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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Segunda parte
Indicador En tierra
Indicador Mi primera ley
Indicador En la bahía de Scotchwell
Indicador El invierno
Indicador Barco a la vista
Indicador Libres
Indicador La primera infancia de...
Indicador Halg y Sirk
Indicador El segundo invierno
Indicador Sangre
Indicador Un jefe
Tercera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)

Los náufragos del “Jonathan”
Segunda parte - Capítulo I
En tierra

Incluso en esta región tan atormentada, la isla Hoste destaca por la fantasía de su plano. Aun cuando la costa septentrional, que en la mitad de su extensión corre a lo largo del canal de Beagle, es sensiblemente rectilínea, el litoral del resto de su perímetro está erizado de cabos agudos o hendido por golfos estrechos, algunos de los cuales son tan profundos que casi atraviesan la isla de punta a punta.

La isla Hoste es uno de los territorios grandes del archipiélago magallánico. Puede calcularse que su anchura es de unos cincuenta kilómetros y su longitud de más de cien, y esto sin contar con la península Hardy, curvada como una cimitarra, que proyecta a ocho o diez leguas al suroeste la punta conocida con el nombre de Falso Cabo de Hornos.

El Jonathan había quedado varado al este de dicha península, al abrigo de una enorme masa granítica que separa la bahía Orange de la bahía Scotchwell.

Al amanecer, un acantilado salvaje apareció entre las brumas del alba, que no tardaron en ser disipadas por los últimos soplos de la tempestad que iba desvaneciéndose. El Jonathan yacía al extremo de un promontorio cuya arista, formada por un morro a pico sobre el mar, se unía al esqueleto de la península por una cumbre elevada. Al pie del morro se extendía un lecho de rocas negruzcas, viscosas por los varecs y los fucos. Aquí y allá entre los arrecifes una arena lisa brillaba, aún húmeda, prodigiosamente constelada con infinidad de esos crustáceos tan abundantes en las playas magallánicas: terebrátulas, fisurelas, lepadas, tritones, peines, unicornios, quitones, mactras, venus. En resumen, la isla Hoste no parecía a primera vista una de las más acogedoras.

En cuanto la luz les permitió divisar la mayor parte de los náufragos, se dejaron deslizar por los arrecifes, entonces casi totalmente al descubierto, y se apresuraron a alcanzar tierra firme. Pretender retenerlos hubiera sido una locura. Puede uno imaginarse fácilmente, después de las angustias de semejante noche, qué prisa llevaban por pisar tierra firme. Un centenar de ellos se dedicaron a escalar el morro atacándolo por la cara opuesta, con la esperanza de descubrir desde la cima una extensión más amplia del país. En cuanto al resto de la multitud, parte de ella se alejó bordeando la orilla, dando la vuelta a la punta sur, otra siguió la orilla norte, mientras que la mayoría permaneció en la playa, contemplando absorta el Jonathan encallado.

Sin embargo, algunos emigrantes, más inteligentes o menos impulsivos que los demás, se habían quedado a bordo y, como si esperaran una orden de aquel desconocido cuya intervención ya les había resultado tan beneficiosa, miraban fijamente al Kaw-djer. Al no mostrar éste la más mínima intención de interrumpir la conversación que mantenía con el contramaestre, uno de los emigrantes se separó por fin de un grupo de cuatro personas, entre las cuales figuraban dos mujeres, y se dirigió hacia los interlocutores. Fácil era reconocer por la expresión de su cara, por su aspecto, por mil signos impalpables, que este hombre, de unos cincuenta años de edad, pertenecía a una clase superior al medio que circunstancialmente era el suyo.

-Permítame, señor -dijo, acercándose al Kaw-djer-, que le dé las gracias. Nos ha librado usted de una muerte segura. Sin usted y sus compañeros, estábamos inevitablemente perdidos.

Los rasgos, la voz, el ademán de aquel pasajero hablaban de su honradez y de su rectitud. El Kaw-djer estrechó con cordialidad la mano que se le tendía. Después, utilizando la lengua inglesa en que le era dirigida la palabra:

-Nos alegramos profundamente, mi amigo Karroly y yo -respondió-, de que nuestra experiencia de estos parajes nos haya permitido evitar tan espantosa catástrofe.

-Permita que me presente. Soy emigrante y me llamo Harry Rhodes. Llevo conmigo a mi mujer, a mi hija y a mi hijo -prosiguió el pasajero, señalando a las tres personas de las que se había separado para acercarse al Kaw-djer.

-Mi compañero -dijo a su vez el Kaw-djer-, es el práctico Karroly, y éste es Halg, su hijo. Como puede ver, son fueguinos.

-¿Y usted? -preguntó Harry Rhodes.

-Soy un amigo de los indios. El nombre que ellos me han dado es el Kaw-djer y ya no recuerdo otro.

Harry Rhodes miró extrañado a su interlocutor, que con actitud tranquila y fría soportó aquel escudriñamiento. Sin insistir, preguntó:

-¿Cuál es su parecer sobre lo que debemos hacer?

-Precisamente el señor Hartlepool y yo hablábamos de ello -respondió el Kaw-djer-. Todo depende del estado del Jonathan. A decir verdad, no me hago grandes ilusiones al respecto. Sin embargo, es imprescindible examinarlo antes de decidir nada.

-¿En qué parte de la Tierra de Magallanes estamos encallados? -preguntó Harry Rhodes.

-En la costa sureste de la isla Hoste.

-¿Cerca del estrecho de Magallanes?

-No, todo lo contrario, muy lejos.

-¡Diablos...! -exclamó Harry Rhodes.

-Por eso, le repito que todo depende del estado del Jonathan. En primer lugar, hay que examinarlo, después podremos tomar una decisión.

Seguido por el contramaestre Hartlepool, por Harry Rhodes, Halg y Karroly, el Kaw-djer descendió a los arrecifes y juntos dieron una vuelta alrededor del clipper.

Muy pronto se percataron de que el Jonathan debía ser considerado como absolutamente perdido. El casco estaba reventado por veinte puntos, rajado en casi toda la longitud del costado de estribor. Tratándose de un buque de hierro, aquellas averías eran todas particularmente irreparables. Debían, pues renunciar a toda esperanza de ponerlo a flote y por consiguiente abandonarlo al mar que no tardaría mucho en terminar la demolición.

-A mi modo de ver -dijo entonces el Kaw-djer-, convendría desembarcar el cargamento y ponerlo en lugar seguro. Mientras tanto, repararíamos nuestra chalupa, que sufrió serias averías cuando la varadura. Concluidas las reparaciones, Karroly podría llevar a Punta Arenas a uno de los emigrantes, para dar a conocer el siniestro al gobernador. No cabe duda de que aquél hará todo cuanto esté en su mano para repatriarles.

