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París en el siglo XX
Editado
© Cristian A. Tello
7 de julio del 2004
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París en el siglo XX
Capítulo XV
Miseria

Durante su estadía en el Gran Depósito Dramático, de abril a septiembre -cinco meses de decepciones y sobresaltos-, Michel no había olvidado ni a su tío Huguenin ni a su profesor Richelot.

Pasó muchas tardes en casa de uno o del otro; las mejores tardes de su vida; con el profesor hablaba del bibliotecario; con el bibliotecario no hablaba del profesor sino de la pequeña Lucy, y lo hacía lleno de sentimiento.

-Mi vista no es muy buena -le dijo un día el tío-, pero me parece ver que la amas.

-Sí, tío, como un loco.

-Ámala como loco, pero cásate con ella como un sabio; cuando...

-¿Cuándo podrá ser eso? -preguntó Michel, temblando.

-Cuando consigas una posición estable; trata de hacerlo por ella, si no te resulta por ti mismo.

Michel no dijo nada ante esas palabras; se sentía furioso.

-¿Pero Lucy te ama a ti? -le preguntó el tío otro día.

-No lo sé -dijo Michel-. ¿Pero de qué le serviría yo? Verdaderamente no hay ningún motivo para que me ame.

Y esa tarde, después de que le hicieron esa pregunta, Michel parecía el más desgraciado de los hombres.

No obstante, la joven ni siquiera se preguntaba si el pobre muchacho tenía o no tenía una posición. En verdad eso no le preocupaba; se estaba acostumbrando poco a poco a ver a Michel, a escucharlo, a esperarlo cuando no estaba; los dos hablaban de todo y de nada. Los dos viejos los dejaban hacer. ¿Porqué impedirles amarse? No se lo decían. Hablaban del porvenir. Michel no se atrevía a plantear la cuestión, quemante, del presente.

-No sabes cuánto te voy a amar un día -le decía.

Había en todo ello un matiz que Lucy apreciaba, pero que era cuestión de tiempo y no convenía resolver ahora.

Y después el joven se entregaba a toda su poesía; se sabía escuchado, comprendido, y se volcaba por completo en el corazón de la joven. Era él junto a ella; sin embargo, no le escribía versos a Lucy; era incapaz de hacerlo; la amaba demasiado realmente; no comprendía la alianza del amor y de la rima, ni que se pudieran someter sus sentimientos a las exigencias de una censura.

No obstante, por su cuenta, su poesía se impregnaba de esos pensamientos tan queridos, y cuando le decía algunos versos a Lucy, ésta los escuchaba como si ella misma los hubiera escrito; parecían responder siempre una pregunta secreta que ella no se atrevía a plantear a nadie.

Una tarde Michel le dijo, mirándola a los ojos:

-Está por llegar el día.

-¿Qué día? -preguntó la joven.

-El día en que voy a amarte.

-¡Ah! -exclamó Lucy.

Y más tarde, de vez en cuando, él le repetía:

-El día se acerca.

Y al fin, una hermosa tarde de agosto, le dijo:

-Ya ha llegado.

Y le tomó las manos.

-El día en que me vas a amar -murmuró la joven.

-El día en que te amo -agregó Michel.

Cuando el tío Huguenin y el profesor Richelot advirtieron que los jóvenes habían llegado a esta página del libro, les dijeron:

-Ya está muy leído, hijos míos, cierren el volumen, y tú, Michel, trabaja por los dos.

Y no hubo más fiesta de compromiso.

En esta situación, se comprende, Michel no hablaba de sus trabajos. Cuando le preguntaban como iban las cosas en el Gran Depósito Dramático, respondía con evasivas. No era el ideal; debía acostumbrarse; pero ya lo conseguiría.

Los dos ancianos no veían más allá; Lucy adivinaba los sufrimientos de Michel y lo alentaba del mejor modo que podía. Pero se interesaba un poco, le importaba el tema.

Es de imaginar entonces el profundo desaliento y la deseperación del joven cuando volvió a encontrarse a merced del azar. Hubo un instante terrible en que la existencia se le mostró bajo su aspecto verdadero, con sus fatigas, sus decepciones, su ironía. Se sintió más póbre, más inútil, más desclasado que nunca.

“¿Qué he venido a hacer en este mundo?”, se preguntaba. “Ni siquiera me han invitado. Me tengo que marchar.”

Recordaba a Lucy y vacilaba.

Acudió donde Quinsonnas. Lo encontró cosiendo un saco, un saco pequeño que una modesta bolsa de dormir habría mirado desdeñosamente.

Michel refirió su aventura.

-No me extraña nada -le dijo Quinsonnas-. No estás hecho para ningún tipo de colaboración a gran escala. ¿Qué vas a hacer?

-Trabajar solo.

-¡Ah! -respondió el pianista-.¿No has perdido el valor?

-Veremos. ¿Pero en qué estás tú, Quinsonnas?

