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París en el siglo XX
Editado
© Cristian A. Tello
7 de julio del 2004
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París en el siglo XX
Capítulo X
Gran revista de los autores franceses, que realizo
el tío Huguenin el domingo 15 de abril de 1961

-Y ahora vamos al postre -dijo el tío Huguenin, señalando los estantes cargados de libros.

-Esto me devuelve el apetito -comentó Michel-. Devoremos.

El tío y el sobrino, tan joven el uno como el otro, empezaron a hurgar en 20 sitios; pero M. Huguenin no tardó en poner un poco de orden en el pillaje.

-Ven aquí -le dijo a Michel-, y comenccemos por el principio. Hoy vamos a leer; vamos a mirar y a conversar. Será una revista más que una batalla; imagina que eres Napoleón en el patio de las Tullerías y no en el campo de Austerlitz. Pon las manos a tu espalda. Vamos a pasar entre las filas.

-Yo te sigo, tío.

-Hijo mío, recuerda que va a desfilar ante tu vista el ejército más hermoso del mundo, y que no hay otra nación que te pueda ofrecer algo semejante ni que haya conseguido tantas victorias sobre la barbarie.

-La Grande Armée de la literatuurra.

-Aquí tienes la primera fila, acorazados con buen empaste, a los veteranos del siglo XVI: Amyot, Ronsard, Rabelais, Montaigne, Mathurin Régnier; se mantienen firmes en sus puestos, y todavía se puede advertir su influencia original en esta hermosa lengua francesa que fundaron. Pero hay que decirlo, se batieron más por ideas que por formas. Y aquí cerca hay un general que demostró mucho coraje, pero que sobre todo perfeccionó las armas de su época.

-Malherbe -dijo Michel..

-El mismo. El que un día dijo que los cargadores de Port-au-foin fueron sus maestros; allí recogió las metáforas y las expresiones eminentementes galas; las pulió y adornó y así construyó esa bella lengua que tan bien se hablaba en los siglos XVII, XVIII y XIX.

-¡Ah! -exclamó Michel, mostrando un volumen único, de aspecto rudo y orgulloso-. ¡Éste sí que fue un gran capitán!

-Sí, hijo mío, como Alejandro, César o Napoleón; este último lo hubiera hecho príncipe. El viejo Corneille, un guerrero que se multiplicó, pues sus ediciones clásicas son multitud; ésta que ves es la edición número cincuenta y uno, y última, de sus obras completas; es de 1873; después no se lo volvió a editar.

-Te habrá costado mucho conseguir estas obras.

-¡Al contrario! Todo el mundo se deshace de ellas. Aquí tienes la edición número cuarenta y uno de las obras completas de Racine; la número ciento cincuenta de Moliére, la número cuarenta de Pascal, la número doscientos tres de La Fontaine. Son las últimas, tienen más de cien años, y ya son la alegría de los bibliófilos. Estos grandes genios han cumplido su tiempo y ahora están relegados a la categoría de curiosidades arqueológicas.

-Y en realidad -comentó el joven-, hablan un lenguaje que hoy resulta incomprensible.

-¡Dices bien, hijo mío! Se ha perdido la hermosa lengua francesa; la lengua que ilustres extranjeros como Leibniz, Federico el Grande, Ancillon, Humboldt y Heine escogieron para expresar sus ideas, ese lenguaje maravilloso que Goethe lamentaba no haber escrito, ese idioma elegante que pudo ser griego o latín en el siglo XVI, italiano bajo Catalina de Médicis o gascón bajo Enrique IV, y que hoy es un argot horrible. Cada uno, olvidando que una lengua vale más si mantiene la sobriedad, ha creado su propia jerga para nombrar su cosa. Los botánicos, los especialistas en historia natural, los físicos, los químicos y los matemáticos han compuesto horrorosas mezclas de palabras; los inventores han extraído del vocabulario inglés los apelativos más desagradables; los criadores para sus caballos, los jinetes para sus carreras, los vendedores de automóviles para sus vehículos, los filósofos para su filosofía...Todos parecen creer que el francés es demasiado pobre y se entregan al extranjero. ¡Bien! ¡Tanto mejor! ¡Que olviden el francés! Es aún más hermoso en su pobreza y no quiere enriquecerse si eso significa prostituirse. Nuestra lengua, hijo mío, la de Malherbe, Moliére, Bossuet, Voltaire, Nodier y Victor Hugo, es una hija bien educada y la puedes amar sin temor, ya que los bárbaros del siglo XX no han conseguido convertirla en cortesana.

