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París en el siglo XX
Editado
© Cristian A. Tello
7 de julio del 2004
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París en el siglo XX
Capítulo XI
Paseo al puerto de Grenelle

Era M. Richelot. Michel abrazó a su viejo profesor y faltó poco para que cayera en los brazos de mademoiselle Lucy, que saludaba al tío Huguenin; éste, afortunadamente, se hallaba en su puesto de recepcionista y evitó este encantador tropiezo.

-¡Michel! -exclamó M. Richelot.

-El mismo -dijo M. Huguenin.

-¡Ah! -dijo el profesor-. Vaya sorpresa jocunda, y qué tarde más deleitosa se anuncia.

-Dies albo notanda lapillo1 -replicó M. Huguenin.

-Según nuestro querido Flaccus -respondió M. Richelot.

-Mademoiselle -balbuceó el joven, saludando a la joven.

-Monsieur -contestó Lucy, con una reverencia no muy diestra.

-Candore notabilis albo2 -murmuró Michel, para gran alegría de su profesor, que perdonó este cumplido en lengua extranjera.

El joven había sido exacto, por lo demás; todo el encanto de la joven quedaba descrito en ese delicioso hemistiquio de Ovidio. ¡Admirable por el resplandor de su blancura! Mademosiselle Lucy tenía quince años y unos largos cabellos rubios que le caían sueltos en la espalda según la moda de los tiempos; su frescura tenía algo de original, si esta palabra puede dar cuenta de lo que en ella había de reciente, de puro, de apenas naciendo; sus ojos llenos de miradas inocentes y profundamente azules, su coqueta nariz delicada y casi transaparente, su boca húmeda y rosada, la gracia un tanto distante de su cuello, sus manos frescas y suaves, el elegante perfil de su talle, encantaron al joven y lo dejaron mudo de admiración. Esta joven era poesía viviente; él la sentía más que la veía; le tocaba el corazón antes que los ojos.

El éxtasis amenazaba con prolongarse indefinidamente; el tío Huguenin lo advirtió, invitó a sentarse a sus visitantes, dejó ligeramente a cubierto a la muchacha de las miradas del poeta y volvió a hablar.

-Amigos míos -dijo-, la comida no tardará en llegar.

-Podemos esperarla conversando. Y bien, Richelot, hace casi un mes que no te veía. ¿Cómo van las Humanidades?

-¡No van! -respondió el viejo profesor-. Sólo tengo tres alumnos en el curso de Retórica. ¡Qué decadencia más torpe! Nos van a suprimir; y harán bien.

-¡Suprimir! -exclamó Michel.

-¿Es posible, de verdad? -preguntó el tío Huguenin.

-Muy probable -respondió M. Richelot-. Corre el rumor de que van a suprimir las cátedras de literatura en el curso de 1962; parece que la decisión ya está tomada en una asamblea de accionistas.

“Y que irá a pasar”, pensaba el joven, que seguía mirando a la joven.

-No puedo creer una cosa así -dijo el tío, frunciendo el ceño-; no se atreverán.

-Se atreverán -insistió M. Richelot-, y será para mejor. A quién le importan los griegos y los latinos, que a lo sumo sirven para proveer de algunas raíces a las palabras de la ciencia moderna. Los alumnos ya no comprenden estas lenguas maravillosas. Los veo tan estúpidos, a estos jóvenes, que se me mezclan el disgusto y la desesperación.

-¿Pero cómo es posible que su clase se haya reducido a tres alumnos? -dijo el joven Dufrénoy.

-Y tres que están de más -exclamó el profesor encolerizado.

-Y que no corresponden al mercado -dijo el tío Huguenin-. Soy un cáncer.

-Un cáncer de primer orden -subrayó M. Richelot-. ¿Pueden creer que uno de ellos me ha traducido hace poco jus divinum por “jugo divino”?

-¡Jugo divino! -exclamó el tío. ¡Un ebrio en potencia!

-¡Y ayer! ¡Ayer mismo! Horresco referens3; adivinen, si pueden, cómo me han traducido este verso del cuarto canto de las Geórgicas: Immanis pecoris custos...4

-Ya me lo imagino -dijo Michel.

-Me sonroja hasta las orejas -comentó M. Richelot.

-Vamos, dilo -pidió el tío Huguenin-. ¿Cómo se ha traducido este pasaje en el año de gracia de 1861?