-Me parece lo más sensato que se puede decir y pensar -asintió Harry Rhodes.

-Creo -prosiguió el Kaw-djer-, que sería oportuno comunicar este plan a todos sus compañeros. Y para eso, sería necesario reunirlos en la playa, si usted no tiene inconveniente.

Tuvieron que esperar largo tiempo el regreso de los diversos grupos que se habían alejado más o menos en direcciones opuestas. Antes de las nueve de la mañana, sin embargo, el hambre hizo que todos los emigrantes se reunieran frente al navío encallado. Subiendo a una peña, a modo de tribuna, Harry Rhodes transmitió a sus compañeros la propuesta del Kaw-djer.

El éxito que ésta obtuvo no fue en absoluto unánime. Algunos oyentes parecieron poco satisfechos. Se oyeron palabras descorteses.

-¡Descargar ahora un navío de tres mil toneladas...! ¡Sólo nos faltaba eso! -mascullaba uno.

-Pero ¿por quién nos toman? -refunfuñaba otro.

-¡Como si no hubiésemos trabajado ya bastante! -decía un tercero en sordina.

De la muchedumbre se elevó por fin con nitidez una voz:

-Pido la palabra -articulaba, en inglés incorrecto.

-Suya es -consintió Harry Rhodes sin conocer siquiera el nombre del que le interrumpía, y bajó en el acto de su pedestal.

Fue reemplazado enseguida por un hombre en la plenitud de sus facultades físicas. Su rostro, de rasgos bastante hermosos, que iluminaban unos ojos azules algo ensoñadores, aparecía realzado por una tupida barba castaña. El propietario de esta magnífica barba parecía vanagloriarse de ella, pues acariciaba amorosamente sus pelos largos y sedosos, con una mano cuya blancura no había sido alterada por ningún trabajo arrastrado.

-Compañeros -pronunció aquel personaje, yendo y viniendo por la peña igual que Cicerón debía ir y venir antaño por la rostra1, la sorpresa que varios de vosotros habéis manifestado es de lo más natural. En efecto, ¿qué se nos propone? Permanecer un tiempo indeterminado en esta costa inhóspita y trabajar estúpidamente en el rescate de un material que no es nuestro. ¿Por qué íbamos a esperar aquí el regreso de la chalupa, cuando puede ser utilizada para transportarnos hasta Punta Arenas, unos después de otros?

Entre los oyentes corrieron voces: « Tiene razón » « ¡Es evidente! »

Mientras que, de entre la multitud, el Kaw-djer replicó:

-La Wel-Kiej está a vuestra disposición, por descontado. Pero harán falta diez años para transportar a todo el mundo a Punta Arenas.

-¡De acuerdo! -concedió el orador-. Quedémonos, pues, aquí esperando su regreso. Eso no es motivo suficiente para descargar el material a costa de la fatiga de nuestros brazos. Que retiremos del navío los objetos de nuestra propiedad personal, ¡me parece muy bien!, pero ¡en cuanto a lo demás...! ¿Acaso debemos algo a la Sociedad a la que pertenece todo eso? Todo lo contrario, ella es la responsable de nuestras desgracias. De no haber dado pruebas de su mucha avaricia, si su barco hubiera sido mejor capitaneado, no nos veríamos ahora como nos vemos. Y además, aunque no fuera así, ¿olvidaríamos por ello que formamos parte de la innumerable clase de los explotados para transformarnos benévolamente en bestias de carga de los explotadores?

Pareció que se apreciaba el argumento. Una voz dijo: « ¡Bravo...!» Hubo risotadas.

Sintiéndose así animado, el orador prosiguió con nuevo ardor:

-A nosotros los trabajadores claro que nos explotan -y el orador, diciendo esto, se golpeaba el pecho con energía-, a nosotros que no hemos podido, ni siquiera al precio de un trabajo esforzado, ganar en las tierras que nos han visto nacer el pan empapado por nuestro sudor. Idiotas seríamos ahora si cargásemos nuestras espaldas con toda esa chatarra fabricada por obreros como nosotros y que, sin embargo, no deja de ser propiedad del capitalismo opresor, cuyo inconmensurable egoísmo nos ha obligado a abandonar a nuestras familias y nuestras patrias.

Aunque la mayor parte de los emigrantes escuchaban con aire asombrado aquella perorata pronunciada en un inglés viciado por un fuerte acento extranjero, algunos parecían vacilar. Un corrillo reunido al pie de la improvisada tribuna daba claras muestras de aprobación.

Fue otra vez el Kaw-djer quien volvió a poner las cosas en su sitio.

-Ignoro a quién pertenece el cargamento del Jonathan -dijo con calma-, pero mi experiencia de país me autoriza a asegurarles que podrá, puntualmente, serles útil. Ante la ignorancia en que todos nos encontramos acerca del porvenir, sería razonable, en mi opinión, no abandonarlo.

Como el precedente orador no manifestó ninguna intención de replicar, Harry Rhodes trepó de nuevo a la peña y sometió a votación la propuesta del Kaw-djer. Se adoptó a mano alzada sin más oposición.

-El Kaw-djer pregunta -añadió Harry Rhodes, transmitiendo una pregunta que le acababan de formular a él mismo-, si no habría entre nosotros carpinteros dispuestos a ayudarle a reparar su chalupa.

-¡Presente! -dijo un hombre de aspecto fuerte que levantó el brazo por encima de las cabezas.

-¡Presente! -respondieron casi a la vez otros dos emigrantes.

-El primero que ha hablado es Smith -dijo Hartlepool al Kaw-djer-, un obrero contratado por la Compañía. Es un buen hombre. A los otros dos no los conozco. Sólo sé que uno se llama Hobard.

-¿Y al orador, le conoce?

-Es un emigrante, un francés, creo. Me dijeron que se llamaba Beauval, pero no estoy seguro.

El contramaestre no se equivocaba. Tales eran el nombre y la nacionalidad del orador, cuya historia bastante movida puede resumirse, sin embargo, en pocas líneas.

Ferdinand Beauval empezó siendo abogado y quizá hubiera tenido éxito en esta profesión, puesto que no carecía de inteligencia ni de talento, si no hubiera tenido la desgracia de que le picase, al principio de su carrera, la tarántula política. Con la prisa de realizar una ambición a la vez ardiente y confusa, se había comprometido con los partidos más avanzados y no tardó en abandonar la curia por las reuniones públicas. Habría conseguido sin duda salir elegido diputado como otro cualquiera de haber sabido esperar algún tiempo. Pero sus modestos recursos se agotaron antes de que el éxito coronara sus esfuerzos. Reducido a vivir de expedientes, se había comprometido entonces en asuntos dudosos y de ese día databa para él el hundimiento que, caída en caída, le hizo rodar hasta la escasez, después hasta la miseria, obligándole por fin a buscar mejor fortuna por tierras de la libre América.

