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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Segunda parte
Indicador En tierra
Indicador Mi primera ley
Indicador En la bahía de Scotchwell
Indicador El invierno
Indicador Barco a la vista
Indicador Libres
Indicador La primera infancia de...
Indicador Halg y Sirk
Indicador El segundo invierno
Indicador Sangre
Indicador Un jefe
Tercera parte
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Los náufragos del “Jonathan”
Segunda parte - Capítulo II
Mi primera ley

Originaria del Piamonte, la familia Ceroni estaba formada por el padre, Lazzaro, la madre, Tullia, y su hija, Graziella. Hacía diecisiete años que Lazzaro, que contaba entonces veinticinco años, y Tullia, con seis menos, habían asociado sus dos miserias. Nada poseían excepto sus propias personas, pero se amaban, y un amor honesto es una fuerza que ayuda a soportar y, a veces, a vencer las dificultades de la vida.

No fue así desgraciadamente para el matrimonio Ceroni. El hombre, dejándose llevar por las malas compañías, no tardó en entrar en relación con el alcohol que infinidad de tabernas, en nombre de la libertad, tienen el derecho de ofrecer como cebo a la multitud de los desheredados. En poco tiempo se convirtió en un borracho y sus borracheras cada vez más frecuentes fueron pasando paulatinamente de sombrías a coléricas, de crueles a feroces. Entonces, casi a diario se multiplicaron riñas y escándalos atroces, cuyos ecos podían percibir los vecinos. Injuriada, vapuleada, maltratada, martirizada, Tullia sufrió su calvario ascendiendo las laderas por las que tantas desgraciadas se han arrastrado dolorosamente antes que ella y a su ejemplo continuarán arrastrándose.

Ciertamente hubiera podido, quizás hubiera debido, dejar a aquel hombre transformado en fiera. Sin embargo, no actuó así. Era de esas mujeres que cuando se han entregado, jamás se vuelven atrás, cualquiera que sea el martirio que se les imponga. Desde el punto de vista del interés material y tangible, tales caracteres merecen seguramente el epíteto de absurdos; pero también tienen algo de admirable, y gracias a ellos nos es posible concebir cuál puede ser la belleza del sacrificio y qué el elevación moral puede alcanzar el ser humano.

En ese infierno tuvo que crecer Graziella. Desde sus primeros años vio a su padre borracho y a su madre maltratada, asistió a las riñas cotidianas, oyó el torrente de injurias que se escapaban de la boca de Lazzaro como las inmundicias de una cloaca. A una edad en que las niñas no piensan más que, en jugar, entró de esta manera en contacto con las realidades de la vida y viose obligada a la dura lucha de cada instante.

A los dieciséis años Graziella era una joven formal, armada por su fuerte voluntad contra los dolores de la existencia, de los que había vivido una precoz experiencia. Además, por muy cruel que fuera, ¡el porvenir nunca excedería el horror del pasado! Físicamente era alta, delgada y morena. Sin belleza propiamente dicha, su mayor encanto residía en sus ojos y en la expresión inteligente de su rostro.

La conducta de Lazzaro Ceroni había producido sus frutos naturales y pronto entró en la casa la penuria. Y no es de extrañar. Beber cuesta dinero y mientras se bebe no se gana. Doble gasto. La penuria se convirtió gradualmente en pobreza y la pobreza en negra miseria. Entonces recorrieron el camino que recorren todos los degenerados. Cambiaron de país, con la esperanza de una suerte mejor bajo otro cielo. Así fue como, de éxodo en éxodo, habiendo atravesado Francia, el océano, América, la familia Ceroni dio con sus huesos en San Francisco. ¡Quince años había durado este viaje! En San Francisco, la indigencia llegó a tal extremo que a Lazzaro se le abrieron los ojos y adquirió conciencia de su obra de destrucción. Prestando por fin oído, por primera vez después de tantos años, a las suplicas de su mujer, prometió enmendarse.

Y había mantenido su palabra. En seis meses, gracias a su asiduidad al trabajo y a haber suprimido la taberna, volvió el desahogo y se pudo reunir la gran suma de quinientos francos exigida por la Sociedad de colonización de la bahía de Lagoa. Tullia volvía a pensar que era posible la felicidad, cuando con el naufragio del Jonathan y el ocio, que fue una consecuencia inevitable, las cosas volvieron a su estado inicial.

