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París en el siglo XX
Editado
© Cristian A. Tello
7 de julio del 2004
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París en el siglo XX
Capítulo V
Donde se habla de máquinas calculadoresa y de cajas que se defienden por sí mismas

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Michel Dufrénoy se encaminó a las oficinas de la banca Casmodage y Cía. Ocupaban una de esas casas construidas sobre el emplazamiento de la vieja ópera de la rue Neuve-Drout. Condujeron al joven a un vasto paralelogramo provisto de artefactos de una singular estructura que no advirtió en un primer momento. Parecían pianos formidables.

Michel miró entonces la oficina contigua y reparó en unas cajas gigantescas: tenían aspectos de ciudadelas; poco les faltaba para tener almenas; en cada una fácilmente podría haberse alojado una guarnición de 20 hombres.

Michel no pudo evitar estremecerse ante la vista de esos cofres blindados y acorazados.

“Parecen a prueba de bombas”, se dijo.

Un hombre de unos 50 años, con una pluma en la oreja, se paseaba gravemente a lo largo de esos monumentos. Michel advirtió de inmediato que el sujeto pertenecía a la familia de la gente de cifras, orden de los cajeros; ese individuo exacto, ordenado, gruñón y rabioso, cobraba con entusiasmo y sólo pagaba sufriendo, parecía estimar que los pagos eran robos que se hacían a su caja y que lo que recibía sólo era una restitución. Unos 60 funcionarios, despachantes y copistas escribían a duras penas y calculaban bajo su alta dirección.

Michel debía ocupar un lugar entre ellos; un sirviente lo condujo donde el personaje importante que lo esperaba.

-Monsieur -le dijo el cajero-, lo primero es que olvide que pertenece a la familia Boutardin. Es la orden.

-Me parece perfecto -respondió Michel.

-Comenzará su aprendizaje en la máquina número 4.

Michel se volvió y contempló la máquina número 4. Era una calculadora.

Hacía mucho que Pascal había contruido un instrumento de esa especie; en su tiempo su concepción pareció una maravilla. A partir de entonces, el arquitecto Perrault, el conde de Stanhope, Thomas de Colmar, Mauret y Jayet, le habían aportado importantes modificaciones.

La casa Casmodage poseía verdaderas obras maestras; esos instrumentos parecían, en efecto, enormes pianos; apretando las teclas se obtenían instantáneamente totales, restas, productos, cocientes, proporciones, cálculo de amortizaciones y de intereses compuestos para periodos infinitos y a todas las tasas imaginables. ¡Las notas altas daban hasta el 150 %! Nada había más maravilloso que estas máquinas, que habrían derrotado sin dificultades a las Mondeux y a las [?]1

Pero hacía falta saber manejarla, y Michel debía tomar lecciones de digitación.

Ya se ve, estaba ingresando en una casa bancaria que recurría a todos los adelantos de la mecánica y los adoptaba.

Por otra parte, en esa época, la abundancia de negocios y la multiplicidad de correspondencia concedían una importancia extraordinaria al más sencillo equipamiento.

El correo de la casa Casmodage movía por lo menos tres mil cartas diarias, que salían por todos los rincones del mundo. Una máquina Lenoir, de 15 caballos de fuerza, copiaba sin pausa las cartas que 500 empleados le iban entregando.

Y sin embargo el telégrafo eléctrico habría debido disminuir enormemente la cantidad de cartas, ya que nuevos perfeccionamientos permitían una correspondencia directa con los destinatarios; el secreto se podía así guardar y los negocios más considerables tratarse con seguridad a la distancia. Cada casa poseía sus cables propios, que operaban según el sistema Wheatstone, en uso en toda Inglaterra hacía tiempo. Innumerables valores que se cotizaban en el mercado libre se inscribían por sí mismo en los paneles situados al centro de las bolsas de París, Londres, Francfort, Amsterdan, Turín, Berlín, Viena, San Petersburgo, Constantinopla, Nueva York, Valparaíso, Calcuta, Sidney, Pekín y Nouka-Hiva.

Por otra parte, el telégrafo fotográfico, inventado en el siglo pasado por el profesor Giovanni Caselli, en Florencia, permitía enviar a cualquier parte el facsímil de cualquier escritura, autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio de contratos a diez mil kilómetros de distancia.

