspecto bastante árido. Después de haber costeado una cadena de ensenadas materialmente cubiertas de ostras y cangrejos, el Tampico entró en la bahía del Espíritu Santo.

Dicha bahía se divide en dos radas prolongadas: la rada de Tampa y la rada de Hillisboro, por cuya boca penetró el buque. Poco tiempo después, el fuerte Brooke descubrió sus baterías rasantes por encima de las olas, y apareció la ciudad de Tampa, negligentemente echada en el fondo de un puertecillo natural formado por la desembocadura del río Hillisboro.

Allí fondeó el Tampico el 22 de octubre, a las siete de la tarde, y los cuatro pasajeros desembarcaron inmediatamente.

Barbicane sintió palpitar con violencia su corazón al pisar la tierra floridense; parecía tantearla con el pie, como hace un arquitecto con una casa cuya solidez desea conocer. J. T. Maston escarbaba el suelo con su mano postiza.

-Señores -dijo entonces Barbicane-, no tenemos tiempo que perder; y mañana mismo montaremos a caballo para empezar a reconocer el país.

Barbicane, en el momento de saltar a tierra, vio que le salían al encuentro los tres mil habitantes de Tampa Town. Bien merecía este honor el presidente del Gun-Club, que les había dado la preferencia. Fue acogido con formidables aclamaciones; pero él se sustrajo a la ovación, se encerró en un cuarto de la fonda del Franklin y no quiso recibir a nadie. Decididamente, no se avenía su carácter con el oficio de hombre célebre.

Al día siguiente, 23 de octubre, algunos caballos de raza española, de poca alzada, pero de mucho vigor y brío, relinchaban debajo de sus ventanas. Pero no eran cuatro, sino cincuenta, con sus correspondientes jinetes. Barbicane, acompañado de sus tres camaradas, bajó y se asombró de pronto, viéndose en medio de aquella cabalgata. Notó que cada jinete llevaba una carabina en la bandolera y un par de pistolas en el cinto. Un joven floridense le explicó inmediatamente la razón que había para aquel aparato de fuerzas.

-Señor -dijo-, hay seminolas.

-¿Qué son seminolas?

-Salvajes que recorren las praderas, y nos ha parecido prudente escoltarlos.

-¡Bah! -dijo desdeñosamente J. T. Maston montando a caballo.

-Siempre es bueno -respondió el floridense- tomar precauciones.

-Señores -repuso Barbicane-, les agradezco su atención; y partamos.

La cabalgata se puso en movimiento y desapareció en una nube de polvo. Eran las cinco de la mañana; el sol resplandecía ya, y el termómetro señalaba ochenta y cuatro grados2, pero frescas brisas del mar moderaban la temperatura excesiva.

Barbicane, al salir de Tampa Town, bajó hacia el Sur y siguió la costa, ganando el creek3 de Alifia. Este arroyo desagua en la bahía de Hillisboro, doce millas debajo de Tampa Town. Barbicane y su escolta costearon la orilla derecha, remontando hacia el este. Las olas de la bahía desaparecieron luego detrás de un accidente del terreno, y únicamente se ofreció a su vista la campiña.

La Florida se divide en dos partes: una, al norte, más populosa, menos abandonada, tiene por capital a Tallahassee, y posee uno de los principales arsenales marítimos de los Estados Unidos, que es Pensacola; la otra, aprisionada entre el Atlántico y el golfo de México, que la estrechan con sus aguas, no es más que una angosta península roída por la corriente del Golfo, punta de tierra perdida en medio de un pequeño archipiélago, doblándola incesantemente los numerosos buques del canal de las Bahamas. Aquella punta es la centinela avanzada del golfo de las grandes tempestades. Tiene aquel estado una superficie de treinta y ocho millones treinta y tres mil doscientos sesenta y siete acres4, entre los cuales había que escoger uno situado más acá del paralelo 28 que conviniese a la empresa, por lo que Barbicane, sin apearse, examinaba atentamente la configuración del terreno y su distribución particular.