Para matar aquellas largas horas de inactividad, Lazzaro se había relacionado con otros emigrantes. Y huelga decir que sus simpatías habían hecho que se arrimara a sus semejantes. Era muy natural que éstos, abrumados por el aburrimiento e inconsolables por verse privados de sus excesos habituales, se aprovecharan de la oportunidad que brindaba la ausencia de aquel a quien todos, incluso sin darse cuenta, consideraban como el jefe. Una vez se hubo alejado el Kaw-djer con sus compañeros, esta cuadrilla poco recomendable se apropió de uno de los toneles de ron salvados del Jonathan, resultando de ello una orgía en toda regla. Tanto por incitación como por cobardía frente a su vicio reavivado, Lazzaro imitó a los demás y sólo cuando le flaqueaban las piernas con el juicio ya perdido, se había decidido a volver a la tienda, donde llorando le esperaban su mujer y su hija.

En cuanto entró, empezó la inevitable riña. Con el pretexto, primero, de que la comida no estaba lista; cuando le fue servida, se irritó por la tristeza de las dos mujeres y, excitándose solo, rápidamente pasó a las más espantosas injurias.

Graziella, inmóvil y helada, miraba con espanto a aquel ser envilecido que era su padre. En su interior, la vergüenza rivalizaba con la pena. Pero el corazón llagado de Tullia, que sólo conocía el dolor, estalló. ¡Pues qué! ¡Una vez más, todas sus esperanzas se iban a pique, la recaída en el infierno...! Brotaron lágrimas de sus ojos, inundaron su rostro marchito. Esto fue suficiente para desencadenar la tempestad.

-¡Ya te daré yo lágrimas! -gritó Lazzaro enfurecido.

Agarró a su mujer por la garganta, mientras Graziella se esforzaba por arrancar a la desgraciada de aquella presión criminal.

Drama silencioso. Se desarrollaba sin ruido, a excepción de la voz apagada de Lazzaro, que seguía profiriendo injurias. Ni Graziella ni su madre pedían socorro. Que un padre maltrate a su hija, que un marido asesine a su mujer, son taras vergonzosas que hay que ocultar a todos, aun con el precio de la vida. Sin embargo, al aflojar por un momento el verdugo su presión, el dolor arrancó a Tullia el grito rauco que había oído el Kaw-djer. Por aquella involuntaria queja el furor del demente llegó a su punto culminante. Sus dedos se cerraron con más violencia.

De pronto, una mano de hierro atenazó su hombro. Obligado a ceder, se fue rodando al otro extremo de la tienda.

-¡Oiga! ¡Oiga! -balbuceó.

-Silencio -ordenó una voz imperiosa.

No hizo falta repetírselo al borracho. Extinguiéndose súbitamente su excitación, cayó en seco, dormido como un tronco.

El Kaw-djer se había inclinado sobre la mujer desvanecida y se afanaba por socorrerla. Halg, Rhodes y Hartlepool, que habían entrado detrás de él, contemplaban la escena trastornados.

Por fin Tullia abrió los ojos. Viendo caras extrañas comprendió en el acto lo que había pasado. Su primer pensamiento fue disculpar a aquel cuya brutalidad acababa de manifestarse de forma tan abominable.

-Gracias, señor -dijo, incorporándose-. No era nada... Ya ha pasado todo ahora... ¡Si seré tonta de haberme espantado tanto!

-¡Cualquiera no lo estaría! -exclamó el Kaw­djer.

-¡Oh, no! -replicó vivamente Tullia-. Lazzaro no es malo... Quería bromear...

-¿Le da con frecuencia por bromear así? -preguntó el Kaw-djer.

-¡Nunca, señor, nunca! -afirmó Tullia-. Lazzaro es un buen marido... No hay un hombre más bueno...

-Mentira -interrumpió una voz decidida.

El Kaw-djer y sus compañeros se dieron la vuelta. Descubrieron a Graziella, a la que no habían podido ver hasta entonces en la penumbra de la tienda apenas iluminada por la claridad amarillenta de un fanal.

