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Martín Paz

Editado
© Javier Palau
20 de mayo del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
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Martín Paz
Capítulo IV
El noble español

Cualquier otro que no hubiera sido Martín Paz, habría perecido en las aguas del Rimac; pero él, que estaba dotado de una insuperable fuerza de voluntad y de una extraordinaria sangre fría, cualidades propias de todos los indios libres del Nuevo Mundo, logró salvarse de la muerte, aunque no sin gran esfuerzo.

Martín Paz sabía que los soldados agotarían todos sus recursos para prenderle debajo del puente, donde la corriente era casi inevitable; pero cortándola vigorosamente por esfuerzos repetidos, llegó a dominarla y, hallando menos resistencia en las capas inferiores del agua, logró llegar a la orilla y ocultarse detrás de una espesura de manglares.

Pero una vez fuera del agua, ¿qué resolución podría tomar que no lo comprometiera? Si los soldados que lo perseguían cambiaban de opinión y subían por la orilla arriba, Martín Paz sería infaliblemente capturado; pero como él no era hombre que tardara mucho en adoptar una resolución, decidió en seguida entrar en la ciudad y ocultarse en ella.

Para evitar que lo viesen los paseantes que habían demorado el regreso a sus casas, Martín Paz siguió una de las calles más anchas; pero al entrar en ella, le pareció que lo espiaban, y no pudiendo detenerse a reflexionar, miró en torno suyo, buscando un refugio. Sus ojos se fijaron en una casa todavía brillantemente iluminada, y cuya puerta cochera estaba abierta para dar paso a los coches que salían del patio y llevaban a sus diferentes domicilios a las eminencias de la aristocracia española.

Martín Paz se introdujo sin ser visto en aquella casa, y apenas hubo entrado se cerraron sus puertas. Subió apresuradamente una rica escalera de madera de cedro, adornada con tapices de mucho precio, y llegó a los salones, que estaban todavía iluminados pero enteramente vacíos; los atravesó con la celeridad de un relámpago y ocultóse, en fin, en un oscuro cuarto.

Poco después, se extinguió la luz que brillaba en aquellos lujosos aposentos y la casa quedó en silencio.

Martín Paz se ocupó entonces en reconocer el sitio en que se encontraba, y vio que las ventanas de aquella habitación daban a un jardín interior.

Ya se disponía a huir por allí, creyéndolo factible, cuando oyó que le decían:

- Señor ladrón, ¿por qué no roba usted los diamantes que están sobre esa mesa?

Al oír esto, se volvió Martín Paz rápidamente y vio a un hombre de altiva fisonomía que le mostraba con el dedo un estuche lleno de diamantes.

Martín Paz, insultado de aquel modo, se acercó al español, cuya serenidad parecía inalterable, sacó su puñal y, volviendo la punta contra su pecho, dijo sordamente:

- Señor, si repite usted semejante insulto, me daré muerte a sus pies.

El español, admirado, contempló con atención al indio, y sintió hacia él una especie de simpatía, en virtud de lo cual se dirigió a la ventana, la cerró suavemente y, volviéndose hacia el indio, cuyo puñal había caído en tierra, le preguntó:

- ¿Quién es usted?

- El indio Martín Paz. Me persiguen los soldados porque me he defendido contra un mestizo que me atacaba y lo he derribado a tierra de una puñalada. Mi adversario es el novio de una joven a quien amo; y ahora, que sabe ya quién soy, puede usted entregarme a mis enemigos, si lo cree conveniente.

- Muchacho – replicó simplemente el español -, mañana salgo para los baños de Chorrillos. Puedes acompañarme si quieres, y estarás por el momento al abrigo de toda persecución. Si lo haces, no tendrás nunca que quejarte de la hospitalidad del marqués de Vegal.

Martín Paz se limitó a inclinarse con respeto.

- Puedes acostarte en esa cama y descansar esta noche – añadió el marqués -, sin que nadie sospeche que te encuentras aquí.

El español salió de la estancia dejando al indio conmovido con su generosa confianza. Después, Martín Paz, abandonándose a la protección del marqués, se durmió tranquilamente.