La Florida, descubierta por Juan Ponce de León en 1512, el domingo de Ramos, debió a esta circunstancia el nombre que llevaba en un principio de Pascua Florida. No la hacían en verdad muy digna de él sus costas áridas y abrasadas. Pero a algunas millas de la playa, la naturaleza del terreno se fue modificando poco a poco, y el país se mostró acreedor a su denominación primitiva. Entrecortaba el terreno una red de creeks, ríos, manantiales, estanques y lagos, que le daban un aspecto parecido al que tienen Holanda y Guyana; pero el campo se elevó sensiblemente y no tardó en ostentar sus llanuras cultivadas, en que se daban admirablemente todas las producciones vegetales del norte y del mediodía. El sol de los trópicos y las aguas conservadas por la arcilla del terreno, pagan todos los gastos de cultivo de su inmensa vega. Praderas de piñas, de hicacos, de tabaco, de arroz, de algodón y de cañas de azúcar, que se extienden a cuanto alcanza la vista, ofrecen sus riquezas con la prodigalidad más espontánea.

Mucho satisfacía a Barbicane la elevación progresiva del terreno, y cuando J. T. Maston le interrogó acerca del particular:

-Amigo mío -le respondió-, tenemos el mayor interés en fundir nuestro Columbiad en un terreno alto.

-¿Para estar más cerca de la Luna? -preguntó con sorna el secretario del Gun-Club.

-No -respondió Barbicane sonriéndose-. ¿Qué importan algunas toesas más o menos? Pero en terrenos altos la ejecución de nuestros trabajos será más fácil, no tendremos que luchar con las aguas, lo que nos permitirá prescindir de todo sistema de tuberías largas y penosas, cosa digna de consideración cuando se trata de abrir un pozo de novecientos pies de profundidad.

-Tiene razón -dijo el ingeniero Murchison-, debemos, en cuanto podamos, evitar los cursos de agua durante la perforación; pero si encontramos manantiales, no hay que amilanarse por eso, los agotaremos con nuestras máquinas o los desviaremos. No se trata de un pozo artesiano5, estrecho y oscuro, en que la terraja, el cubo, la sonda, en una palabra, todos los instrumentos del perforador, trabajan a ciegas. No. Nosotros trabajaremos al aire libre, a plena luz, con el azadón o el pico en la mano, y con el auxilio de los barrenos saldremos pronto del paso.

-Sin embargo -respondió Barbicans-, si por la elevación o naturaleza del terreno podemos evitar una lucha con las aguas subterráneas, el trabajo será más rápido y saldrá más acabado. Procuremos, pues, abrir nuestra zanja en un terreno situado a algunos centenares de toesas encima del nivel del mar.

-Tiene razón, señor Barbicane; y, si no me engaño, no tardaremos en encontrar el sitio que nos conviene.

-¡Ah! ya quisiera haber dado el primer azadonazo -dijo el presidente.

-¡Y yo el último! -exclamó J. T. Maston.

-Todo se andará, señores -respondió el ingeniero-, y, créanme, la compañía de Goldspring no tendrá que pagar indemnización alguna por causa de retraso.

-¡Por Santa Bárbara! ¡Tiene razón! -replicó J. T. Maston-. Cien dólares por día hasta que la Luna se vuelva a presentar en las mismas condiciones, es decir, durante dieciocho años y once días, constituirían una suma de seiscientos cincuenta mil dólares. ¿Saben eso?

-Ni tenemos necesidad de saberlo -respondió el ingeniero.

