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El destino de Juan Morenas
Editado
© Juan Suárez
11 de mayo del 2003
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El destino de Juan Morenas
Capítulo IV

Quince años antes del día en que el señor Bernardón debía tener, con el forzado número 2224, este breve diálogo en el presidio de Tolón, la familia Morenas, compuesta de una viuda y de sus dos hijos, Pedro, entonces de veinticinco años, y Juan, cinco años más joven, vivía feliz en el pueblo de Sainte Marie des Maures.

Los jóvenes ejercían ambos el oficio de carpintero, y tanto en el lugar como en los pueblos próximos no les faltaba el trabajo. Ambos, igualmente hábiles, eran igualmente solicitados.

Desigual era, por el contrario, el lugar que uno y otro ocupaban en la estimación pública, y hay que reconocer que semejante diferencia estaba plenamente justificada. En tanto que el menor, asiduo al trabajo y adorando apasionadamente a su madre, hubiera podido servir de modelo a todos los hijos, el primogénito no dejaba de permitirse alguna calaverada de tiempo en tiempo. Violento e irascible, con frecuencia era, después de haber, bebido, el héroe de disputas y hasta de riñas, y su lengua le hacía aún más daño que sus acciones, por dejar escapar muchas veces frases inconsideradas. Maldecía de su existencia, encerrada en aquel rincón de montañas, y manifestaba su deseo de correr a conquistar, bajo otros climas, una rápida fortuna. Y no era necesario nada más para inspirar desconfianza a las almas de los campesinos, apegadas a la tradición. No eran, sin embargo, muy graves las quejas que de él se tenían. Por eso, sin perjuicio de conceder más simpatías al hermano, se contentaban de ordinario con considerarle como un cabeza loca, tan capaz del bien como del mal, según los azares que le ofreciera la existencia.

La familia Morenas era, pues, feliz, a despecho de esas ligeras nubecillas, y su felicidad la debía a su perfecta unión. Como hijos, ninguno de los dos jóvenes merecía serias críticas, y como hermanos se amaban con todo su corazón, y el que hubiese atacado a uno de ellos habría tenido dos adversarios contra quien combatir.

La primera desgracia que fue a herir a la familia Morenas fue la desaparición del hijo primogénito. El mismo día en que cumplía los veinticinco años partió, como de costumbre, a su trabajo, que aquel día le llamaba a un pueblo próximo. En vano aquella noche aguardaron su madre y su hermano su regreso; Pedro Morenas no volvió.

¿Qué le había acontecido? ¿Había sucumbido en una de sus habituales reyertas? ¿Había sido víctima de un accidente o de un crimen? ¿Trataríase pura y simplemente de una fuga? Estas preguntas jamás tuvieron respuesta alguna.

La desesperación de la madre fue profunda e intensa.

El tiempo, con todo, hizo su obra, y poco a poco la existencia fue recobrando su tranquilo curso. Gradualmente, sostenida por el cariño de su segundogénito, la señora Morenas conoció esa melancolía resignada, que es el único goce de los corazones combatidos por el infortunio.

Cinco años transcurrieron así, cinco años durante los cuales la abnegación filial de Juan Morenas no se desmintió un solo instante. Al expirar el último de estos cinco años, y cuando éste cumplía los veinticinco años de edad, una segunda y más terrible desgracia hirió a aquella familia, que tan cruelmente había padecido.

A poca distancia de la casita que habitaba, el propio hermano de la viuda, Alejandro Tisserand, tenía abierta la única posada del pueblo. Con el tío Sandro, según Juan tenía la costumbre de llamarle, vivía su ahijada María. Mucho tiempo antes habíala él recogido, a la muerte de sus padres, y una vez que entró en la posada no volvió ya a salir de ella. Ayudando a su bienhechor y padrino en la explotación de la modesta hospedería, allí había vivido, franqueando sucesivamente las etapas de la infancia y de la adolescencia. En el momento en que Juan Morenas cumplía los veinticinco años, ella tenía dieciocho, y la niña de otro tiempo se había convertido en una joven tan buena y simpática como linda.

Ella y Juan había crecido uno al lado del otro. Se habían entretenido juntos en los juegos propios de la infancia, y más de una vez la vieja posada había resonado con sus gritos. Luego, gradualmente, las distracciones habían ido cambiando de naturaleza, al mismo tiempo que se modificaba lentamente en el corazón de Juan, cuando menos, la primitiva amistad infantil.

Llegó un día en que Juan amó como a futura esposa a la que hasta entonces sólo había tratado como a la hermana querida; la amó conforme a su honrada naturaleza, como amaba a su madre, con igual abnegación, con el mismo ardor, con análoga abdicación de todo su ser.

