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Los forzadores de bloqueos
Editado
© Ariel Pérez
6 de agosto del 2002
Indicador El Delfín
Indicador El aparejo
Indicador En el mar
Indicador Astucias de Crockston
Indicador Las balas del Iroques
Indicador El canal de la isla...
Indicador Un general sudista
Indicador La evasión
Indicador Entre dos fuegos
Indicador San Mungo

Los forzadores de bloqueos: De Glasgow a Charleston
Capítulo V
Las balas del Iroqués y los argumentos de Miss Jenny

La navegación del Delfín había sido hasta entonces muy feliz y rápida. Ni una sola nave se había visto antes de aquella vela anunciada por el vigía.

El Delfín se hallaba entonces a los 32º 15' de latitud y 57º 43' de longitud oeste del meridiano de Greenwich, es decir, a los tres quintos de su carrera. Hacía cuarenta y ocho horas que se extendía sobre el océano una espesa niebla que empezaba a la sazón a levantarse.

Aquella niebla favorecía al Delfín porque ocultaba su marcha, pero impedía observar una gran extensión del mar y estaba expuesto a navegar bordo a bordo, por decir así, de los buques que quería evitar.

Esto era precisamente lo que había sucedido cuando la nave fue señalada, se encontraba a poco más de tres millas a barlovento.

Cuando Playfair llegó a las barras, distinguió perfectamente a través de la bruma una corbeta federal que marchaba a todo vapor con rumbo al Delfín, a fin de cortarle la ruta.

Cuando el capitán la hubo examinado atentamente, bajó al puente y llamó a su segundo.

-Señor Mathew - le preguntó-, ¿qué piensa usted de esa nave?

-Pues que se trata de un buque federal que sospecha de nuestras intenciones.

-En efecto, no cabe duda posible acerca de su nacionalidad -respondió Jacobo Playfair-. Mire usted.

En aquel instante la corbeta izaba, el estrellado pabellón de los Estados Unidos del Norte anunciando su presencia con un cañonazo.

-Nos invita a izar nuestra bandera - dijo mister Mathew -. Pues bien, vamos a enseñársela.

-¿Para qué? - repuso Jacobo Playfair. Nuestro pabellón no nos cubriría, ni impediría que esa gente viniera a hacernos una visita. No, vamos adelante.

-Y deprisa, - observó mister Mathew-, porque si no me engaño, he visto ya a esa corbeta en alguna parte, en los alrededores de Liverpool, donde vigilaba los buques en construcción. ¡Que pierda mi nombre sino se lee Iroqués en la tabla de su popa!

-¿Tiene buena marcha?

-Una de las mejores de la marina federal.

-¿Lleva cañones?

-Ocho.

-¡Bah!

-No se encoja usted de hombros, capitán -replicó muy seriamente su segundo-. De esos ocho cañones hay dos giratorios, uno de sesenta en el castillo de proa, y otro de ciento sobre cubierta, y ambos rayados.

-¡Cáspita! Son Parrotts que tienen tres millas de alcance.

-Sí, y más aún, capitán.

-Pues bien, señor Mathew, sean los cañones de cien o de cuatro y alcancen tres millas o quinientas yardas, todo es lo mismo cuando se corre bastante para evitar sus proyectiles. Mande usted que activen los fuegos.

El segundo transmitió al ingeniero1 las órdenes del capitán, y bien pronto un gran penacho de humo brotó de las chimeneas del steamer.

Estos síntomas no parecieron ser del gusto de la corbeta, pues hizo al Delfín señal de que se pusiera al pairo. Pero Jacobo Playfair desdeñó la indicación y continuó su rumbo.

-Ahora -dijo -, veremos lo que hace el Iroqués. Se le presenta una buena ocasión de probar sus cañones de cien y comprobar su alcance.

-Está bien -dijo mister Mathew -; no tardaremos mucho en recibir un saludo nada grato.

Al volver a la toldilla, encontró el capitán a miss Halliburtt sentada tranquilamente junto a la borda.

