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El doctor Ox

Editado
© Ariel Pérez
3 de diciembre del 2002
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El doctor Ox
Capítulo VII
Donde los andante se convierten en allegro, y los allegro en vivace

La emoción causada por el incidente del abogado Schut y del médico Custos se había apaciguado, y el asunto no tuvo consecuencias. Podía, pues, esperarse que Quiquendone volvería a su apatía habitual, momentáneamente turbada por un acontecimiento inexplicable.

Entretanto, la colección de las tuberías destinadas a conducir el gas oxhídrico por los principales edificios de la población, se verificaba rápidamente. Los conductos y las ramificaciones se deslizaban poco a poco bajo el empedrado de Quiquendone. Pero los mecheros faltaban todavía, porque siendo su ejecución muy delicada, había sido necesario fabricarlos en el extranjero. El doctor Ox se multiplicaba; su ayudante Igeno y él no perdían un solo instante, dando prisa a los obreros, terminando los delicados órganos del gasómetro, alimentando día y noche las gigantescas pilas que descomponían el agua bajo la influencia de una poderosa corriente eléctrica. ¡Sí! El doctor fabricaba ya su gas, aunque la canalización no se hallaba terminada todavía lo cual, entre nosotros, hubiera parecido muy singular. Pero antes de poco tiempo, podía esperarse al menos, antes de poco, que el doctor Ox inauguraría en el teatro de la población los esplendores de su nuevo alumbrado.

Porque Quinquendone poseía un teatro, hermoso edificio a fe mía, cuya disposición interior y exterior recordaba todos los estilos. Era a la vez bizantino, románico, gótico, del renacimiento, con puertas de medio punto, ojivas, rosetones flamígeros, cimbalillos fantásticos, en una palabra, modelo de todos los géneros, mitad Partenón, mitad Gran Café de París, lo cual no debe causar extrañeza, porque, comenzado en tiempo del burgomaestre Ludwig van Tricasse, en 1175, no se terminó hasta 1837, bajo el burgomaestre Natalis van Tricasse. Se habían empleado setecientos años en construirlo, y se había conformado sucesivamente con la moda arquitectónica de todas las épocas.

¡No importa! Era un hermoso edificio, cuyas pilastras romanas y bóvedas bizantinas no discreparían del alumbrado de gas oxhídrico.

Se representaba algo de todo en el teatro de Quiquendone, y especialmente la ópera seria y cómica; pero hay que decir que los compositores no hubieran podido reconocer sus obras, de tan cambiados como estaban los “movimientos”.

En efecto, como nada se hacía aprisa en Quiquendone, las obras tenían que adaptarse al temperamento de los quiquendonenses. Aunque las puertas del teatro se abrían habitualmente a las cuatro y se cerraban a las diez, no había ejemplo de que durante esas seis horas se hubiesen representado más de dos actos. Roberto el Diablo, Los Hugonotes o Guillermo Tell ocupaban ordinariamente tres noches, de tan lenta como era la ejecución de estas óperas. Los vivace, en el teatro de Quiquendone, se convertían en verdaderos adagios. Los allegros se arrastraban larga, larguísimamente.

Las semifusas no valían las mínimas de cualquier otro país. Las tiradas más rápidas, ejecutadas según el gusto de los quiquendonenses, tomaban el andar de un himno de canto llano. Los indolentes trinos se prolongaban y acompasaban para no herir los oídos de los dilettanti.

Para decirlo, tomo como ejemplo el aire rápido de Fígaro que, a su entrada en el primer acto del Barbero de Sevilla, se llevaba al número treinta y tres del metrónomo y duraba cincuenta y ocho minutos, cuando el actor era muy vivaracho. Como es fácil colegirlo, los artistas que venían de fuera tenían que conformarse con esa moda, pero como les pagaban bien no se quejaban y obedecían fielmente la batuta del director de orquesta, que no marcaba nunca en los allegros más de ocho compases por minuto.

¡Pero, en cambio, qué de aplausos llovían sobre aquellos artistas que encantaban, sin fatigarlos nunca, a los espectadores de Quiquendone! Todas las manos daban una contra otra en intervalos bastantes separados, lo cual traducían los periódicos por “aplausos frenéticos”, y si una o dos veces el salón, entusiasmado, no se hundía bajo los bravos, es porque en el siglo duodécimo no se ahorraba en los cimientos ni el mortero ni la piedra.