Cerca de las diez de la mañana, la comitiva había avanzado unas doce millas. A los campos fértiles sucedió entonces la región de los bosques. Allí se presentaban las esencias más variadas con una profusión tropical. Aquellos bosques casi impenetrables, estaban formados de granados, naranjos, limoneros, higueras, olivos, albaricoqueros, bananeros y cepas de viña, cuyos frutos y flores rivalizaban en colores y perfumes. A la olorosa sombra de aquellos árboles magníficos, cantaban y volaban numerosísimas aves de brillantes colores, entre las cuales se distinguían muy particularmente las cangrejeras, cuyo nido debería ser un estuche de guardar joyas para ser digno de su magnífico plumaje.

J. T. Maston y el mayor, no podían hallarse en presencia de aquella naturaleza opulenta, sin admirar su espléndida belleza.

Pero el presidente Barbicane, poco sensible a tales maravillas, tenía prisa en seguir adelante. Aquel país tan fértil le desagradaba por su fertilidad misma. Sin ser hidróscopo sentía el agua bajo sus pies, y buscaba, aunque en vano, señales de una aridez incontestable.

Se siguió avanzando y hubo que vadear varios ríos, no sin algún peligró, porque estaban infestados de caimanes que medían de quince a dieciocho pies de largo. J. T. Maston los amenazó con su temible mano postiza, pero sólo consiguió meter miedo a los pelícanos, yaguazas y faetones, salvajes habitantes de aquellas costas, mientras los grandes flamencos de color de rosa lo miraban como embobados.

Aquellos huéspedes de las regiones húmedas desaparecieron a su vez, y árboles menos corpulentos se desparramaron por bosques menos espesos. Algunos grupos aislados se destacaron en medio de llanuras infinitas cruzadas por rebaños de gansos azorados.

-¡Por fin llegamos! -exclamó Barbicane, levantándose sobre los estribos-. ¡He aquí la región de los pinos!

-Y la de los salvajes -respondió el mayor.

En efecto, algunos seminolas aparecían a lo lejos, agitándose, revolviéndose, corriendo de un lado a otro montados en rápidos caballos, blandiendo largas lanzas o descargando fusiles de estampido sordo. Limitáronse a estas demostraciones hostiles, sin inquietar a Barbicane y a sus compañeros.

Éstos ocupaban entonces el centro de una llanura pedregosa, vasto espacio descubierto de una extensión de algunos acres que sumergía el sol en abrasadores rayos. Estaba formada la llanura par una especie de dilatado entumecimiento del terreno, que ofrecía, al parecer, a los miembros del Gun-Club todas las condiciones que requería la colocación de su Columbiad.

-¡Alto! -dijo Barbicane deteniéndose-. ¿Cómo se llama éste sitio?

-Stone Hill6 -respondió uno de los floridenses.

Barbicane, sin decir una palabra, se apeó, sacó sus instrumentos y empezó a determinar la posición del sitio con la mayor precisión. La escolta, agolpada en torno suyo, lo examinaba silenciosa.

El sol pasaba en aquel momento por el meridiano. Barbicane, después de algunas observaciones, apuntó rápidamente su resultado y dijo:

-Este sitio está situado a trescientas toesas sobre el nivel del mar, a los veintisiete grados siete minutos de latitud norte y cinco grados siete minutos de longitud oeste; me parece que, por su naturaleza árida y pedregosa, presenta todas las condiciones que el experimento requiere; en esta llanura, pues, levantaremos nuestros almacenes, nuestros talleres, nuestros hornos, las chozas de los trabajadores y desde aquí, desde aquí mismo -repitió, golpeando con el pie en el suelo-, desde aquí, desde la cúspide de Stone Hill, nuestro proyectil volará a los espacios del mundo solar.

Línea divisoria

1. Unas doscientas leguas.
2. Del termómetro Fahrenheit. Son veintiocho grados centígrados.
3. Arroyo.
4. Quince millones trescientas sesenta y cinco mil cuatrocientas cuarenta hectáreas.
5. Diez años se invirtieron en abrir el pozo de Grenelle, que tiene quinientos diecisiete metros de profundidad.
6. Colina de piedras.

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