-Miss Jenny - le dijo -, probablemente tratará de darnos caza la corbeta que se ve allá a barlovento, y como sin duda nos hablará con la boca de sus cañones, le ofrezco el brazo para acompañarla a usted a su camarote.

-Gracias, señor Playfair - repuso la joven mirando fijamente al capitán -, pero como no he visto nunca un disparo de cañón...

-Sin embargo, miss, como a pesar de la distancia pudiera alcanzarnos una bala...

-¡Bah! no me han educado como a niña miedosa. Estoy acostumbrada a todos los peligros en América, y le aseguro que las balas del Iroqués no me harán bajar la cabeza.

-¡Es usted valiente, miss Jenny!

-Admitiendo, pues, que no soy cobarde, le ruego me permita permanecer a su lado.

-Nada le puedo negar, miss Jenny -respondió el capitán encantado de la admirable serenidad de la americanita.

Apenas acababa de pronunciar estas palabras cuando se vio una humareda blanca que salía de las bordas de la corbeta, y antes que se hubiera percibido el estampido, un proyectil cilindro-cónico, girando con espantosa rapidez y rasgando el aire se dirigió hacia el Delfín.

Podía seguírsele en su marcha; que se operaba con cierta lentitud relativa, porque los proyectiles salen de los cañones rayados con menor velocidad, inicial que de las piezas de ánima lisa.

Llegada a una veinte brazas del Delfín, la bala cuya trayectoria se deprimía sensiblemente, rebotó sobre las olas marcando su paso con una serie de surtidores; después, con nuevo empuje tocó la superficie líquida, remontóse, y pasó por encima del Delfín; pero le cortó el paso el brazo estribor de la verga de trinquete y se hundió a treinta brazas de distancia.

-¡Cáscaras! - exclamó Playfair -. Es preciso volar, porque no tardará en llegar la segunda bala.

-¡Oh! - repuso mister Mathew -, se necesita tiempo para volver a cargar esas piezas.

-A fe mía que es muy interesante ver eso - dijo Crockston que, con los brazos cruzados, presenciaba la escena con la mayor indiferencia.

¡Y pensar que son nuestros amigos los que nos envían semejantes regalitos!

-¡Hola! ¿eres tú? -exclamó Jacobo Playfair, mirando al americano de pies a cabeza.

-Sí, mi capitán - respondió Crockston sin inmutarse-. Ya ve usted cómo tiran esos valientes confederados. ¡Muy mal, por cierto!

El capitán iba a contestar con bastante acritud, pero en aquel momento un segundo proyectil se hundió en las aguas a poca distancia de la banda de estribor.

-¡Muy bien! - gritó Jacobo Playfair-. Llevamos dos cables de ventaja a ese Iroqués. Tus amigos andan como una boya, ¿verdad, Crockston?

-No dirá lo contrario - repuso el americano -, y por primera vez en mi vida me alegro de eso.

Un tercer proyectil quedó mucho más atrás que los dos primeros y en menos de diez minutos el Delfín se puso fuera del alcance de los cañones.

-Esto vale más que todos los patent-logs del mundo, señor Mathew -dijo el capitán -; gracias a esas balas sabemos ya a qué atenernos acerca de la rapidez de nuestro buque. Ahora, mande usted que moderen el fuego. No hay que gastar carbón inútilmente.

-¡Es un excelente buque el que manda usted, capitán! - díjole la hija de Halliburtt.

-Sí, miss Jenny; mi valiente Delfín hace diecisiete nudos por hora, y antes que se ponga el sol habremos perdido de vista a esa corbeta federal.

Jacobo Playfair no exageraba respecto a las buenas condiciones de su buque, pues aun tardaría en declinar el sol a su ocaso cuando los mástiles de la nave americana habían desaparecido en el horizonte.

