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Los forzadores de bloqueos
Editado
© Ariel Pérez
6 de agosto del 2002
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Los forzadores de bloqueos: De Glasgow a Charleston
Capítulo I
El Delfín

Las primeras aguas de un río que espumaron bajo las ruedas de un vapor fueron las del Clyde. Fue en 1812. El buque se llamaba El Cometa y hacía un servicio regular entre Glasgow y Greenock, con una velocidad de seis millas por hora. Desde aquella época, millones de steamers y de packet-boats han remontado o descendido la corriente del río escocés, y los habitantes de la gran ciudad comercial deben estar singularmente familiarizados con los prodigios de la navegación a vapor.

Sin embargo, el 3 de diciembre de 1862, una multitud enorme compuesta de armadores, comerciantes, industriales, obreros, marinos, mujeres y niños llenaban las calles de Glasgow y se dirigían al Kelvindock, vasto establecimiento de construcciones navales, propiedad de los señores Tod y Mac-Gregor. Este último nombre prueba hasta la saciedad que los descendientes de los famosos Highlanders se han convertido en industriales y que todos los vasallos de lo antiguos clans se habían trocado en obreros de fábrica.

Kelvindock, está situado a corta distancia de la ciudad, en la orilla derecha del Clyde y bien pronto sus inmensos astilleros fueron invadidos por los curiosos: ni una punta, del muelle, ni una tapia de wharf, ni un techo de almacén ofrecía el menor espacio desocupado.

El mismo río estaba cuajado de embarcaciones y en la orilla izquierda hormigueaban los espectadores en las alturas de Govan.

No se trataba, sin embargo, de una ceremonia, extraordinaria, sino sencillamente de la botadura de un buque y los habitantes de Glasgow debían estar acostumbrados a semejantes operaciones. El Delfín -éste era el nombre del vapor construido por los señores Tod y Mac-Gregor-, ¿ofrecía acaso alguna particularidad? No, por cierto.

Era un gran buque de mil quinientas toneladas, de planchas de acero en el que todo se había combinado para obtener una marcha superior. Su máquina, salida de los talleres de Lancefield era de alta presión y dotada de una fuerza efectiva de quinientos caballos. Ponía en movimiento dos hélices gemelas situadas a ambos lados del codaste en las partes delgadas de la popa, y completamente independientes una de otra, nueva aplicación del sistema de los señores Milwal y Dudgeon, que da una gran velocidad a las naves y les permite evolucionar dentro de un círculo excesivamente reducido. En cuanto al calado del Delfín, era poco considerable y no se engañaban los inteligentes al decir que debía estar destinado a navegar por parajes de escasa profundidad.

Pero estos detalles no podían justificar de ninguna manera la aglomeración de público porque al fin y al cabo, el Delfín era una nave como otra cualquiera. ¿Ofrecía entonces la botadura algunas dificultades mecánicas? Tampoco. El Clyde había recibido en sus aguas buques de mayor tonelaje y el lanzamiento del Delfín debía verificarse de la manera más sencilla.

En efecto, cuando la mar estuvo igual en el momento en que cesó el reflujo, comenzaron las maniobras: los martillazos resonaron con perfecta uniformidad sobre las cuñas destinadas a levantar la quilla de la nave, por cuya maciza construcción no tardó en correr un estremecimiento: poco a poco empezó a levantarse y moverse, se determinó el deslizamiento, y a los pocos instantes el Delfín abandonó los rulos cuidadosamente ensebados y entró en el Clyde en medio de espesas volutas de espesos vapores blancos. Su popa chocó contra el fondo cenagoso del río, volvió a elevarse sobre el lomo de una ola enorme y el magnífico steamer, arrastrado por su propio impulso, se abría estrellado contra los muelles de los astilleros de Govan si todas sus anclas, cayendo a un tiempo con formidable estrépito, no le hubieran contenido en su carrera.

La botadura se había verificado con éxito completo. El Delfín se balanceaba tranquilamente en las aguas del Clyde, y en el momento que tomó posesión de su elemento natural todos los espectadores rompieron en aplausos y hurras atronadores.