Pero en América no le había sido más clemente la suerte. Después de ir de ciudad en ciudad, ejerciendo sucesivamente todos los oficios, había caído finalmente en San Francisco, donde, al no serle más favorable el destino, se había visto forzado a un segundo exilio.

Habiendo conseguido hacerse con el capital mínimo necesario, se inscribió en aquel importante grupo de emigrantes, previo examen de un prospecto que prometía las mil y una maravillas a los primeros colonos de la concesión de la bahía de Lagoa. Después del naufragio del Jonathan, que le arrojaba con tantos otros miserables al litoral de la península Hardy, su esperanza corría peligro de verse traicionada de nuevo.

Sin embargo, los constantes fracasos de Ferdinand Beauval no habían mermado en absoluto su confianza en sí mismo y en su estrella. Esos fracasos, que atribuía a la maldad, a la ingratitud, a la envidia, dejaban intacta su fe en su propia valía, que un día u otro, a la primera ocasión favorable, triunfaría.

Por este motivo ni un instante había dejado que se deterioraran aquellas dotes de conductor de hombres que tan modestamente se atribuía. Tan pronto como subió a bordo del Jonathan procuró divulgar la buena simiente a su alrededor y en ocasiones con tal ligereza de lengua que el capitán Leccar había considerado su deber intervenir.

A pesar de aquellas trabas puestas a su propaganda, Ferdinand Beauval se había apuntado algunos pequeños éxitos durante la primera parte del viaje que acababa de finalizar de manera tan dramática. Un número insignificante de sus compañeros de infortunio había prestado oído complaciente a las sugestiones demagógicas que constituían el fondo de su elocuencia habitual. Ahora formaban a su alrededor un grupo compacto cuyo único defecto era el de contar con muy escasas unidades.

Indiscutiblemente Beauval hubiese encontrado mayor cantidad de adeptos sí, continuando con su mala estrella, no hubiera tropezado a bordo del Jonathan con un temible competidor. Y este competidor era nada menos que un norteamericano llamado Lewis Dorick, hombre de aspecto glacial y de palabra cortante como un cuchillo que iba completamente rasurado. El tal Lewis Dorick profesaba teorías análogas a las de Beauval, llevándolas un grado más adelante. En tanto que éste preconizaba un socialismo en el que el Estado, único propietario de los medios de producción, repartiría a cada cual su empleo, Dorick ponderaba un comunismo más puro en el que todo sería a la vez propiedad de todos y de cada uno.

Y aún podía notarse, entre aquellos dos líderes sociólogos, una diferencia más característica que el desacuerdo de sus principios. En tanto que Beauval, latino imaginativo, se embriagaba de palabras y de sueños, practicando, por lo que a él se refería, costumbres bastante suaves, en Dorick, sectario más feroz y doctrinario más absoluto, el corazón de mármol ignoraba la piedad. Mientras que el uno, muy capaz en suma de enloquecer a un auditorio hasta la violencia, era personalmente inofensivo, el otro constituía por sí mismo un peligro.

Dorick pregonaba la igualdad de tal forma que la hacía odiosa. No miraba hacia abajo sino hacia arribó. Pensar en la suerte miserable a que está condenada la mayoría de los humanos no hacía palpitar su corazón con ninguna emoción, pero el hecho de que unos pocos de entre ellos ocupasen un rango social superior al suyo, le producía convulsiones de rabia.

Querer calmarlo habría sido locura. Se convertía en el acto en un enemigo implacable del más tímido de sus detractores y, de haber podido, no habría empleado más argumento que la violencia y el crimen.

Dorick debía todas sus desdichas a esta alma resentida. Profesor de Literatura y de Historia; no había podido resistirse al deseo de difundir, desde su cátedra, una enseñanza muy distinta. Desde allí proclamaba con gusto sus máximas libertarias, no en forma de mera discusión teórica sino como afirmaciones perentorias ante las que uno tiene el estricto deber de inclinarse.

Esta conducta no tardó en dar sus frutos naturales. Su director, agradeciéndole los servicios prestados, le invitó a buscarse otro puesto. Dado que las mismas causas siempre producen los mismos efectos, perdió su nuevo puesto igual que el primero, el tercero como el segundo y así sucesivamente, hasta que la puerta de la última institución se cerró irrevocablemente detrás de él. Se quedó entonces en la calle desde donde, profesor transformado en emigrante, había rebotado al puente del Jonathan.

En el curso de la travesía, Dorick y Beauval habían reclutado sus respectivos partidarios, éste por el calor de una elocuencia no entorpecida por la crítica concienzuda de las ideas, aquél por la autoridad inherente a un hombre que se declara poseedor de la verdad absoluta. No llegaban a perdonarse recíprocamente esta modesta clientela sobre la que se habían erigido jefes. Si bien en apariencia aún se ponían buena cara, en sus almas sólo cabía la cólera y el odio.

Para asegurarse una ventaja sobre su rival, Beauval, a su desembarco en la playa de la isla Hoste, no había querido desaprovechar ni un instante. Viendo que la ocasión era favorable, había subido a la tribuna y tomado la palabra de la forma que ya sabemos. Poco importaba que al final no hubiese triunfado su tesis. Lo esencial era destacar. La muchedumbre se acostumbra a aquellos a quienes ve a menudo, y para convertirse con toda naturalidad en un jefe, basta con atribuirse dicho papel por un tiempo suficiente.

Durante el breve diálogo del Kaw-djer y Hartlepool, Harry Rhodes había continuado arengando a sus compañeros.

-Puesto que ha sido aprobada la propuesta -les dijo desde lo alto de la peña-, habría que confiar a uno de nosotros la dirección del trabajo. Descargar por completo un navío de tres mil quinientas toneladas no tiene nada de sencillo; una empresa así exige, método. ¿Os parecería bien requerir la colaboración del señor Hartlepool, el contramaestre? Él nos repartiría las tareas y nos indicaría los mejores medios de llevarlas a cabo. Que levanten la mano los que estén de acuerdo conmigo.

Todas las manos, con raras excepciones, se levantaron a la vez.

-Entonces, estamos de acuerdo -observó Harry Rhodes, que añadió, volviéndose al contramaestre-: ¿Cuáles son sus órdenes?

-Ir a comer -respondió Hartlepool con tono bonachón-. Para trabajar, se necesitan fuerzas.

Los emigrantes regresaron desordenadamente a bordo, donde la tripulación les repartió una comida preparada a base de conservas. Durante ese tiempo Hartlepool se había llevado aparte al Kaw-djer.

-Con su permiso, señor -dijo en tono preocupado-, me atrevería a decir que soy un buen marino. Pero siempre he estado a las órdenes de un capitán, señor.