Al día siguiente, al salir el sol, el marqués dio las órdenes necesarias para la partida, y envió recado al judío Samuel de que fuese a verlo; pero antes fue a oír la primera misa de la mañana.

Ésta era una piadosa práctica que no dejaban de observar todos los miembros de la aristocracia peruana, porque Lima, desde su fundación, había sido siempre muy católica, y además de sus muchas iglesias, contaba todavía con veintidós conventos de frailes, diecisiete de monjas y cuatro casas de retiro para las mujeres que no pronunciaban votos religiosos. Como cada uno de estos establecimientos tenía una iglesia particular, existían en Lima más de cien edificios dedicados al culto, donde ochocientos clérigos seglares o regulares, trescientas religiosas y hermanos legos, celebraban las ceremonias del culto católico.

Al entrar en Santa Ana el marqués de Vegal, vio a una joven arrodillada, que oraba fervorosamente y lloraba con desconsuelo. Parecía presa de dolor tal, que el marqués no pudo contemplarla sin cierta emoción, y ya se disponía a dirigirle algunas palabras de conmiseración, cuando llegó el padre Joaquín, y le dijo en voz baja:

- Señor marqués, por favor, no se le acerque usted.

Luego, el fraile hizo una señal a Sara y ésta lo siguió a una capilla oscura y desierta.

El marqués se dirigió al altar y oyó la misa, después de lo cual regresó a su casa, pensando involuntariamente en aquella joven, cuya imagen había quedado profundamente grabada en su imaginación.

En el salón de su casa encontró al judío Samuel, que estaba esperándole, y parecía haber olvidado los sucesos de la noche anterior. Su semblante estaba iluminado por la esperanza del lucro.

- ¿Qué manda su señoría? – preguntó al español.

- Necesito treinta mil duros antes de una hora.

- ¡Treinta mil duros! ¿Y quién los tiene? Por el santo rey David, señor marqués, va a costarme más trabajo encontrarlos que lo que su señoría se imagina.

- Aquí tengo joyas de gran valor – repuso el marqués, sin hacer caso de las palabras del judío -, y además puedo vender a usted por poco precio un terreno muy extenso que tengo cerca del Cuzco.

- ¡Ah, señor! – exclamó Samuel -, las tierras nos arruinan, porque nos faltan brazos para cultivarlas. Los indios se retiran a las montañas y las cosechas no producen lo que cuesta la recolección.

- ¿En cuánto valora usted esos diamantes? – preguntó el marqués.

Samuel sacó del bolsillo una balanza pequeña de precisión, y se puso a pesar las piedras con minuciosa detención, pero sin dejar de hablar, despreciando, como de costumbre, la prenda que se le ofrecía.

- ¡Los diamantes…! ¡Mala hipoteca…! No producen nada. Es lo mismo que enterrar el dinero… Observará, su señoría, que el agua de este diamante no es de una limpieza perfecta… Ya sabe su señoría que estos adornos tan costosos no son fáciles de vender, por lo que me vería obligado a enviarlos a las provincias de la Gran Bretaña. Los norteamericanos me los comprarán seguramente; pero será para cederlos a los hijos de Albión. Quieren, por consiguiente, y es justo, ganar una comisión honrosa, que cae sobre mis costillas… Supongo que diez mil duros contentará a su señoría. Es poco, sin duda, pero…

- Ya he dicho – repuso el español despectivamente – que necesito mucho más de diez mil duros.

- Señor, no puedo dar un centavo más.

- Llévese las joyas y envíeme inmediatamente el dinero. Para completar los treinta mil duros que necesito, le daré esta casa en hipoteca. ¿No le parece bastante sólida?

- ¡Ah, señor, en esta ciudad, donde son tan frecuentes los terremotos, no se sabe quién vive ni quién muere, ni quién cae, ni quién se mantiene en pie!

Y mientras decía esto, Samuel se empinaba sobre la punta de los pies, dejándose luego caer sobre los talones varias veces, para apreciar la solidez del piso.