-Guardián de una pécora espantosa -respondió el viejo profesor cubriéndose el rostro.

El tío Huguenin no pudo contener las carcajadas; Lucy volvió el rostro, sonriendo; Michel la miró, triste; M. Richelot no sabía donde ponerse.

-¡Oh, Virgilio! -exclamó el tío Huguenin-. ¿Te lo habrías imaginado?

-Ya lo ven, amigos -continuó el profesor-. Más vale no traducir nada que traducir así. ¡Y en clase de Retórica! Está bien que la supriman.

-¿Y que hará usted entonces? -preguntó Michel.

-Esto, hijo mío, es otro asunto; aún no ha llegado el momento de resolverlo; y aquí vinimos a divertirnos...

-Bien, cenemos -dijo el tío.

Mientras preparaban la cena, Michel se entregó a una conversación deliciosamente trivial con mademoiselle Lucy, una charla llena de esas encantadoras inepcias bajo las cuales yace a veces un pensamiento verdadero; a su edad, mademoiselle Lucy tenía derecho a ser mucho más madura que Michel a los 19; pero no se aprovechaba de esto. Las preocupaciones por el futuro, sin embargo, le velaban el rostro puro y la tornaban seria. Miraba a su abuelo, en quien toda su vida se resumía, con evidente inquietud. Michel sorprendió una de esas miradas.

-Quiere mucho a M. Richelot -le dijo.

-Mucho, monsieur -respondió Lucy.

-Yo también, mademoiselle -agregó el jovven.

Lucy enrojeció ligeramente al ver que su afecto y el de Michel se reunían en un amigo común; era una mezcla casi de sus sentimientos más íntimos con los sentimientos del otro. Michel lo advertía y no se atrevía a mirarla.

Pero, con un formidable “A la mesa”, el tío Huguenin interrumpío este encuentro. Habían servido una hermosa cena, especialmente encargada para la ocasión. Se sentaron al festín.

Una sopa grasa y una excelente carne de caballo, muy estimada hasta el siglo XVIII y vuelta a su fama en el XX, dio cuenta del primer apetito de los comensales; después vino un poderoso jamón de cordero, preparado al azúcar y con una salsa nueva que mantenía el sabor de la carne y le agregaba aromas exquisitos, y algunas legumbres originarias del Ecuador y aclimatadas en Francia. El buen humor y la entrega del tío Huguenin, la gracia de Lucy, quien servía, y la disposición sentimental de Michel, contribuyeron al encanto de esta cena familiar. La habrían prolongado, pues terminó muy pronto, pero el corazón debió ceder ante la satisfacción del estómago.

Se levantaron de la mesa

-Ahora debemos terminar como corresponde este día tan agradable -dijo el tío Huguenin.

-Vamos a pasear -pidió Michel.

-Perfecto -dijo Lucy.

-¿Pero a dónde? -dijo el tío.

-Al puerto de Grenelle -propuso el joven.

-De acuerdo. Acaba de llegar el Leviatán IV y podremos admirar esa maravilla.

El pequeño grupo bajó a la calle. Michel ofreció el brazo a la joven, y partieron hacia el ferrocarril de circunvalación.

El famoso proyecto de convertir a París en puerto de mar que se había realizado; por mucho tiempo nadie creyó en él; hubo muchos que visitaron los trabajos del canal y se burlaron y los juzgaron inútiles. Pero al cabo de unos diez años los incrédulos debieron rendirse ante la evidencia.

La capital ya amenazaba convertirse en algo como un Liverpool en el corazón de Francia; una larga hilera de bahías excavadas en las vastas llanuras de Grenelle y de Issy podían contener mil barcos de gran tonelaje. El trabajo hercúleo de la industria parecía haber alcanzado con esto los límites de lo posible.

Durante los siglos anteriores, bajo Luis XIV, bajo Luis Felipe, a menudo se planteó esta idea de cavar un canal de París al mar. En 1863 autorizaron que una compañía hiciera, a su costa, estudios en Creil, Beauvais y Dieppe; pero las pendientes obligaban a construir numerosas esclusas y hacían falta muchos cursos de agua para alimentarlas; el Oise y el Béthune, los únicos ríos disponibles en ese trazado, muy pronto parecieron insuficientes; la compañía abandonó el proyecto.