-Muy bien dicho, tío. Ahora comprendo la encantadora manía del profesor Richelot, que desprecia la lengua vulgar de hoy y sólo habla un latín afrancesado. Se burlan de él, pero el profesor tiene razón. ¿Pero acaso el francés no se convirtió en la lengua de la diplomacia?

-¡Sí! ¡Para su daño! En 1678, durante el congreso de Nimega. Sus cualidades de flexibilidad y claridad hicieron que se lo escogiera para la diplomacia, que es la ciencia de la duplicidad, del equívoco y de la mentira. Y así se fue poco a poco alterando y perdiendo. Verás que llegará el día en que la cambiarán.

-¡Pobre francés! -exclamó Michel-. Me parece que Bossuet, Fénelon y Saint-Simon ni siquiera lo reconocerían.

-¡Su hijo se ha descarriado! Mira lo que sucede por frecuentar sabios, industriales, diplomáticos y otras malas compañías. ¡La disipación, la degeneración! ¡Un diccioanrio de 1960, si pretende incluir todas las palabras de uso actual, duplicaría a uno de 1860! Y puedes adivinar lo que encontrarías allí. Pero volvamos a nuestra revista; no conviene tener demasiado tiempo a los soldados en armas.

-Allí hay una fila de hermosos volúmenes.

-Bellos y a veces buenos -dijo el tío Huguenin-. Es la edición número cuatrocientas ochenta de las obras de Voltaire: espíritu universal, el segundo en todos los géneros, según monsieur Joseph Prudhomme. Dijo Stendhal que en 1978 Voltaire sería vehículo y que los imbéciles a medias lo convertirían en su Dios. Stendhal, felizmente, esperaba demasiado de las generaciones futuras. ¿Imbéciles a medias? En realidad sólo hay imbéciles completos, y a Voltaire no lo estiman más que a otros. Y, para seguir con la metáfora, Voltaire, me parece, sólo era un general de escritorio. Sólo sa batía en su habitación, no se arriesgaba bastante. Sus humoradas, arma poco peligrosa al cabo, fallaban a menudo y las gentes que mató han vivido finalmente más que el mismo.

-¿Pero no fue un gran escritor?

-Sin duda, sobrino, era una verdadera encarnación de la lengua francesa, la manejaba con elegancia, con ingenio, tal como antaño esos sargentos derribaban muros en la sala de armas. Pero venía un conscripto, en el terreno mismo del combate, y mataba a su maestro al primer golpe. Para decirlo de una vez, y esto puede parecer sorprendente en un hombre que escribía tan bien, Voltaire en realidad no era un valiente.

-Te creo -dijo Michel.

-Pasemos a otros -continuó el tío, y se acercó a una nueva fila de soldados de aspecto severo y sombrío.

-Éstos son los autores de fines del siglo XVIII -comentó el joven.

-¡Sí! Jean Jacques Rousseau, que ha dicho las cosas más hermosas sobre el Evangelio, como Robespierre ha escrito los pensamientos más notables sobre la inmortabilidad del alma. ¡Verdadero general de la República, en sandalias, sin guarniciones ni atuendo lleno de bordados! Pero consiguió victorias admirables. Mira, allí cerca está Beaumarchais, un tirador de vanguardia, que se entregó a fondo en esa gran batalla del 89 que la civilización ganó a la barbarie. Desgraciadamente, después se ha abusado un tanto de ella y ese demonio del progreso nos ha llevado hasta donde estamos.

-Quizás terminará por haber una revoluución en su contra -dijo Michel.

-Es posible -respondió el tío Huguenin-, y no dejará de ser curioso. Pero no caigamos en divagaciones filosóficas y sigamos circulando entre filas. Aquí está un fastuoso jefe de ejércitos, que pasó cuarenta años de su vida hablando de su modestia. Chateaubriand, al cual ni sus Memorias de ultratumba han conseguido salvar del olvido.

