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El camino de Francia
Editado
© Ariel Pérez
25 de agosto del 2002
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El camino de Francia
Capítulo VI

Yo tenía un buen maestro. ¿Le haría honor el discípulo? No lo sabía yo mismo. El aprender a leer a los treinta y un años es cosa que no deja de ser bastante difícil. Es preciso tener un cerebro de niño; esa blanda cera en que toda impresión se graba sin que haya necesidad de imprimir muy fuerte, y mi cerebro estaba ya un duro como el cráneo que le cubría.

Sin embargo, yo me puse con resolución al trabajo, y, dicho sea en honor de la verdad, parece que tenía disposiciones para aprender pronto. Todas las vocales las aprendí en esta primera lección. El señor Juan dio muestras de tener una paciencia de que aún le estoy agradecido. Pira fijar mejor las letras en mi memoria, me las hizo escribir con lápiz diez, veinte, cien veces seguidas. De esta manera, yo aprendería a escribir al mismo tiempo que a leer. Recomiendo este procedimiento a los alumnos tan viejos como yo, y a los maestros que no saben salir de la rutina antigua.

El celo y la atención no me faltaron ni un instante. Hubiera continuado estudiando el alfabeto hasta muy tarde, si a eso de las siete la criada no hubiese venido a decirme que la cena esperaba. Subí a la pequeña habitación que se me había dispuesto cerca de la de mi hermana; me lavé las manos, y bajé al comedor.

La cena no nos entretuvo más de media hora; y como no debíamos de ir a casa de los de Lauranay hasta un poco más tarde, pedí permiso para esperar fuera, y me lo concedieron. Allí, cerca de la puerta, me entregué al placer de fumar lo que nosotros los picardos llamamos una buena pipa de tranquilidad.

Hecho esto, volví a entrar donde estaban los demás. La señora Keller y su hijo estaban ya dispuestos. Irma, teniendo que hacer en casa, no podía acompañarnos. Salimos los tres solos, y la señora Keller me pidió el brazo. Se lo presenté yo bastante aturdidamente por cierto, pero no importaba; yo estaba orgulloso de sentir aquella excelente señora apoyarse en mí. Aquello era un honor y una felicidad a la vez.

¡No tuvimos que caminar mucho tiempo. El señor de Lauranay vivía al otro extremo de la calle. Ocupaba una bonita casa, fresca de color y de aspecto atrayente, con un parterre lleno de flores delante de la fachada, grandes hayas a los lados, y detrás con un vasto jardín lleno de céspedes y árboles de todas clases. Esta habitación indicaba en su propietario una posición bastante desahogada. El señor de Lauranay se encontraba efectivamente en una bastante buena situación de fortuna.

A tiempo que entrábamos, la señora Keller me hizo saber que la señorita de Lauranay no era hija del señor de Lauranay, sino su nieta, por eso no me sorprendí al ver lo de su diferencia de edad.

EL señor de Lauranay tendría entonces setenta años. Era un hombre de elevada estatura, al cual la vejez no había encorvado todavía. Sus cabellos, más bien grises que blancos, servían de marco a una expresiva y noble fisonomía. Sus ojos miraron con dulzura. En sus maneras se reconocía fácilmente al hombre de calidad. No había más simpático que su aspecto.

El de que antecedía al apellido Lauranay, y al cual no acompañaba ningún título, indicaba solamente que pertenecía a esa clase colocada entre la nobleza y la clase media, que no ha desdeñado la industria ni el comercio, de lo cual no se puede menos de felicitarla.

Si personalmente el señor de Lauranay no se había dedicado a los negocios, su abuelo y su padre lo habían hecho antes que él. Por consiguiente, no había motivo para reprocharle el que hubiese encontrado una fortuna adquirida cuando nació.

La familia de Lauranay era lorenesa de origen y protestante en religión, como la familia del señor Keller. Sin embargo, si sus antecesores se habían visto obligados a dejar el territorio francés después de la revocación del edicto de Nantes, no había sido con la intención de permanecer en el extranjero, desde el que volvieron a su país desde el momento en que la dominación de ideas más liberales les permitió volver, y desde aquella época no habían abandonado jamás la Francia. En cuanto al señor de Lauranay, si habitaba en Belzingen, era porque en este rincón de Prusia había heredado de un tío algunas propiedades bastante buenas, que era preciso cuidar y hacer valer. Sin duda alguna, él hubiese preferido venderlos y volverse a Lorena. Desgraciadamente, la ocasión no se presentó. El señor Keller, el padre, encargado de los intereses, no encontró más que compradores a vil precio, pues el dinero no era lo que más abundaba en Alemania, y antes que deshacerse en malas condiciones de sus propiedades, el señor de Lauranay prefirió conservarlas.

A consecuencia de las relaciones de negocios entre los señores Keller y de Lauranay, no tardaron en establecerse relaciones de amistad entre una y otra familia. Esto duraba ya desde hacía veinte años. Jamás una ligera nube había oscurecido una intimidad fundada en la semejanza de gustos, de caracteres y de costumbres.