Guardó, sin embargo, silencio y nada dijo de sus proyectos a aquella de quien anhelaba ser esposo. Y es que había comprendido demasiado bien que la ternura y el afecto de la muchacha no habían evolucionado como los suyos. Al mismo tiempo que su amistad fraternal se había transformado gradualmente en amor, el corazón de María había continuado siendo el mismo. Con la misma tranquilidad se posaban sus ojos sobre el compañero de la infancia, sin que ninguna emoción nueva se mezclase en sus relaciones.

Consciente de este desacuerdo, Juan, por consiguiente, guardaba silencio y ocultaba sus secretas ansias con gran disgusto del tío Sandro, que, profesando hacia su sobrino la mayor estimación, se hubiera considerado dichoso confiándole a la vez a su ahijada y los escasos ahorros reunidos en cuarenta años de un trabajo incesante. El tío, sin embargo, no perdía las esperanzas. Todo podía arreglarse, teniendo en cuenta que María aún era joven. Con la ayuda del tiempo llegaría a reconocer los méritos de Juan, y éste se atrevería entonces a formular su petición, que sería favorablemente acogida.

Así estaban las cosas, cuando un drama imprevisto vino a conmover al pueblo. Una mañana, el tío Sandro fue hallado muerto, estrangulado delante del mostrador, cuya caja había sido vaciada hasta el último céntimo. ¿Quién era el autor de aquel asesinato...? Tal vez la justicia hubiese realizado durante mucho tiempo pesquisas inútiles, si la propia víctima no hubiese tenido cuidado de designarle. Entre las crispadas manos del cadáver se encontró, en efecto, un trozo de papel, sobre el que, antes de expirar, Alejandro Tisserand había trazado estas palabras: «Mi sobrino es quien...» No había tenido fuerzas para escribir más y la muerte había llegado a detener su mano en medio de la frase acusadora.

Ésta, por lo demás, era suficiente para el caso, ya que Alejandro Tisserand no tenía más que un sobrino, y no era, por tanto, posible la menor duda.

El crimen fue fácilmente reconstituido. En la víspera por la noche no había nadie en la posada. El asesino, por lo tanto, debía haber llegado de fuera, y tenía que ser muy conocido de la víctima, toda vez que Tisserand, muy desconfiado por naturaleza, había abierto sin dificultad. Era igualmente indudable que el crimen debió cometerse temprano, ya que el posadero se encontraba vestido. A juzgar por las cuentas sin terminar que habían quedado sobre el mostrador, se encontraba dispuesto a comprobar su balance en el momento de llegar el criminal. Al ir a abrir, se había llevado maquinalmente consigo el lápiz del que se estaba sirviendo, y del cual debió hacer luego uso para designar a su asesino.

Este último, apenas había entrado, había cogido a su víctima por el cuello y lo había derribado por tierra; el drama había debido desarrollarse en muy pocos minutos. No quedaba, en efecto, ninguna huella de lucha, y María no había advertido ningún ruido en su habitación, si bien es verdad que estaba bastante alejada del teatro del suceso.

Juzgando muerto al posadero, el asesino había vaciado la caja y husmeado concienzudamente en la alcoba, como lo demostraba el lecho deshecho y los armarios revueltos. Finalmente, una vez recogido su botín, habíase apresurado a huir sin dejar huellas que pudieran comprometerle.

Así lo suponía él, al menos, pero el miserable había contado sin la justicia inminente. Aquel a quien creyera muerto vivía aún y había podido disfrutar algunos minutos de razón. Había tenido fuerzas para trazar aquellas cuatro palabras que iban a servir para orientar las pesquisas, y que un último espasmo de la agonía había interrumpido trágicamente.

En el pueblo se produjo una verdadera estupefacción. ¡Cómo, Juan Morenas, aquel buen hijo, aquel excelente obrero, un asesino! No hubo, sin embargo, más remedio que rendirse a la evidencia, y la acusación del muerto era demasiado terminante y formal para permitir la menor duda. Tal vez fue, al menos, la opinión de la justicia, y a pesar de sus protestas, Juan Morenas fue detenido, juzgado y sentenciado a veinte años de galeras.

Este drama monstruoso fue el golpe de gracia para su madre, que a partir de ese día fue declinando rápidamente; en menos de un año siguió a la tumba a su hermano asesinado.

La implacable suerte la hizo morir demasiado pronto, pues desaparecía en el instante en que, tras tantas pruebas, iba, por fin, a sobrevenirle una alegría; apenas había caído la tierra sobre su cadáver cuando Pedro, su hijo primogénito, reaparecía en el país.

