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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Segunda parte
Indicador En tierra
Indicador Mi primera ley
Indicador En la bahía de Scotchwell
Indicador El invierno
Indicador Barco a la vista
Indicador Libres
Indicador La primera infancia de...
Indicador Halg y Sirk
Indicador El segundo invierno
Indicador Sangre
Indicador Un jefe
Tercera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)

Los náufragos del “Jonathan”
Segunda parte - Capítulo V
Barco a la vista

A principios de julio, Halg fue presa de una gran emoción. Descubrió que tenía un rival. El emigrante llamado Patterson, que le había procurado a precio de oro la indumentaria que tanto le enorgullecía, había entrado en relaciones con la familia Ceroni y rondaba visiblemente en torno a Graziella.

Halg se desesperó ante aquella complicación. Un adolescente de dieciocho años, medio salvaje, ¿podía luchar contra un hombre hecho y derecho, provisto de riquezas que al pobre indio le parecían fabulosas? A pesar de la afección que ella le testimoniaba, ¿era posible que Graziella dudase?

Esta no dudaba, en efecto, pero sus preferencias no iban por el camino que él temía. La inocente ternura y la juventud de Halg triunfaban sin esfuerzo sobre las ventajas de su competidor. La obstinación del irlandés se explicaba por su insensibilidad ante el alejamiento que le testimoniaban Graziella y su madre. Estas apenas le respondían cuando él les dirigía la palabra, y fingían no darse cuenta de su presencia.

Patterson no se inmutaba. Esto no le impedía continuar sus manejos con la fría perseverancia que hasta el momento había asegurado el éxito de sus negocios. No dejaba, además, de tener un aliado sobre el terreno, y ese aliado no era otro que Lazzaro Ceroni. Siendo mal recibido por las dos mujeres, el padre, al menos, le hacía buena cara y parecía aprobar la búsqueda de que su hija era objeto. Él y Patterson mantenían las mejores relaciones. A veces, incluso, se aislaban en misteriosos conciliábulos, como si estuvieran tratando de asuntos que no incumbieran a nadie más. ¿Qué asuntos podían realmente tener en común aquel borracho empedernido y aquel astuto campesino, aquel derrochador incorregible v aquel avaro?

Aquellos conciliábulos eran para Halg causa de serias preocupaciones, que la conducta de Lazzaro Ceroni venía a empeorar. El miserable continuaba emborrachándose, y las escenas se repetían de vez en cuando, pero se hacían más y más frecuentes. Halg no dejaba de informar cada vez al Kaw-djer, y éste ponía el hecho en conocimiento de Hartlepool. Pero ni el Kaw-djer ni Hartlepool podían llegar a descubrir cómo Lazzaro Ceroni se procuraba aquella cantidad de alcohol dado que a excepción de las provisiones salvadas del Jonathan no existía ni una gota en la isla Hoste.

En efecto, la tienda que guardaba aquellas provisiones era vigilada día y noche por los dieciséis supervivientes de la tripulación, divididos en ocho secciones de dos hombres, que se relevaban cada tres horas. Estos, incluidos Kennedy y Sirdey, soportaban dócilmente por lo demás, el tedio de aquellas tres horas de guardia cotidiana. Ninguno de ellos se permitía la más mínima murmuración y mostraban la misma obediencia hacia Hartlepool que cuando navegaban bajo sus órdenes. Su espíritu de disciplina se mantenía intacto. Formaban un grupo numéricamente débil, pero que la unión hacía fuerte, sin contar con la preciosa ayuda que Dick y Sand, en caso necesario, le hubiesen aportado.

De momento, al menos, nadie pensaba en utilizar la buena voluntad de los dos niños. Dispensados de la guardia a causa de su edad, disfrutaban de una libertad completa que empleaban para jugar a sus anchas. Indudablemente, el tiempo pasado en la isla Hoste marcaría su existencia y quedaría grabado en sus espíritus como un período de placeres sin modificabar sus juegos según las circunstancias. ¿Que caían espesos copos de nieve? Pues cavaban escondrijos donde tenían lugar partidas prodigiosas. ¿Que la temperatura descendía por debajo del punto de congelación? Llegaba entonces el momento de dejarse resbalar, o bien, a caballo sobre una plancha a modo de trineo, de lanzarse a lo largo de las pendientes y disfrutar con la embriaguez de las vertiginosas caídas. ¿Que por el contrario brillaba el sol? Acompañados de innumerables críos de su misma índole, se esparcían entonces por las afueras del campamento e inventaban mil juegos cuyo atractivo se medía según la violencia.

Durante una de sus caminatas a orillas del mar descubrieron, un día que por casualidad sólo iban acompañados por tres o cuatro niños, una gruta natural excavada en las laderas del acantilado, en la otra cara del cabo que limitaba al este la bahía de Scotchwell. Aquella gruta, cuya apertura, orientada hacia el sur, miraba por lo tanto hacia la costa en que se había perdido el Jonathan, no hubiera retenido mucho tiempo su atención a no ser por una particularidad que la hacía infinitamente más interesante. Al fondo se abría una fisura que, pasados dos o tres metros, daba a una segunda caverna completamente subterránea, donde nacía una galería sinuosa que se elevaba a través del macizo hasta una gruta superior, abierta ésta en la vertiente norte del acantilado. Desde allí se divisaba el campamento, a donde se podía llegar dejándose resbalar por la pendiente rocosa.

Aquel descubrimiento llenó de gozo a los pequeños exploradores que se guardaron bien de hacerlo público. Aquella sarta de grutas era un dominio que les pertenecía y que ansiaban conservar como exclusiva propiedad. Y por lo tanto, allí fueron con gran misterio, para organizar los juegos más exquisitos. Fueron sucesivamente y con la misma pasión, salvajes, Robinsones, ladrones.