Por otra parte, para no exaltar las entusiastas naturalezas de los flamencos, el teatro sólo trabajaba una vez por semana, lo cual permitía a los actores estudiar con más profundidad sus papeles, y a los espectadores digerir por más tiempo las bellezas de las obras maestras del arte dramático.

Hacía mucho tiempo que las cosas marchaban así. Los artistas extranjeros tenían la costumbre de contratarse con el empresario de Quiquendone, cuando querían descansar de sus fatigas en otros teatros, y no parecía que nada debía modificar este inveterado hábito, cuando, quince días después del suceso Schut-Custos, un incidente inesperado vino a perturbar de nuevo la población.

Era sábado, día de ópera. No se trataba aún, como pudiera creerse, de inaugurar el nuevo alumbrado. No; los tubos bien llegaban hasta la sala, mas por el motivo arriba indicado, los mecheros no estaban todavía colocados y las bujías de la araña seguían proyectando su apacible luz sobre los espectadores que llenaban el teatro. Se habían abierto las puertas al público a la una de la tarde, y a las tres el salón estaba a medio llenar. Durante un momento había habido una cola que se desarrollaba hasta la extremidad de la plaza de San Ernulfo, delante de la tienda del farmacéutico José Liefrinck. Esta concurrencia permitía presagiar una buena representación.

-¿Irá esta noche al teatro? -había preguntado por la mañana el consejero al burgomaestre.

-No faltaré -había respondido van Tricasse-, y llevaré a mi mujer, a nuestra hija Suzel y a nuestra querida Tatanemancia, que se vuelven locas por la buena música.

-¿Vendrá la señorita Suzel? -dijo el consejero.

-Sin duda, Niklausse.

-Entonces mi hijo Frantz será uno de los primeros que acudirán -respondió Niklausse.

-¡Joven impulsivo, Niklausse! -repuso doctoralmente el burgomaestre-. ¡Cabeza atolondrada! Es necesario vigilar a ese muchacho.

-Ama, van Tricasse, ama a vuestra hermosa Suzel.

-Pues bien, Niklausse, se casará con ella. Una vez convenidos en ese matrimonio, ¿qué puede pedir más?

-No pide nada, van Tricasse, no reclama nada ese querido hijo. Pero, en fin, y no quiero decir más, no será el último en pedir su boleto en la taquilla.

-¡Ah! ¡Viva y ardiente juventud! -replicó el burgomaestre, sonriendo al recuerdo de su pasado-. ¡Así hemos sido nosotros, mi digno consejero! ¡También nosotros hemos amado! ¡También hemos cortejado en nuestros tiempos! Hasta la tarde, pues, hasta la tarde. A propósito, ¿sabe usted que ese Fioravanti es un gran artista? ¡Por eso la acogida que ha tenido entre nosotros! ¡No olvidará en mucho tiempo los aplausos de Quiquendone!

Se trataba, en efecto, del célebre tenor Fioravanti, que por su talento de cantante, su método perfecto, su voz simpática, provocaba entre los aficionados de la población un verdadero entusiasmo.

Tres semanas hacía que Fioravanti había obtenido, en Los Hugonotes, un éxito inmenso. El primer acto, interpretado a gusto de los quiquendonenses, había ocupado una representación entera de la primera semana del mes. Otra función de la segunda semana, prolongada con andante infinitos, había valido al celebre artista una verdadera ovación. El triunfo se había acrecentado con el tercer acto de la obra maestra de Meyerbeer. Pero era en el cuarto donde esperaban ver a Fioravanti, y precisamente aquella tarde iba a ser cantado ante un público impaciente. ¡Ah! ¡Aquel dúo de Raúl y Valentina, aquel himno de amor a dos voces, tan suspirado, aquel momento en que se multiplican los crescendo, los stringendo, los sforzando, los piu crescendo, todo cantado lenta, compendiosa, interminablemente! ¡Oh! ¡Qué encanto!