-¿Qué quiere decir con eso? -inquirió el Kaw-djer.

-Quiero decir -respondió Hartlepool, poniendo una cara cada vez más larga-, que puedo jactarme de saber ejecutar una orden; pero que la imaginación no es lo mío. Mantener firme la caña, tanto como se quiera. Pero marcar el rumbo, eso es otra cosa.

El Kaw-djer examinó de reojo al contramaestre. ¿Así que existían hombres buenos, fuertes y además juiciosos, para quienes un jefe era una necesidad?

¿Es decir -explicó-, que usted se encargaría con gusto del detalle del trabajo, pero que le gustaría tener previamente unas indicaciones generales?

-¡Justo! -dijo Hartlepool.

-Nada más sencillo -continuó el Kaw-djer-. ¿De cuántos brazos puede disponer?

-Al partir de San Francisco, el Jonathan tenía una tripulación de treinta y cuatro hombres, incluidos la oficialidad y jefes, el cocinero y los dos grumetes, y transportaban mil ciento noventa y cinco pasajeros. En total, mil doscientas veintinueve personas. Pero ahora muchos han muerto.

-Haremos el recuento más adelante. Por el momento, redondeemos la cifra a mil doscientos. A ojo, descontando a mujeres y niños, quedan unos setecientos hombres. Divida a su gente en dos grupos, doscientos hombres se quedarán a bordo y empezarán a subir el cargamento al puente. Yo conduciré a los demás a un bosque que hay cerca de aquí. Cortaremos un centenar de árboles. Una vez talados, esos árboles serán cruzados en doble grueso y atados sólidamente entre sí. De manera que se obtendrán una serie de entarimados que pondrá usted uno a continuación del otro, de modo que formen un largo camino que una el barco a la playa. Con la pleamar, tendrá usted un puente flotante. Con la bajamar, esas almadías descansarán sobre las aristas de los escollos y los apuntalará para asegurar su estabilidad. Procediendo así y, con un personal tan numeroso, la descarga puede estar terminada en tres días.

Hartlepool supo atenerse con inteligencia a aquellas instrucciones y, como había previsto el Kaw-djer, todo el cargamento del Jonathan estuvo depositado en la playa, fuera del alcance del mar, la noche del día 19. Afortunadamente el torno a vapor había sido hallado, previa verificación, en perfectas condiciones, circunstancia que había facilitado en gran medida el levantamiento de los fardos más pesados.

Al mismo tiempo, con la ayuda de los tres carpinteros, Smith, Hobard y Charley, se había dado un impulso muy efectivo a las reparaciones de la chalupa. En esa fecha del 19 de marzo estaba en condiciones de hacerse a la mar.

Se trató entonces de que los emigrantes escogieran a un delegado. Ferdinand Beauval tuvo así una nueva ocasión de subir a la tribuna y solicitar electores. Pero decididamente no estaba de suerte. Aun la satisfacción dé reunir unos cincuenta votos, mientras que Lewis Dorick -quien por otra no se había presentado como candidato-, no cosechaba ninguno, la mayoría de los sufragios recayó, en un tal Germain Riviére, agricultor de raza franco-canadiense, padre de una hija y de cuatro magníficos muchachos. Los electores estaban seguros de que aquél, por lo menos, regresaría.

La Wel-Kiej dirigida por Karroly, que dejaba en la isla Hoste a Halg y al Kaw-djer, se hizo a la vela en la madrugada del 20 de marzo y se procedió seguidamente a una instalación elemental. No era cuestión de establecerse de forma duradera, sino únicamente de esperar el regreso de la chalupa, cuyo viaje requeriría aproximadamente tres semanas. No cabía, pues, utilizar las casas desmontables y se limitaron a levantar las tiendas encontradas en la cala del barco. Ampliadas con las velas de recambio, de las que estaba repleto un pañol especial, bastaron para cobijar a toda la gente e incluso la parte frágil del material. Tampoco se descuidaron de improvisar corrales con algunas redes de alambre, ni de establecer, con cuerdas y estacas, cercados para los animales de dos y cuatro patas que transportaba el Jonathan.

En suma, aquella muchedumbre no se encontraba en la situación de unos náufragos arrojados sin esperanza, sin recursos, a una tierra desconocida. La catástrofe había tenido lugar en el archipiélago fueguino, en un punto que figuraba localizado exactamente en todos los mapas, a un centenar de leguas como mucho de Punta Arenas: Por otra parte, abundaban los víveres. En consecuencia, las circunstancias no justificaban ninguna seria preocupación y de no ser por el clima, un poco más duro, los emigrantes vivirían allí, hasta el día no lejano de la repatriación, como hubiesen vivido en los comienzos de su estancia en tierra africana.

Huelga decir que, durante la descarga, ni Halg ni el Kaw-djer permanecieron inactivos. Los dos se habían entregado entera y valerosamente al trabajo. La aportación del Kaw-djer, en especial, había sido particularmente útil. Por mucha que fuera su modestia, por mucho que cuidase de pasar desapercibido, su superioridad era tan evidente que se imponía por la fuerza de los hechos.

Por eso en ningún momento nadie se abstuvo de recurrir a sus consejos. Que se tratara del transporte de una carga especialmente pesada del estibaje de los fardos, del montaje de las tiendas, siempre le consultaban, y no solamente Hartlepool sino también la mayor parte de aquella pobre gente que formaba la gran masa de los emigrantes, poco acostumbrada a semejantes tareas.

Estaba muy adelantada la instalación, por no decir acabada, cuando, el 24 de marzo, se tuvo una nueva imagen de la dureza de aquellos parajes. Durante tres veces veinticuatro horas la lluvia corrió formando torrentes y sopló un viento huracanado. Cuando se apaciguó un poco la atmósfera, hubiera sido inútil buscar el Jonathan en su lecho de escollos. Chapas, barras de hierro torcidas, he aquí cuanto quedaba del bello clipper cuya roda hendía tan alegremente el mar pocos días antes.

Aunque ya hubiera sido retirado del barco todo lo que pudiese tener algún valor, a los emigrantes se les encogió el corazón al descubrir su definitiva desaparición. Quedaban así aislados y completamente separados de la humanidad, que, de perderse la chalupa en el curso de la navegación, ignoraría quizá para siempre su destino.

A la tempestad siguió un período de bonanza. Se aprovechó para hacer el recuento ele los supervivientes del naufragio. Utilizando las listas de a bordo, Hartlepool procedió a pasar lista, poniéndose así de manifiesto que la catástrofe había ocasionado treinta y una víctimas, quince de la tripulación y dieciséis de entre los pasajeros. Quedaban mil ciento setenta y nueve pasajeros y diecinueve de los treinta y cuatro inscritos en el rol de tripulación Añadiendo a estas cifras a los dos fueguinos y a su compañero, la población de la isla Hoste constaba de mil doscientas una personas de ambos sexos y de todas las edades.