¡Cuántos gritos retumbaban bajo aquellas bóvedas subterráneas! ¡Qué desenfrenadas galopadas hicieron resonar la galería que unía los dos puntos del sistema!

Sin embargo, atravesar aquella galería tenía peligro. En un punto de su recorrido parecía a punto de hundirse. Allí, su techumbre, de un metro de altura como máximo, estaba solamente sostenida por un único bloque, cuya base mordía apenas otra roca inclinada y que el más pequeño esfuerzo hubiera hecho resbalar. De ahí, la necesidad de avanzar de rodillas y de infiltrarse con la mayor prudencia en el estrecho espacio que quedaba libre entre el bloque inestable y la pared de la galería. Pero aquel peligro, por terrorífico que fuera en realidad, no asustaba a los niños, y tan sólo servía para dar más aliciente a sus juegos.

Dick y Sand ocupaban así alegremente su tiempo. No se preocupaban por nada, ni siquiera por su enemigo, Fred Moore, al que veían venir a veces de lejos y ante el cual emprendían entonces una descarada huida. El emigrante no intentaba, por otro lado, perseguirlos. Su cólera había cesado y ya no era contra los dos niños que subsistía su rencor.

Además, ni se planteaban el que Fred Moore estuviera o no irritado. Para ellos, nada existía aparte de sus juegos, gracias a los cuales los días pasaban con una rapidez que consideraban deplorable.

Si por un referéndum se hubiera consultado a los emigrantes, Dick y Sand hubieran sido probablemente los únicos de esta opinión. El tiempo les parecía tan corto como largo a los otros, confinados a menudo en sus incómodas viviendas.

Conviene, sin embargo, hacer una excepción con Lewis Dorick y su cortejo de ladronzuelos. Para éstos, el tiempo de invernar transcurría agradablemente. Aquellos tunantes tenían la cuestión social resuelta. Vivían como en país conquistado, no se privaban de nada, incluso atesoraban en previsión de posibles días malos

Resultaba increíble que sus víctimas hicieran prueba de semejante longanimidad. Pero así era. Los explotados se imponían ciertamente en número, pero lo ignoraban y no se les ocurría aunar sus fuerzas. La banda de Dorick formaba, por el contrario un haz compacto y se imponía por el miedo a cada emigrante individualmente. De hecho, nadie osaba resistirse a las exacciones de aquellos tiranos.

Por medios menos reprensibles, una cincuentena de los otros náufragos habían logrado igualmente luchar contra la depresión que venía de aquella vida estancada. Bajo la dirección de Karroly, ocupaban su tiempo libre en perseguir lobos marinos.

El oficio de lobero es difícil. Tras haber esperado pacientemente a que los anfibios, cuya desconfianza es muy grande, se aventuren por la costa, hay que actuar de modo que se les pueda cercar sin darles tiempo de emprender la huida. La operación no se efectúa sin riesgos, pues estos animales escogen siempre los puntos más escarpados para entregarse a sus juegos.

Bien guiados por Karroly, los cazadores obtuvieron un brillante éxito. Hicieron un botín considerable de lobos marinos, cuya grasa podía utilizarse para el alumbrado y la calefacción y cuyas pieles aseguraban un beneficio importante para el día en que pudieran salir de la isla.

Dejando aparte a estos hombres enérgicos, los emigrantes, muy deprimidos, preferían cobijarse frioleramente en sus viviendas. Sin embargo, la temperatura no era excesiva. Durante el período más frío, que comprendía del quince de julio al quince de agosto, la mínima termométrica fue de doce grados, y la media, de cinco grados bajo cero. Las afirmaciones del Kaw-djer estaban, pues, justificadas, y la vida en aquella región no hubiera sido particularmente cruel a no ser por la frecuencia del mal tiempo y la penetrante humedad que era su consecuencia.

Aquella perpetua humedad traía consigo deplorables resultados desde el punto de vista higiénico. Se multiplicaban las enfermedades. Por lo general el Kaw-djer conseguía atajarlas, pero no ocurría así cuando se desarrollaban en organismos debilitados, y por lo tanto, incapaces de reaccionar. Esta fue la causa de los ocho fallecimientos que se produjeron durante el invierno y que dejaron desolado a Lewis Dorick, pues afectaban en su mayoría a la parte de la población que, sin oponer resistencia alguna, le pagaban el tributo.

Uno de estos fallecimientos desesperó a Dick y a Sand: el de Marcel Norely. El pequeño inválido no pudo resistir aquel rudo clima. Sin sufrimientos, sin agonía, se apagó una tarde sin dejar de sonreír.

Los supervivientes no parecían muy conmovidos ante estas desapariciones. Aparte de que en cierto modo estuvieran perdidas entre la multitud, todo el mundo se vanagloriaba fácilmente de escapar personalmente a las desgracias del vecino. El anuncio de una nueva muerte sólo interrumpía por un instante su letargo. A decir verdad, parecían no tener ya más vitalidad, como no fuera para desgañitarse en disputas, tan violentas en su expresión como futiles en su motivo.

La frecuente repetición de aquellas riñas inspiraba en el Kaw-djer amargas reflexiones. Era demasiado inteligente para no ver las cosas bajo su verdadero aspecto, demasiado sincero para escapar a las consecuencias lógicas de sus observaciones.

En aquella reunión fortuita de hombres venidos desde todos los puntos del mundo, la pasión básica era decididamente el odio. No el odio aún reprensible, pero al menos lógico, que hincha el corazón de aquel que sufrió un grave e injusto mal, sino el odio recíproco y latente, esencial, podríamos decir, que, en una catástrofe tan excepcional, y por mucho que estuvieran reducidos a los últimos límites de la desgracia, y por muy semejantes que fuesen sus tristes destinos, los lanzaba unos contra otros, por tonterías, como si la naturaleza vertiera en los gérmenes de la vida un oscuro, un imperioso instinto de destruir aquello que ha creado.