El señor de Lauranay había quedado viudo siendo muy joven todavía. De su matrimonio había tenido un hijo, que los Keller apenas conocieron. Casado en Francia, este hijo no fue más que una o dos veces a Belzingen. Era su padre quien iba a verlo todos los años, lo cual procuraba al señor de Lauranay el placer de pasar algunos meses en su país.

El hijo del señor de Lauranay, tuvo una niña, cuyo nacimiento costó la vida a su madre, y él mismo, afligido con esta pérdida, no tardó mucho tiempo en morir. Su hija le conoció apenas, pues no tenía más que cinco años cuando quedó huérfana. Por toda familia, no tuvo entonces la pobre niña más que su abuelo.

Éste no faltó a sus deberes. Fue en busca de esta niña, y la condujo consigo a Alemania, consagrándose por completo a su educación y a su cuidado. Digámoslo de una vez: en mucha parte fue ayudado en esto por la señora Keller, que tomó a la pequeña gran afección, y le prodigó los cuidados de una madre. La felicidad que encontró el señor de Lauranay en poder confiar su hija a la amistad y el cariño de una mujer tal como la señora Keller, es imposible de pintar.

Mi hermana Irma, se comprenderá fácilmente que secundó a su señora de buena voluntad. ¡Cuántas veces haría saltar a la pequeña sobre sus rodillas, o la dormiría entre sus brazos, no solamente con la aprobación, sino con el agradecimiento del abuelo! En una palabra: la niña llegó a ser una encantadora joven, a quien yo veía en aquel momento, con mucha discreción, por supuesto, para no molestarla.

La señorita de Lauranay había nacido en 1772. Por consiguiente, tenía entonces veinte años. Era de una estatura bastante elevada para una mujer; rubia, con los ojos azules muy oscuros; con los rasgos de su fisonomía encantadores, y de un aire lleno de gracia y de soltura, que no se parecía en nada a todo lo que yo había podido ver de población femenina en Belzingen.

Yo admiraba su aspecto modesto y sencillo; no más serio que lo preciso, pues su fisonomía reflejaba la felicidad. Poseía algunas habilidades tan agradables para sí misma como para los demás. Tocaba admirablemente el clavicordio, no presumiendo de maestra, aunque lo pareciese de primera fuerza a un sargento como yo. Sabía también arreglar bonitos ramos de flores en estuches de papel.

No causará, pues, admiración el que el señor Juan llegara a enamorarse de esta joven, ni que la señorita de Lauranay hubiese notado todo cuanto había de bueno y de amable en el hijo de la señora Keller, ni que las familias hubiesen visto con alegría la intimidad de los dos jóvenes, educados el uno cerca del otro, cambiarse poco a poco en un sentimiento más tierno. Ambos se merecían, y habían sabido apreciarse; y si el matrimonio no se había verificado todavía, era por un exceso de delicadeza del señor Juan, delicadeza que comprenderán perfectamente todos los que tengan el corazón bien colocado.

En efecto, no se habrá olvidado que la situación de los Keller no dejaba de ser comprometida. El señor Juan hubiera querido que aquel pleito, del cual dependía su porvenir, estuviese terminado. Si lo ganaba, perfectamente; aportaría a su matrimonio una regular fortuna; pero si el pleito se perdía, el señor Juan se encontraría entonces sin nada. Ciertamente que la señorita Marta era rica, y que debía ser todavía mucho más a la muerte de su abuelo; pero al señor Juan le repugnaba ir a tomar parte y a disfrutar de esta riqueza. Según yo, este sentimiento no podía menos de honrarle.

Sin embargo, las circunstancias se presentaban ya tan apremiantes, que el señor Juan no podía menos de decidirse a tomar un partido. Las conveniencias de familia se reunían en este matrimonio; pues tenían ambas partes la misma religión, y aun el mismo origen, al menos en el pasado. Si los jóvenes esposos habían de venir a fijarse en Francia, ¿por qué los hijos que de ellos naciesen no habían de ser naturalizados franceses? En este estado se hallaban las cosas.

Importaba, pues, decidirse, y sin tardanza, tanto más, que el estado de situación podía autorizar en cierta manera las asiduidades de un rival.

No es que el señor Juan hubiese tenido motivos para estar celoso. ¿Y cómo hubiese podido estarlo, si no había más que decir una palabra para que la señorita de Lauranay fuese su mujer?

Pero si no eran celos los que sentía, era una irritación profunda y muy natural contra aquel joven oficial que habíamos encontrado en el regimiento de Lieb mientras dábamos nuestro paseo por el camino de Belzingen.

En efecto, desde hacía varios meses, el teniente Frantz von Grawert se había fijado en la señorita Marta de Lauranay. Perteneciendo a una familia rica e influyente, no dudaba de que el señor de Lauranay se creyera muy honrado con sus atenciones y con su predilección por su nieta.

Por consiguiente, este Frantz molestaba a la señorita Marta con sus pretensiones. La seguía en la calle con una obstinación tal, que, a menos de verse muy obligada, la joven rehusaba siempre salir.