-Me marcho

-¿Te vas de París?

-Sí, y aún mejor. La fama francesa no se consigue en Francia; es un producto extranjero que se importa; voy a conseguir que me importen.

-¿Pero a dónde te vas?

-A Alemania. A asombrar a esos bebedores de cerveza y fumadores de pipa. ¡Oirás hablar de mí!

-¿Entonces ya cuentas con los medios?

-¡Sí! Pero hablaremos de tí. Vas a luchar. Está bien. ¿Pero tienes dinero?

-Algunos cientos de francos.

-Es poco. Te dejo mi alojamiento. Hay tres meses pagados.

-Pero...

-Perderías si no te quedas en él. Y he ahorrado mil francos. Compartámoslos.

-Jamás -le dijo Michel.

-Hijo mío, eres un imbécil. Te debería dar todo, y te ofrezco la mitad. Pero son quinientos francos que te doy.

-Quinsonnas -dijo Michel, con lágrimas en los ojos.

-¡Lloras! ¡Tienes razón! Es la puesta en escena que corresponde a la partida. ¡Tranquilo! ¡Voy a volver! ¡Vamos! ¡Un abrazo!

Michel se arrojó en brazos de Quinsonnas, que se había jurado no emocionarse y huyó para no traicionar sus sentimientos.

Michel se quedó sólo. De inmediato decidió no contarle a nadie su cambio de situación, ni a su tío ni al abuelo de Lucy. No tenía sentido provocarles más impresiones violentas.

“Voy a trabajar, voy a escribir”, se repetía, para endurecerse. “Hay otros que han luchado y los que este siglo ingrato se ha negado a reconocer. Veremos.”

Al día siguiente se hizo traer su escaso equipaje a la habitación de su amigo y puso manos a la obra.

Quería publicar un libro de poesías inútiles pero hermosas; trabajó sin pausa, casi en ayunas, pensando y soñando; sólo dormía para seguir soñando.

No supo más de la familia Boutardin; evitaba pasar por las calles que le pertenecían; imaginaba que lo iban a amonestar. Pero su tutor ni pensaba en él; se había liberado de un imbécil y se felicitaba por ello.

Su única felicidad, cuando dejaba la habitación, era visitar a M. Richelot. No salía por ningún otro motivo.

Iba a concentrarse en la contemplación de la joven y a beber de esa fuente inagotable de poesía. ¡Cómo la amaba! Y, había que confesarlo, ¡cómo era amado! Ese amor le colmaba la existencia; no comprendía que hiciera falta otra cosa para vivir.

Sus recursos, sin embargo, se iban agotando poco a poco; y él no lo advertía.

A mediados de octubre, una visita que hizo al viejo profesor lo dejó muy afligido; encontró triste a Lucy y quiso saber la razón de esa pena.

Las clases habían vuelto a empezar en la Sociedad de Crédito Instruccional; no habían suprimido la de Retórica, es verdad; pero casi; M. Richelot sólo tenía un alumno. ¡Uno solo! Si el alumno faltaba, ¿qué sería del viejo profesor? No tenía fortuna. Y eso podría suceder cualquier día. Sólo le darían las gracias.

-No hablo por mí -dijo Lucy-, pero me innquieta mi pobre abuelo.

-Voy a hacer algo -le dijo Michel.

Pero lo dijo con tan poca convicción que Lucy ni se atrevió a mirarlo.

Michel sintió como el rojo de la impotencia le subía al rostro.

Y cuando estuvo solo, se dijo: “Haré lo posible. Ojalá pueda cumplir mis promesas. Y ahora, ¡a trabajar!”

Y volvió a su habitación.

Pasaron muchos días. Muchas hermosas ideas eclosionaron en el cerebro del joven y bajo su pluma adquirieron formas encantadoras. Por fin terminó su libro, si se puede decir que un libro así se termina jamás. Tituló Las esperanzas a su recopilación de poemas. Y había que engañarse mucho para tener esparanzas todavía.

Y empezó a recorrer editoriales. Inútil contar con la escena previsible que se producía con cada una de estas tentativas insensatas. Ni un librero quiso leer su libro.

Así les fue a su papel, a su tinta y a sus esperanzas.

Regresó desesperado. Sus ahorros se terminaban; pensó en su profesor; buscó un trabajo manual; las máquinas reemplazaban al hombre con ventaja en todas partes; no hubo más recursos; en otra época habría vendido la piel a cualquier hijo de familia obligado a la conscripción; este tipo de tráfico ya no existía.

Llegó el mes de diciembre, el mes en que se cumplen todos los plazos; el mes del frío, la tristeza; el mes que termina con el año sin terminar con los dolores, ese mes que casi sobra en todas las vidas. La palabra más espantosa de la lengua francesa, la palabra miseria, se inscribía en la frente de Michel. Sus ropas envejecieron y cayeron poco a poco como las hojas de los árboles al comienzo del invierno; y no había primavera que las fuera a recuperar.

