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La familia Ratón

Editado
© Juan Suárez
11 de marzo del 2003
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La familia Ratón
Capítulo VI

Es una hermosa ciudad, la ciudad de Ratópolis. Está situada en un reino, cuyo nombre he olvidado, que no está ni en Europa, ni en Asia, ni en África, ni en Oceanía, ni en América, si bien se encuentra en alguna parte.

En todo caso, el paisaje que rodea a Ratópolis se parece mucho al paisaje holandés. Es fresco, verde, limpio, con nítidos arroyuelos, jardines sombreados por hermosos árboles y grandes praderas donde pacen los más felices rebaños del mundo.

Como todas las ciudades, Ratópolis tiene calles, plazas y bulevares; pero esos bulevares, esas plazas, esas calles están bordeados de quesos magníficos, a guisa de casas: Gruyére, Roquefort, Holanda, Chester de veinte especies. En el interior se han abierto pisos, apartamentos, habitaciones. Allí es donde vive, en república, una numerosa población de ratas, sabia, modesta y previsora.

Serían las siete de la tarde de un domingo. En familia, ratas y ratones se paseaban tomando el fresco. Después de haber trabajado con ardor durante toda la semana, renovando las provisiones de la casa, reposaban el séptimo día.

Ahora bien, el príncipe Kissador se hallaba a la sazón en Ratópolis, acompañado de su inseparable Gardafur. Habiendo sabido que los miembros de la familia Ratón, después de haber sido peces durante algún tiempo, habían vuelto a ser ratones, se ocupaban en prepararles secretas emboscadas.

-Cuando pienso -repetía el príncipe- que a esa maldita hada es a quien deben otra vez su nueva transformación...

-¡Pues bien, tanto mejor! -respondía Gardafur-; ahora será más fácil cogerlos. Siendo peces podían escaparse con suma facilidad, en tanto que ahora son ratas o ratones, y sabremos perfectamente apoderarnos de ellos, y una vez en nuestro poder -añadió el encantador-, la bella Ratina acabará por enloquecer por vuestra señoría.

Ante aquel discurso, el fatuo se engañaba, se pavonaba, lanzando miradas a las lindas ratas que estaban paseando.

-Gardafur -dijo-. ¿está todo dispuesto?

-Todo, príncipe, y Ratina no podrá escapar de la trampa que le he tendido.

Y Gardafur mostraba un elegante lecho de follaje, preparado en un rincón de la plaza.

-Ese lindo retiro oculta una trampa -dijo-, y yo os prometo que la bella estará hoy mismo en el palacio de vuestra señoría, en el que no podrá resistirse a las gracias de vuestro espritu y a las seducciones de vuestra persona.

¡Y el imbécil se regodeaba ante aquellas groseras adulaciones del encantador!

-Hela ahí -dijo Gardafur-; venid, príncipe, no es conveniente que nos vea.

Uno seguido del otro se perdieron en la calle más próxima.

Era Ratina, en efecto, pero acompañada de Ratín. ¡Qué encantadora estaba con su lindo y su gracioso porte de rata! El joven le decía:

-¡Ah, querida Ratina, qué pena que no seas aun una señorita...! Si para casarme en seguida hubiera podido convertirme en ratón, no habría vacilado un instante, ¡pero eso es imposible!

-Pues bien, mi querido Ratín, hay que aguardar...

-¡Aguardar...! ¡Siempre aguardar!

-¿Qué importa, toda vez que sabes que te amo y que jamás seré de otro? Por lo demás, el hada buena nos protege y nada tenemos que temer ya del malvado Gardafur ni del príncipe Kissador...

-¡Ese impertinente -exclamó Ratín-, ese necio, a quien he de aplicar un correctivo...!

-¡No, Ratín mío, no, no le busques pendencia! Tiene guardias que le defenderían... ¡Ten paciencia, ya que es preciso, y confianza, ya que yo te amo!

Mientras Ratina decía con tanta gentileza estas cosas, el joven la estrechaba contra su corazón y besaba sus patitas.

Y como se sintiese un poco cansada de su paseo:

-Ratín -le dijo-, he aquí el retiro en el que tengo costumbre de descansar. Ve a casa a prevenir a mi padre y a mi madre, y diles que me encontrarán aquí para ir a la fiesta.

Es una hermosa ciudad, la ciudad de Ratópolis.

Y Ratina se deslizó en aquel agradable retiro.

De pronto se hizo un ruido seco, como el chasquido de un resorte que funciona...

El follaje ocultaba una pérfida ratonera, y Ratina, que no podía abrigar la menor desconfianza, acababa de tocar el resorte. Bruscamente había caído una verja de hierro, tapando la abertura, y Ratina quedó prisionera.

Ratín lanzó un grito de cólera, al que respondió el grito de desesperación de Ratina y el grito de triunfo de Gardafur, que corrió hacia allí con el príncipe Kissador.

En vano el joven se aferró a la verja, haciendo esfuerzos titánicos para romper los barrotes, en vano quiso lanzarse sobre el príncipe.

Lo mejor era correr en busca de socorro para librar a la desventurada Ratina, y esto fue lo que hizo Ratín, corriendo por la Calle Mayor de Ratópolis.

Mientras, Ratina era sacada de la ratonera y el príncipe Kissador le decía lo más galantemente del mundo:

-¡Ya te tengo, pequeña, y ahora ya no te escaparás más!

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