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El camino de Francia
Editado
© Ariel Pérez
25 de agosto del 2002
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El camino de Francia
Capítulo XI

A partir de este momento, se hizo en la situación de las dos familias una especie de punto de espera. Bocado comido no tiene gusto, como decimos en Picardía. El señor Juan y la señorita Marta estaban en la situación de dos esposos que se ven obligados a separarse temporalmente. La parte más peligrosa del viaje, es decir, la travesía de la Alemania, la harían juntos.

Después se separarían hasta el fin de la guerra. No se preveía entonces que aquel fuese el principio de una larga lucha con toda la Europa, lucha prolongada por el Imperio durante una serie de años gloriosos, y que debía terminar con el triunfo y el provecho de los potencias coligadas contra Francia.

En cuanto a mí, yo iba, en fin, a poderme reunir con mi regimiento, y esperaba llegar a tiempo para que el sargento Natalis Delpierre estuviese en su puesto cuando fuera preciso disparar los fusiles contra los soldados de Prusia o de Austria.

Los preparativos de nuestra marcha debían ser todo lo secretos posible. Importaba mucho no llamar la atención de nadie, sobre todo de los agentes de policía.

Más valía salir de Belzingen sin que nadie se apercibiera, para evitar acaso que entorpeciesen nuestra partida, llevándonos de Herodes a Pilatos.

Yo me las prometía muy felices, pensando que ningún obstáculo vendría a entorpecer nuestra marcha. Pero no contaba con la huéspeda. Vino la huéspeda, y, sin embargo, yo no hubiera querido hospedarla, ni aun por dos florines cada noche, pues se trataba del teniente Frantz.

Ya he dicho anteriormente que la noticia del matrimonio del señor Juan Keller y de la señorita Marta de Lauranay había sido divulgada, a pesar de todas las precauciones que para evitarlo se tomaron. Sin embargo, no se sabía que, desde la víspera, había sido aplazado para una época más o menos lejana.

De aquí se dedujo que era natural que el teniente pensase que dicho matrimonio iba a ser celebrado muy próximamente, y, en consecuencia, era muy de temer que quisiese llevar a ejecución sus amenazas.

En realidad, Frantz von Grawert no tenía más que una manera de impedir o de retardar este matrimonio. Esta era provocar al señor Juan, conducirlo a un duelo, y herirle o matarle.

Pero ¿sería su odio bastante fuerte para hacerle olvidar su posición y su nacimiento, hasta el punto de condescender a batirse con el señor Juan Keller?

Pues bien. En esto podía estar tranquilo, porque, si se decidía a ello, seguramente encontraría la horma de su zapato. Solamente que, en las circunstancias en que nosotros nos hallábamos, en el momento mismo de dejar el territorio prusiano, era preciso temer las consecuencias de un duelo.

Yo no podía menos de estar intranquilo cuando pensaba en esto. Se me había dicho que el teniente no se había calmado lo más minino; así es que continuamente temía de su parte un acto de violencia.

¡Qué desgracia que el regimiento de Lieb no hubiese recibido todavía la orden de salir de Belzingen! El coronel y su hijo estarían ya lejos, del lado de Coblentza o de Magdeburgo; yo hubiera estado menos inquieto, y mi hermana también, pues ella participaba de mis temores. Diez veces lo menos por día pasaba yo por cerca del cuartel, a fin de ver si en él se preparaba algún movimiento. Al menor indicio hubiera saltado instantáneamente a mi vista. Pero hasta entonces nada indicaba una próxima partida.

Así pasó el día 29, y lo mismo el 30, sin que ocurriera nada de extraordinario.

Yo me conceptuaba feliz de pensar que ya no nos quedaban más que veinticuatro horas de permanencia en aquel lado de la frontera.

Ya he dicho que debíamos viajar todos juntos. Sin embargo, para no despertar sospechas, se convino en que la señora Keller y su hijo no partirían al mismo tiempo que nosotros, sino que nos alcanzarían algunas leguas más allá de Belzingen. Una vez fuera de las provincias prusianas, tendríamos mucho menos que temer de las maniobras de Kallkreuth y sus sabuesos.