Así que a las cuatro el teatro estaba lleno. Los palcos, la orquesta, el patio, estaban atestados. En primer término se hallaban el burgomaestre van Tricasse, la señorita van Tricasse, la señora de van Tricasse y la amable Tatanemancia, con gorro verde manzana; después, no lejos, el consejero Niklausse y su familia, sin olvidar al enamorado Frantz. Se veían también las familias del médico Custos, del abogado Schut, de Honorato Syntax, el gran juez, y a Soutman (Norberto), el director de la compañía de seguros, así como al grueso banquero Collaert, loco por la música alemana, algo cantante él también, al preceptor Rupp, al director de la Academia, Jerónimo Resh, al comisario civil y a otras muchas notabilidades de la población que no pueden enumerarse sin abusar de la paciencia del lector.

Ordinariamente, esperando que el telón se levantase, los quiquendonenses tenían la costumbre de permanecer callados, leyendo los unos su periódico, cruzando otros algunas palabras en voz baja, yendo éstos a su asiento sin ruido ni atropelladamente, dirigiendo aquéllos una mirada semiapagada a las amables beldades que guarnecían las galerías.

Pero aquella noche, un observador hubiera reconocido que aún antes de alzarse el telón reinaba en el teatro una animación inusitada. Se estaban moviendo personas que nunca se agitaban. Los abanicos de las damas oscilaban con una rapidez anormal. Un aire más vivo parecía haber invadido todos los pechos y se respiraba con más holgura. Algunas miradas brillaban, puede decirse, tanto como las llamas de la lucerna, y parecían derramar un resplandor insólito.

Ciertamente que se veía más claro que de costumbre, aunque el alumbrado era el mismo. ¡Ah! ¡Si los nuevos aparatos del doctor Ox hubiesen funcionado! Pero no funcionaban todavía.

Por último, la orquesta está completa en su puesto. El primer violín pasa por entre los atriles para dar un modesto la a sus colegas. Los instrumentos de cuerda, los de viento y los de percusión están acordes. El maestro de orquesta no aguarda más que la campanilla para marcar el primer compás.

La campanilla suena y comienza el cuarto acto. El allegro apassionato de entrada se toca, según costumbre, con una grave lentitud que hubiera hecho dar un brinco al ilustre Meyerbeer, y cuya majestad toda sólo aprecian los diletantes quiquendonenses.

Pero muy pronto el director de orquesta comienza a perder el dominio sobre los ejecutantes. Le cuesta algún trabajo contenerlos, a ellos, tan obedientes y tan calmosos de ordinario. Los instrumentos de viento manifiestan tendencia a acelerar los movimientos, y hay que frenarlos con mano firme, porque adelantándose sobre los de cuerda producirían, desde el punto de vista armónico, un efecto desagradable. El mismo bajo, tocado por el hijo del farmacéutico José Liefrink, joven de muy buena educación, propende a acalorarse.

Entretanto, Valentina ha principiado su recitado:

Estoy sola, mi casa...

pero se acelera. El maestro de orquesta y todos los músicos la siguen, quizá inconscientemente, en su cantabile, que debería ser medido con pausa, como un doce por dieciocho que es.

Cuando Raúl aparece en la puerta del fondo, desde el momento en que Valentina le sale al encuentro, hasta al de esconderle en el cuarto de al lado, no se pasa un cuarto de hora, cuando antes, según la tradición del teatro de Quiquendone, ese recitado de treinta y siete compases duraba hasta treinta y siete minutos.

Saint Bris, Nevers, Cavannes y los señores católicos, han entrado en escena con alguna precipitación quizá.

Allegro pomposo ha marcado el compositor en la partitura. La orquesta y los señores andan efectivamente allegro, pero de ningún modo pomposo, y en el tutti, en esa página magistral de la conjuración y de la bendición de puñales, no se modera ya el allegro reglamentario. Cantores y músicos corren fogosamente. El director de orquesta ya no piensa en contenerlos. Por otra parte, el público no reclama, sino que, al contrario, se ve también arrastrado a un movimiento que responde a las aspiraciones del alma:

De incesantes disturbios y de una guerra impía.
¿Quiere usted librar como yo, la patria mía?

