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La familia Ratón

Editado
© Juan Suárez
11 de marzo del 2003
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La familia Ratón
Capítulo III

La marea está bajando. La resaca bate suavemente el pie del banco de Samobrives. Entre los peñascos hay pequeños charcos de agua. Hay que avanzar con cuidado cubiertos y procurando no dar un resbalón en las rocas de algas, porque la caída sería peligrosa.

¡Qué enorme cantidad de moluscos de todas las especies hay en aquel banco! Pero lo que más abunda son las ostras; las hay allí a millares.

Una media docena de las más hermosas se esconden bajo las plantas marinas. Me equivoco, no hay más que cinco. ¡El sitio de la sexta se halla desocupado!

He aquí ahora que estas ostras se abren a los rayos de sol, a fin de respirar la fresca brisa del mar. Al propio tiempo, se escapa de ellas una especie de cántico quejumbroso y lastimero, como una lamentación de Semana Santa.

Las valvas de aquellos moluscos han ido abriéndose paulatinamente. Por entre sus franjas transparentes se dibujan algunas figuras fáciles de reconocer; una de ellas es la de Ratón, el padre, un filósofo, un sabio que se resigna a aceptar la vida bajo todas sus formas y vicisitudes.

-Es indudable -piensa- que después de haber sido ratón, convertirse en molusco no deja de ser triste y molesto. ¡Pero es menester resignarse y tomar las cosas como vengan!

En la segunda ostra gesticula un rostro contrariado, cuyos ojos lanzan chispas. En vano es que se esfuerce por salir fuera de la concha; es la señora Ratona, y dice:

-¡Hallarme encerrada en esta cárcel de nácar, yo que ocupaba el primer rango en nuestra ciudad de Ratópolis...! ¡Yo que, una vez llegada a la fase humana, habría conseguido ser una gran señora, princesa tal vez...! ¡Ah, el miserable Gardafur!

En la tercera ostra se muestra la cara atontolinada del primo Raté, un perfecto badulaque, bastante poltrón, que enderezaba las orejas al menor ruido, como una liebre. Debo deciros que, como es natural en su calidad de primo, hacía la corte a la primita, pero Ratina, según sabemos, amaba a otro, y a este otro le detestaba cordialmente Raté.

-¡Ay, ay! -decía-. ¡Qué destino! Al menos, cuando yo era ratón podía correr, salvarme, evitar los gatos y las ratoneras. Mas aquí, basta que me cojan con una docena de mis semejantes, y el cuchillo grosero de una cocinera me abrirá brutalmente e iré a figurar sobre la mesa de un ricacho y devorado... ¡vivo aún, tal vez!

En la cuarta ostra encontrábase el cocinero Rata, un verdadero maestro del arte culinario, muy orgulloso de sus talentos, muy vanidoso de su saber.

-¡Ese maldito Gardafur! -gritaba-. ¡Si alguna vez le tengo al alcance de mi mano, no se me escapará sin que le retuerza el pescuezo! ¡Yo, Rata, que hacía cosas tan excelentes como la fama pregona bien alto, verme emparedado entre dos conchas! Y mi mujer Ratana...

-Aquí estoy -dijo una voz que salía de la quinta ostra-. ¡No te apesadumbres ni te enojes, mi pobre Rata! Si bien es verdad que no me es dado acercarme a ti, no por eso dejo de estar a tu lado, y cuando tú subas la escala, la subiremos juntos...

¡La buena Ratana! Una excelente criatura, tan sencilla, tan modesta, tan amante de su marido, y, al igual que éste, muy devota de sus amos.

Luego, la triste letanía adquirió tonos lúgubres. Algunos centenares de ostras que aguardaban también su liberación se unieron a aquel concierto de lamentaciones. Aquello partía el corazón. ¡Y qué recrudecimiento de dolor para Ratón, el padre, y para la señora Ratona, si hubiera tenido noticia de que su hija no estaba ya con ellos!

De súbito, se hizo un gran silencio; todo el mundo enmudeció y las conchas se cerraron.

Gardafur acababa de llegar a la playa, cubierto con su largo ropón de encantador, tocada su cabeza con el tradicional gorro, y la fisonomía huraña. Junto a él se advertía al príncipe Kissador, vestido con ricos trajes. Difícilmente podréis imaginaron hasta qué extremo se hallaba este señor infatuado de su persona, y cómo se componía y acicalaba para hacer resaltar sus gracias.

-¿Dónde estamos? -preguntó.

-En el banco de Samobrives, príncipe -respondió obsequiosamente Gardafur.

-¿Y esa familia Ratón...?

-¡Continúa en el sitio en que la incrusté para daros gusto!

-¡Ah, Gardafur! ¡Esa linda Ratina me tiene embrujado...! ¡Es preciso que sea mía...! Te pago para que me sirvas, y si no lo consigues, ¡ten cuidado...!

-¡Príncipe -respondió Gardafur-, si bien pude transformar a toda esa familia de ratas en moluscos, antes de habérseme retirado el poder, no me es posible ahora hacer de ellos seres humanos, bien lo sabéis!

-Sí, Gardafur, y eso es lo que me llena de rabia...

Ambos personajes llegaron al banco en el momento en que dos personas aparecían al otro lado; eran el hada Firmenta y el joven Ratín, oprimiendo éste contra su pecho la doble concha que encerraba a su bien amada.

De pronto descubrieron al príncipe y a Gardafur.

-Gardafur -dijo el hada-, ¿qué vienes a hacer aquí? ¿Preparas alguna otra maquinación criminal?

-Hada Firmenta -dijo el príncipe Kissador-, tú sabes que estoy loco por esa gentil Ratina, muy poco prudente y avisada para rechazar a un señor de mi rango y condición, y que aguardo con gran impaciencia la hora en que tú la conviertas en muchacha...

-Cuando lo haga -respondió el hada-, será para que pertenezca a aquel a quien ella prefiere y ame.

-¡Ese impertinente -replicó el Príncipe-, ese Ratín, a quien Gardafur convertirá sin gran trabajo en asno cuando yo le haya alargado un poco las orejas!

Ante aquel insulto, el joven no pudo contenerse y quiso lanzarse contra el príncipe y castigar su insolencia, pero el hada, cogiéndole de la mano:

-Modera tus arrebatos y calma tu cólera -le dijo-; no es aún tiempo de vengarte, y los insultos del príncipe se volverán algún día contra él. Haz lo que tienes que hacer y partamos.

Obedeció Ratín, y después de estrecharla por última vez contra sus labios, fue a depositar la ostra en medio de su familia.

Casi en seguida la marea comenzó a cubrir el banco de Samobrives, el agua invadió las últimas puntas y todo desapareció en el horizonte, hasta altamar, cuyo contorno se confundía con el del cielo.

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