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La familia Ratón

Editado
© Juan Suárez
11 de marzo del 2003
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La familia Ratón
Capítulo X

¡Qué magnífica esfinge, infinitamente más hermosa que aquellas esfinges de Egipto, aunque tan célebres! Se llamaba ésta la esfinge de Romiradur, y constituía la octava maravilla del mundo.

La familia Ratón acababa de llegar al lindero de una vasta llanura, rodeada de espesos bosques dominados en las lejanías por una cadena de montañas cubiertas de nieves perpetuas.

Imaginaos en el centro de aquella llanura un animal tallado en mármol: está acostado sobre la hierba, la cara levantada, las patas delanteras cruzadas una sobre otra y el cuerpo alargado como una colina; mide, por lo menos, quinientos pies de largo por cien de ancho, y su cabeza se eleva ochenta pies por encima del suelo.

Aquella esfinge posee el aspecto indescifrable que distingue y caracteriza a sus congéneres. Jamás ha revelado el secreto que guarda desde hace miles y miles de siglos, y, sin embargo, su vasto cerebro se halla abierto para todo el que quiera visitarlo. Se penetra en él por una puerta que hay entre las patas; escaleras interiores dan acceso a sus ojos, a sus orejas, a su nariz, a su boca y hasta a aquel bosque de cabellos que eriza su cráneo.

Por añadidura, y para que podáis daros perfecta cuenta de la enormidad de ese monstruo, sabed que diez personas se encontrarían muy a gusto en la órbita de sus ojos, treinta en el pabellón de sus orejas, cuarenta entre los cartílagos de su nariz, sesenta en su boca, donde se podría dar un baile, y un centenar en su cabellera, espesa e inextricable como un bosque de América. Así es que de todas partes se acude, no a consultarla, porque no quiere responder, sino a visitarla como se hace con la estatua de San Carlos en una de las islas del lago Mayor.

Habrá de permitírseme, queridos niños, no insistir más en la descripción de esta maravilla, que honra al genio del hombre. Ni las pirámides de Egipto, ni los jardines colgantes de Babilonia, ni el Coloso de Rodas, ni el faro de Alejandría, ni la torre Eiffel pueden resistir la comparación con ella. Cuando los geógrafos hayan logrado ponerse de acuerdo acerca del país en que se encuentra la gran esfinge de Romiradur, cuento con que iréis a visitarla durante vuestras vacaciones.

Pero Gardafur la conocía y él era quien guiaba a la familia Ratón. Al decirles que había gran concurso de gente, les había engañado de un modo infame. ¡He ahí una cosa que iba a producir honda contrariedad al pavo y a la cotorra! De la magnífica esfinge no se preocupaban para nada.

Como sin duda imagináis, habíase concertado su plan entre el encantador y el príncipe Kissador. El príncipe se encontraba cerca, en la linde de un bosque próximo, con un centenar de sus guardias. Tan pronto como la familia Ratón hubiera penetrado en la esfinge, se la pescaría como en una ratonera. Si cien hombres no conseguían apoderarse de cinco aves, de un ratón y de un joven, enamorado, sería indudable que se encontraban protegidos por un poder sobrenatural.

Durante la espera, el príncipe iba y venía dando muestras de la más viva impaciencia. ¡Haber sido vencído en sus tentativas contra la familia y contra la hermosa Ratina! ¡Ay de la familia si Gardafur recobrase su poder! Pero el encantador se encontraría reducido aun a la impotencia durante algunas semanas.

En fin, por aquella vez habían sido también tomadas todas las medidas, que muy probablemente ni Ratina ni los suyos podrían escapar a las asechanza y maquinaciones de su tenaz perseguidor.

En aquel momento apareció Gardafur a la cabeza de la pequeña caravana, y el príncipe, rodeado de sus guardias, estaba dispuesto a intervenir.

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