Este incidente permitió al capitán apreciar bajo un nuevo aspecto el carácter de miss Halliburtt. El hielo estaba ya roto. Durante el resto de la travesía las entrevistas fueron frecuentes y prolongadas entre el capitán del Delfín y su pasajera. Jacobo halló en miss Jenny una joven valerosa, fuerte, reflexiva, inteligente, franca en el hablar, como todas las americanas, con ideas fijas sobre todo, y las omitía, con una convicción que penetraba en el corazón de Jacobo, sin saberlo. La hija de mister Halliburtt amaba entrañablemente a su Patria, le seducía la idea de la Unión y se expresaba acerca de la guerra de los Estados Unidos con un entusiasmo del que ninguna otra mujer hubiera sido capaz. En más de una ocasión Playfair no supo que contestarle. A menudo, el negociante exponía sus opiniones y miss Jenny las atacaba con no menos vigor, no queriendo transigir de ninguna manera. En un principio Jacobo discutía poco. Trataba de defender a los confederados contra los federales, de demostrar que la razón y el derecho estaban de parte de los secesionistas y de demostrar que los que voluntariamente se habían unido podían separarse con entera libertad. Pero la joven tampoco quiso ceder en este punto; demostró que la cuestión de la esclavitud era la primordial, la cuestión capital en la lucha de los americanos del norte y los del sur, que se trataba más bien de moral y de humanidad que de política, y Jacobo quedó completamente derrotado.

Desde entonces, en vez de hablar escuchaba siempre. No podríamos decir si le convencían tanto los argumentos de miss Halliburtt como le encantaba oírla; pero sí que hubo de reconocer entre otras cosas, que el caballo de batalla en la guerra de los Estados Unidos era la esclavitud y que había que resolver de una vez esa cuestión y acabar con los últimos horrores de los tiempos bárbaros.

Por otra parte, según hemos dicho, las cuestiones políticas no preocupaban gran cosa al capitán del Delfín. Aunque hubiera tenido más fe en ellas las hubiera sacrificado a argumentos presentados bajo aquella forma y en tales condiciones. Pero el comerciante negó a verse atacado directamente en sus intereses más queridos, esto es, respecto al tráfico a que estaba destinado su buque y a propósito de las municiones que llevaba a los confederados.

-El agradecimiento, señor Playfair -decíale miss Jenny- no debe impedir que le hable con entera franqueza; al contrario, es usted un excelente marino y un hábil comerciante, y la casa Playfair se cita como modelo de honradez; pero en esta ocasión falta a sus principios, no hace un negocio digno de ella.

-¡Cómo! - exclamó el capitán -. ¿No tiene quizá derecho la casa Playfair a hacer una operación comercial?

-A la que usted se refiere, no. Lleva municiones de guerra a los desdichados que están en plena rebelión contra el gobierno legítimo de su país; es prestar armas a una mala causa.

-No discutiré con usted, miss Jenny, el derecho de los confederados, pero no puedo por menos de decirle que soy negociante y que, como tal, sólo me preocupan los intereses de mi casa. Busco la ganancia dondequiera que se presente.

-Eso es justamente lo censurable -replicó la joven -. La ganancia no justifica nada. Cuando vende usted a los chinos el opio que los embrutece es menos culpable que ahora proporcionando a los rebeldes del sur los medios de continuar una guerra criminal.

-¡Oh miss Jenny! por esta vez no puedo darle la razón; es usted demasiado injusta...

-No, lo que digo es cierto y justo, y así lo reconocerá usted mismo cuando haya reflexionado sobre el papel que representa usted en esta ocasión, cuando haya recapacitado sobre los resultados de que será usted responsable a los ojos de todo el mundo. Entonces me dará usted la razón en este punto como en tantos otros..

Playfair no sabía qué contestar y, conociendo que la cólera empezaba a dominarle, se separó de la joven, pues le humillaba su propia impotencia; se mostró enfadado como un chiquillo al que se contraría, pero volvió enseguida al lado de la joven que le aturdía con sus argumentos acompañados de tan seductoras sonrisas.

En una palabra, el capitán no era ya dueño de sí mismo.

No era el amo después de Dios a bordo de su buque.

Así, con gran alegría de Crockston, los asuntos de Halliburtt iban por buen camino. El capitán parecía decidido a arrostrarlo todo por libertar al padre de miss Jenny, a comprometer el Delfín, su cargamento y su tripulación y acarrearse las maldiciones de su tío Vicente.

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1. Nombre que dan en la marina inglesa al maquinista.

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