Durante aquel día, el teniente pasó varias veces por delante de la casa de la señora Keller. Una de ellas, hasta se detuvo, como si hubiera querido entrar a arreglar sus diferencias con alguien. A través de la celosía lo vi yo sin que él se apercibiese, con los labios apretados, los puños que se abrían y cerraban como mecánicamente; en fin, todos los signos de una irritación llevada hasta el extremo. A decir verdad, abierta tenía la puerta; si hubiese entrado y preguntado por el señor Juan Keller, yo no me hubiera quedado sorprendido en manera alguna. Afortunadamente, la habitación del señor Juan tenía sus vistas por la fachada lateral, y no vio nada de estas idas y venidas.

Pero lo que aquel día no hizo el teniente, otros lo hicieron por él.

Hacia las cuatro de la tarde, un soldado del regimiento de Lieb llego a preguntar por el señor Juan Keller.

Éste se encontraba solo conmigo en la casa, y recibió y leyó una carta que el soldado le llevaba.

¡Cuál no fue su cólera cuando acabó de leerla! ¡Aquella carta era lo más insolente y provocativa que podía ser para el señor Juan, e injuriosa también para el señor de Lauranay! ¡Sí, el oficial von Grawert se había rebajado hasta insultar a un hombre de aquella edad!... Al mismo tiempo, ponía en duda el valor de Juan Keller, un semi-francés, que no debía tener más que una semi-bravura. Añadía que, si su rival no era un cobarde, se vería bien pronto en el modo de recibir a dos de los camaradas del teniente, que vendrían a visitarle aquella misma noche.

Para mí, no había duda alguna de que el teniente Frantz no ignoraba ya que el señor de Lauranay se preparaba a dejar la ciudad de Belzingen, que Juan Keller debía seguirla, y sacrificaría su orgullo a su pasión; quería impedir esta partida.

Ante una injuria que se dirigía, no solamente a él, sino también a la familia de Lauranay, yo creí que no lograría tranquilizar al señor Juan.

-Natalis -me dijo con voz alterada por la cólera-. No partiré sin haber castigado antes a este insolente. No, no saldré de aquí con esta mancha. Es indigno el venir a insultarme en aquello que me es más querido. Yo le haré ver a ese oficial que un semi-francés, como él me llama, no retrocede ante un alemán.

Yo intenté calmar al señor Keller, haciéndole comprender las consecuencias fatales que para todos podría traer un encuentro con el teniente. Si él lo hería, seguramente habrían de sobrevenir represalias, que nos suscitarían mil embarazos ¿Y si era él el herido? ¿cómo efectuar nuestro viaje?

El señor Juan no quiso escuchar nada. En el fondo, yo lo comprendía. La carta del teniente pasaba todos los limites de la insolencia. No; no está permitido entre caballeros escribir semejantes cosas.

¡Ah! ¡Si yo hubiese podido tomar el negocio por mi cuenta!... ¡Qué satisfacción! ¡Encontrar a aquel insolente, provocarle, ponerme enfrente de él, con la espada, con el florete, con la pistola de cañón, con todo lo que él hubiera querido, y batirse hasta que uno de los dos hubiese rodado por el suelo! Y si hubiese sido él, aseguro que yo no hubiera tenido necesidad de un pañuelo de seis cuartos para llorarle.

En fin, puesto que los dos compañeros del teniente estaban anunciados, no había más remedio que esperarlos.

Los dos vinieron a eso de las ocho de la noche.

Muy felizmente, la señora Keller se encontraba en aquel momento de visita en casa del señor de Lauranay. Más valía que la pobre no supiese nada de lo que iba a pasar.

Por su parte, mi hermana Irma había salido para arreglar algunas cuentas en casa de varios comerciantes. El hecho, pues, quedaría entre el señor Juan y yo.

Los oficiales, que eran dos tenientes, se presentaron con su arrogancia natural y lo cual no me admiró. Quisieron hacer valer el hecho de que un noble, un oficial, cuando consentía en batirse con un simple comerciante...; pero el señor Juan les cortó la palabra con su actitud, y se limitó a decir que estaba a las órdenes del señor Frantz von Grawert. Inútil era añadir nuevos insultos a los que ya contenía la carta de provocación. Ésta le fue devuelta al señor Juan, y bien devuelta.

Los oficiales se vieron, pues, obligados a guardarse su jactancia en el bolsillo.

Uno de ellos hizo entonces observar que convenía arreglar sin tardanza las condiciones del duelo, pues el tiempo urgía.

El señor Juan respondió que aceptaba por adelantado todas las condiciones. Solamente pedía que no se mezclase ningún nombre extraño a este asunto, y que el encuentro fuese tenido todo lo más en secreto posible.

