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París en el siglo XX
Editado
© Cristian A. Tello
7 de julio del 2004
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París en el siglo XX
Capítulo XIV
El Gran Depósito Dramático

En una época donde todo se centralizaba, tanto el pensamiento como la fuerza mecánica, parecía muy natural que se hubiera creado un Depósito Dramático.

En 1903 se presentaron unos hombres prácticos e industriosos que obtuvieron la autorización y el privilegio para fundar esa importante sociedad.

Veinte años después pasó a manos del gobierno, y funcionaba a las órdenes de un director general, consejero del Estado.

Los cincuenta teatros de la capital se proveían allí de obras de todo tipo; algunas ya estaban compuestas; otras se hacían a pedido; alguna destinada a un actor; otra conforme a alguna idea.

La censura desapareció, por cierto, ante este estado de cosas, y sus emblemáticas tijeras en el fondo de un cajón; el uso las había gastado bastante, pero el gobierno se pudo ahorrar el gasto de afilarlas.

Los directores de los teatros de París y de provincia eran funcionarios del Estado; se los desiganaba, remuneraba, jubilaba y condecoraba según la edad y los servicios prestados.

Los actores estaban incluidos en el presupuesto aunque aún no eran empleados del gobierno; los viejos prejuicios se debilitaban día a día en este sentido; su oficio formaba parte de las profesiones honorables; se los presentaba más y más en los salones, compartían papeles con los invitados, y habían terminado por ser gente de mundo; habían grandes damas que competían con las actrices y que llegaban a decirles durante la actuación frases de esta índole: “Usted vale más que yo, madame, la virtud le brilla en la frente; yo sólo soy una cortesana miserable.”

Y otras gracias de ese tipo.

Había incluso un poderoso socio de la Comédie francaise que representaba en su casa obras íntimas para las hijas de familia.

Todo esto realzaba mucho la profesión de actor. La creación del Gran Depósito Dramático hizo desaparecer la alicaída sociedad de autores; los empleados de la sociedad recibían sus asiganciones mensuales, bastante elevadas por cierto, pero el Estado se encargaba del pago.

Existía entonces la Alta Dirección de Literatura Dramática. Si bien el Gran Depósito no producía obras maestras, por lo menos divertía a la población dócil con obras pasables; no se representaba a los autores antiguos; a veces, a modo de excepción, se montaba un Moliere en el Palais Royal, acompañado de canciones y de burlas de los señores actores; pero habían eliminado por completo a Hugo, Dumas, Ponsrad, Augier, Scribe, Sardou, Barriere, Meurice y Vacquerie; es verdad que antaño habían abusado quizás de su talento para entusiasmar a su público; ahora bien, en una sociedad bien organizada el siglo debe, a lo más, marchar, pero no correr; y aquellas obras tenían piernas y pulmones de animal veloz, lo cual no dejaba de ser peligroso.

Todo sucedía entonces en orden, como es propio de gente civilizada; los actores-funcionarios vivían bien y no se agotaban; ya no había poetas bohemios, esos genios miserables que parecen protestar eternamente contra el orden de las cosas. ¿Quién podría quejarse de una organización que mataba la personalidad de la gente y sólo entregaba al público un conjunto literario suficiente para sus necesidades?

Alguna vez un pobre diablo que sentía en el corazón el fuego sagrado trataba de penetrar allí pero los teatros se le clausuraban; tenían compromisos con el Gran Depósito Dramático. Entonces el poeta incomprendido publicaba una hermosa comedia a su costa; nadie la leía y pasaba a ser presa de esos pequeños seres de la familia de los roedores, que eran quizás los más instruidos de su época, si leían todo lo que iba a parar a sus dientes.

Michel Dufrénoy se encaminó finalmente, con la carta de recomendación, al Gran Depósito, esa institución reconocida por decreto como establecimiento de utilidad pública.

Las oficinas de la sociedad quedaban en la rue Neuve-Palestro y ocupaban un viejo cuartel en desuso.

Presentaron a Michel al director.

Era sumamente serio, imbuido de la importancia de sus funciones, nunca se reía; no se inmutaba ni con las expresiones mejor logradas de sus comedias; era a prueba de bombas; sus empleados le reprochaban que los manejaba militarmente. Pero tenía que tratar a tanta gente.