-Y por ahí está Bernandin de Saint-Pierre -dijo Michel-, cuyo relato, Paul et Virginie, ya no conmueve a nadie.

-¡Ay! -continuó el tío Huguenin-, hoy Paul sería banquero y se dedicaría a la trata de blancas, y Virginie se casaría con el hijo de un fabricante de resortes para locomotoras. ¡Mira! Aquí están las famosas memorias de mosieur de Talleyrand, que se publicaron, conforme exigió, treinta años después de su muerte. Estoy seguro de que este hombre debe continuar de diplomático allí donde esté; pero no creo que el diablo lo deje hacer mucho.

Más allá alcanzo a ver a un oficial que manejó muy bien la pluma y la espada, un gran helenista, que escribió en francés como un contemporáneo de Tácito: Paul-Louis Courier. Cuando nuestra lengua se pierda, Michel, se la podrá reconstruir enteramente con las obras de este notable escritor. Y aquí vemos a Nodier, el amable, y a Béranger, un gran hombre de Estado que hizo canciones en sus horas libres. Por fin veo que llegamos a esa generación brillante, que escapó de la Restauración como del seminario y que hizo mucho ruido en la calle.

-¡Lamartine! -exclamó el joven-. Un gran poeta.

-Uno de los maestros de la literatura de imágenes, verdadera estatua de Memnón que resuena a los rayos del sol. Pobre Lamartine, que después de haber prodigado su fortuna en las causas más nobles y llegado a pobre en las calles de una ciudad ingrata, prodigó su talento a sus acreedores, libró a Saint-Point de la plaga de las hipotecas, y murió de dolor viendo que su tierra familiar, allí donde reposaban los suyos, era expropiada por una compañía de ferrocarriles...

-Pobre poeta -replicó el joven.

-Junto a su lira -continuó el tío Huguenin- puedes ver la guitarra de Alfred de Musset. Ya no se la toca, y hay que ser un viejo fanático como yo para gozar con las vibraciones de estas cuerdas laxas. Hemos ingresado a la música de nuestro ejército.

-¡Ah! ¡Victor Hugo! -casi gritó Michel-. Espero que lo contarás entre nuestros grandes capitanes...

-Lo sitúo en primera fila, hijo mío, mientras agita la bandera romántica en el puente de Arcole, vencedor de las batallas de Hernani, de Ruy Blas, de Burgraves, de Marion. Como Bonaparte, ya era general en jefe a los 25 años y derrotaba a los clásicos austríacos en cada encuentro. Nunca, hijo mío, se combinó el pensamiento humano con forma más vigorosa como en el cerebro de este hombre, horno capaz de soportar las temperaturas más altas. No conozco nada, ni en la antigüedad ni en los tiempos modernos, que lo supere en violencia y riqueza imaginativas. Victor Hugo es la más alta expresión de la primera mitad del siglo XIX y jefe de una escuela que jamás será igualada. Sus obras completas han tenido setenta y cinco ediciones y ésta es la última. Lo han olvidado como a los demás, hijo mío. ¡No alcanzó a matar a bastantes para que lo recordaran!

-¡Ah! Allí tienes los veinte volúmenes de Balzac -dijo Michel, subiendo a un taburete.

-¡Sí! ¡Por cierto! Balzac es el primer novelista del mundo, y muchos de sus personajes superan a los del mismo Moliére. En nuestra época no habría tenido el valor de escribir La comedia humana.

-Sin embargo -replicó Michel, describió muchas costumbres de villanos, y muchos de sus héroes no lo harían mal entre nosotros.

-Sin duda -respondió M. Huguenin-, pero dónde hallaremos un De Marsay, unos Granville, unos Chesnel, Mirouet, Du Guénic, Montriveau, o un caballero de Valois o La Chanterie, Maufrigneuse, unas Eugenias Grandet o Pierrette, personajes encantadores, nobles, inteligentes, valerosos, caritativos, candorosos, que él copiaba de la realidad y nunca inventaba...Es verdad que no le faltaban personajes rapaces, como esos financistas que la legalidad protege, y tanto ladrón amnistiado, como los Crevel, los Nucingen, los Vautrin, los Corentin, los Hulot y los Gobseck.