-¿Quién es usted? -preguntó el Kaw-djer.

-Su hija -respondió Graziella, señalando al borracho, cuyo ronquido sonoro no estaba turbado por el ruido-. Por mucha vergüenza que sienta, tengo que decirlo, para que me crean y ayuden a mi pobre madre.

-¡Graziella...! -imploró Tullia, juntando las manos.

-Lo diré todo -afirmó la joven con energía-. Es la primera vez que encontramos defensores. No les dejaré marchar sin apelar a su piedad.

-Hable, hija mía -dijo el Kaw-djer bondadosamente-, y cuente con nosotros para socorrerlas y defenderlas.

Así animada, Graziella, con voz temblorosa, relató la vida de su madre. No ocultó nada. Habló del sublime cariño de Tullia y del pago que había recibido. Habló del envilecimiento de su padre. Lo presentó arrastrando a su mujer por los cabellos, vapuleándola, pisoteándola con rabia. Evocó los días de miseria, sin ropa, sin fuego, sin pan, a veces sin domicilio, alabando a su madre maltratada que, en medio de tantas crueles pruebas, había conservado inalterable su heroica dulzura. Al escuchar el relato espantoso, ésta lloraba suavemente. En la voz de su hija, las torturas padecidas surgían de las sombras del pasado y parecían volver al presente, todas de una vez, para destrozarle el corazón. Y bajo el peso acumulado de todas ellas, Tullia iba cediendo. Se abandonaba. Por fin le faltaban fuerzas para defender y proteger al verdugo.

-Ha hecho bien en hablar, hija mía -dijo el Kaw-djer con voz conmovida, cuando Graziella concluyó su relato-. Tenga la seguridad de que no las abandonaremos y de que socorreremos a su madre. Por esta noche, sólo necesita descanso. Así pues, que procure dormir y que confíe en un futuro mejor.

Guando estuvieron fuera, el Kaw-djer, Harry Rhodes y Hartlepool se miraron un instante, silenciosos. ¡Cómo podía un hombre llegar a tal grado de ignominia! Después, inspirando profundamente para dilatar su pecho oprimido, iban a reemprender la marcha, cuando el primero se dio cuenta de que el pequeño grupo contaba con un miembro de menos. Halg ya no estaba con ellos.

Suponiendo que el joven se había quedado en la tienda de la familia Ceroni, el Kaw-djer volvió a entrar. En efecto, Halg estaba allí, tan absorto que no había notado la salida de sus compañeros y tampoco notó el regreso de uno de ellos. De pie contra la lona, miraba a Graziella y era elocuente su semblante, que a la vez expresaba piedad y auténtico éxtasis. A pocos pasos, Graziella, los ojos bajos, se prestaba a esta contemplación con cierta complacencia. Ninguno de los dos jóvenes hablaba. Después de aquellas violentas conmociones dejaban que sus corazones se abrieran silenciosamente a emociones más dulces.

El Kaw-djer sonrió.

-¡Halg...! -llamó a media voz.

El joven se sobresaltó y, sin hacerse rogar, salió de la tienda. De inmediato reanudaron el camino.

Los cuatro excursionistas caminaban en silencio, siguiendo cada cual el hilo de sus pensamientos. El Kaw-djer, frunciendo el ceño, reflexionaba acerca de lo que acababa de ver y oír. El mayor servicio que se podía prestar a aquellas dos mujeres era, evidentemente, privar de alcohol a su verdugo. ¿Era factible? Seguramente e incluso sin gran dificultad ya que en la isla Hoste se desconocía el alcohol fuera del que provenía del Jonathan y había sido dejado en la playa con el resto del cargamento. Bastarían uno o dos centinelas...

¡Conforme!, pero ¿quién pondría a esos centinelas? ¿Quién se atrevería a dar órdenes y formular prohibiciones? ¿Quién se arrogaría el derecho de limitar de alguna manera la libertad de sus semejantes e imponer su iniciativa a la de los demás? Esto era la acción de un jefe y en la isla Hoste no había jefe...