Autores de comedias, dramaturgos, folletinistas, libretistas; sin contar a los doscientos funcionarios de la oficina de copia y la legión de claques.

Porque la administración proveía a los teatros según la índole de las obras presentadas; esos señores, muy disciplinados, estudiaban con la ayuda de sabios profesores el delicado arte del aplauso y toda su gama de matices.

Michel presentó la carta de Quinsonnas. El director la leyó en voz alta y dijo:

-Monsieur, conozco muy bien a su protector y me encantaría serle de utilidad; me habla de sus aptitudes literarias.

-Monsieur -respondió con modestia el joven-, todavía no he producido nada.

-Tanto mejor, eso es un mérito para nosotros -dijo el director.

-Pero tengo algunas ideas nuevas.

-Inútil, monsieur, no necesitamos novedades; aquí debe desparacer todo rasgo personal; deberá fundirse en un vasto conjunto que produce obras promedio. Pero no me puedo apartar de las normas establecidas, deberá rendir un examen de ingreso.

-Un examen de ingreso -dijo Michel asombbrado.

-Sí. Una composición escrita.

-Bien, monsieur, estoy a sus órdenes.

-¿Está preparado para que sea hoy mismo?

-Cuando usted quiera, monsieur director.

-Ahora mismo.

El director dio órdenes y Michel se encontró en una habitación con pluma, papel, tinta y un tema de composición. Lo dejaron solo.

Quedó atónito. Esperaba hablar de algún periodo histórico, resumir algún producto del arte dramático, analizar alguna obra maestra del repertorio antiguo ¡Qué muchacho!

Debía imaginar un momento teatral a partir de una situación dada, un fragmento ingenioso y ligero que tuviera algún juego de palabras.

Se armó de coraje y trabajó lo mejor que pudo.

Su composición resultó débil e incompleta; el oficio, como se dice aún, le faltaba; el efecto teatral era muy menguado, la frase resultaba demasiado poética para una comedia y el juego de palabras completamente incomprensible.

Sin embargo, gracias a su protector, lo aceptaron con una asignación de mil ochocientos francos. Como el efecto teatral era la parte menos débil de su examen, lo designaron en la división de comedias.

El Gran Depósito Dramático era una organización maravillosa.

Tenía cinco grandes divisiones:

1. Alta comedia y comedia de carácter.
2. Vaudeville propiamente tal.
3. Drama histórico y drama moderno.
4. Ópera y ópera cómica.
5. Revistas, fantasías y encargos oficiales.

La tragedia se había suprimido.

Cada división poseía empleados especialistas; su nomenclatura permitirá conocer poco a poco el mecanismo de esta gran institución donde todo estaba previsto, ordenado y clasificado.

En treinta y seis horas se podía entregar una comedia o una revista de fin de año.

Instalaron entonces a Michel en su oficina de la primera división.

Allí había empleados talentosos, dedicados uno a la exposición, otros a los desenlaces; éste a las salidas y aquel a las entradas de los personajes; uno mantenía la oficina de rimas ricas, cuando los versos eran imprescindibles; otro, la de rimas corrientes para un simple diálogo de acción.

Existía también la especialidad de funcionarios, a los que incorporaron a Michel; estos empleados, muy hábiles por lo demás, tenían la misión de rehacer las obras de los siglos pasados; o bien las copiaban directamente o bien alteraban a los personajes.

De esta manera la administración acababa de obtener un inmenso éxito en el teatro del Gimnasio con Le Demi Monde ingeniosamente alterado; la baronesa d'Ange se había convertido en una joven ingenua y sin experiencia que no terminaba de caer en las redes de Nanjac; sin su amiga, madame de Jalin, antigua amante de Nanjac; el golpe estaba listo; el episodio de los damascos y la descripción de este mundo de gente casada y en el cual jamás se veía a las mujeres conmovían a la sala.