La inercia de sus compañeros sorprendía también al Kaw-djer. Apenas unos cuantos, como las cuatro familias disidentes y los cazadores de lobos marinos, habían tenido el valor de reaccionar. Los otros aceptaban los días tal como se presentaban. Tenían casa. No pedían más. Ninguna necesidad de luchar contra la materia para someterla a su voluntad, ningún deseo de mejorar su suerte a precio de un esfuerzo, ninguna previsión para el futuro. Esclavos dóciles, dispuestos a ejecutar lo que se les ordenase, no hacían nada por iniciativa propia, y dejaban en manos ajenas la tarea de decidir por ellos. El Kaw-djer no podía desconocer, en fin, aquella cobardía general que permitía a un pequeño grupo dominar a una inmensa mayoría, que creaba unos pesos explotadores a expensas de una multitud de explotados.

El hombre, ¿es, pues, así? Esas leyes imperfectas que le obligan y le fuerzan a sacar partido de su inteligencia contra la fuerza bruta de las cosas, que tienden a limitar el despotismo de unos y la esclavitud de otros, que sujetan por la brida el instinto del odio, estas leyes, ¿son, pues, necesarias, y es necesaria la autoridad que las aplica?

El Kaw-djer no podía responder afirmativamente todavía a semejante pregunta, pero el simple hecho de que pudiera planteársela bastaba para indicar la transformación que se estaba operando en su pensamiento. Se veía obligado a confesarse que el hombre se mostraba en la realidad muy diferente del ser ideal que se había complacido en forjar en su imaginación. Así pues, no había nada de absurdo, a priori, en admitir que fuera bueno protegerlo contra sí mismo, contra su debilidad, su avidez y sus vicios; ni en profesar, dado que cada uno reclamaba esa protección en interés propio, que las leyes sólo fuesen, en suma, la expresión transaccional de aspiraciones individuales, como sería en mecánica la resultante de fuerzas divergentes.

Apresado en la inextricable red de prescripciones que atan a los ciudadanos del Nuevo Mundo, el Kaw-djer sólo había sentido la molestia impuesta por el enorme cúmulo de leyes, de órdenes, de decretos, mientras vivió entre ellos antes de exiliarse a la Tierra de Magallanes; su incoherencia y su carácter tan a menudo vejatorio le habían cegado, sin dejarle ver la necesidad superior de sus principios. Ahora, unido a aquel pueblo colocado por la suerte en condiciones próximas al estado primitivo, asistía, como un químico inclinado sobre su hornillo, a unas cuantas de las incesantes operaciones que se operan en el crisol de la vida. A la luz de semejante experiencia, empezaba a mostrársele esa necesidad, y los cimientos de su vida moral se tambaleaban. Sin embargo, el hombre que había sido se debatía en su interior. Sin poder impedir a su razón evolucionar, su temperamento libertario protestaba. En todo momento el problema se planteaba en su interior, y comenzaba entonces la batalla de los argumentos, unos afianzando su doctrina, otros socavándola sin descanso. Lucha incesante, lucha cruel, que le desgarraba y le lastimaba.

Pero quizás, el motivo de asombro mayor para el Kaw-djer no era tanto la imperfección de los hombres como su impotencia para romper con su rutina habitual. En aquella costa desierta, en los confines del mundo, los náufragos no habían renunciado a ninguna de sus ideas anteriores. Los principios, es decir, las convenciones y los prejuicios que regían su vida anterior, poseían el mismo ascendiente sobre ellos. La noción de propiedad, en especial, seguía siendo un artículo de fe. No había ni uno que no dijera como la cosa más natural del mundo: «Esto es mío», y nadie era consciente de lo cómico de aquella pretensión tan deslumbrante a los ojos de un filósofo libertario de un ser tan frágil y perecedero que pretendía monopolizar para él, y sólo para él, una fracción cualquiera del universo. Por muy absurdo que lo encontrara el Kaw-djer, esta pretensión estaba, sin embargo, anclada en sus cerebros, y no desistirían. Nadie aceptaba separarse, a favor del prójimo, del más miserable de los objetos de su posesión, como no fuera a cambio de un contravalor, de un objeto de otra naturaleza o de un servicio prestado. En cualquier caso, se trataba de una venta. La palabra «dar» parecía borrada de su vocabulario y el acto de su espíritu.

El Kaw-djer pensaba que sus amigos fueguinos, hordas errantes que iban de un lado para otro de la Tierra de Magallanes, se hubieran sorprendido mucho ante tales teorías; ellos que nunca habían poseído más que su propia persona.

Aparte de aquellos intercambios, o para emplear el término exacto, de aquellas ventas que se renovaban constantemente, ocurría a veces que el que cedía no necesitaba ningún servicio ni ninguno de los objetos poseídos por la otra parte. En aquel caso, el oro servía para cerrar la transacción. El Kaw-djer se admiraba enormemente ante aquella perennidad del valor del oro. Este metal es, sin embargo, un bien imaginario: no se come, no sirve para proteger contra el frío ni contra la lluvia, y sin embargo, es codiciado del mismo modo que los bienes reales que poseen tales ventajas. ¡Qué extraño y maravilloso fenómeno que toda la humanidad se incline, con unánime consentimiento, ante una materia esencialmente inútil, y cuyo valor se debe sólo a una convención general! Los hombres, en esto, ¿no se parecen acaso a los niños, que, a modo de juego, venden muy en serio piedrecitas que su imaginación transforma en objetos preciosos? Para que el juego terminase, bastaría con que uno de ellos descubriera y proclamase que aquellos objetos preciosos no eran en realidad más que piedras.