El señor Juan sabía todo esto. Más de una vez estuvo a punto de ir a pedir explicaciones a aquel majadero, que tanto presumía entre la alta sociedad de Belzingen; pero el temor de ver el nombre de la señorita Marta mezclado en este asunto lo había detenido siempre. Cuando fuese su mujer, si el oficial continuaba persiguiéndola, él sabría perfectamente atraparlo sin ruido y hacerle variar de conducta. Hasta entonces era más conveniente aparentar que no se había apercibido de sus asiduidades. Más valía evitar un escándalo, con el cual padecería la reputación de la joven.

Entretanto, la mano de la señorita Marta de Lauranay había sido pedida, hacía tres semanas, para el teniente Frantz. El padre de éste, coronel del regimiento, se había presentado en casa del señor de Lauranay. Había hecho presentes sus títulos, su fortuna y el gran porvenir que esperaba a su hijo. Era un hombre rudo, habituado a mandar militarmente, y ya se sabe lo que esto quiera decir; no admitiendo ni una vacilación, ni una negativa; en fin, un prusiano completo, desde la ruedecilla de sus espuelas hasta la punta de su plumero.

El señor de Lauranay dio muchas gracias al coronel von Grawert, y le dijo que se consideraba muy honrado con la petición que se le hacía; pero al mismo tiempo le hizo saber que compromisos anteriores hacían aquel matrimonio imposible.

El coronel, tan cortésmente despedido, se retiró muy despechado del mal éxito de su comisión. El teniente Frantz quedó por ello fuertemente irritado.

No ignoraba que Juan Keller, alemán como él, era recibido en casa del señor de Lauranay con un título que a él le negaban.

De aquí nació el odio que por el señor Juan sentía, y además un deseo ardiente de venganza, que no esperaba, sin duda, más que una ocasión para manifestarse.

Sin embargo, el joven oficial, bien fuese impulsado por los celos o por la cólera, no cesó de pretender a la señorita Marta. Por este motivo la joven tomó desde aquel día la firme resolución de no salir sola jamás, conforme lo permiten las costumbres alemanas, ni con su abuelo, ni con la señora Keller, ni con mi hermana.

Todas estas cosas no las supe yo hasta más tarde. Sin embargo, he preferido contárselas seguidas, tal como pasaron.

En cuanto al recibimiento que me fue hecho por la familia del señor de Lauranay, baste decirles que no se puede desear mejor.

-El hermano de mi buena Irma es nuestro amigo -me dijo la señorita Marta-, y tengo mucha satisfacción en poder estrecharle la mano.

¿Y creerán ustedes que yo no encontré palabras para responder? Les digo con verdad que si alguna vez he sido tonto, fue precisamente aquel día. Cohibido, atolondrado, permanecí silencioso como un muerto. ¡Y aquella mano se me tendía con tanta gracia y de tan buena voluntad!

En fin, yo alargué la mía, y la estreché apenas; tanto miedo tenía de romperla. ¡Qué quieren! ¡Un pobre sargento!...

Después fuimos todos al jardín, y nos paseamos. La conversación me hizo estar más en mi centro. Se habló de Francia. El señor de Lauranay me interrogó acerca de los sucesos que allí se preparaban. Parecía temeroso de que llegasen a ser de naturaleza tal, que produjeran muchos disgustos a nuestros compatriotas establecidos en Alemania. Se preguntaba si no seria mejor salir de Belzingen y volver a establecerse en su país, en la Lorena.

-¿Pensaría en partir? -preguntó vivamente Juan Keller.

-Temo que nos veamos obligados a ello -respondió el señor de Lauranay.

-Y no quisiéramos partir solos -añadió la señorita Marta-. ¿Cuánto tiempo tiene de licencia señor Delpierre?

-Dos meses -respondí.

-Y bien, querido Juan, ¿no asistirá el señor Delpierre a nuestro casamiento antes de su partida?

-Sí, Marta, sí.

El señor Juan no sabía qué responder. Su razón se rebelaba contra su corazón.

-Señorita Marta -dijo-, yo sería muy feliz si pudiera...

-Mi querido Juan -replicó ella, cortándole la frase-, ¿no procuraremos esta satisfacción al señor Natalis Delpierre?

-Sí, querida Marta -respondió el señor Juan, que no pudo decir otra cosa.

Pero esto me pareció suficiente.

En el momento en que los tres íbamos a retirarnos, pues ya se hacía tarde:

-¡Hija mia -dijo la señora Keller, abrazando a la joven-, es digno de tí!...

-Ya lo sé, puesto que es su hijo -respondió la señorita Marta.

Después volvimos a nuestra casa. Irma nos esperaba. La señora Keller le dijo que no faltaba más, sino fijar la fecha del matrimonio.

Todos nos fuimos a acostar, y si alguna vez he pasado una noche excelente, a pesar de las vocales del alfabeto que saltaban ante mis ojos entre sueños, fue aquella seguramente, la cual pasé durmiendo de un tirón en la casa de la señora Keller.

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