También habían rehecho Gabrielle, pues el gobierno tenía interés en manejar a las mujeres de los abogados en circunstancias que no comprendo mucho. Julien iba a escapar del hogar con su amante cuando su mujer, Gabrielle, lo busca y le arma un cuadro tal de infelicidad con perdición en el campo, borrachera con vino barato, camas de sábanas húmedas, que Julien renuncia a su crimen por estas altas razones morales y termina diciendo: “Oh, madre de familia, oh, poeta, te amo.”

Esta obra, titulada ahora Julien, incluso fue coronada por la Academia.

Michel se sentía casi aniquilado a medida que iba penetrando los secretos de esta gran institución; pero necesitaba ganar su remuneración, y muy pronto se encontró a cargo de considerable cantidad de trabajo.

Le pasaron, para que lo rehiciera, Nos intimes, de Sardou.

El desgraciado sudó sangre y agua; le gustaba esa obra con Madame Caussade y sus amigas envidiosas, egoístas y desenfrenadas; es verdad que quizás se pudiera reemplazar al doctor Thozolan por una mujer sabia y que en la escena de la violación, Madame Maurice podría esgrimir los sonetos de Madame Caussade. ¡Pero el desenlace! ¡Imposible! Michel podía romperse la cabeza, pero no llegaría a conseguir que ese zorro famoso matara a Madame Caussade.

Lo obligaron entonces a renunciar y a confesar su impotencia.

El director supo de este resultado y se decepcionó. Resolvieron probar al joven en el drama. ¡Quizás pudiera aportar algo!

Quince días después de su ingreso al Gran Depósito Dramático, Michel Dufrénoy pasaba de la división de la comedia a la de drama.

Esta división comprendía el gran drama histórico y el drama moderno.

El primero incluía dos secciones de historia enteramente distintas: una en que la historia real, seria, era recogida, palabra por palabra, de los buenos autores; y otra en que se falseaba y desneutralizaba vergonzosamente la historia conforme a este axioma de un gran dramaturgo del siglo XX: “Hay que violar a la historia para hacerle un hijo”.

¡Y les parecían hermosos, aunque no se parecían en nada a sus madres!

Los principales especialistas del drama histórico eran los funcionarios encargados de los golpes teatrales de efecto, sobre todo en el cuarto acto; se les entregaba la obra apenas esbozada y ellos la cosían encarnizadamente; el empleado de los discursos llamados “de las grandes damas” también detentaba un alto cargo en la administración.

El drama moderno incluía el de atuendo negro y formal y el de trajes informales; a veces los dos géneros se fusionaban pero a la administración no le gustaba esta mezcla; podía perjudicar las costumbres de los empleados y éstos se podían deslizar fácilmente cuesta abajo y poner en boca de un elegante palabras dignas de un canalla. Esto, sin embargo, tropezaba con la especialidad del conservador de argot.

Había cierta cantidad de empleados dedicados a asesinatos, muertes violentas, envenenamientos y violaciones, uno de ellos no tenía igual arte de hacer caer el telón en el momento preciso; bastaría un segundo de atraso para dejar en mal pie al actor o a la actriz del caso.

Este funcionario, buen hombre por lo demás, de unos cincuenta años, padre de familia, honorable y honrado, ganaba unos veinte mil francos y hacía más de treinta años que ensayaba las escenas de violación con incomparable seguridad.

A Michel, apenas ingresado en esta division, le encargaron rehacer enteramente el drama Amazampo o el descubrimiento de la quina, obra importante que se presentó por primera vez en 1827.

No era un trabajo pequeño, se trataba de hacer una obra esencialmente moderna, pero el descubrimiento de la quina era muy antiguo.

Los funcionaros encargados del trabajo, sudaron la gota gorda; la obra estaba en muy malas condiciones. Sus efectos estaban muy gastados, sus hilos conductores muy podridos y sus estructura muy debilitada por tantos años de silencio en los estantes. Más valía hacer una obra nueva; pero las órdenes de la administración eran formales; el gobierno quería presentar al público este importante descubirmiento de antaño, de los tiempos en que reinaba en París las fiebres. Se trataba, entonces, de poner a la altura de los tiempos esa obra, costara lo que costara.

El talento de los funcionarios se puso en juego. Fue un verdadero tour de force, pero el pobre Michel casi no participó en esa obra maestra; no aportó la menor idea; no supo explotar la situación; su nulidad era absoluta en la materia. Decidieron que era un incapaz.

