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París en el siglo XX
Editado
© Cristian A. Tello
7 de julio del 2004
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París en el siglo XX
Capítulo XII
Opiniones de Quinsonnas sobre las mujeres

Un insomnio delicioso se apoderó de Michel la noche siguiente. ¿Para qué dormir? Más valía soñar despierto; y así lo hizo el joven, concienzudamente, hasta el alba; sus pensamientos alcanzaron los últimos límites de la poesía más etérea.

Por las mañanas, bajó las oficinas y subió a su montaña. Quinsonnas lo esperaba. Michel estrechó, o más bien aplastó, la mano de su amigo; pero fue sobrio de palabras; reasumió el dictado, y dictó en un tono ardiente.

Quinsonnas lo obsevaba, pero Michel evitaba sus miradas.

“Algo sucede”, se decía el pianista. “¡Que talante más extraño! Parece alguien que volviera de los países cálidos.”

Y así transcurrió la jornada, uno dictando y el otro escribiendo; y los dos observándose de soslayo. Y pasó un segundo día sin que hubiera ningún intercambio de pensamientos entre ambos amigos.

“Allí abajo hay amor”, pensaba el pianista, “dejemos que se aposen sus sentimientos; hablará más adelante.”

Al tercer día, Michel interrumpió súbitamente a Quinsonnas en medio de una soberbia mayúscula.

-Amigo mío -le preguntó, ruborizándose-. ¿Qué piensas de las mujeres?

“Así que era eso”, se dijo el pianista, que no respondió. Michel insistió en su pregunta, enrojeciéndose aún más.

-Hijo mío -respondió, muy serio, Quinsonnas, interrumpiendo el trabajo-, es muy variable la opinión que podemos tener nosotros, los hombres, de las mujeres. No creo por la mañana lo que creo por la tarde; la primavera agrega a este tema otros aspectos que el otoño; la lluvia o el buen tiempo pueden modificar en mucho mis doctrinas; mi digestión, en fin, puede tener una influencia indudable en lo que yo sienta al respecto.

-Ésa no es una respuesta -dijo Michel.

-Hijo, deja que te conteste con otra pregunta. ¿Crees que todavía hay mujeres en la tierra?

-¡Claro que sí! -exclamó el joven.

-¿Y las has encontrado por ahí?

-Todos los días.

-Veamos, conviene que nos pongamos de acuerdo -precisó el pianista-. No me refiero a esos seres más o menos femeninos cuya finalidad es contribuir a la propagación de la especie humana, tarea que terminará siendo realizada por máquinas de aire comprimido.

-Bromeas...

-Amigo, hablo con toda seriedad, aunque ya sé que esto se puede prestar para algunas protestas.

-Vamos, Quinsonnas -replicó Michel-, seamos serios.

-¡No! ¡Divirtámonos! Pero, en fin, te repito mi propuesta: ya no hay mujeres; se trata de un raza extinguida, como los ornitorrincos y los megaterios.

-Por favor -dijo Michel...

-Déjame continuar, hijo mío; creo que antaño hubo mujeres, hace muchísimo tiempo; los autores antiguos hablan de ellas en términos formales; incluso mencionan que la parisiense sería la más perfecta de todas. Era, según los viejos textos y retratos, una criatura encantadora y sin rival en el mundo; reunía en sí misma los más perfectos vicios y las perfecciones más vicosas; era una mujer en todo el sentido de la palabra. Pero poco a poco se empobreció la sangre, decayó la raza, y los fisiólogos pudieron anotar esta deplorable decadencia en sus escritos. ¿Has visto cómo los gusanos se transforman en mariposas?

-Sí -dijo Michel.

