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El señor Re-sostenido y la señorita Mi-bemol
Editado
© Juan Suárez
24 de febrero del 2003
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El señor Re-sostenido y la señorita Mi-bemol
Capítulo VIII

Tal fue la visita del maestro Effarane a la escuela de Kalfermatt, y que hubo de dejarme a mí vivamente impresionado. Se me antojaba que un re sostenido vibraba incesantemente en el fondo de mi garganta.

Los trabajos de reparación del órgano iban avanzando. Dentro de ocho días nos encontraríamos en la Navidad. Todo el tiempo que yo tenía libre lo pasaba en la tribuna; aquello era más fuerte que yo. Hasta ayudaba lo mejor que podía al organero y a su entonador, de quien no era posible sacar una sola palabra. Actualmente, los registros se hallaban en buen estado, los fuelles prestos a funcionar, y la caja, casi nueva, reluciendo sus cobres en la penumbra de la nave. Sí, estaría dispuesto para el día de la fiesta, excepto, tal vez, en lo que concernía al famoso aparato de las voces infantiles.

Por esta parte, en efecto, el trabajo flaqueaba, con gran despecho del maestro Effarane. Ensayaba y volvía a ensayar, pero las cosas no resultaban a su gusto. De ahí un disgusto que se traducía en violentos estallidos de cólera. Tomábala él con el órgano, con los fuelles, con el entonador y con aquel pobre re sostenido, que ya no podía más. A veces yo creía que iba a romperlo y destrozarlo todo, y escapaba de allí... ¿Qué diría la población kalfermattiana si veía defraudadas sus esperanzas, si no se celebraba aquel año la Gran Fiesta con toda la pompa y todo el esplendor debidos?

No debe olvidarse que el coro de niños no debía cantar aquella Navidad, por encontrarse desorganizado, y que habría de contentarse con el órgano.

En resumen, llegó el día solemne. Durante las últimas veinticuatro horas, el maestro Effarane, cada vez más y más disgustado, se había entregado a tales furores que era cosa de temer por su razón. ¿Habría de verse precisado a renunciar a aquellas voces infantiles? Yo lo ignoraba, porque era tal el espanto que me infundía, que no me atrevía a poner los pies en la tribuna, ni aun en la misma iglesia.

En la noche de Navidad se tenía la costumbre de que los niños se acostasen al crepúsculo, con objeto de que durmieran hasta el momento del Oficio, y de este modo pudieran estar despiertos durante la Misa del Gallo. Así pues, aquella tarde, después de la escuela, conduje hasta su puerta a la pequeña mi bemol; ya me había acostumbrado a llamarla así.

-No faltarás a la Misa -le dije.

-No, José, y no te olvides de mí.

-¡No te preocupes!

Me dirigí a mi casa, donde ya me esperaban.

-Vas a acostarte -me dijo mi madre.

-Sí -dije-, pero no tengo ganas de dormir.

-¡No importa!

-Sin embargo...

-Haz lo que te dice tu madre -replicó mi padre-, y ya te despertaremos cuando sea hora de levantarte.

Obedecí, abracé a mis padres y subí a mi alcobita. Mis vestidos nuevos estaban allí, colocados sobre el respaldo de una silla, y mis zapatos limpios cerca de las puerta. No tendría, pues, que hacer otra cosa que ponérmelos de prisa después de haberme lavado la cara y manos.

En un instante me deslicé entre las sábanas y apague la luz, pero quedó en la habitación una semiclaridad causa de la nieve que cubría los tejados próximos.

Inútil decir que no estaba ya en edad de dejar el zapatito en el balcón, con la esperanza de hallar en él un regalo de Navidad. Y entonces me asaltó el recuerdo de que aquél era el buen tiempo, y que ya no volvería. Las última vez, haría tres o cuatro años, mi querida mi bemol había encontrado una crucecita de plata en su zapatilla... ¡No lo digáis a nadie, pero fui yo quien la puso!

Después, todas esas cosas se borraron de mi espíritu pensaba en el maestro Effarane ya medio en sueños; le veía sentado cerca de mí, con su larga levita, sus larga, manos, su alargada figura... En vano me tapaba la cabeza con la ropa y cerraba los ojos; yo continuaba viéndolo y sentía sus dedos correr a lo largo de mi camita...

Por fin, después de haber estado dando vueltas y más vueltas, acabé por dormirme.

