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El señor Re-sostenido y la señorita Mi-bemol
Editado
© Juan Suárez
24 de febrero del 2003
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El señor Re-sostenido y la señorita Mi-bemol
Capítulo II

Es cierto que el señor Valrugis no asigna al arte de la música más que un rango muy inferior. ¿Tiene razón...? Éramos nosotros demasiado jóvenes entonces para poder tener una opinión a este respecto. Figuraos, yo estoy entre los mayores y todavía no he llegado a los diez años. Muchos de nosotros, sin embargo, gustábamos de las canciones del país, de los viejos Heder de las veladas, y también de los himnos de las grandes fiestas y los salmos del antifonario cuando les acompaña el órgano de la iglesia de Kalfermatt. Entonces las vidrieras vibran, los niños lanzan sus voces de falsete, los incensarios se balancean, y parece como que los versículos, los motetes y los reponsos se alzan y vuelan en medio de vapores perfumados...

Yo no quiero alabarme, porque eso no está bien, y aun cuando yo hubiese sido uno de los primeros de la clase, no me toca a mí el decirlo. Ahora, si me preguntáis por qué yo, José Muller hijo de Guillermo Muller y de Margarita Has, y en la actualidad, después de haber sucedido a mi padre, maestro de postas en Kalfermatt, se me había apodado re sostenido, y por qué Betty Clére, hija de Juan Clére y de Jenny Rose, tabernero en dicho pueblo, llevaba el sobrenombre de mi bemol, os contestaré: paciencia, muy pronto lo sabréis. No queráis andar más de prisa de lo que conviene, queridos niños. Lo que es cierto es que nuestras dos voces casaban admirablemente, en espera, sin duda, de que nosotros mismos nos hubiéramos casado el uno con la otra. Y ahora tengo ya una respetable edad, y al escribir esta historia sé, hijos míos, muchas más cosas de las que entonces sabía, hasta de música.

¡Sí! ¡El señor re sostenido se casó con la señorita mi bemol, y somos muy felices, y nuestros negocios han prosperado mucho, gracias a nuestro trabajo y a nuestra conducta...! Si un maestro de postas no sabe conducirse, ¿quién lo sabría...?

Hace, pues, cuarenta años nosotros cantábamos en la iglesia, porque debo deciros que las niñas cantaban, lo mismo que los niños, en la iglesia de Kalfermatt, sin que semejante costumbre llamase en manera alguna la atención. ¿Quién se ha inquietado nunca por averiguar el sexo al que pertenecen los serafines que han bajado del cielo?

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