-Bien. Fue al contrario: la mariposa se transformó en gusano. El andar acariciante de la parisiense, su gracia bien tornada, su mirada espiritual y tierna a un tiempo, su amable sonrisa, su cuerpo a punto y firme, dieron paso a formas alargadas, flacas, áridas, descarnadas y sin gracia, y a una desenvoltura mecánica, metódica y puritana. El talle, se aplanó, la mirada se volvió austera, las articulaciones se anquilosaron; una nariz dura y rígida descendió sobre labios demasiado finos; el paso se alargó; el ángel de la geometría, antes tan pródigo en curvas atractivas, dejó a la mujer reducida al rigor de la línea recta y de los ángulos agudos. La francesa se ha vuelto norteamericana; habla con seriedad de asuntos serios, encara la vida con frialdad, cabalga sobre el magro espinazo de las costumbres, se viste mal y sin gusto, ¡si hasta lleva sostenes de tela galvanizada que pueden resistir las mayores presiones! Hijo mío, Francia ha perdido su verdadera superioridad; las mujeres del siglo encantador de Luis XIV habían afeminado a los hombres, pero después se pasaron al génro masculino y ahora no valen ni para la mirada de un artista ni para las atenciones de un amante...

-Caramba -exclamó Michel.

-Sí -replicó Quinsonnas-, observo que te ríes.¡Crees tener algo bajo la manga que me va a confundir! ¡Ya me tienes preparada la pequeña excepción a la regla! ¡Bien! Verás que se confirma la regla, y punto. Mantengo lo que te he dicho. E iré más lejos: no hay mujer, de ninguna clase social, que haya escapado a esta degradación de la raza. La coqueta humilde ha desaparecido, la cortesana, que era por lo menos tan tierna como audaz, ahora padece de grave inmoralidad; es falsa y tonta, pero gana fortunas en el orden y en la economía, sin que nadie se arruine por ella. ¡Arruinarse! ¡Vamos! Esa palabra ha envejecido. Todo el mundo se enriquece, hijo mío, menos el cuerpo y el espíritu humanos.

-¿Me estás diciendo entonces que es impposible hallar una sola mujer en esta época?

-Por supuesto. No hay ninguna menor de noventa y cinco años. Las últimas murieron con nuestras abuelas. Sin embargo...

-¡Ah! ¿Sin embargo?

-Algo se puede encontrar en el faubourg Saint Germain; en ese rincón del inmenso París todavía se cultiva esa rara planta, esa puella desiderata, como diría tu profesor; pero solamente allí.

-Así que insistes en esa creencia -le dijo Michel, sonriendo con algo de ironía- de que la mujer es una raza extinguida.

-Pero, hijo mío, si los grandes moralistas del siglo XIX ya presentían esta catástrofe. Balzac, que sabía mucho, se lo comentó a Stendhal en su famosa carta: la mujer, dice, es la Pasión, y el hombre es la Acción, y por este motivo adora el hombre a la mujer. Pero ahora los dos son acción y por eso no hay más mujeres en Francia.

-Está bien -dijo Michel-. ¿Pero qué piensas del matrimonio?

-Nada bueno.

-Pero dime algo.

-No me impresiona el matrimonio de nadie ni me importa el mío.

-Así que no piensas casarte.

-No, mientras no se establezca ese famoso tribunal que exigía Voltaire para juzgar los casos de infidelidad, un tribunal con seis hombres y seis mujeres y un hermafrodita que tenga el voto decisivo en caso de empate.

-Deja las bromas, por favor.

-No bromeo. ¡Ésa es la única garantía! ¿No recuerdas lo que pasó hace un par de meses en el proceso de adulterio que le hizo monsieur de Coutances a su mujer?

-¡No!

El presidente preguntó a madame de Coutances porqué había olvidado cumplir sus deberes: “Tengo mala memoria”, contestó ella. Y se la declaró inocente. ¡Y bien! Francamente, esa respuesta merecía ese fallo.

-Olvida a madame de Coutances -dijo Michel- y volvamos al matrimonio.

-Hijo mío, ésta es la verdad absoluta: si eres joven, te puedes casar. Pero una vez casado, ya no puedes ser joven otra vez. Hay entonces entre el estado de casado y el de soltero una diferencia espantosa.

-Pero Quinsonnas, ¿qué tienes, exactamente, contra el matrimonio?