El Estado retomó la idea sesenta y cinco años más tarde conforme a un sistema que ya se había propuesto en el siglo anterior pero cuya sencillez y lógica habían hecho que se lo descartara: se trataba de utilizar el Sena, la arteria natural entre París y el océano.

Un ingeniero civil, de nombre Montanet, cavó en menos de diez años un canal que partía en la llanura de Grenelle y terminaba un poco más abajo de Rouen; medía ciento cuarenta kilómetros de largo por setenta metros de ancho y veinte de profundidad; esto significaba un lecho que contenía ciento noventa millones de metros cúbicos de agua; el canal no corría el riesgo de secarse, pues los cincuenta mil litros por segundo que entrega el Sena bastaban de más para alimentarlo. Los trabajos que se efectuaron en el lecho del río permitieron que pasaran por él los navíos más grandes. La navegación desde Le Havre a París no ofrecía la menor dificultad.

Entonces existía en Francia, según el proyecto Dupeyrat, una red de vías férreas paralelas a todos los canales. Poderosas locomotoras remolcaban sin mayor esfuerzo a las barcazas y barcos de transporte.

Este sistema se aplicó en gran escala en el canal de Rouen, y así se comprende la velocidad con que los navíos comerciales y los del Estado remontaban hasta París.

El nuevo puerto era una construcción magnífica. Muy pronto el tío Huguenin y sus huéspedes se paseaban sobre los muelles de granito en medio de una multitud de paseantes.

Existían dieciocho bahías, y solamente dos se habían reservado para los navíos del gobierno, que estaban destinados a recoger las pesquerías y las colonias francesas. Allí descansaban viejos modelos de fragatas acorazadas del siglo XIX, que los arqueólogos admiraban sin entenderlas mucho.

Esas máquinas de guerra habían llegado a tener proporciones increíbles, aunque fácilmente explicables; pues durante cincuenta años hubo una lucha ridícula entre coraza y bala, entre quién penetraba y quién resistía. Los cascos de acero se volvían tan gruesos, y tan pesados los cañones, que las naves terminaban por hundirse por el peso; este resultado terminó con la noble rivalidad en los momentos en que las balas estaban a punto de demostrar su superioridad sobre las corazas.

-Así se batían entonces -dijo el tío Huguenin, mostrando uno de esos monstruos de hierro pacíficamente relegado al extremo de la bahía-. Uno se encerraba en esas cajas de hierro y se trataba de hundir al otro o de ser hundido.

-Pero el coraje individual tenía poco quue hacer allí adentro -comentó Michel.

-El coraje estaba calibrado, como los cañones -dijo el tío riendo. Se batían las máquinas, no los hombres. Por esto se terminaron las guerras, que parecían un asunto ridículo. Entiendo las batallas cuando se luchaba cuerpo a cuerpo, cuando se mataba al enemigo con las propias manos...

-Usted es un sanguinario, monsieur Huguenin -dijo la joven.

-Nada de eso, querida hija, soy razonable, si cabe la razón en todo esto, la guerra tenía su razón de ser entonces; pero desde que los cañones tiran a ocho mil metros, y la bala de un treinta y seis puede atravesar, desde cien metros de distancia, treinta y cuatro caballos puestos de costado y sesenta y ocho hombres, tendrías que confesar que el coraje individual se convirtió en un lujo.

-En efecto -insistió Michel-, las máquinas han acabado con el coraje, los soldados son ahora unos mecánicos.

Durante esta conversación arqueológica sobre las guerras de antaño, el paseo de los cuatro visitantes por las maravillas de las bahías comerciales proseguía. Alrededor había una ciudad entera de cabarets donde los marinos desembarcados gastaban como nababs y disfrutaban de la opulencia de la tierra. Se escuchaban sus cantos roncos y vociferaciones muy marineras. Estos marineros se sentían en casa en este puerto comercial en pleno centro de la llanura de Grenelle, y tenían todo el derecho a gritar como quiseran. Formaban, desde luego, una población aparte, que no se mezclaba en absoluto con la de los demás barrios; era poco sociable. Se podía decir que Le Havre estaba separado de París, verdaderamente, por todo el largo del Sena.