El Kaw-djer resolvió aprovechar el buen tiempo para visitar las partes de la isla Hoste más cercanas al campamento. Se convino en que Hartlepool, Harry Rhodes, Halg y tres emigrantes, Gimelli, Gordon e Ivanoff, de origen italiano el primero, americano el segundo y ruso el tercero, le acompañarían en esta excursión. Pero en el último momento se presentaron dos candidatos imprevistos.

El Kaw-djer se encaminaba al lugar fijado para la cita cuando le llamaron la atención dos niños de unos diez años que, uno detrás de otro, se dirigían evidentemente hacia él. Uno de los dos niños, de cara despierta, incluso ligeramente impertinente, andaba con la cabeza muy erguida, afectando un aspecto de arrogancia que no dejaba de ser un tanto cómico. El otro, con un aspecto más modesto, que convenía a su tímida carita, le seguía a cinco pasos.

El primero se acercó al Kaw-djer.

-Excelencia... -dijo.

Muy divertido por este tratamiento insólito, el Kaw-djer observó detenidamente al chiquillo. Este sin turbarse ni bajar la vista, aguantó sin ningún temor el examen.

-¡Excelencia...! -repitió el Kaw-djer, riendo-. ¿Por qué me llamas Excelencia, hijo mío?

El niño pareció sorprenderse mucho.

-¿No es así como hay que hablar cuando se trata de reyes, ministros y obispos? -preguntó en un tono que expresaba su temor de no haber sabido respetar bastante las reglas de la cortesía.

-¡Vaya...! -exclamó asombrado el Kaw-djer-. ¿Y dónde has visto que hay que tratar de Excelencia a reyes, ministros y obispos?

-En los periódicos -respondió el niño con aplomo.

-¿Así que lees periódicos?

-¿Por qué no...? Cuando me los dan...

-¡Ah...! ¡Ah...! -dijo el Kaw-djer. Y agregó-: ¿Cómo te llamas?

-Dick.

-Dick ¿qué más?

El niño no pareció entender.

-Bueno, ¿cuál es el apellido de tu padre?

-No tengo.

-De tu madre, entonces.

-No tengo ni madre ni padre, Excelencia.

-¡Otra vez! -protestó el Kaw-djer, que se interesaba cada vez más por aquel niño tan singular-. Sin embargo, que yo sepa, no soy ni rey, ni ministro, ni obispo.

-¡Usted es el gobernador! -declaró el niño con énfasis.

-¡El gobernador...!

El Kaw-djer, atónito, cayó entonces en la cuenta.

-¿De dónde sacas eso? -preguntó.

-¡Toma...! -dijo Dick, confuso.

-¿Y pues...? -insistió el Kaw-djer.

Dick pareció algo turbado. Titubeó.

-No sé... -dijo al fin-. Pues porque usted es el que manda... Y además, porque todo el mundo le llama así.

-¡Sólo faltaba eso! -protestó el Kaw-djer.

Añadió con voz más grave:

-Te equivocas, amiguito. No soy ni más ni menos que los demás. Aquí no manda nadie. Aquí no hay jefe.

Dick, extrañadísimo, miró incrédulo al Kaw-djer. ¿Era posible que no hubiese jefe? ¿Podía creerlo aquel niño para quien, hasta entonces, el mundo había estado poblado sólo por tiranos? ¿Podía creer que en algún lugar existiera un país sin jefe?

-No hay jefe -volvió a afirmar el Kaw-djer.

Después de un breve silencio, preguntó:

-¿Dónde naciste?

-No sé.

-¿Qué edad tienes?

-Según dicen, pronto cumpliré once años.

-¿Tampoco estás muy seguro de ello?

-Pues no.

-Y tu compañero, que se queda ahí petrificado, a cinco pasos, sin moverse ni un palmo, ¿quién es?

-Es Sand.

-¿Es tu hermano?

-Cómo si lo fuera... Es mi amigo.

-¿Quizá os han educado juntos?

-¿Educado...? -protestó Dick-. ¡Nadie nos ha educado, señor!

El corazón del Kaw-djer se encogió. ¡Cuánta tristeza en aquellas pocas palabras que el niño pronunciaba con voz desafiante, engallándose! ¿Así que existían niños a los que nadie había «educado»?

-¿Dónde le conociste, entonces?

-En Frisco2, en el muelle.

-¿Hace mucho tiempo?

-Mucho, mucho tiempo... Aún éramos pequeños -respondió Dick tratando de recordar-. Por lo menos hace... ¡seis meses!

-En efecto, mucho tiempo -corroboró el Kaw-djer sin pestañear.

Se volvió hacia el compañero silencioso de aquel singular hombrecito.

-Adelante, a la orden -dijo-, y sobre todo, no me llames Excelencia. ¿Te has tragado la lengua?

-No, señor -balbuceó el niño, retorciendo entre las manos una gorra marinera.

-Entonces, ¿por qué no dices nada?

-Porque es tímido, señor -explicó Dick.

¡Con qué tono asqueado emitió Dick aquel fallo!

-¡Ah! -dijo el Kaw-djer riendo-, ¿porque es tímido...? Pero tú no lo eres...

-No, señor -respondió Dick con sencillez.

-Pues claro, y con razón... Pero, en fin, ¿qué hacéis vosotros dos aquí?

-Somos los grumetes, señor.

El Kaw-djer se acordó de que Hartlepool había mencionado a dos grumetes al pasar lista a la tripulación del Jonathan. Hasta entonces no los había visto entre los niños de los emigrantes. Si se habían dirigido hoy a él, era que algo deseaban.

-¿Qué puedo hacer por vosotros? -preguntó.

Como siempre, fue Dick el que tomó la palabra.

-Nos gustaría ir con usted, como el señor Hartlepool y el señor Rhodes.

-¿Para hacer qué?

Brillaron los ojos de Dick:

-Para ver cosas...

¡Cosas...! Todo un mundo en esta palabra. Todo el deseo de lo que aún no se ha visto nunca, todos los sueños maravillosos y confusos de los niños. La cara de Dick imploraba, toda su diminuta persona estaba tensa hacia su anhelo.

-¿Y tú? -insistió el Kaw-djer, dirigiéndose a Sand, ¿tú también quieres ver cosas?

-No, señor.

Y entonces, ¿qué quieres?

-Ir con Dick -contestó el niño suavemente.

-¿Así que quieres mucho a Dick?

-¡Oh!, ¡Sí, señor! -afirmó Sand, con una gravedad en la voz muy por encima de su edad.

Cada vez más interesado, el Kaw-djer miró un momento a los dos niños. ¡Qué extraña pareja formaban! Pero también cuán encantadora y conmovedora a la vez. Emitió finalmente su fallo:

-Vendréis con nosotros -dijo.