-Esto es lo que te puedo decir: el matrimonio me parece una heroicidad inútil en una época en que la familia propende a destruirse, en que el interés particular empuja a cada de uno de sus miembros por caminos diversos, en que la necesidad de enriquecerse a cualquier precio mata los sentimientos del corazón; antes, según los autores antiguos, todo era diferente; si hojeas los viejos diccionarios, te sorprenderá encontrar palabras como penates, lares, hogar doméstico, interior, la compañera de la vida, etc; pero esas expresiones hace mucho que desaparecieron, junto con las realidades que representaban. Ya no se utilizan; parece que antaño los esposos (otra palabra en desuso) mezclaban íntimamente su existencia; uno recuerda las palabras de Sancho: “¡No es gran cosa un consejo de mujer, pero se sería un loco si no lo escuchara!” Y se lo escuchaba. Pero mira la diferencia: el marido de hoy vive lejos de su mujer; en la actualidad habita en el club, allí desayuna, allí trabaja, cena y juega, y allí se acuesta. Madame hace sus cosas por su lado. Monsieur la saluda como a una extraña, si es que la encuentra por casualidad en la calle; la visita de vez en cuando, aparece los lunes o los miércoles; a veces madame lo invita a comer, rara vez a pasar la tarde; en fin, se encuentran tan poco y se tutean tan poco que uno llega a preguntarse si verdaderamente quedan herederos en este mundo.

-Esto es casi cierto -comentó Michel.

-Completamente cierto, hijo mío -insistió Quinsonnas-. Ha continuado la tendencia del siglo último: ya entonces se trataba de tener los menos hijos que fuera posible, las madres se molestaban si veían que sus hijas quedaban embarazadas muy pronto y los maridos jóvenes se desesperaban por haber cometido tamaña barbaridad. Por otra parte, hoy ha disminuido notablemente el número de hijos legítimos en beneficio de la multiplicación de hijos naturales; estos últimos ya son la mayoría; muy pronto serán los dueños de Francia y aplicarán la ley que impide la búsqueda de la paternidad.

-Eso me parece evidente -dijo Michel.

-Ahora bien, el mal, si esto es mal, existe en todas las clases sociales; advierte que un viejo egoísta como yo no condena ese estado de cosas, sino que lo aprovecha; pero podía explicarte que el matrimonio ya no es el arreglo de antes, y que las llamas del himen ya no sirven para hervir el agua de la olla.

-¿Y si por alguna razón improbable, imposible, llegaras a querer casarte?

-Querido, antes trataré de hacerme millonario como los demás; hace falta dinero para vivir esta gran existencia por partida doble; no hay muchacha que se case que no tenga su peso en oro en los cofres paternales, y una María Luisa con una con apenas doscientos cincuenta mil francos no encontraría un hijo de banquero que la quisera.

-¿Y un Napoleón?

-Hay muy pocos Napoleones, hijo mío.

-Veo que tu matrimonio no te provoca el menor entusiasmo.

-No exactamente.

-¿Y te entusiasmaría el mío?

-Veremos -dijo el pianista, sin comprometerse.

-¿No dices nada?

-Te estoy observando -comentó, muy serio, Quinsonnas.

-Y...

-Me preguntó por dónde voy a empezar a desligarte...

-¡A mí!

-¡Sí! ¡Insensato! ¿En qué te vas a convertir?

-En alguien feliz -respondió Michel.

-Razonemos. O tienes o no tienes genio. Si la palabra te molesta, digamos talento. Si no lo tienes, los dos se morirán de miseria. Y si lo tienes, la cosa cambia.

-¿Cómo es eso?

-Hijo mío, ¿no sabes que el genio, e incluso el talento, son enfermedades, y que la mujer de un artista se tiene que resignar al rol de enfermera...?

-Pero encontré...

-Una hermana de la caridad. No hay otra posibilidad. Y no las hay. Ahora sólo existen las primas de la caridad...

-La he encontrado, te dije que la encontré -insistió Michel con fuerza.

-¿Una mujer?

-¡Sí!

-¿Una joven?

-¡Sí!

-¿Un ángel?

-¡Sí!

-Muy bien, hijo mío, arráncale las plumas y ponlas en la jaula, o se te volará.

-Escúchame, Quinsonnas, se trata de una joven dulce, buena, amante...

-¿Y rica?

-¡Pobre! A punto de quedar en la miseria. Sólo la he visto una vez...

-¡Demasiado! Más valdría que la vieras a menudo...