La red telegráfica cubría ya la superficie completa de los continentes y el fondo de los mares; América se encontraba a la altura de Europa, y en la experiencia solemne que se hizo en Londres en 1903, dos científicos se pusieron en contacto después de hacer que sus despachos recorrieran toda la faz de la tierra.

A nadie debería sorprender que en esa época de grandes negocios aumentara vertiginosamente el consumo de papel; Francia, que fabricaba sesenta millones de kilos hace doscientos años, gastaba ahora más de trescientos; nadie temía que se fueran a agotar los trapos, pues se los había reemplazado, con ventaja, por arbustos y árboles; y en el lapso de doce horas, los procesos de Watt y Burgess convertían un trozo de materia prima en magnífico papel; los bosques ya no se utilizaban para la calefacción; servían para imprimir.

La casa Casmodage fue una de las primeras que adoptó este papel derivado de maderas y plantas análogas; cuando lo utilizaba para documentos oficiales, billetes o acciones, lo modificaba con ácido gálico de Lemfelder que lo volvía resistente a la acción de los agentes químicos de los falsificadores; crecía la cantidad de ladrones junto con la de los negocios; había que cuidarse.

Así era esta casa donde se concentraban enormes negocios. El joven Dufrénoy iba a desempeñar allí un papel muy modesto; sería el primer servidor de su máquina de calcular; ese mismo día asumió sus funciones.

El trabajo mecánico le resultaba sumamente difícil; carecía del pertinente fuego sagrado, el artefacto funcionaba bastante mal bajo sus dedos; un mes después cometía más errores que al principio; pero no enloqueció.

Lo controlaban severamente para terminar con sus veleidades de independencia y sus instintos artísticos; no contó con un solo domingo o tarde libre para visitar a su tío. Su único consuelo era escribirle a escondidas.

Muy pronto fue presa del desaliento y el disgusto; verdaderamente se sentía incapaz de continuar con ese trabajo manual.

A fines de noviembre, ocurrió la siguiente conversación entre M. Casmodage, Boutardin hijo y el cajero:

-Ese muchacho es soberanamente imbécil -dijo el banquero.

-A decir verdad, estoy de acuerdo -respondió el cajero.

-Es lo que antes se llamaba un artista -intervino Athanase- y nosotros llamamos un insensato.

-La máquina resulta un instrumento peligroso en sus manos -agregó el banquero-; nos entrega sumas en vez de restas y nunca ha conseguido calcular ni siquiera un 15% de interés...

-Es lamentable -dijo el primo.

-¿Y en qué podemos emplearlo? -preguntó el cajero.

-¿Sabe leer? -quiso averiguar M. Casmodage.

-Es de esperar -contestó Athanase, dudoso.

-Se lo podría utilizar en el Libro Grande, puede dictarle a Quinsonnas, que necesita un ayudante.

-Tiene usted razón -confirmó el primo-; dictar es seguramente su única habilidad, porque escribe pésimo.

-Y en una época en que todo el mundo sabe escribir -agregó el cajero.

-Si no resulta en ese trabajo -observó M. Casmodage-, habrá que dejarlo para limpiar los muebles.

-Y ojalá sirviera para eso -remachó el primo.

-Que venga -dijo el banquero.

Michel compareció entonces ante el temible triunvarato

-Monsieur Dufrénoy -dijo el jefe de la casa, sonriendo con la más despectiva de sus sonrisas-, su evidente incapacidad nos obliga a retirarlo de la dirección de la máquina número 4; los resultados que usted obtiene provocan continuos errores en nuestros papeles; esto no puede continuar.

-Lo siento, señor... -empezó a decir Michel, fríamente.

-Sus disculpas son inútiles -continuó, con severidad, el banquero-. Ya lo hemos destinado al Libro Grande. Me han dicho que usted sabe leer. Va a dictar.

Michel no respondió. ¡Casi no le importaba! ¡El Libro Grande o la máquina! ¡Eran lo mismo! Preguntó cuándo cambiaría de cargo y se retiró.

-Mañana -alcanzó a decirle Athanase-. Le avisaremos a monsieur Quinsonnas.