¿De dónde llegaba? ¿Qué había hecho durante los seis años que había durado su ausencia? ¿Qué sitios había recorrido? ¿En qué situación volvía al pueblo...? No se explicó él acerca de esos particulares, y cualquiera que fuese la curiosidad pública, llegó un día en que sus convecinos dejaron de hacerse esas preguntas.

Por lo demás, si no había hecho fortuna en el perfecto sentido de la palabra, parecía, al menos, que no había vuelto completamente desprovisto de ella. Sólo, en efecto, de una manera intermitente ejercía su antiguo oficio de carpintero, y durante casi dos años vivió como un rentista en su pueblo, no ausentándose más que muy rara vez para ir a Marsella, donde, según decía, le llamaban sus negocios.

Durante aquellos dos años, lo mejor de su tiempo lo pasó, no en la casa que había heredado de su madre, sino en la posada del tío Sandro, que había llegado a ser propiedad de María, y que ésta, desde la muerte trágica de su padrino, dirigía con ayuda de un criado.

Según era de prever, un idilio fue anudándose poco a poco entre ambos jóvenes. Lo que no había podido conseguir la tranquila energía de Juan, consiguiéronlo la facundia y el carácter, un poco brutal, de Pedro. Al amor de éste, María correspondió con un amor igual. Dos años después de la muerte de la viuda Morenas, y tres después del asesinato del tío Sandro y la condena de su asesino, se celebró la boda de ambos jóvenes.

Siete años transcurrieron, durante los cuales tuvieron tres niños, el último de ellos apenas de seis meses antes del día en que comienza este relato. Esposa feliz y madre afortunada, María había vivido hasta entonces siete años de ventura.

Menos dichosa habría sido si hubiera podido leer en el corazón de su marido, si hubiera conocido la existencia vagabunda que durante seis años, pasando de la ociosidad a la rapiña, de la rapiña a la estafa, de la estafa al robo puro y simple, había llevado aquel a quien estaba ligada de por vida; y menos dichosa, sobre todo, habría sido si hubiera sabido la parte que su esposo había tomado en la muerte de su padrino.

Alejandro Tisserand había dicho la verdad al denunciar a su sobrino; pero ¡cuán deplorable era que las angustias y espasmos de la agonía, perturbando su cerebro y su mano, le impidieran precisar mejor! ¡Su sobrino era, en realidad, el autor del crimen abominable; ¡pero ese sobrino no era Juan, sino que era Pedro Morenas! Viéndose sin recursos, reducido al último extremo de la miseria, Pedro había llegado aquella noche al pueblo con la intención firme y decidida de echar mano al peculio de su tío. La resistencia de la víctima había hecho del ladrón un asesino.

Derribado en tierra su tío, había procedido a un saqueo en toda regla, y luego había huido en la oscuridad. De la muerte de su tío, a quien tan sólo suponía desvanecido, y del arresto y la condena de su hermano, no había sabido nada. Con toda tranquilidad, pues, y al ver disminuir su botín, regresó al país un año después de su crimen, no dudando que, después del tiempo transcurrido, obtendría fácilmente su perdón. Fue en tal momento cuando tuvo conocimiento de la muerte de su tío y de su madre y de la condena de su hermano.

En los primeros momentos se quedó aterrado. La situación de su hermano menor, a quien durante veinte años le había unido tan real y profundo afecto, se convirtió para él en una fuente de crueles y punzantes remordimientos. ¿Qué podía, sin embargo, hacer para remediar la situación tristísima de su hermano sino revelar la verdad, denunciarse a sí mismo y tomar en el presidio el puesto del inocente condenado?

Bajo la influencia del tiempo, lamentos y remordimientos se calmaron y atenuaron; el amor hizo lo demás.

Pero el remordimiento volvió a surgir de nuevo cuando la vida conyugal tomó su tranquilo curso. De día en día, el recuerdo del forzado inocente fue imponiéndose más y más al espíritu del culpable impune. Evocáronse los años de la infancia con mayor fuerza cada vez, y llegó el día en que Pedro Morenas comenzó a pensar en el medio de librar a su hermano de la cadena que él mismo le había forjado. Después de todo, no era ya el vagabundo desprovisto de todo, que había abandonado el pueblo natal para buscar, a través del vasto mundo, una inasequible fortuna. El indigente de antes era en la actualidad propietario, el primer propietario de su pueblo, y el dinero no le faltaba. ¿No podía servir ese dinero para libertarle de sus remordimientos?

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