- En fin, como tengo verdaderos deseos de servir a su señoría – dijo -, pasaré por lo que quiera, aunque en este momento no me conviene desprenderme de metálico, porque voy a casar a mi hija con el caballero Andrés Certa… ¿Lo conoce su señoría?

- No lo conozco, y le ordeno a usted de nuevo que me envíe en seguida la cantidad que le he pedido. Llévese esas joyas.

- ¿Quiere su señoría un recibo? – preguntó el judío.

El marqués, sin responderle, pasó a la habitación inmediata.

- ¡Orgulloso español…! – murmuró Samuel, entre dientes -. Quiero confundir tu insolencia del mismo modo que voy a disipar tus riquezas. ¡Por Salomón, soy hombre hábil, porque mis intereses corren parejas con mis sentimientos!

El marqués, al separarse del judío, encontró a Martín Paz profundamente abatido.

- ¿Qué tienes? – le preguntó cariñosamente.

- Señor, la joven a quien amo es la hija de ese judío.

- ¡Una judía! – exclamó el marqués, con sentimiento de repulsión que le fue imposible dominar.

Pero, al advertir la tristeza del indio, añadió:

- Marchemos, amigo mío, ya hablaremos de esas cosas con detenimiento.

Una hora más tarde, Martín Paz, disfrazado, salía de la ciudad en compañía del marqués, que no llevaba consigo a ninguno de sus criados.

Los baños de mar de Chorrillos se encuentran a dos leguas de Lima. Es una parroquia india que posee una bonita iglesia, y durante la estación del calor es el punto de reunión de la sociedad elegante limeña. Los juegos públicos, prohibidos en Lima, están abiertos en Chorrillos durante el verano, y a ellos concurren las señoras de dudosa moralidad, que, actuando de diablillos, hacen perder a más de un rico caballero su caudal en pocas noches.

Como Chorrillos estaba a la sazón poco frecuentado aún, el marqués y Martín Paz, retirados en una casita edificada a orillas del mar, pudieron vivir en paz, contemplando las vastas llanuras del Pacífico.

El marqués, miembro de una de las más antiguas familias del Perú, era el último descendiente de la soberbia línea de antepasados, de la que con razón se mostraba orgulloso; pero en su rostro advertíanse las huellas de una profunda tristeza. Después de haber intervenido durante algún tiempo en los asuntos políticos, había experimentado una repugnancia infinita hacia las revoluciones incesantes, hechas en beneficio de ambiciones personales, y se había retirado de la política y apartado de la sociedad, viviendo casi en retiro, sólo interrumpido a raros intervalos por deberes de estricta cortesía.

Su inmenso caudal se iba disipando poco a poco. El abandono en que quedaban sus tierras por la falta de brazos, le obligaba a hacer empréstitos onerosos; pero la perspectiva de una ruina próxima no le espantaba. La indolencia natural de la raza española, unida al aburrimiento de su existencia inútil, le había hecho insensible a las amenazas del porvenir. Esposo en otro tiempo de una mujer adorable, y padre de una niña encantadora, se había encontrado de pronto solo, a consecuencia de una horrible catástrofe que le arrebató aquellos dos objetos de su amor… Desde entonces, ningún afecto le unía al mundo, y dejaba deslizarse su vida al impulso de los acontecimientos.

Creía que su corazón había muerto por completo, cuando lo sintió palpitar de nuevo al contacto de Martín Paz. Aquella naturaleza ardiente despertó el fuego encubierto bajo la ceniza; la orgullosa presencia de ánimo del indio repercutía en el noble caballero, que, cansado de los españoles de su clase, en quienes no tenía ya confianza, y disgustado de los mestizos egoístas, que querían equipararse con él, se complacía en aproximarse a aquella raza primitiva, que tan valientemente había disputado el suelo americano a los soldados del conquistador Pizarro.

El indio pasaba por muerto en Lima, según las noticias que el marqués había adquirido; pero éste, considerando el amor de Martín Paz hacia una judía como cosa peor que la muerte misma, resolvió salvarlo de nuevo, dejando casar a la hija de Samuel con Andrés Certa.