Enviaron al director un informe que no lo beneficiaba en nada; después de un mes de drama hubo que hacerlo descender a la tercera división.

“No sirvo para nada”, se dijo el joven. “No tengo ni imaginación ni ingenio. ¡Pero qué manera de hacer teatro es ésta!”

Y se desesperaba y maldecía esta organización; olvidaba que la colaboración del siglo XIX contenía el germen de toda la institución del Gran Depósito Dramático.

Y esto era colaboración elevada a centésima potencia.

Michel cayó entonces del drama al vaudeville. Allí estaban los hombres más alegres de Francia; el encargado de las coplas rivalizaba con el que se ocupaba de los chistes; la sección de situaciones confusas y de palabras groseras estaba bajo la responsabilidad de un joven muy agradable. El departamento de juegos de palabras funcionaba a la perfección. Existía además una oficina central de elementos de ingenio, de apartes de doble sentido y de patadas en el trasero; servía a todas las reparticiones de las cinco divisiones; la administración no toleraba el uso de una palabra extraña, a menos que ya se la hubiera usado durante dieciocho meses por lo menos; conforme a sus órdenes, se trabajaba sin cesar en el desplume del diccionario, y se efectuaba un relevamiento constante de cuanta palabra, frase o galicismo, privado de su sentido habitual, pudiera emplearse para algo imprevisto; el último inventario de la sociedad ofrecía un activo de setenta y cinco mil juegos de palabras, un cuarto de las cuales eran completamente nuevos y el resto todavía presentable. Aquéllos se pagaban más caros.

Gracias a esta economía, a esta reserva, a este depósito, los productos de la tercera división resultaban excelentes.

Cuando se supo del poco éxito de Michel en las divisiones superiores, se cuidaron de proponerle una parte fácil de la confección de vaudevilles; no se le exigió que aportara ideas ni que inventara palabras; le entregaron una situación que debía desarrollar.

Se trataba de un acto para el teatro del Palais Royal; se apoyaba en una situación aún nueva en el teatro y llena de efectos seguros. Sterne ya la había esbozado en el capítulo setenta y tres del libro segundo de Tristram Shandy, en el episodio de Phutatorious.

Bastaba con el título para sospechar lo que venía: ¡Abotónate el pantalón!

Se puede apreciar en seguida el partido que se podía sacar de la situación incómoda del hombre que ha olvidado satisfacer la exigencia más imperiosa de la vestimenta masculina. Los terrores, el amigo que lo presenta en un salón de un barrio elegante, la confusión de la dueña de casa. Y si a eso se une la habilidad del actor que en cada momento puede hacer creer al público que... y el divertido susto de las mujeres que... ¡Había material para un gran éxito!

Y bien, Michel, enfrentado a esta idea original, tuvo un ataque de horror y destrozó el escenario que le habían confiado.

“¡Oh!”, se dijo, “No me voy a quedar un minuto más en esta caverna. ¡Mejor morirse de hambre!”

¡Tenía razón! ¿Qué podía hacer? ¿Ir a la división de óperas y de óperas cómicas? ¡Jamás habría aceptado escribir los versos insensatos que exigían los músicos del momento!

¿Debía rebajarse al nivel de la revista, la fantasía y los encargos oficiales?

Pero en esos casos hacía falta ser maquinista o pintor, y no autor dramático, ingeniárselas para hallar un decorado nuevo y no otra cosa. En estos géneros se había ido muy lejos con la Física y la Mecánica. Sobre la escena se transportaban árboles verdaderos arraigados en cajas invisibles, trozos completos de tierra, selvas naturales y edificios construidos en piedra. Se representaba el océano con verdadera agua de mar que se vaciaba todos los días ante los espectadores y que se renovaba al día siguiente.

¿Se sentía capaz Michel de imaginar este tipo de cosas? ¿Poseía en sí mismo algo que le sirviera para actuar sobre las masas y las impulsara a verter en las cajas de los teatros lo que les sobraba en los bolsillos?

¡No! Cien veces no.

Sólo le quedaba una alternativa. Marcharse.

Y eso hizo.

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