¿Cuánto tiempo duró mi sueño? Lo ignoro. Pero de repente me vi despertado bruscamente, sintiendo que una mano se había posado sobre mis espaldas.

-¡Vamos, re sostenido! -me dijo una voz que reconocí en el acto.

Era la voz del maestro Effarane.

-¡Vamos, hombre, vamos..., que ya es hora...! ¿Quieres llegar tarde a la Misa?

Yo oía sin comprender.

-¿Será menester que te saque de la cama, como se saca el pan del horno?

Las ropas fueron retiradas vivamente y abrí los que quedaron deslumbrados por el resplandor de un farol, colgado al extremo de una mano...

¡Qué espanto tan tremendo me acometió...! ¡Era realmente el maestro Effarane quien me estaba hablando!

-Vamos, re sostenido, vístete.

-¿Vestirme?

-A menos que quieras ir a la iglesia en camisa. ¿Es que no has oído la campana?

La campana, en efecto, tocaba a vuelo.

-¿Vamos, quieres vestirte o no?

Inconscientemente, pero en un minuto, me encontré vestido. Es verdad que el maestro Effarane me había ayudado, y lo que él hacía lo hacía de prisa.

-Ven -dijo recogiendo su linterna.

-Pero mi padre..., mi madre...

-Ya están en la iglesia -observé yo.

Mucho me sorprendió que no me hubiesen aguardado; al fin bajamos. Se abre la puerta de casa, se cierra de nuevo y henos aquí en la calle.

¡Qué frío tan seco! La plaza está completamente blanca y el cielo salpicado de estrellas; en el fondo se destaca la iglesia con su campanario, cuyo remate parece iluminado por una estrella.

Seguí en pos del maestro Effarane. Pero en lugar de dirigirse hacia la iglesia, empieza a andar por las calles de acá para allá. Se detiene ante las casas, cuyas puertas se abren sin que tenga necesidad de llamar. Mis camaradas salen de ellas vestidos con sus trajecitos nuevos; Hoct, Farina, todos los que formaban parte del coro. Luego les toca a las muchachas, y en primer lugar a mi, pequeña mi bemol; la cojo de la mano.

-Tengo miedo -me dice.

Yo no me atreví a contestarle, «¡También yo!», por temor de espantarla más. Al fin, estábamos todos completos, todos los que tenían su nota personal, la escala cromática entera.

¿Pero cuál es el proyecto del organista...? ¿Será que; a falta de su aparato de voces infantiles, querrá forma un registro con los niños de la escuela de música?

Quiérase o no, es forzoso obedecer a aquel fantástico personaje, como los músicos obedecen a su director de orquesta, cuando empuña la batuta. La puerta lateral de la iglesia está allí, y nosotros la franqueamos de dos en dos. No hay nadie todavía en el templo, que está frío y oscuro, silencioso. ¡Y él que me había dicho que mi padre y mi madre me aguardaban...! Yo le pregunté, sí, me atreví a interrogarle.

-Cállate, re sostenido -me respondió-, y ayuda a subir a la pequeña mi bemol.

Esto fue lo que hice. Henos aquí a todos metidos en la escalera de caracol y llegados a la tribuna. De pronto, ésta se ilumina; el teclado del órgano está abierto, el entonador en su puesto. ¡Diríase que era él quien se había tragado todo el viento de los fuelles, parecía tan enorme!

A un signo del maestro Effarane, nos colocamos en orden. Tiende el brazo, la caja del órgano se abre y se vuelve luego a cerrar tras nosotros...

Los dieciséis nos hallamos encerrados en los tubos del registro mayor, cada uno separadamente, pero cerca unos de otros. Betty se halla en el cuarto, en su calidad de mi bemol, y yo en el quinto, como re sostenido. Había, por consiguiente adivinado el pensamiento del maestro Effarane. No había posibilidad de abrigar dudas. No habiendo podido ajustar su aparato, ha compuesto el registro de voces infantiles con los propios niños de la escuela, y cuando el viento llegue a nosotros por la boca de los tubos, cada uno dará su nota. ¡No son gatos, soy yo, es Betty, son todos mis camaradas los que vamos a ser accionados por las teclas del órgano!

-Betty, ¿estás ahí? -dije yo.

-Sí, José.

-No tengas miedo, estoy a tu lado.

-¡Silencio! gritó la voz del maestro Effarane.

Y todo el mundo se calló.

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