-¡Viva el gobernador...! -gritaron, lanzando los gorros al aire, y los dos se pusieron a dar brincos como cabritos.

El Kaw-djer se enteró por Hartlepool de la historia de sus dos nuevas relaciones, por lo menos de todo lo que el contramaestre sabía y que seguramente era más de lo que los propios niños conocían.

Abandonados una noche en una esquina, el hecho de que aquellos niños hubiesen sobrevivido era uno de esos fenómenos que la razón no alcanza a explicar. Habían vivido, sin embargo, ganándose el pan desde la más tierna edad, gracias a tareas menores: limpiabotas, hacer recados, abrir portezuelas, la venta de flores campestres, y tantas otras invenciones maravillosas para unas mentes tan jóvenes; pero la mayoría de las veces sacando su alimento, como los gorriones, de entre los adoquines de San Francisco.

Ignoraban recíprocamente su triste existencia cuando, seis meses antes, el destino los puso de pronto frente a frente en circunstancias que sólo las características y la escala reducida de sus actores no permiten calificar de trágicas: iba Dick por el muelle con las manos en los bolsillos, la boina ladeada, silbando entre dientes una de sus canciones favoritas, cuando vio a Sand acosado por un perro enorme que ladraba enseñando unos colmillos amenazadores. El niño, espantado, retrocedía llorando, la cara torpemente escondida detrás del codo doblado. Dick se precipitó y, sin pensárselo dos veces, se colocó entre el asustadizo y su terrorífico adversario, luego, resueltamente plantado sobre sus piernecitas, miró al perro directamente a los ojos y esperó a pie firme.

¿Infundió respeto al animal aquella actitud de matamoros? Lo cierto es que a su vez retrocedió, para huir al fin con el rabo entre las patas. Sin pensar más en él, Dick se había vuelto hacia Sand.

-¿Cómo te llamas? -le había preguntado con actitud soberbia.

-Sand -había dicho el otro, entre lágrimas-. ¿Y tú?

-Dick... Si quieres, seremos amigos.

Por toda respuesta, Sand se había arrojado en los brazos del héroe, sellando así una indestructible amistad.

Hartlepool había presenciado de lejos la escena. Interrogó a los dos niños y así conoció su triste historia. Deseoso de ayudar a Dick, cuya valentía había admirado, le propuso tomarle como grumete en el Josuah Brener, nave de tres palos con velas cuadradas a bordo del cual estaba embarcado por entonces. Pero de entrada Dick puso la condición sine qua non de que Sand fuera enrolado con él. De grado o por la fuerza hubo que pasar por ello y, desde entonces, Hartlepool ya no había abandonado a los dos inseparables, que le siguieron del Josuah Brener al Jonathan. Se había convertido en su profesor y les había enseñado a leer y a escribir, es decir, aproximadamente todo lo que él mismo sabía. Sus buenas acciones, por otra parte, habían caído en terreno abonado. Aquellos dos niños que sentían hacia él una gratitud apasionada sólo le habían proporcionado motivos de satisfacción. Por descontado, cada uno de ellos tenia su carácter; el uno era colérico, susceptible, pendenciero, siempre dispuesto a medir lanzas contra todo y contra todos; el otro, silencioso, afable, modesto, tímido; el uno protector, el otro protegido; pero trabajando los dos con el mismo ardor, teniendo la misma conciencia del deber, el mismo afecto por su gran amigo común el contramaestre Hartlepool.

Tales eran los reclutas que vinieron a incrementar el personal de la expedición.

A primeras horas de la mañana del 28 de marzo se pusieron en camino. No pretendían explorar toda la isla Hoste, sino solamente la parte más cercana al campamento. Para alcanzar la costa occidental cruzaron por encima de las crestas centrales de la península Hardy, remontando luego esa costa hacia el norte, para regresar al campamento por el litoral opuesto, atravesando así la región sur de la isla propiamente dicha.

Desde el comienzo de la excursión se dieron cuenta de que no se podía juzgar aquellas tierras por el árido aspecto del lugar del naufragio, impresión que fue acentuándose conforme avanzaban hacia el norte. Si la península Hardy se presentaba pedregosa y yerma hasta las áridas puntas del Falso Cabo de Hornos, verde aparecía la región cuyas alturas se perfilaban al noroeste.

En aquella dirección, dilatadas praderas al pie de colinas cubiertas de bosques sucedían a las rocas tapizadas de fucos, a las cañadas erizadas de brezos. Allí se entremezclaban en plena floración los dorónicos de flores amarillas y los asters marítimos de flores azules y violeta, hierba caña de un metro e innumerables plantas enanas: calceolarias, citisos rastreros, estirpes, minúsculas pimpinelas. El suelo era un tapiz de hierba lujuriante, capaz de nutrir a miles y miles de rumiantes.

Según las afinidades individuales, la reducida cuadrilla de excursionistas se había dividido en grupos en derredor de los cuales corrían y saltaban Dick y Sand triplicando con sus idas y venidas el camino recorrido. Escasas palabras cruzaban entre sí los tres agricultores, mirando asombrados a su alrededor; mientras Harry Rhodes y Halg caminaban junto al Kaw-djer. Este, guardando su reserva habitual, no comunicaba sus impresiones. Reserva que sin embargo empezaba a ceder ante la simpatía que le inspiraba la familia Rhodes. Todos los miembros de dicha familia le agradaban: la madre, seria y buena; los hijos, Edward de dieciocho años y Clary, de quince, de semblantes inteligentes y abiertos; el padre, de una indudable rectitud de carácter y constante sensatez.

Los dos hombres charlaban amistosamente sobre lo que a ambos interesaba en aquellos momentos. Harry Rhodes aprovechaba la oportunidad para informarse acerca de la Tierra de Magallanes. A cambio, documentaba a su compañero sobre los tipos más destacados de entre la masa de los emigrantes. El Kaw-djer se enteró así de muchas cosas.

Supo en primer lugar cómo Harry Rhodes, poseedor de una fortuna de cierta importancia, se vio a los cincuenta años arruinado por culpa ajena y cómo después de esta inmerecida desgracia, se había expatriado sin dudarlo ni un solo instante, con el fin de asegurar, si era posible, el porvenir de su mujer y de sus hijos. Más tarde se enteró -pues Harry Rhodes pudo sacar de los documentos de a bordo tales informaciones- de que, sin contar a los muertos, los emigrantes del Jonathan podían dividirse, desde el punto de vista de sus anteriores profesiones, de la siguiente manera: setecientos cincuenta agricultores -¡entre ellos cinco japoneses!- en los que se incluían ciento catorce hombres casados, con sus ciento catorce mujeres e hijos, en total doscientos sesenta y dos, algunos de ellos mayores de edad; tres representantes de profesiones liberales, cinco exrentistas y cuarenta y un obreros de oficio. Hay que añadir a estos últimos, cuatro obreros no emigrantes: un albañil, un carpintero, un carpintero de obra y un cerrajero, contratados por la Compañía de colonización para facilitar el comienzo de la instalación, elevándose así a mil ciento setenta y el número de pasajeros supervivientes, tal como había quedado indicado al pasar la lista nominal.