-No te burles, amigo mío; es la niña de mi viejo profesor; ya perdí la cabeza, la amo; conversamos como si nos conociéramos hace veinte años; me va a amar, ¡es un ángel!

-¡Te repites! Pascal dijo que el hombre no es ni bruto ni ángel. ¡Bien! Ustedes dos, tú y tu hermosa, lo van a desmentir de manera furibunda...

-¡Quinsonnas!

-¡Cálmate! ¡No eres el ángel! ¿Es posible? ¡Él! ¡Enamorado! ¡Y pensar, a los diecinueve años, en hacer lo que todavía a los cuarenta es una tontería!

-Lo que es una bendición, si se es amado -respondió el joven

-¡Basta! ¡Cállate! -exclamó el pianista-. ¡Cállate! ¡ Me exasperas! No digas una palabra más o...

Y Quinsonnas, verdaderamente irritado, golpeó con violencia las páginas inmaculadas del Libro Grande.

Las conversaciones sobre las mujeres y el amor pueden resultar, sin duda, interminables, y ésta podría haber durado hasta la noche si no se hubiera producido una accidente terrible de consecuencias incalculables.

Al gesticular con tanta violencia, Quinsonnas golpeó sin querer el enorme sifón que vertía las tintas multicolores, y unas olas rojas, amarillas, verdes y azules se extendieron como torrentes de lava por las páginas del Libro Grande.

Quinsonnas no pudo contener un grito terrible; temblaron las oficinas. Creyeron que el Libro Grande se desmoronaba.

-Estamos perdidos -pudo decir Michel, con la voz alterada.

-Así es, hijo mío -agregó Quinsonnas-. La inundación avanza. ¡Sálvese quien pueda!

Pero en ese instante aparecieron en la sala de contabilidad monsieur Casmodage y el primo Athanase. El banquero se dirigió al escenario del crimen; quedó aterrado; abrió la boca y no pudo hablar; la cólera lo ahogaba.

¡Y había que enfadarse! Habían tachado ese libro maravilloso donde se inscribían las enormes operaciones del banco. Habían manchado ese recipiente precioso de los asuntos financieros, contaminando ese verdadero atlas que contenía todo un mundo, habían mancillado, destrozado, arruinado, extinguido ese monumento gigantesco que el conserje mostraba a los extranjeros los días festivos. Su guardián, el hombre a quien se había confiado esa tarea sin igual, traicionaba así su mandato. ¡El sacerdote deshonraba el altar con sus propias manos!

M. Casmodage pensaba todas estas cosas horribles, pero no podía hablar. En la oficina reinaba un silencio espantoso.

De súbito, M. Casmodage hizo un ademán hacia el desgraciado copista; el gesto consistía en un brazo extendido hacia la puerta con tal fuerza, convicción y voluntad que no había la menor posibilidad de equívoco. Ese ademán, con palabras, habría dicho “¡Salga de aquí!” en todos los idiomas humanos. Quinsonnas descendió de las cimas hospitalarias donde había pasado su juventud. Michel lo siguió y se acercó al banquero.

-Mosieur -le dijo-, yo soy el que...

Otro gesto del mismo brazo extendido, más tenso aún si es posible, envió al que dictaba tras el copista.

Entonces Quinsonnas se quitó cuidadosamente las mangas de tela, cogió el sombrero, lo limpió con el codo, se los puso, y avanzó directamente hacia el banquero.

Los ojos de éste lanzaban relámpagos, pero no conseguía tronar.

-Monsieur Casmodage y Cía. -dijo Quinsonnas con su voz más amable-, puede que usted crea que soy el autor de este crimen, pues eso es haber deshonrado su Libro Grande. Pero no lo debo dejar en el error. Tal como todos los males de este mundo, son las mujeres las que han provocado esta desgracia irreparable; culpe entonces a nuestra madre Eva y a su estúpido marido; toda pena y sufrimientos de ellos nos vienen, y si nos duele el estómago es porque Adán comió manzanas crudas. Buenas tardes.

Y el artista se marchó seguido de Michel, mientras Athanase sostenía el brazo del banquero, como Aarón sostenía a Moisés durante la batalla con los Amalecitas.

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