Así, mientras que Martín Paz estaba profundamente apenado y la tristeza le invadía el corazón, el marqués evitaba toda alusión a lo pasado, y hablaba al joven indio de cosas sin importancia.

Un día, sin embargo, agitado por sus tristes pensamientos, le preguntó:

- ¿Por qué, amigo mío, una pasión vulgar te ha de hacer renegar de la nobleza de tus abuelos? ¿No desciendes del valiente Manco Capac, a quien su patriotismo elevó a la categoría de héroe? ¿Qué papel representaría un hombre que se dejara abatir por una pasión indigna? ¿Acaso han desistido los indios de reconquistar algún día su independencia?

- Para eso trabajamos, señor – contestó Martín Paz -, y no está lejos el día en que mis hermanos se levantarán en masa.

- Ya te entiendo. Aludes a esa guerra sorda que tus hermanos están preparando en las montañas. A una señal bajarán a la ciudad con las armas en la mano; pero serán vencidos, como lo han sido siempre. Ya ves cómo sus intereses desaparecen en medio de las revoluciones perpetuas de las que es teatro el Perú; revoluciones que perderán al mismo tiempo a los indios y a los españoles, en beneficio de los mestizos.

- Nosotros salvaremos al país – repuso Martín Paz.

- Sí, lo salvarán, si comprenden su misión – dijo el marqués. Óyeme, pues que te amo como a un hijo. Lo digo con dolor, pero a nosotros, los españoles, hijos degenerados de una raza poderosa, nos falta la energía necesaria para levantar un Estado, y, por consiguiente, a ustedes les toca triunfar de este desdichado americanismo que tiende a rechazar a los colonos extranjeros. Sí, sábelo; sólo una inmigración europea puede salvar el antiguo Imperio peruano, y, en vez de esa guerra intestina que preparan, y que tiende a excluir todas las castas, a excepción de una sola, deben tender francamente la mano a los hombres trabajadores del Viejo Mundo.

- Los indios, señor, considerarán siempre como enemigos a los extranjeros, cualesquiera que sean, y jamás han de permitir que respiren impunemente el aire de sus montañas. El dominio que ejerzo sobre ellos quedaría sin efecto el día en que no jurase la muerte de sus opresores. Además, ¿qué soy ahora? – añadió Martín Paz con gran tristeza. Un fugitivo que no viviría tres horas si me encontraran en Lima.

- Amigo, es preciso que me prometas que no has de volver a salir.

- ¡Ah! No puedo prometérselo a usted, señor marqués, porque si lo prometiese mentiría.

El marqués enmudeció; la pasión del joven indio se acrecentaba de día en día, y el noble caballero temblaba ante la idea de verlo correr a una muerte cierta, si volvía a presentarse en Lima, por lo que deseaba que se celebrara cuanto antes el matrimonio de la judía, matrimonio que, si le hubiera sido posible, habría él apresurado, según sus deseos.

Para cerciorarse del estado de las cosas, salió de Chorrillos una mañana y fue a la ciudad, donde supo que Andrés Certa, restablecido de su herida, salía ya a la calle, y que su próximo matrimonio era el objeto de todas las conversaciones.

El marqués quiso conocer a la joven amada por Martín Paz, y con este objeto se dirigió a la plaza Mayor, donde a ciertas horas había siempre una gran multitud, y donde encontró al padre Joaquín, su antiguo amigo. El venerable fraile se quedó profundamente sorprendido cuando el marqués le dijo que Martín Paz no había muerto, apresurándose a prometer que velaría por la vida del joven indio, y que le daría todas las noticias que le interesaran.

De improviso, las miradas del caballero se dirigieron a una joven arrebujada en un manto negro que iba sentada en una carretela.

- ¿Quién es esa hermosa muchacha? – preguntó al padre Joaquín.

- La hija del judío Samuel, prometida de Andrés Certa.

- ¡Ella! ¡La hija de un judío!

El marqués se quedó profundamente admirado y, estrechando la mano del padre Joaquín, volvió a tomar el camino de Chorrillos.

Su sorpresa era natural, porque había reconocido en la pretendida judía a la joven a quien había visto orar fervorosamente en la iglesia de Santa Ana.

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