Ciertamente, el Kaw-djer no negaba, una vez admitido el principio de propiedad, la comodidad que derivaba del empleo de un valor arbitrario, representativo de todos los demás. Pero aquella comodidad presentaba, a sus ojos, un inconveniente mucho más grave por encima de sus preciosas ventajas. El oro es, bajo el régimen de propiedad individual, lo que permite la creación y el crecimiento perpetuo de fortunas. Sin él los hombres, aunque indudablemente sumidos todos en un estado mediocre, serían al menos aproximadamente iguales. Es gracias a él que una misma y única mano puede contener en potencia tanto poder y tantos placeres, mientras que innumerables seres, para recibir algunas partículas, consienten en sufrir ese poder y procurar esos placeres en los que nunca tendrán parte.

Sin duda, el Kaw-djer se equivocaba: El oro es un medio de satisfacer la necesidad de adquirir; inherente a la naturaleza del hombre. A falta de este medio, se hubiera imaginado otro, que hubiese presentado a su vez una misma proporción de ventajas e inconvenientes y, en cualquier caso, hubiera sido lo que es, un ser ilógico y diverso, donde se encuentran por igual lo mejor y lo peor.

Tales eran, entre cientos de otros, los argumentos a favor y en contra que se debatían en el cerebro del Kaw-djer, como soldados en el campo de batalla Ya había pasado la época en que el derecho a una libertad integral tenía ante sus ojos la fuerza de un dogma. Ahora, sus máximas libertarias habían perdido su apariencia de certeza irrefutable. Acababa por discutir consigo mismo la necesidad de la autoridad y de una Jerarquía social.

Los hechos debían encargarse de ofrecerle nuevas razones a favor de la afirmativa, probándole que existen, entre los hombres como entre los animales, verdaderas fieras cuyos peligrosos instintos hay que yugular. Capaces de todo por satisfacer la pasión que los domina, semejantes seres sembrarían, en efecto, la desolación y la muerte a su alrededor sin la ley que les grita: ¡Alto!

Y precisamente, un drama de este tipo, drama ciertamente punzante porque su motivo era el hambre, esa necesidad primordial de todo organismo viviente, se desarrollaba entonces en la casa ocupada por Patterson en compañía de Long y Blaker, este pobre diablo dotado por la irónica naturaleza de ese insaciable apetito que en patología se cataloga bajo el nombre de bulimia.

Como todo el mundo, Blaker, en el momento de la distribución había recibido su ración de víveres, pero a causa de su enfermiza voracidad, aquella parte prevista para cuatro meses, había sido consumida en menos de dos. Desde entonces, como en el pasado, y más aún que en el pasado, conocía las torturas del hambre.

Sin duda, si hubiese sido de naturaleza menos tímida, hubiera encontrado sin esfuerzo un remedio a los sufrimientos. Hubiera bastado una palabra de Hartlepool o al Kaw-djer para que se le distribuyera un suplemento de alimentos. Pero Blaker, poco desarrollado intelectualmente, estaba muy lejos de pensar en una gestión tan audaz. Situado desde su nacimiento en lo más bajo de la escala social, su desgracia había dejado de asombrarle hacía ya mucho tiempo, y sólo conocía esa resignada pasividad que es el último recurso de los miserables. Poco a poco, había tomado el hábito de obedecer, como una brizna impalpable, a unas fuerzas irresistibles cuya naturaleza no intentaba siquiera imaginar, y por esa razón no había concebido jamás la loca esperanza de modificar de alguna manera la distribución de víveres, que suponía ordenada por una de esas fuerzas superiores.

Antes que quejarse, hubiera muerto de inanición si Patterson no hubiese venido en su auxilio.

El irlandés se había dado cuenta de la rapidez con que su compañero consumía los alimentos puestos a su disposición, y esa observación le había hecho incluso entrever la posibilidad de una ventajosa operación. Mientras Blaker devoraba, Patterson, por el contrario, se racionaba. Llevando a los últimos limites sus instintos de sórdida avaricia, apenas se alimentó, privándose de lo necesario y llegando a recoger sin vergüenza los restos despreciados por los demás.

Llegó el día en que Blaker ya no tuvo qué comer. Era el momento que esperaba Patterson. Bajo el pretexto de prestarle servicio, propuso a su compañero cederle, discutiendo antes el precio, una parte de sus provisiones. Trato aceptado con entusiasmo, y tan pronto llevado a cabo como concluido, se repitió hasta el infinito mientras el comprador tuvo dinero, pues el vendedor iba arguyendo la escasez creciente de víveres para aumentar gradualmente sus precios. Pero, vaciados los bolsillos de Blaker, Patterson cambió de tono. Cerró el negocio sin ningún pudor, sin prestar la más mínima atención a las miradas desesperadas del desgraciado, al que condenaba así a morir de hambre.

Considerando su desgracia como una nueva secuencia de la fuerza de las cosas, continuó, como antes, sin quejarse. Desplomado en un rincón, comprimiendo con las dos manos su torturado estómago, dejó correr las horas inmóvil, traicionando sus crueles sensaciones sólo por los estremecimientos de su rostro. Patterson lo miraba fríamente. ¿Qué importaba que sufriera, qué importaba que muriese un hombre que ya no poseía nada?

El dolor venció por fin la resignación del paciente. Tras cuarenta y ocho horas de suplicio, salió tambaleándose, erró por el campamento, desapareció...

Una noche, volviendo el Kaw-djer hacia su choza, tropezó con un cuerpo tendido. Se inclinó y sacudió al durmiente, que sólo respondió con un gemido. El durmiente era un enfermo. Tras haberlo reanimado con algunas gotas de cordial, el Kaw-djer le interrogó:

-¿Qué le pasa? -le preguntó.