El joven salió de la oficina. No pensaba en el nuevo trabajo, sino en Quinsonnas, cuyo nombre lo atemorizaba. ¿Quién podría ser? ¿Algún individuo envejecido en la copia de artículos del Libro Grande, que durante sesenta años ha pasado balanceando cuentas corrientes, aquejado por la fiebre del saldo y frenético de partidas y contrapartidas? A Michel lo asombraba que no hubieran reemplazado aún por una máquina al tenedor de libros.

No obstante, lo alegraba verdaderamente no ver más a su calculadora; estaba orgulloso de haberla menejado mal; esa máquina tenía el aspecto de un piano, no lo era y eso le repugnaba.

Michel, encerrado en su habitación, reflexionaba mientras llegaba velozmente la noche. Se acostó, pero no pudo dormir; de su cerebro se apoderó una especie de pesadilla. El Libro Grande se le presentó con dimensiones fantásticas; sus hojas lo apresaban como si fuera una planta disecada; o bien se sentía preso bajo el lomo encuadernado, que lo aplastaba con sus refuerzos de cobre.

Se despertó, agitado, presa del deseo urgente de contemplar ese formidable utensilio.

“Es infantil”, se dijo, “pero así quedaré en paz.”

Saltó del lecho sin hacer ruido, abrió la puerta de la habitación y salió vacilando, tentando en la oscuridad con los brazos extendidos y los ojos parpadeantes; avanzó por las oficinas.

Las enormes salas estaban oscuras y silenciosas, las mismas que el estrépito de las monedas, el tintineo del oro, el roce de los billetes y el chirrido de las plumas en el papel que llenaban durante el día con los ruidos propios de un banco. Michel avanzaba al azar, se perdía en el laberinto; no tenía claro dónde se encontraba el Libro Grande; pero continuaba; tuvo que atravesar la sala de máquinas; las alcanzó a ver entre las sombras.

“Duermen”, se dijo, “ya no calculan.”

De súbito sintió que el suelo cedía bajo sus pies y se produjo un ruido espantoso; se cerraron estrepitosamente las puertas de las salas; los cerrojos y los candados se consolidaron; silbidos ensordecedores surgían de todas las cornisas; y repentinamente se iluminó toda la oficina; pero Michel seguía descendiendo, precipitándose al parecer en un agujero sin fondo.

Desconcertado, lleno de espanto, quiso huir apenas le pareció que el suelo se inmovilizaba. ¡Imposible! Estaba prisionero en una jaula de hierro.

Y en ese momento advirtió que una serie de personas a medio vestir corrían hacia él.

-Un ladrón -gritaba uno.

-¡Ya está preso! -vociferaba otro.

-¡Llamen a la policía!

Michel no tardó en notar que entre los testigos de su desastre estaban M. Casmodage y el primo Athanase.

-¡Usted! -gritó uno.

-¡Él! -gritó el otro.

-¡Iba a forzar la caja!

-¡Lo único que faltaba!

-Debe ser sonámbulo -dijo alguien.

La mayor parte de los hombres en pijamas prefirieron sostener esa opinión; así salvaban la honra del joven Dufrénoy. Y desenjaularon al joven, víctima inocente de esas cajas perfeccionadas que se defendían por sí mismas.

En medio de la oscuridad, Michel había rozado con los brazos la caja de valores, sensible y pudorosa como una doncella; un sistema de seguridad se había puesto a funcionar inmediatamente. Se entreabrió una plancha móvil en el piso y al mismo tiempo se iluminaron con luz eléctrica las oficinas y se cerraron con violencia las puertas. Los empleados, que despertaron con la potente algarabía, se precipitaron hacia la caja, que ya había bajado hasta el subsuelo.

-¡Esto le enseñará a no pasearse por doonde no debe! -le dijo el banquero al joven.

Michel, avergonzado, no halló qué decir.

-¡Caramba, qué aparato más ingenioso! -exclamó Athanase.

-Pero no estará completo -le informó M. Casmodage- hasta que el ladón, depositado en un coche de seguridad, sea conducido, por la presión de un resorte, a la Prefectura de Policía.

“Y sobre todo”, pensó Michel, “hasta que la máquina aplique por sí misma el artículo del código penal relativo a los robos con violencia.”

Pero se guardó esta reflexión para sí mismo. Y se marchó en medio de las carcajadas de los demás.

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