-Me parece- dijo Michel, que pasó a otra fila- que aquí hay otro gran autor.

-¡Claro que sí! Es Alejandro Dumas, el Murat de la literatura, a quien la muerte interrumpió cuando escribía su volumen noventa y tres. Fue el cuentista más divertido, su índole pródiga le permitió abusar de todo sin hacerse daño: abusó de su talento, de su ingenio, de su verbo, de su impulso, de su fuerza física cuando se apoderó del polvorín de Soissons, de su nacimiento, de su color, de Francia, de España, de Italia, de las riberas del Rin, de Suiza, de Argelia, del Cáucaso, del monte Sinaí y de Nápoles sobre todo, donde consiguió entrar a pesar de las dificultades. ¡Personalidad asombrosa! Se calcula que habría llegado a ver su ejemplar cuatro millones si no se hubiera envenenado en la plenitud de su vida con un plato que él mismo acababa de inventar.

-Un accidente molesto y fatal -comentó Michel-. ¿Y no hubo otras víctimas?

-Desgraciadamente sí. Entre otras Jules Janin, un crítico de la época que componía textos en latín para los periódicos. Ocurrió durante una cena de reconciliación que le ofrecía a Alejandro Dumas. Con ellos murió también un escritor más joven, Monselet, de quien nos queda una obra maestra, desafortunadamente inconclusa: el Dictionnaire des Gourmets, de cuarenta y cinco volúmenes, y que sólo llegó hasta la efe, hasta la palabra “farsa”.

-Demonios -exclamó Michel-, eso prometía mucho.

-Aquí tenemos ahora a Fréderic Soulié, atrevido soldado, bueno para los golpes de mano y capaz de superar una posición desesperada; a Gozlan, capitán de húsares; a Merimée, general de antesala; a Saint-Beuve, superintendente de la milicia, director de manutención; a Arago, sabio oficial de cierto genio que supo hacerse perdonar su ciencia. Mira, Michel, las obras de George Sand, genio maravilloso, uno de los mayores escritores de Francia, finalmente condecorado en 1859, y a quien su hijo le presentó la cruz.

-¿Y de quiénes son esos libros ceñudos? -preguntó Michel, señalando una larga serie de volúmenes que casi se ocultaban sobre una cornisa.

-Pasa rápido por ellos, hijo mío. Es la fila de los filósofos: los Cousin, los Pierre Leroux, los Dumoulin y tantos otros; pero la filosofía, que estuvo de moda un tiempo, ya no sorprende que no se la lea.

-¿Y éste?

-Renan, un arqueólogo que hizo bastante ruido; trató de acabar con la divinidad de Cristo, y murió fulminado en 1873.

-¿Y éste otro?

-Un periodista, un publicista, un economista, un tipo ubícuo, un general de artillería más estrenduoso que brillante llamado Girardin.

-¿No era ateo?

-De ningún modo. Creía en sí mismo. ¡Mira! Allí cerca, un personaje audaz, un hombre que habría vuelto a inventar la lengua francesa si hubiera hecho falta, que hoy sería un clásico si aún se dieran sus clases: Louis Veuillot, el más vigoroso campeón de la Iglesia romana, que murió excomulgado y sorprendido por eso. Y allí está Guizot, austero historiador que en sus horas libres se divertía comprometiendo el trono de Orléans. ¿Ves esa enorme compilación? Es la única Véridique et trés authentique histoire de la Révolution et de l'Empire, publicada en 1895 por orden del gobierno para acabar con las incertidumbres que todavía plagan esta parte de nuestra historia. Para esta obra han aprovechado bastante las crónicas de Thiers.

-¡Ah! -exclamó Michel-, allí están esos soldados que me parecen siempre jóvenes y ardientes.