Esto se promete y se jura. Apenas tiene Nevers el tiempo de protestar y de cantar que «entre sus abuelos cuenta soldados y no asesinos». Le prenden. Los alguaciles y corchetes llegan y juran rápidamente «herir a todos a la vez». Saint Bris recorre como un verdadero dos por cuatro callejero el recitado que llama a los católicos a la venganza. Los tres frailes, llevando canastillos con fajas blancas, se precipitan por la puerta del fondo de la habitación de Nevers, sin tener presente la exigencia de la escena que les recomienda adelantarse lentamente. Ya todos los asistentes han sacado sus espadas y sus puñales, los tres monjes echan su bendición en un abrir y cerrar de ojos. Las sopranos, los tenores y bajos atacan con gritos encarnizados el allegro furioso, y de un seis por ocho dramático hacen un seis por ocho de rigodón.

Y luego salen aullando el canto de la cita a medianoche:

A medianoche
¡No hay ruido!
¡Dios lo quiera!

A medianoche

En aquel momento el público está de pie. Todos se agitan en los palcos, en las lunetas y en las galerías. Parece que todos los espectadores van a arrojarse a la escena con el burgomaestre van Tricasse a la cabeza, a fin de reunirse con los conjurados y aniquilar a los hugonotes, de cuyas opiniones, sin embargo, participan. Aplauden, llaman a la escena y aclaman. Tatanemancia agita con mano febril su gorro verde manzana. Las lámparas del salón despiden un brillo ardiente.

Raúl, en vez de levantar lentamente la colgadura, la rasga con ademán soberbio y se encuentra frente a frente con Valentina.

Por último, ya ha llegado el gran dúo que se canta allegro vivace. Raúl no aguarda las preguntas de Valentina, ni Valentina las respuestas de Raúl. El pasaje adorable:

El peligro se acerca
Y el tiempo vuela...

se convierte en uno de esos rápidos dos por cuatro que tanta fama han dado a Offenbach cuando hace bailar a los conjurados. El andante amoroso:

¡Tú lo has dicho!
¡Sí, tú me amas!

ya no es más que un vivace furioso y el violonchelo de la orquesta no se ocupa en imitar las inflexiones de voz del cantor, como lo indica la partitura del maestro. En vano Raúl exclama:

¡Sigue hablando y prolonga
Del corazón el inefable sueño!

Valentina no puede prolongar, y se ve que a aquél le devora un fuego insólito. Cada si y cada do que lanza fuera del alcance natural ostentan un brillo tremendo. Se agita, gesticula y está abrasado.

Se oye la campana que resuena, pero ¡qué campana! El campanero no se duerme. Es un toque a rebato espantoso que lucha con ímpetu con los furores de la orquesta.

Por último, el movimiento que va a terminar tan magnífico acto:

¡No más amor sublime!
¡Oh pesar que me oprime!

que el compositor indica allegro con moto, se lleva con un prestissimo desenfrenado, asemejándose a un tren que corre.

Vuelve la campana a sonar. Valentina cae desmayada y Raúl se tira por la ventana.

Ya era tiempo. La orquesta, realmente embriagada, no hubiera podido proseguir. La batuta del director ya no es más que un pedazo destrozado sobre la concha del apuntador. Las cuerdas de los violines están rotas y los mangos retorcidos. En su furor, el timbalero ha reventado los timbales. El contrabajo está montado sobre su instrumento sonoro. El primer clarinete se ha tragado la boquilla de su instrumento, y el segundo oboe mastica entre sus dientes la lengüeta de caña. La corredera del trombón está falseada, y, por último, el desgraciado trompa no puede retirar la mano, que ha hundido demasiado en el pabellón de su instrumento.

¿Y el público? El público, jadeante, inflamado, gesticula y aúlla. Todos los rostros están rojos, como si un incendio hubiera abrasado los cuerpos por dentro. La gente se aglomera y amontona para salir, los hombres sin sombrero, las mujeres sin manto. Se atropellan en los corredores, se estrellan en las puertas, disputan y se pegan. Ya no hay autoridades. Ya no hay burgomaestre. Todos son iguales ante la excitación infernal...

Y algunos instantes después, cuando cada cual está en la calle, todos recobran su calma acostumbrada y entran pacíficamente en sus casas con el recuerdo confuso de lo que han experimentado.

El cuarto acto de Los Hugonotes, que duraba otras veces seis horas, principiado aquella tarde a las cuatro y media, estaba terminado a las cinco menos doce. ¡Había durado dieciocho minutos!

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