Mas, ¿por qué tales aplausos y aclamaciones? Seguramente, los espectadores más entusiastas habríanse visto en un apuro para explicar su entusiasmo. ¿De dónde provenía, pues, el interés particular despertado por aquella nave? Pura, y sencillamente del misterio que encubría su destino. No se sabía a qué género do comercio iba a ser dedicado, y la diversidad de opiniones emitidas por los grupos de curiosos acerca del particular hubiera asombrado, con razón, a cualquiera.

Los que estaban mejor informados, o mejor dicho, los que presumían de estar enterados, aseguraban que el steamer estaba destinado a desempeñar un papel muy importante en la terrible guerra que diezmaba entonces a los Estados Unidos de América; pero no se sabía nada más; nadie podía decir si el Delfín era un corsario, un transporte, una nave confederada o un buque de la marina federal, en fin, que sobre este extremo la ignorancia de los espectadores era completa.

-¡Hurra! -exclamó uno, afirmando que el Delfín había sido construido por cuenta de los Estados del Sur.

-¡Hip! ¡hip! ¡hip! -gritó otro, jurando que jamás habría cruzado un buque más rápido por las costas americanas.

En una palabra, que para saber con exactitud a qué atenerse hubiera sido preciso ser amigo íntimo o asociado de Vicente Playfair y Compañía de Glasgow.

Rica, inteligente y poderosa era la casa de comercio que tenía por razón social Vicente Playfair y Compañía, antigua y honrada familia descendiente de los lores Tobacco, que levantaron los mejores barrios de la ciudad. Aquellos hábiles negociantes en cuanto fue firmado el acta de la Unión, fundaron las primeras factorías de Glasgow para traficar con el tabaco de Virginia y de Maryland. Se hicieron fortunas inmensas en aquel nuevo centro comercial. Glasgow no tardó en hacerse industrial y manufacturera; por todas partes se construyeron fábricas de hilados y fundiciones de hierro, y en pocos años llegó a su apogeo la prosperidad de la ciudad.

La casa Playfair permaneció fiel al espíritu emprendedor de sus antepasados y se lanzó a las operaciones más atrevidas, sosteniendo el honor del comercio inglés. Su jefe actual, Vicente Playfair, hombre de unos cincuenta años, de temperamento esencialmente práctico y positivo, aunque audaz, era un armador de pura cepa. Fuera de las operaciones mercantiles, nada le impresionaba, ni el lado político de las transacciones. Por lo demás, era honrado y leal a carta cabal. Pero no podía reivindicar la idea de haber construido y armado el Delfín, porque esta gloria pertenecía a Jacobo Playfair, su sobrino, guapo mozo de treinta años, el más atrevido skipper1 de la marina mercante del Reino Unido.

Cierto día, en Tontine Coffee Room, bajo los arcos de la sala de la ciudad, después de haber leído los periódicos norteamericanos, Jacobo Playfair participó a su tío un proyecto arriesgadísimo.

-Tío Vicente -le dijo ruborizándose como un colegial-, se pueden ganar dos millones en menos de un mes.

-¿Qué hay que arriesgar para ello? -le preguntó su tío Vicente.

-Un buque y su cargamento.

-¿Nada más?

-Sí, la vida de la tripulación y de su capitán, pero esa no importa.

-Vamos a ver de qué se trata -repuso Vicente, que era aficionado a este pleonasmo.

-Es muy sencillo - repuso Jacobo Playfair -. ¿Ha leído usted The Tribune, el New York Herald, el Times, el Enquirer Richmond o el American Review?

-Veinte veces, querido sobrino.

-¿Cree usted, como yo, que la guerra de los Estados Unidos durará aún mucho tiempo?

-Mucho tiempo.

-¿Sabe usted cuánto perjudica esa guerra a los intereses de Inglaterra, y a los de Glasgow en particular?

-Y especialmente a los de la casa Playfair y Compañía -contestó el tío Vicente.

-Sobre todo a ésos -asintió el joven capitán.