¡Vamos...! Todo lo contrario. Siquiera potencialmente, existía un jefe. ¿Y quién era sino aquél, el único que había salvado a los demás de una muerte segura; el único que tenía experiencia de aquella tierra desierta; el único que poseía en grado superior al de todos los demás inteligencia, saber y carácter?

Mentirse a sí mismo hubiera sido cobardía. El Kaw-djer no podía ignorarlo, aquella población miserable volvía la mirada hacia él, a él entregaba el ejercicio de la autoridad colectiva, de él esperaba confiada ayuda, consejos y decisiones. Quisiera o no, no podía rehuir la responsabilidad que aquella confianza implicaba. Quisiera o no, el jefe, designado por las circunstancias y por el consentimiento tácito de la inmensa mayoría de los náufragos, era él.

¡Pero cómo! El, el libertario, el hombre incapaz de soportar ninguna coacción, se veía obligado a tener que imponer una a los demás, ¡y él que rechazaba todas las leyes tenía que promulgar leyes! Suprema ironía; al apóstol anarquista, al adepto de la famosa fórmula «Ni Dios ni patrón», lo convertían en patrón; le atribuían aquella autoridad cuyo principio odiaba su alma con tan rabioso furor.

¿Debería aceptar la odiosa prueba? ¿No sería preferible huir lejos de aquellos seres con almas de esclavos...?

Pero ¿qué sería entonces de ellos, abandonados a sí mismos? ¿De cuántos sufrimientos sería responsable el desertor? Si bien es cierto que se tiene el derecho de poner toda la ilusión en abstracciones, no es digno de ser llamado hombre quien al amor a ellas cierra los ojos a las realidades de la vida, niega la evidencia y no sabe resolverse a sacrificar su orgullo para atenuar la miseria humana. Por muy ciertas que parezcan unas teorías, también es grande saber hacer tabla rasa cuando queda demostrado que el bien de los otros lo exige

Ahora bien, ¿qué demostración podía resultar más clara y evidente? ¿Acaso no se había observado, aquella misma noche, muchos casos de borrachera, sin hablar de aquellos que permanecían todavía ignorados, quizá más numerosos? ¿Debía tolerarse en aquella pacífica multitud semejante abuso del alcohol, a riesgo de que estallaran altercados, riñas, incluso muertes? Por otra parte, ¿no se habían dejado sentir ya los efectos del veneno? ¿No se habían observado sus estragos en la familia Ceroni?

Estaban cerca de la tienda habitada por la familia Rhodes, estaban ya a punto de separarse y el Kaw-djer todavía vacilaba. Pero no era hombre que rehuyese las responsabilidades. En el último momento, por mucho que le doliera, su resolución estaba tomada. Se volvió hacia Hartlepool.

-¿Cree usted que puede contar con la lealtad de la tripulación del Jonathan? -preguntó.

-Exceptuando a Kennedy y a Sirdey, el cocinero, respondo de ellos -dijo Hartlepool.

-¿De cuántos hombres dispone usted?

-De quince hombres, incluyéndome a mí.

-Los otros catorce, ¿le obedecerán?

-Sin duda.

-¿Y usted?

-¿Hay aquí alguien cuya autoridad esté usted dispuesto a reconocer?

-Pues... usted, señor..., naturalmente -respondió Hartlepool, como si la cosa fuera evidente.

-¿Por qué?

-¡Vaya...! Señor... -dijo Hartlepool, turbado-. Pero es que aquí, como en todas partes, la gente necesita un jefe. ¡Eso es muy natural, qué diablos!

-¿Y por qué iba a ser yo el jefe?

-No hay otro -dijo Hartlepool, subrayando con los brazos abiertos su irrefutable argumento.

La respuesta era perentoria. Y nada había que replicar.

Tras un nuevo instante de silencio, el Kaw-djer declaró con voz firme:

-A partir de esta noche, hará custodiar el material desembarcado del Jonathan. Sus hombres se relevarán de dos en dos y no dejarán que nadie se acerque. Vigilarán el alcohol con preferente atención.

-Bien, señor -respondió sencillamente Hartlepool-. La orden estará cumplida dentro de cinco minutos.

-Buenas noches -dijo el Kaw-djer, alejándose a largos pasos, descontento de sí mismo y de los demás.

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