-Así es. Es la caballería ligera de 1860, brillante, intrépida, ruidosa, que se salta los prejuicios como si tan sólo se tratara de barreras, que franquea las convenciones como si fueran apenas obstáculos, que cae y se levanta y sigue corriendo y aunque le den en la cabeza no parece afectarse. Allí están la obra maestra de la época, Madame Bovary y La Bétise humaine, de un tal Noriac, un tema inmenso que no ha podido agotar; y también veo a los Assollant, los Aurevilly, los Baudelaire, los Paradol, los Scholl, soldados a quienes conviene estar atentos nos guste o no nos guste, pues te disparan a las piernas...

-Sólo con pólvora -comentó Michel.

-Con pólvora y balas, y eso duele. Pero mira, aquí hay un muchacho a quien no le faltaba el talento, un verdadero soldado de combate.

-¿About?

-Sí. Se jactaba, o más bien le decían que iba a ser un nuevo Voltaire; con el tiempo es probable que le hubiera llegado cerca; en 1869, desgraciadamente, un feroz crítico, el terrible Sarcey, lo mató en duelo.

-¿Y habría llegado lejos sin esa desgracia? -preguntó Michel.

- Nunca demasiado lejos -respondió el tío-. Y ésos son, hijo mío, los jefes principales de nuestro ejército literario: allá abajo están las últimas filas de oscuros soldados cuyos nombres asoman a los lectores de viejos catálogos; continúa la inspección, diviértete; allí cinco o seis siglos sólo esperan que alguien los mire.

Y así pasó la jornada. Michel dejaba de lado a los desconocidos y volvía sobre los nombres ilustres, pero creando curiosos contrastes, cayendo sobre un Gautier, cuyo estilo vacilante había envejecido un tanto, y en seguida sobre un Feydeau, el licencioso continuador de Louvert y de Laclos, pasando de Champfleury a Jean Macé, el más ingenioso divulgador de la ciencia. Sus ojos iban desde un Mery, que usaba del ingenio como un zapatero las botas, a pedido, hasta un Banville, a quien el tío Huguenin calificaba tranquilamente de juglar de las palabras; y más adelante encontró un Stahl, que editó tan cuidadosamente la casa Hetzel, y un Karr, ese moralista espiritual que no obstante carecía de ánimo para dejarse robar; caía sobre un Houssaye, que había servido en Rambouillet y tomado de allí el estilo ridículo y el preciosismo, y sobre un Saint-Victor, aún restallante después de casi cien años.

Y después volvió al punto de partida. Cogió algunos de los libros que más amaba, los abrió, leyó alguna frase aquí, una página allá, de otro sólo las cabezas de capítulo y de otro sólo los títulos; respiró ese perfume literario que le subía al cerebro como cálida emanación de los siglos idos, estrechó la mano de todos esos amigos del pasado que habría conocido y amado si hubiera tenido la audacia de nacer antes...

El tío Huguenin lo observaba hacer y rejuvenecía mirándolo.

-Y bien, ¿en qué piensas? -le preguntaba cuando lo veía inmóvil, soñando.

-Pienso que este pequeño cuarto contiene lo suficiente para hacer feliz a un hombre para siempre.

-¡Si sabe leer!

-Así lo entiendo yo, tío.

-Sí -insistió el tío-, pero con una condición.

-¿Cuál?

-¡Que no sepa escribir!!

-¿Y eso porqué?

-Porque entonces, hijo mío, quizás tendría la tentación de seguir las huellas de esos grandes escritores.

-¿Y dónde está lo malo? -insistió el joven con entusiasmo.

-Estaría perdido.

-¡Ah! -exclamó Michel-. Me quieres dar consejos.

-¡No! El que merece aquí una lección soy yo mismo.

-¡Tú! ¿Porqué?

-Por haberte aceercado a ideas locas. Te he hecho divisar la tierra prometida, hijo querido, y...

-¡Y me dejarás entrar!

-¡Sí! Siempre que me prometas algo.

-Prometido.

-Que sólo te pasearás por ella. No quiero que trabajes ese suelo ingrato. Recuerda quién eres, dónde quieres llegar, y también quién soy yo y el tiempo que hemos vivido los dos.

Michel no respondió; estrechó las manos de su tío; y éste, con seguridad, se disponía a acumular la serie de sus grandes argumentos, cuando tocaron a la puerta. M. Huguenin fue a abrir.

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