-Cada día pienso más, querido Jacobo, y no sin una especie de terror en los desastres comerciales que esa guerra puede acarrear. No quiere esto decir, sobrino mío, que la casa Playfair no sea fuerte, pero sus corresponsales pueden quebrar. ¡Así se lleve el diablo a todos los esclavistas y abolicionistas de América!

Si desde el punto de vista de los grandes principios humanitarios, que están siempre por encima de los intereses personales, Vicente Playfair hacía mal en hablar así, le sobraba razón considerado el asunto bajo su aspecto comercial. El artículo más importante de la exportación americana faltaba por completo en la plaza de Glasgow.

El hambre de algodón (literalmente the cotton famine), empleando la enérgica expresión inglesa, se hacía de día en día más amenazadora.

Millares de obreros se veían obligados a implorar la caridad pública. Glasgow poseía veinticinco mil telares mecánicos que antes de la guerra de los Estados Unidos producían seiscientos veinticinco mil metros de algodón hilado cada día, es decir, cincuenta millones de libras al año. Por estas cifras puede calcularse los trastornos ocurridos en el movimiento comercial e industrial de la ciudad cuando llegó a faltar casi por completo la materia textil. Las quiebras eran continúas, todas las fábricas suspendían sus trabajos y los obreros perecían de hambre.

El cuadro de esta espantosa miseria fue lo que sugirió a Jacobo Playfair la idea su atrevido proyecto.

-Yo iría a buscar algodón -pensó - y lo traería aquí a toda costa.

Pero, como era tan «negociante» como su propio tío Vicente, resolvió proceder por vía de cambio y proponer la operación como un negocio comercial.

-Veamos mi idea -dijo.

-Veámosla.

-Es muy sencilla. Haremos construir una nave de gran velocidad y de mucha cabida.

-Adelante.

-La cargaremos de municiones de guerra, de víveres y de vestuario.

-Todo eso es fácil.

-Yo tomaré el mando del buque. Desafiaré en velocidad a todos los navíos de la marina federal. Forzaré el bloqueo de uno de los puertos del Sur...

-Venderás caro el cargamento a los confederados que los necesiten -añadió el tío.

-Y volveré cargado de algodón.

-Que te lo darán casi de balde.

-Exacto, tío Vicente. ¿Qué le parece mi proyecto?

-Muy bueno; pero, ¿podrás pasar?

-Pasaré, seguramente, si dispongo de un buen buque.

-Se construirá uno expresamente. Pero, ¿y la tripulación?

-Yo la encontraré: no tengo necesidad de muchos hombres. Basta los imprescindibles para las maniobras. No voy a batirme con los confederados, sino a burlarlos.

-Los burlarás -repuso el tío Vicente con resolución -. Pero dime, ¿a qué punto de las costas americanas piensas dirigirte?

-Hasta ahora, tío, algunas naves han forzado el bloqueo de Nueva Orleáns, de Willmington y de Savannah, pero yo pienso entrar en derechura en Charleston. Ningún buque inglés ha podido anclar en su fondeadero, excepto La Bermuda; yo haré lo mismo que ésta, y si mi buque cala poco, iría hasta donde los buques federados no podrían seguirme.

-La verdad es -repuso el tío Vicente -, que Charleston está abarrotado de algodón. Lo queman para desembarazarse de él.

-Sí -agregó Jacobo -. Beauregard está escaso de municiones y pagará mi cargamento a peso de oro.

-¡Muy bien, sobrino! ¿Cuándo quieres partir?

-Dentro de seis meses. Hay que esperar a las noches largas, a las noches de invierno, para pasar con menos dificultades.

-Se hará lo que deseas, sobrino.

-Está dicho, tío.

-Está dicho.

-Pues ni una palabra más, y punto en boca.

-Punto en boca.

He aquí explicado por qué, cinco meses después el steamer era lanzado al agua en los astilleros de Kelvindock, y por qué nadie sabía su verdadero destino.

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1. Nombre que se da en Inglaterra a los capitanes de la marina mercante.

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