Las radas comerciales se unían entre sí mediante puentes giratorios que se movían en horas fijadas de antemano por medio de máquinas de aire comprimido de la Sociedad de las Catacumbas. El agua desaparecía bajo el humo de los navíos; la mayoría se movía por acción del vapor de ácido carbónico; no había barco de tres mástiles, brick, goleta, bagre o bote que no contara con su hélice; el viento ya no interesaba; había pasado de moda; nadie lo quería, y el viejo Eolo se ocultaba avergonzado en su covacha.

La apertura de los canales de Panamá y Suez había multiplicado los negocios marítimos de larga distancia; las operaciones, libres de todo monopolio y de trabas burocráticas, adquirieron un impulso inmenso; las construcciones navales de todo tipo se multiplicaban. Era un magnífico espectáculo, sin duda, ver esos vapores de todas las nacionalidades y de todos los tamaños con sus banderas multicolores desplegados; enormes bodegas abrigaban las mercaderías, cuya descarga se efectuaba por medio de las máquinas más ingeniosas: unas confeccionaban los bultos, otras los pesaban, otras los etiquetaban y otras los trasladaban a bordo; las construciones, remolcadas por locomotoras, se deslizaban a lo largo de los muelles de granito; los bultos de lana y de algodón, los sacos de azúcar o de café, las cajas de té, todos los productos de las cinco partes del mundo se apilaban en verdaderas montañas; reinaba en el aire ese perfume sui géneris que se puede llamar el olor del comercio; carteles multicolores anunciaban la partida de navíos para cada rincón del globo y todos los idiomas de la tierra se hablaban en ese puerto de Grenelle, el de mayor movimiento del universo.

La vista de la bahía, desde las alturas de Arcueil o de Meudon, era verdaderamente admirable; la mirada se perdía en esa selva de mástiles empavesados en los días festivos; la torre de señales de mareas se elevaba a la entrada del puerto y a su extremo un faro eléctrico, sin gran utilidad, perforaba la noche de ciento ochenta metros de altura.

Era el monumento más alto del mundo, y su haz luminoso llegaba a ciento veinte kilómetros; se lo podía apreciar desde las torres de la catedral de Rouen.

El conjunto merecía ser admirado

-Esto es hermoso de verdad -comentó el tío Huguenin.

-Un pulcro espectáculo -agregó el professor.

-Si no contamos ni con el agua ni con el viento del mar -agregó M. Huguenin-, por lo menos tenemos los navíos que el agua trae y que el viento empuja.

Pero la multitud se apretujaba en un lugar; allí era muy difícil acercarse; en los muelles de la rada más amplia apenas cabía el gigantesco Leviatán IV, que acababa de llegar; el Great Eastern del siglo pasado ni siquiera le habría servido de chalupa; venía de Nueva York, y los norteamericanos podían jactarse de haber vencido a los ingleses; tenía treinta mástiles y quince chimeneas; la máquina poseía una fuerza de treinta mil caballos, de los cuales veinte mil se aplicaban a sus ruedas y diez mil a su hélice; sus ferrocarriles interiores permitían circular velozmente por sus puentes; en el intervalo entre mástil y mástil se podían admirar plazas con árboles cuya sombra cubría macizos de flores y céspedes; los elegantes podían cabalgar por sus sinuosos senderos. Tres metros de tierra vegetal extendida sobre cubierta producían este parque flotante. El navío era un mundo y su marcha era prodigiosa; cruzaba en tres días de Nueva York a Southampton; medía setenta metros de ancho; su largo se puede calcular fácilmente por este hecho: cuando el Leviatán IV tocaba con la proa el sitio de desembarque, los pasajeros de popa aún debían recorrer más de ochocientos metros para llegar a tierra firme.

-Muy pronto -comentó el tío Huguenin, paseándose bajo las encinas y las acacias del puente- van a construir ese fantástico navío holandés cuyo bauprés estará en la isla Mauricio cuando el timón todavía esté en la rada de Brest.

¿Admiraban Michel y Lucy esta gigantesca máquina tal como toda esa gente asombrada? Lo ignoro; pero se paseaban conversando en voz baja o callando juntos, mirando al infinito. ¡Regresaron a la casa del tío Huguenin sin haber notado ninguna de las maravillas del puerto de Grenelle!

Línea divisoria

1. Un día para señalar con una piedra blanca.
2. Admirablle por el resplandor de su blancura.
3. Me horroriza hablar de ello.
4. Guardián de una gran manada.

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