-Tengo hambre -respondió Blaker, con un hilo de voz.

El Kaw-djer se asombró.

-¡Hambre! -repitió. ¿No ha recibido su parte de víveres como todo el mundo?

Blaker, entonces, con frases entrecortadas le explicó brevemente su triste historia. Le contó su enfermedad y la morbosa necesidad de comer que era su consecuencia; cómo, agotadas sus provisiones, había vivido comprando las de Patterson; y finalmente, cómo éste le había dejado agonizar desde hacía tres días.

El Kaw-djer escuchaba estupefacto aquel increíble relato. Había, pues, un hombre que tenía el valor de dedicarse a aquel espantoso negocio, un hombre que, a pesar de todos los dramas y de todos los cataclismos, había conservado intacta tan espantosa avidez. Mercader ladrón que había mentido con tal de poder ceder a cambio de especies lo que otros le hubieran dado, mercader desvergonzado que había vendido sin piedad la vida a su semejante.

El Kaw-djer guardó para sí sus reflexiones. Fuera cual fuese la infamia del culpable, más valía dejarla impune antes que crear, revelándola, otra causa suplementaria de discordia. Se contentó con hacer entregar nuevas provisiones a Blaker, asegurándole que se le entregarían tantas como necesitase en el futuro.

Pero el nombre de Patterson quedó grabado en su memoria, y el individuo que lo llevaba se erigió ante él en prototipo de todo aquello que el alma humana puede contener de más abyecto. Así, no se sorprendió cuando, tres días más tarde, Halg pronunció aquel mismo nombre a propósito de otra historia, casi tan repugnante como la primera.

El joven volvía de su visita cotidiana a Graziella. En cuanto vio al Kaw-djer, corrió a su encuentro.

-Ya sé -dijo sin tomar respiro- quién procura el alcohol a Ceroni.

-¡Por fin! -dijo el Kaw-djer con satisfacción. ¿Quién es?

-Patterson.

-¡Patterson!

-El mismo - afirmó Halg -. Hace un momento he visto cómo le entregaba ron. Ahora me explico por qué son los dos tan buenos amigos.

-¿Estás seguro de no equivocarte? -insistió el Kaw-djer.

Completamente. Lo más curioso es que Patterson no da su mercancía. La vende, y además bastante cara. He oído su discusión. Ceroni se quejaba. Decía que todos sus ahorros habían pasado al bolsillo de Patterson y que ya no le quedaba nada. El otro no respondía, pero desde el momento en que vio que iba a ser gratis, pareció poco dispuesto a continuar.

Halg se interrumpió un momento; luego exclamó con cólera:

-Si Ceroni no tiene más dinero, será capaz de todo. ¿Qué será de su mujer y de su hija?

-Ya lo pensaremos respondió el Kaw-djer. Y, tras una pausa: Ya que hemos empezado a tocar este tema -dijo con tono de afectuoso reproche­ lleguemos hasta el final. Aunque nunca he querido hablarte de ello, no ignoro cuáles son tus sueños ¿Adónde te llevarán, hijo mío?

Halg, con los ojos bajos, guardó silencio. El Kaw-djer continuó:

-Dentro de poco, tal vez dentro de un mes, toda esta gente desaparecerá de nuestra vida. Y Graziella como los demás.

-¿Por qué no podría quedarse con nosotros? -objetó el joven fueguino levantando la cabeza.

-¿Y su madre?

-Su madre también, naturalmente.

-¿Crees que consentirá en abandonar a su marido? -objetó el Kaw-djer.

Halg hizo un gesto violento.

-¡Tendrá que consentir! -afirmó sordamente.

El Kaw-djer movió la cabeza con aire de duda.

-Graziella me ayudará a persuadirla. Ella ya ha tomado partido. Está decidida a quedarse aquí si usted se lo permite. No sólo está cansada de la mala vida que le da su padre, sino que también teme a otros emigrantes.

-¿Miedo? -repitió sorprendido el Kaw-djer.

-Sí. En primer lugar, de Patterson. Hace un mes que ronda a su alrededor, y si ha vendido ron a Ceroni, ha sido para que éste entre en su juego. Desde hace algunos días, hay otro, un tal Sirk, uno de la cuadrilla de Dorick. Es el más peligroso de todos.

-¿Qué ha hecho?

-Graziella no puede salir sin encontrárselo. Él la ha abordado y le ha hablado groseramente. Ella lo ha rechazado, y Sirk la ha amenazado. Es un hombre peligroso. Graziella tiene miedo. Por suerte, ¡estoy yo!

El Kaw-djer sonrió ante esta explosión de juvenil vanidad. Con un gesto, calmó a su pupilo.

-Cálmate, Halg, cálmate. Esperemos el día de la partida y ya veremos entonces qué pasa. Hasta entonces te recomiendo sangre fría. La cólera no sólo es inútil, sino también perjudicial. Recuerda que la violencia jamás ha producido nada bueno, y que en ningún caso es excusable recurrir a ella, como no sea para defenderse.

Las preocupaciones del Kaw-djer crecieron con aquella conversación. Además del disgusto de ver a Halg metido en aquella penosa aventura, comprendía que la intervención de rivales iba a complicar aún más las cosas, excitando los celos del que había sido el primero y provocando tal vez lamentables escenas.

Respecto al asunto del alcohol, el descubrimiento de Halg sólo había desplazado la dificultad sin resolverla. Se había descubierto al proveedor de Ceroni. Pero ¿dónde se procuraba aquel proveedor el, alcohol que vendía? Patterson, cuya abominable naturaleza ya conocía, ¿poseía en algún sitio un stock en reserva? Era poco probable. Admitiendo que hubiera logrado embarcar una mercancía prohibida a la salida, a pesar de la severidad de los reglamentos y de la vigilancia del capitán Leccar, ¿adónde la podía haber escondido tras el naufragio? No, tenia que haberla tomado del cargamento del Jonathan. Pero ¿cómo, si estaba vigilada día y noche? La dificultad seguía siendo la misma, ya fuera Ceroni o Patterson el ladrón.