A esto, los dos oficiales no hicieron ninguna objeción. Verdaderamente, no tenían lo mas mínimo que objetar, puesto que el señor Juan les dejaba toda la libertad para elegir las condiciones.

Estábamos ya a 30 de junio. El duelo fue fijado para el día siguiente, a las nueve de la mañana. Había de tener lugar en un bosquecillo que se encuentra a la izquierda, según se sube por el camino de Belzingen a Magdeburgo. Respecto a este punto, no hubo dificultad alguna.

Los dos adversarios habían de batirse a sable, y no terminaría el lance hasta que uno de ellos quedara fuera de combate.

Todo fue admitido. A todas estas proposiciones, el señor Juan no respondió más que con un signo de cabeza afirmativo.

Uno de los oficiales dijo entonces -dando una nueva muestra de insolencia-, que sin duda el señor Juan se encontraría a las nueve en punto en el sitio convenido.

A lo cual el señor Juan respondió que al señor von Grawert no se hacía esperar más que él, todo podría quedar terminado a las nuevo y cuarto.

Con esta respuesta, los dos oficiales se levantaron, saludaron bastante cortésmente, y salieron de la casa.

-¿Conoce usted el manejo del sable? -pregunté yo inmediatamente al señor Juan.

-Sí, Natalis. Ahora ocupémonos de los testigos. Supongo que será usted uno de ellos.

-Estoy a sus órdenes, y me siento orgulloso del honor que me hace. En cuanto al otro, no dejará usted de tener en Belzingen algún amigo que no rehusará prestarle este servicio.

-Sí; pero prefiero dirigirme al señor de Lauranay, el cual estoy seguro que no rehusará.

-Ciertamente que no.

-Lo que es preciso evitar, sobre todo, Natalis, es que mi madre, Marta y su hermana tengan ninguna noticia de esto. Es inútil añadir nuevas inquietudes a las muchas que ya les agobian.

-Irma y su madre volverán bien pronto, señor Juan, y como ya no volverán a salir de la casa hasta mañana, me parece imposible que sepan nada.

-Cuento con ello, Natalis; y como no tenemos tiempo que perder, vamos enseguida a casa del señor de Lauranay.

-Vamos, señor Juan. Su honor no podría estar en mejores manos.

Precisamente Irma y la señora Keller, acompañadas de la señorita de Lauranay, entraban en casa en el momento en que nosotros nos disponíamos a salir. El señor Juan dijo a su madre que un asunto nos detendría fuera de casa una hora poco más o menos, añadiendo que se trataba de terminar el ajuste de los caballos necesarios para el viaje, y que le rogaba que acompañase luego a su casa a la señorita Marta, en el caso de que nosotros tardáramos en volver.

La señora Keller y mi hermana no sospecharon absolutamente nada; pero la señorita de Lauranay había arrojado una mirada inquieta sobre el señor Juan.

Diez minutos más tarde llegábamos a casa del señor de Lauranay. Estaba solo; por consiguiente le podíamos hablar con entera libertad.

El señor Juan le puso al corriente de todo y le enseñó la carta del teniente von Grawert. El señor de Lauranay se llenó de indignación al leerla. ¡No! Juan no debía quedar bajo el golpe de semejante insulto; seguramente podía contar con él.

El señor de Lauranay quiso entonces ir a casa de la señora Keller para traerse a su nieta a su usa.

Salimos los tres juntos. Conforme bajábamos por la calle, el agente de Kallkreuth se cruzó con nosotros, y lanzó sobre mí una mirada que me pareció muy singular. Como venía del lado de la casa de la señora Keller, tuve como un presentimiento de que el bribón se regocijaba de habernos hecho alguna mala partida.

La señora Keller, la señorita Marta y mi hermana estaban sentadas en la sala del piso bajo. Cuando entramos, parecía que se hallaban sobresaltadas. ¿Sabrían quizá alguna cosa?

-Juan -dijo la señora Keller-; toma esta carta que el agente de Kallkreuth acaba de traer para tí.

Aquella carta llevaba el sello de la administración militar.

Contenía lo siguiente:

“Todos los jóvenes de origen prusiano son llamados al servicio de las armas. El nombrado Juan Keller es incorporado al regimiento de Lieb, de guarnición en Belzingen, al cual deberá incorporarse el primero de julio, antes de las once de la mañana”.

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