Enumeradas estas diversas categorías, Harry Rhodes proporcionó algunos detalles sobre cada una de ellas. Respecto a la gran masa de los campesinos, no había hecho muchas observaciones. Como mucho, le había parecido necesario hacer notar que los hermanos Moore, uno de los cuales se había destacado por su brutalidad durante la descarga, manifestaban un temperamento violento, y que las familias Riviére, Gimelli, Gordon e Ivanoff parecían formadas de buenas gentes, fuertes, que gozaban de buena salud y dispuestas a trabajar. En cuanto al resto, aparecía como masa. De seguro, debían encontrarse en ella las cualidades muy desigualmente repartidas, y también debían hallarse necesariamente los vicios, en particular la pereza y la bebida; pero al no haberse producido hasta entonces ningún hecho significativo, se carecía de base para asentar juicios individuales.

Harry Rhodes fue más prolijo respecto a las otras categorías. Los cuatro obreros contratados por la Compañía eran hombres de elite, entre los mejores de sus respectivas profesiones. Como se suele decir, la flor y nata. Por lo que se refería a sus colegas emigrantes, todo hacía pensar que sus cualidades eran infinitamente menos brillantes. En su gran mayoría tenían bastante mala catadura y daban la impresión de ser asiduos de la taberna más que del taller. Dos o tres en particular, con aspecto de auténticos malhechores, no tenían seguramente de obreros más que el nombre.

Cuatro de los cinco rentistas estaban representados por la familia Rhodes. En cuanto al quinto, llamado John Rame, era un triste individuo. De unos veinticinco o veintiséis años de edad, consumido por una vida de fiestas en la que había perdido su fortuna hasta el último céntimo, era evidentemente un inútil y cabía sorprenderse de que, tan mal preparado para luchar, hubiese cometido aquella última locura de unirse a un grupo de emigrantes.

Quedaban los tres fracasados de profesiones liberales. Procedían de tres países diferentes: Alemania, América y Francia. El alemán se llamaba Fritz Gross. Era un borracho inveterado. Envilecido por el alcohol hasta el punto de ser repelente, paseaba jadeando sus carnes fofas y su vientre enorme, continuamente manchado por un hilillo de saliva. Tenia la cara de un color rojo encendido, el cráneo calvo, las mejillas fláccidas; los dientes picados. Un perpetuo temblor agitaba sus dedos, en forma de morcillas. Era tal la porquería que lo cubría, que se había hecho célebre por ella incluso entre aquella población poco refinada. Aquel degenerado era un músico, un violinista, llegando a ser en ocasiones un violinista dotado de genio. Lo único que tenía el poder de despertar su conciencia abolida era su violín. Tranquilo, lo acariciaba, lo mimaba amorosamente, incapaz, sin embargo, de arrancar una nota, a causa del temblor convulsivo de sus manos. Pero bajo la influencia del alcohol, sus movimientos recuperaban su precisión, la inspiración hacía vibrar su cerebro y sabía entonces hacer brotar de su instrumento acentos de extraordinaria belleza. Por dos veces Harry Rhodes había tenido la oportunidad de asistir a tal prodigio.

En cuanto al francés y al americano, se trataba precisamente de Ferdinand Beauval y Lewis Dorick, que ya han sido presentados al lector. Harry Rhodes no se abstuvo de exponer al Kaw-djer sus teorías subversivas.

-¿No le parece a usted -preguntó a modo de conclusión-, que seria prudente tomar algunas precauciones contra esos dos agitadores? Durante el viaje ya han dado que hablar.

-¿Qué precauciones quiere usted que se tomen? -replicó el Kaw-djer.

-Pues advertirles enérgicamente y además vigilarles con mucho cuidado. Si esto no fuera suficiente, impedir que puedan perjudicar, encerrándoles si es preciso.

-¡Caramba! -exclamó irónicamente el Kaw-djer-; ¡no se anda usted con chiquitas! ¿Y quien se atrevería a arrogarse el derecho de atentar contra la libertad de sus semejantes?

-Aquellos para quienes son un peligro -contestó Harry Rhodes.

-¿Dónde ve usted, no diría yo un peligro, sino solamente la posibilidad de un peligro? -objetó el Kaw-djer.

-¿Que dónde lo veo...? En la excitación de esa pobre gente, de estos hombres ignorantes a quienes se puede engañar tan fácilmente como a niños y que están dispuestos a dejarse embriagar por cualquier palabra sonora que halague su pasión del momento.

-¿Y con qué finalidad iban a querer excitarles?

-Para apoderarse de lo que pertenece al prójimo.

-¿Así que el prójimo tiene algo...? -preguntó con sorna el Kaw-djer-. No lo sabía. En todo caso, aquí donde no hay nada, tanto el prójimo como el rey pierden sus derechos.

-Pero está el cargamento del Jonathan.

-El cargamento del Jonathan es una propiedad colectiva que, en caso de necesidad, representaría la salvación común. Todo el mundo se da cuenta de esto, bien se guardarán todos de tocarlo.

-¡Ojalá los hechos no le contradigan! -dijo Harry Rhodes, que se acaloraba a causa de aquel inesperado desacuerdo-. Pero las personas como Dorick y Beauval no necesitan intereses materiales. El placer de hacer daño se basta a sí mismo, y además está la embriaguez de dominar, de ser el jefe.

-¡Maldito sea quien piense así! -exclamó el Kaw-djer con súbita violencia- Debería ser suprimido de la tierra todo hombre que aspire a regentar a los demás.

Harry Rhodes, asombrado, miró a su interlocutor. ¡Qué arisca pasión dormía en aquel hombre cuya palabra era habitualmente tan mesurada y serena!

-Entonces, habría que suprimir a Beauval -dijo con cierta ironía-, porque bajo el color de una igualdad a ultranza, las teorías de ese charlatán sólo tienen un objetivo: asegurar el poder al reformador.

-El sistema de Beauval es pura chiquillada -replico el Kaw-djer con voz tajante-. Una forma de organización social y nada más. Pero una u otra organización resulta siempre la misma iniquidad y la misma estupidez.

-¿Entonces aprobaría usted las ideas de Lewis Dorick? -preguntó vivamente Harry Rhodes-. ¿Quisiera usted, como él, hacernos volver al estado salvaje y que las sociedades queden reducidas a una agregación fortuita de individuos sin obligaciones reciprocas? ¿No ve usted que esas teorías se basan en la envidia, que rezuman odio?