Los días siguientes no aportaron la solución al problema. Lo único que fue posible comprobar fue que Ceroni seguía emborrachándose como antes.

Pasó el tiempo. Llegó el quince de setiembre. Las reparaciones de la Wel-Kiej terminaron en esa fecha La chalupa estaba ya en buenas condiciones en el momento en que el mar iba a ser de nuevo practicable.

La creciente duración de los días anunciaba el equinoccio de primavera. Dentro de una semana el invierno habría terminado ya.

Sin embargo, antes de ceder su puesto, la inclemente estación dio un giro ofensivo. Durante ocho días, un huracán más violento que los precedentes aulló sobre la isla Hoste, obligando a los emigrantes a cobijarse una vez más. Luego volvió el buen tiempo, y pronto la naturaleza adormilada comenzó a despertar.

A principios de octubre, el campamento recibió la visita de algunos fueguinos. Estos indígenas se sorprendieron mucho de encontrar la isla Hoste habitada por tan numerosa población. El naufragio del Jonathan, ocurrido a principios del período invernal, no había llegado a conocimiento de los indios del archipiélago. No había duda de que la noticia, de ahora en adelante, se extendería rápidamente.

Los emigrantes sólo tuvieron motivos para congratularse por sus relaciones con aquellas familias de pecherés. Por el contrario, no parece tan claro que éstos pudieran decir lo mismo. Hubo, en muy pequeño número, ciertamente, unos «civilizados», como los hermanos Moore, por ejemplo, que creyeron su deber afirmarla superioridad que se atribuían a sí mismos mostrándose brutales y groseros hacia aquellos «salvajes» inofensivos. Uno de ellos fue aún más lejos y llevó su codicia al extremo de que las miserables riquezas de aquella horda vagabunda le tentaran. El Kaw-djer, atraído por los gritos de socorro, tuvo un día que acudir en auxilio de una joven fueguina que estaba siendo maltratada por aquel mismo Sirk cuyo nombre había pronunciado Halg. El cobarde individuo trataba de apoderarse de los aros de cobre que adornaban las muñecas de la muchacha y que él creía que eran de oro. Rudamente castigado, se retiró con el insulto en la boca. Era, a fin de cuentas, el segundo emigrante que se declaraba abiertamente enemigo del Kaw-djer.

Este había visto llegar a sus amigos los fueguinos con gran placer. Encontraba en ellos su clientela, y en su solicitud y en sus testimonios de gratitud se veía qué afección, incluso qué adoración les rendía a sus pies. Un día -era entonces el quince de octubre - Harry Rhodes no pudo ocultarle cuánto le conmovía la conducta de aquella pobre gente.

-Comprendo -le dijo- que esté tan apegado a este país donde lleva a cabo una obra tan humana, y que tenga prisa por volver entre estas tribus. Es usted un dios para ellos.

-¿Un dios? -interrumpió el Kaw-djer. ¿Por Dios? Basta con ser un hombre para hacer bien.

Harry Rhodes, sin insistir, se limitó a responder:

-Sea, ya que esa palabra le irrita. Diré, pues, para expresar de otro modo mi pensamiento, que sólo de usted dependía ser rey de la Tierra de Magallanes en los tiempos en que ésta era independiente.

-Los hombres, incluso, si se trata de salvajes, no necesitan de un jefe replicó el Kaw-djer. Además, los fueguinos ya tienen uno ahora...

El Kaw-djer había pronunciado estas últimas palabras casi en voz baja. Parecía más preocupado que de costumbre. Las pocas palabras intercambiadas le recordaban cuál sería la incertidumbre de su destino el día cercano en que tuviera que separarse de aquella honrada familia que había despertado en él el instinto de sociabilidad tan natural en el hombre. Sentiría una profunda pena de abandonar a aquella mujer tan entregada, cuya caritativa bondad había podido apreciar; a su marido, de carácter tan sincero y tan recto, que había llegado a ser un amigo para él; a los dos hijos, Edward y Clary, con los que se sentía tan unido. La familia Rhodes sentiría aquella pena con igual intensidad. El deseo de todos hubiera sido que el Kaw-djer consintiera en seguirlos hasta la colonia africana, donde sería apreciado, amado y honrado como en la isla Hoste. Pero Harry Rhodes no esperaba convencerlo. Comprendía qué existían graves motivos para que un hombre así hubiera roto con la .humanidad, y aún se le escapaba el sentido de aquella extraña y misteriosa existencia.

-¡Ya ha acabado el invierno! -dijo la señora Rhodes abordando otro tema- Y realmente, no ha sido demasiado riguroso.

-Y comprobamos -añadió Harry Rhodes dirigiéndose al Kaw-djer- que el clima de esta región es realmente tal como había afirmado nuestro amigo. También varios de nosotros sentirán algún pesar en abandonar la isla Hoste.

-Entonces no la abandonemos -exclamó el joven Edward- y fundemos una colonia en tierra magallánica.

-¡Bueno! -respondió sonriendo Harry Rhodes. ¿Y nuestra concesión en río Orange? ¿Y nuestros compromisos con la Sociedad de colonización...? ¿Y el contrato con el Gobierno portugués...?

-En efecto -aprobó el Kaw-djer, con un tono algo irónico-, está el Gobierno portugués... Aquí, además, sería el Gobierno chileno. Da igual uno que otro.

-Nueve meses antes... comenzó Harry Rhodes.

-Nueve meses antes -interrumpió el Kaw-djer­ hubiesen abordado una tierra libre, a la que un maldito tratado ha robado su independencia.

