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La familia Ratón

Editado
© Juan Suárez
11 de marzo del 2003
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La familia Ratón
Capítulo XIII

De esta suerte se celebró la boda del príncipe Ratín y de la princesa Ratina, con una extrema magnificencia digna de aquel hermoso joven y de aquella linda muchacha, nacidos el uno para el otro.

Al regreso de la capilla, el cortejo desfiló en el mismo orden y con la misma corrección y nobleza de actitudes, como, según parece, sólo se encuentra en las clases elevadas.

Si se objeta que todos aquellos señores no eran, sin embargo, más que advenedizos al fin y al cabo, que en virtud de las leyes de la metempsicosis habían ido pasando por muy humildes fases, que fueron moluscos sin alma, peces sin inteligencia, volátiles sin seso, cuadrúpedos sin raciocinio, responderemos que nadie podría creer semejante cosa al observar su corrección y elegancia. Las buenas maneras, por otra parte, se aprenden como se aprende la Historia o la Geografía. Pensando, no obstante, en lo que pudo ser en el pasado, el hombre haría perfectamente en mostrarse más modesto y la Humanidad ganaría bastante con ello.

Tras la ceremonia del matrimonio hubo una comida espléndida en la gran sala del palacio. Decir que se comió ambrosía preparada por los primeros cocineros del siglo y que se bebió néctar procedente de las mejores bodegas del Olimpo no sería decir demasiado.

La fiesta, en fin, terminó con un baile, en el que lindas bayaderas y graciosas almeas, vestidas con sus trajes orientales, causaron la admiración y el encanto de la augusta asamblea.

El príncipe Ratín, como era natural, había abierto el baile con la princesa Ratina en una contradanza en la que la duquesa Ratona figuraba del brazo de un príncipe de sangre real, don Rata en compañía de una embajadora y Ratana conducida por el propio sobrino de un Gran Elector.

En cuanto al primo Raté, tardó mucho tiempo en exhibir su persona. Por mucho que le costase permanecer apartado, no se atrevía a invitar a las encantadoras mujeres que pululaban por la sala. Decidióse, al fin, por sacar a bailar a una deliciosa condesa de notable distinción... Aquella amable dama aceptó..., un poco ligeramente tal vez, y he allí a la pareja lanzada en el torbellino de un vals de Gung'l.

¡Ah, qué efecto...! En vano había querido el primo Raté recoger bajo el brazo su rabo de asno, lo mismo que las valsadoras hacen con su cola. Aquel rabo, arrastrado por el movimiento centrífugo hubo de escapársele. Y entonces hele allí que se extiende como un plumero, que azota a los grupos de bailarines, que se enrosca en sus piernas, que produce las caídas más comprometedoras, y es causa, en fin, de la propia caída del marqués Raté y de la deliciosa condesa, su compañera.

Hubo que sacarla de allí, medio desvanecida de vergüenza, en tanto que el primo corría a esconderse con toda la velocidad de sus piernas.

Aquel burlesco episodio dio fin a la fiesta, y todo el mundo se retiró en el momento en el que se anunciaba el comienzo de una magnífica sesión de fuegos artificiales.

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