-Si Dorick conoce el odio, está loco -respondió gravemente el Kaw-djer-. ¡Vaya! ¡Un hombre, que ha venido a la tierra sin pedirlo, descubre en ella a una infinidad de seres semejantes a él, afligidos, miserables, mortales como él y, en vez de compadecerlos, se toma la molestia de odiarlos! Semejante hombre es un loco y no se discute con los locos. Pero el hecho de que el teórico esté alienado, no implica necesariamente que la teoría sea mala.

-Sin embargo -insistió Harry Rhodes-, las leyes son indispensables cuando los hombres, por un interés común, deciden agruparse dejando de errar solitarios. Sin ir más lejos, mire lo que pasa aquí. La muchedumbre que nos rodea no ha sido escogida por las necesidades de la causa, y seguramente no es diferente de cualquier otra muchedumbre tomada al azar. ¡Pues bien! Ya ha visto que he podido indicarle varios de sus miembros que, por una u otra razón, son incapaces de gobernarse por sí mismos; y seguro que hay otros, que aún no conozco. ¡Cuánto daño podrían causar tales individuos si las leyes no refrenaran sus malos instintos!

-Son causados por esas leyes -repuso el Kaw-djer con profunda convicción-. La humanidad no conocería esas taras si no hubiera leyes, y el hombre se desarrollaría armoniosamente en la libertad.

Harry Rhodes emitió un « ¡Hum! » dubitativo.

-¿Existen leyes aquí? ¿Y no funciona todo como es de desear?

-¿Cómo puede escoger semejante ejemplo?- objetó Harry Rhodes-. Aquí, esto es un entreacto en el drama de la vida. Toda la gente sabe que la situación actual es transitoria y que no puede perpetuarse.

-Pasaría lo mismo si tuviera que durar -afirmó el Kaw-djer.

-Lo dudo -dijo Harry Rhodes, escéptico-; y prefiero, se lo confieso, que no se intente la experiencia.

Como el Kaw-djer no replicara nada, la marcha prosiguió silenciosamente.

Regresando por la costa este contornearon la bahía Scotchwell, cuyo paisaje, si bien era ya la hora del ocaso, sedujo plenamente a los exploradores. Su admiración fue igual a su sorpresa. Los ricos pastos, alimentados por una red de pequeños creeks3 que vertían a un río aguas límpidas procedentes de las colinas del centro, testimoniaban la fertilidad del suelo. La vegetación arborescente era comparable a aquel exuberante tapiz. Los bosques, que ocupaban dilatados espacios, se componían de árboles de porte soberbio, enraizados en un suelo turboso pero resistente, y ofrecían un monte bajo con abundantes claros, a veces aterciopelado por musgos ramosos. Bajo aquellas bóvedas frondosas revoloteaba todo un mundo de volátiles, perdices cordilleranas de seis especies, unas grandes como codornices, otras como faisanes, tordos, mirlos, de los que se puede llamar rurales, así como un gran número de representantes de las especies marinas, ánades, patos, cormoranes y gaviotas, mientras que por las praderas brincaban ñandús, guanacos y vicuñas.

El litoral sur de esa bahía, por consiguiente favorablemente orientado, ya que el norte de esa parte del ecuador corresponde al mediodía del otro hemisferio, se hallaba a una distancia inferior a dos millas del lugar donde había zozobrado el Jonathan. Allá llegaba el curso de agua de umbrías orillas, crecido de sus múltiples afluentes, que desembocaba al fondo de una pequeña cala. Hubiera sido fácil construir una aldea para instalación definitiva en sus orillas, distantes un centenar de pies. En caso de necesidad, la cala, resguardada de los vientos duros, hubiera podido servir de puerto.

La oscuridad era casi completa cuando llegaron al campamento. El Kaw-djer, Harry Rhodes, Halg y Hartlepool acababan de despedirse de sus compañeros cuando, en el silencio de la noche, llegaron hasta ellos los sones de un violín.

-¡Un violín...! -murmuró el Kaw-djer, dirigiéndose a Harry Rhodes-. ¿Cree usted que se trata de ese Fritz Gross del que me hablaba?

-Entonces es que está borracho -respondió sin titubear Harry Rhodes.

No se equivocaba. Efectivamente, Fritz Gross estaba borracho. Cuando, pocos minutos después, lo vieron, con la mirada extraviada, el rostro congestionado y con baba en la boca, se dieron perfecta cuenta de su estado. Incapaz de mantenerse en pie se apoyaba contra una roca a fin de conservar el equilibrio. Pero el alcohol había reavivado la chispa. El arco volaba sobre el instrumento, que exhalaba una sublime melodía. A su alrededor se apretujaban un centenar de emigrantes. En ese momento aquellos miserables lo olvidaban todo, la injusticia de la suerte, su eterna miseria, su triste condición presente, el futuro semejante al pasado, y volaban arrebatados al mundo del ensueño en alas de la música.

-El arte es tan necesario como el pan -dijo Harry Rhodes al Kaw-djer, señalando a Fritz Gross y a sus absortos auditores-. En el sistema de Beauval, ¿qué lugar correspondería a un hombre como éste?

-Dejemos a Beauval donde está -respondió Kaw-djer con cierto disgusto.

-¡Es que hay tanta pobre gente que cree en esos visionarios! -replicó Harry Rhodes.

Continuaron su camino.

-Lo que me intriga -murmuró Harry Rhodes, al cabo de algunos pasos- es de qué modo habrá podido Fritz Gross procurarse su alcohol.

Fuera cual fuera el modo, otros además de Fritz Gross también se lo habían procurado. Los excursionistas no tardaron, efectivamente, en chocar con un cuerpo tendido en el suelo.

-Es Kennedy -dijo Hartlepool, inclinándose sobre el individuo dormido-. Un perro de cuidado. El único de la tripulación que no vale ni la soga para colgarlo.

Kennedy estaba también borracho. Y también, estaban borrachos los emigrantes que encontraron cien metros más lejos, echados por el suelo.

-¡A fe mía -dijo Harry Rhodes- que han aprovechado la ausencia del jefe para saquear el almacén!

-¿Qué jefe? -preguntó el Kaw-djer.

-Pues usted, claro.

-No soy más jefe que cualquier otro -objetó él Kaw-djer con impaciencia.

-Es posible -admitió Harry Rhodes-, lo cual no impide que todo el mundo le considere como tal.

Iba a contestar el Kaw-djer cuando, de una tienda próxima, se levantó en la noche el grito ronco de una mujer a la que se está estrangulando.

Línea divisoria

1. Tribuna de los oradores romanos.
2. San Francisco.
3. Riachuelos.

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