El Kaw-djer, con los brazos cruzados y la cabeza erguida, dirigía sus miradas en dirección este, como si hubiera esperado ver aparecer, viniendo del océano Pacífico y bordeando la punta de la península Hardy, el navío prometido por el gobernador de Punta Arenas.

Había llegado el momento acordado. Iba a comentar la segunda quincena de octubre. El mar, sin embargo, continuaba desierto.

Los náufragos comenzaban a concebir, a causa de aquel retraso, inquietudes bastante justificadas. Ciertamente, no les faltaba nada. Faltaba aún mucho para que las reservas del cargamento se agotaran; durarían todavía largos meses. Pero no habían llegado a su destino y no pensaban resignarse a una segunda invernada, y algunos ya hablaban de volver a enviar la chalupa a Punta Arenas.

Mientras el Kaw-djer se perdía en sus tristes pensamientos, Lewis Dorick y una decena de sus compañeros habituales pasaron por allí haciendo ruido y provocando, a la vuelta de una excursión por el interior de la isla. Jamás habían ocultado los malos pensamientos que les inspiraban aquella familia Rhodes tan justamente respetada en aquel pequeño mundo y aquel Kaw-djer cuya influencia no podía negarse. Harry Rhodes, además, lo sabía, y el Kaw­djer no lo ignoraba.

-He aquí gente - dijo el primero- que dejaría sin pesar. No se puede esperar nada bueno por su parte. Serán causa de problemas en nuestra nueva colonia. No quieren admitir ninguna autoridad y solo sueñan con el desorden... Como si no se impusiera en todos los grupos humanos orden y autoridad.

El Kaw-djer no respondió, bien porque no hubiese oído - tanto le absorbían sus pensamientos-, bien porque no quisiera responder.

Así, la conversación giraba sin querer en torno al mismo círculo, y derivaba siempre hacia cuestiones sociales sobre las que era imposible llegar a un acuerdo.

Harry Rhodes, advirtiendo el silencio del Kaw­djer, sentía haber abordado tan torpemente el tema, cuando Hartlepool entró en la tienda e hizo desviar la conversación.

-Quisiera hablarle, señor -dijo dirigiéndose al Kaw-djer.

-Le dejamos... -comenzó Harry Rhodes.

-Es igual... -interrumpió el Kaw-djer, quien girándose hacia el contramaestre, añadió: ¿Qué tiene que decirme Hartlepool?

-Tengo que decirle -respondió éste- que ya sé a qué atenerme en lo que al tema del alcohol se refiere.

-Entonces, el que se vende a Ceroni, ¿es el del Jonathan?

-Sí

-Por consiguiente, ¿hay culpables?

-Dos: Kennedy y Sirdey.

-¿Tiene la prueba?

-Irrefutable.

-¿Qué prueba?

-Ésta. Desde el día en que me habló de Patterson, he desconfiado. Ceroni es incapaz de concebir una idea por sí solo, pero Patterson es astuto. Así pues, he hecho vigilar a ese prójimo...

-¿Por quién? -interrumpió frunciendo el ceño el Kaw-djer, que sentía repugnancia por el espionaje.

-Por los grumetes -respondió Hartlepool - No son nada tontos, y han descubierto el pastel. Ayer pescaron a Kennedy en flagrante delito, y esta mañana a Sirdey, en el momento en que, aprovechando la distracción de su compañero de guardia, vaciaban una roldana de ron en la bota de Patterson.

El recuerdo del martirio de Tullia y Graziella, la constante presencia de Halg en su pensamiento hicieron por un momento que el Kaw-djer olvidase sus doctrinas libertarias.

-Son unos traidores -dijo -. Hay que castigarlos.

-Esa es también mi opinión -aprobó Hartlepool, y es por esto que he venido a buscarle.

-¿A mí? ¿Por qué no hacer lo que sea necesario usted mismo?

Hartlepool sacudió la cabeza, como un hombre que tiene las cosas muy claras.

-Desde la pérdida del Jonathan, no tengo más autoridad que la que me quieran reconocer -explicó-. Estos no me escucharían.

-¿Y por qué me iban a escuchar a mí?

-Porque le temen.

Esta respuesta impresionó al Kaw-djer. ¿Alguien, pues, le temía? Sólo podía ser a causa de su fuerza superior. Siempre el mismo motivo: la fuerza como base de las primeras relaciones sociales.

-Ya voy -dijo sombríamente.

Se dirigió en línea recta hacia la tienda en la que se guardaba el cargamento del Jonathan. Kennedy comenzaba precisamente su turno de guardia.

-Ha traicionado la confianza que se tenía en usted... -dijo severamente el Kaw-djer.

-Pero, señor... -balbuceó Kennedy.

-La ha traicionado -afirmó el Kaw-djer fríamente-. A partir de este instante, Sirdey y usted ya no forman parte de la tripulación del Jonathan.

-Pero... -quiso todavía protestar Kennedy.

-Espero que no se lo hará repetir.

-Está bien, señor, está bien... -farfulló Kennedy, quitándose humildemente su boina.

En aquel momento, una voz preguntó por detrás de Kaw-djer.

-¿Con qué derecho da usted órdenes a este hombre?

El Kaw-djer se giró y vio a Lewis Dorick, quien, en compañía de Fred Moore había asistido a la orden dictada contra Kennedy.

-¿Y con qué derecho me interroga usted? -respondió altaneramente.

Viéndose apoyado, Kennedy se había vuelto a poner su boina. Reía con insolencia.

-Pues si no lo tengo, me lo tomo -replicó Lewis Dorick. No valdría la pena vivir en una isla Hoste para obedecer a un jefe.

¡Un jefe! ¡Existía alguien para acusar al Kaw-djer de actuar como un jefe!

