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El destino de Juan Morenas
Editado
© Juan Suárez
11 de mayo del 2003
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El destino de Juan Morenas
Capítulo V

Juan Morenas siguió con los ojos al señor Bernardón. Costábale trabajo el comprender y darse cuenta de lo que le acontecía. ¿Cómo se explicaba que aquel hombre conociera tan bien las diversas circunstancias de su vida?

Era ése un problema insoluble. Sin embargo, comprendiera o no, era menester en todo caso aceptar la oferta que se le hacía, y resolvió, por consiguiente, prepararse para la fuga.

Ante todo, se veía en la precisión de informar a su compañero del golpe que meditaba. No había medio alguno de dispensarse de ello, ya que el lazo que los encadenaba no podía romperse por el uno sin que el otro lo advirtiera. Tal vez Romano quisiera aprovecharse de la ocasión, lo cual disminuiría las probabilidades de éxito.

No quedándole al viejo forzado más que dieciocho meses de cadena, Juan se esforzó por demostrarle que, para tan poco como le quedaba, no debía exponerse a un aumento de pena. Pero Romano, que olía dinero en todo aquel negocio, no quería escuchar razones, y se resistía obstinadamente a prestarse a las combinaciones de su camarada. Cuando éste, sin embargo, le habló de un millar de francos, pagaderos en el acto, y de una suma igual que podría recibir el viejo a la salida del presidio, Romano comenzó a estar convencido, accediendo a los deseos de su camarada.

Arreglado este punto, quedaba por decidir la manera de realizar la evasión. Lo esencial era salir del puerto sin ser visto y escapar, por consiguiente, a las miradas de los centinelas y celadores. Una vez en el campo, antes de que las brigadas de gendarmes fuesen avisadas, sería fácil imponerse a los campesinos, y por lo que hacía a aquellos a quienes podría alentar la esperanza de la prima que se concede a quienes apresan a un evadido, no resistirían seguramente a la tentación de embolsarse una suma superior.

Juan Morenas resolvió evadirse durante la noche. A pesar de no hallarse condenado a perpetuidad, no estaba alojado en uno de los viejos buques transformados en presidios flotantes. Por excepción, habitaba en una de las prisiones situadas en tierra firme. Salir de ella habría sido sumamente difícil. Siendo, por tanto, preciso no entrar en ella por la noche. Hallándose, como se hallaba, la rada casi desierta a aquella hora, no le sería, indudablemente, imposible el atravesarla a nado, pues no podía, en efecto, pensar en salir del Arsenal a no ser por mar. Una vez que llegase a tierra, correspondía a su protector acudir en su ayuda.

Llevándole sus reflexiones a contar con el incógnito, resolvió aguardar los consejos de éste y saber en seguidas si serían ratificadas las promesas hechas a su compañero. El tiempo transcurrió lentamente para lo que hubiera querido su impaciencia.

Tan sólo a los dos días fue cuando vio reaparecer a su amigo misterioso.

-¿Y bien? -preguntó el señor Bernardón.

-Todo está convenido, caballero, y ya que usted desea serme útil, puedo asegurarle que todo marchará bien.

-¿Qué necesita usted?

-He prometido dos mil francos a mi compañero, mil a su salida de presidio...

-Los tendrá, ¿qué más?

-Y mil francos en el acto.

-Ahí van -dijo el señor Bernardón entregando la suma pedida, que el viejo forzado hizo desaparecer instantáneamente-. He aquí dinero y una lima de las mejor templadas. ¿Le bastará esto para librarse de sus hierros?

-Sí, señor. ¿Dónde volveré a verle?

-En el cabo Negro. Me hallará usted en la playa, en el fondo de la ensenada llamada Port Mejean. ¿La conoce usted?

-Sí; cuente conmigo.

-¿Cuándo escapará usted?

-Esta noche, a nado.

-¿Es usted buen nadador?

-De primera categoría.

-Mejor que mejor. Hasta la noche, pues.

-Hasta la noche.

El señor Bernardón se separó de los dos forzados, que volvieron al trabajo. Sin ocuparse más de ellos, el marsellés continuó durante largo tiempo su paseo, interrogando a unos y otros, y salió, por fin, del Arsenal sin haberse hecho notar de modo alguno.

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