Empezó a avergonzarse de sí mismo. Visitaba cada vez menos al profesor y lo mismo a su tío; sentía la miseria; fingió tener trabajos importantes, incluso inventó viajes, habría inspirado piedad si la piedad no hubiera sido expulsada de la tierra en esa época egoísta.

El invierno de 1961 a 1962 fue particularmente duro; superó a los de 1789, 1813 y 1829 por su rigor y su duración.

El frío empezó en París el quince de noviembre y las heladas continuaron sin interrupción hasta el veintiocho de febrero; la nieve alcanzó una altura de setenta y cinco centímetros y muy poco menos el hielo que cubría los estanques y los ríos; el termómetro bajó a menos de veintitrés grados bajo cero durante quince días seguidos. El Sena se cubrió de hielos durante cuarenta y dos días y la navegación se interrumpió por completo.

Ese frío terible fue general en Francia y en toda Europa; el Rin, el Garona, el Loira, el Ródano, se cubrieron de hielo; el Támesis se heló hasta Gravesand, veinte kilómetros más arriba de Londres; el puerto de Ostende se solidificó y los carros lo podían atravesar circulando sin dificultad sobre los hielos.

El invierno expandió sus rigores hasta Italia, donde la nieve fue muy abundante, y hasta Lisboa, donde las heladas duraron cuatro semanas, y hasta Constantinopla, que quedó enteramente bloqueada.

La prolongación de esta temperatura produjo desastres funestos; gran cantidad de personas pereció de frío; las disputas de los pueblos se suspendieron; por la noche, la gente caía de frío por las calles. Los vehículos dejaron de circular y los ferrocarriles se interrumpieron, no sólo porque la nieve obstaculizaba el paso sino porque los conductores morían de frío si permanecían en las locomotoras.

La agricultura fue víctima principal de la calamidad inmensa; perecieron las viñas, las higueras, los olivos de Provenza; los troncos de los árboles estallaban a lo largo; hasta los juncos y los arbustos menores sucumbían bajo la nieve.

La cosecha de trigo y de cebada se arruinó ese año. Podrán imaginarse los espantosos sufrimientos de la población pobre, a pesar de las medidas que tomó el Estado para aliviarlos; todos los recursos de la ciencia resultaron insuficientes ante tamaña invasión; la ciencia había domado el rayo, suprimido las distancias, sometido el tiempo y el espacio a su voluntad, colocado las fuerzas más secretas de la naturaleza al alcance de todos, controlado las inundaciones, dominado la atmósfera, pero nada podía hacer contra ese enemigo terrible e invencible, el frío.

La caridad pública consiguió algo más, pero poco todavía, y la miseria alcanzó los mayores extremos.

Michel sufrió intensamente, carecía de fuego y el combustible estaba fuera de su alcance. No se calentó con nada.

Muy pronto tuvo que reducir su alimentación a lo más indispensable; llegó a consumir los productos más miserables.

Durante algunas semanas vivió gracias a un preparado llamado queso de papas que entonces se hacía; era una pasta homogénea amasada y cocida; pero hasta eso le costaba demasiado.

El pobre diablo llegó a comer pan de la fécula disecada de sustancias imprecisas, que se conocía como el pan del hambre.

Pero el rigor de los tiempos hizo subir el precio y hasta esto último le resultaba caro.

Durante enero, el mes más duro del invierno, Michel se vio obligado a comer pan negro de hulla.

La ciencia había analizado minuciosamente el carbón de piedra, que parece una verdadera piedra filosofal: encierra el diamante, la luz, el calor, el aceite y mil otros elementos, ya que sus diversas combinaciones han entregado setecientas sustancias orgánicas. Pero también contiene una considerable cantidad de hidrógeno y carbono, los dos elemntos nutritivos del trigo, sin que haga falta mencionar las esencias que conceden gusto y aroma a los frutos más sabrosos.

Con este hidrógeno y este carbono cierto doctor Frankland hizo pan, y éste era el pan más barato.

Habrá que confesar que había que ser muy infortunado para morir de hambre; la ciencia no lo permitía.

Michel no murió; ¿pero cómo vivía?

Por poco que sea, el pan de hulla cuesta de todos modos algo, y cuando literalmente no se puede trabajar, dos centavos no se encuentran sino un número limitado de veces en un franco.

Michel llegó finalmente a su última moneda. La contempló un tiempo, y después empezó a reir de manera siniestra. Tenía la cabeza dentro de un círculo de fuego a causa del frío, y muy pronto empezó a encendérsele también el cerebro.

“A dos centavos la libra de pan”, se dijo, “y a razón de una libra por día, me quedan alrededor de dos meses de pan de hulla por delante. Pero nunca le he ofrecido nada a la pequeña Lucy. Le voy a comprar el primer ramo de flores con mi última moneda.”

Y el desgraciado bajó la calle como un loco.

El termómetro marcaba veinte grados bajo cero.

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