-¡Eh! Es la costumbre del señor -intervino Fred Moore, pronunciando esta última palabra con énfasis. El señor no es como los demás, sin duda. Él manda, él decide. ¿El señor es el emperador, tal vez?

El círculo se cerraba en torno al Kaw-djer.

-Este hombre no está obligado a obedecer a nadie -dijo Dorick con un tono áspero-. Si quiere ocupará de nuevo su sitio entre la tripulación.

El Kaw-djer guardó silencio, pero, al dar sus adversarios un paso adelante, cerró los puños.

¿Iba, pues, a verse obligado a defenderse por la fuerza? Indudablemente, no temía a semejantes enemigos. Eran tres. Podían haber sido diez. Pero ¡qué vergüenza que un ser pensante se viera obligado a emplear los mismos argumentos que un bruto!

El Kaw-djer no tuvo que caer en aquel extremo. Harry Rhodes y Hartlepool le habían seguido, dispuestos a correr en su ayuda. Aparecieron a lo lejos. Dorick, Moore y Kennedy emprendieron la retirada.

El Kaw-djer los seguía con una mirada triste, cuando unas vociferaciones estallaron a orillas del río. Se dirigió en aquella dirección con sus dos compañeros. No tardaron en distinguir a un grupo numeroso, de donde provenían los gritos que habían llamado su atención. Casi todos los emigrantes parecían haberse reunido en el mismo punto formando una apretada multitud que ondulaba en apretados remolinos. Por encima de la multitud, se veían los puños levantados en gesto de amenaza. ¿Cual podía ser la causa de aquella agitación que se parecía tanto a un motín?

No existía, o por lo menos, la causa inicial de tal insignificancia y se remontaba tan lejos, que ninguno de los beligerantes hubiera sido capaz de explicarla.

Aquello había comenzado seis semanas antes a propósito de un objeto doméstico que una mujer pretendía haber prestado a otra, quien, a su vez, sostenía haberlo devuelto. ¿Quién tenía razón? Nadie lo sabía. Por a o por be, las dos mujeres habían acabado insultándose a cual más, hasta quedar sin aliento. Tres días más tarde, la disputa se había reanudado, agravándose, pues esta vez, los maridos habían tomado parte en ella. Además, la causa original del litigio ya no importaba. Se había olvidado completamente el origen de la animosidad, pero la animosidad subsistía. Para serle fiel, por simple necesidad de hacer daño, los cuatro adversarios se habían reprochado todas las abominaciones de la tierra, acusándose recíprocamente de gran número de malas acciones, a veces imaginarias, que hacían resurgir de las sombras del pasado. Cuanto más cruel era una invención, más orgulloso se mostraba su autor, y cada uno se enorgullecía del mal que hacía a los otros. La fórmula « ¡Bueno!, ¿y yo qué? ¿Han visto cuanto le he dicho...?», debía reaparecer a menudo en sus conversaciones ulteriores.

Otras veces, la escaramuza no habría llegado más lejos, pero luego las lenguas no se quedaron quietas. Junto a sus respectivos amigos, los dos partidos se habían dedicado a denigrarse en toda regla, pasando, según una escala progresiva, de los juicios despreciativos y las insinuaciones, a la maledicencia y las calumnias. Aquellas habladurías, repetidas complacientemente a oídos de los interesados, habían desencadenado la tempestad. Los hombres habían llegado a las manos y uno de ellos había perdido. Al día siguiente, el hijo del vencido había pretendido vengar a su padre, y el resultado había sido una batalla mas seria que la precedente, al no poder resistir la tentación de intervenir en la riña los de las dos casas en que vivían los combatientes.

Declarada así la guerra, los dos grupos hacían una activa propaganda reclutando cada uno partidarios. Ahora, la mayoría de los emigrantes se encontraba dividida en dos bandos. Pero, a medida que los ejércitos se hacían más numerosos, el debate había aumentado en amplitud. Nadie recordaba ya el origen del litigio. En aquel momento, se discutía el destino que convendría adoptar cuando embarcaran en el buque de la repatriación. ¿Continuarían viajando hacia África? ¿No sería mejor, por el contrario, volver a América? Tal era, a partir de ahora, el tema de la disputa. ¿Por qué camino sinuoso se había llegado, partiendo de un vulgar objeto doméstico, a debatir aquella grave cuestión? Era un misterio impenetrable. Además, existía la convicción de no haber jamás discutido otra cosa, y las dos tesis presentes eran defendidas con igual pasión. Sé encontraban, se despedían, después de tirarse por la cabeza, a modo de proyectiles, argumentos a favor y en contra, mientras que los cinco japoneses, unidos en un pacífico grupo a algunos metros del zumbido de la multitud, miraban con asombro a sus enfebrecidos compañeros.

Ferdinand Beauval, plenamente satisfecho de sentirse en su elemento, intentaba en vano hacerse oír. Iba del uno al otro, se multiplicaba inútilmente. No le escuchaban. Además, nadie escuchaba a nadie. Todo quedaba en altercados particulares, cada murmullo parcial fundiéndose en una armonía general cuya tonalidad subía por momentos. La tempestad no estaba lejos. Los rayos iban a caer. El primero en golpear desencadenaría ipso facto todos los puños, y la escena amenazaba con acabar en un pugilato general.

Como una pequeña lluvia apacigua algunas veces un vendaval -así lo dice el proverbio-, basta un solo hombre para calmar esa exasperación un poco superficial. Aquel hombre, uno de los emigrantes que habían emprendido la caza de lobos marinos, corría con toda la velocidad de sus piernas hacia la multitud en ebullición. Y sin dejar de correr y haciendo grandes gestos para llamar la atención.

-¡Un barco! -gritaba con todas sus fuerzas -¡Barco a la vista!

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