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El camino de Francia
Editado
© Ariel Pérez
25 de agosto del 2002
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El camino de Francia
Capítulo XXII

¿Era la casualidad la que había puesto a Buch sobre nuestros pasos? Yo me inclinaba a creerlo, pues desde hacía algún tiempo el azar no se mostraba muy amigo de nosotros; pero algún tiempo después llegó a nuestro conocimiento lo que entonces no podíamos saber. Esto es, que desde nuestro último encuentro, el hijo de Buch que había quedado vivo no había cesado un punto en sus investigaciones, menos para vengar la muerte de su hermano, pueden creerlo, que para cobrar la prima de mil florines. Aunque había perdido nuestras huellas a partir del día en que habíamos empezado a recorrer el Argonne, había vuelto a encontrarlas en la aldea de la Cruz del Bosque. Era uno de aquellos espías que invadieron la población en la tarde del día dieciséis. En casa de los Stenger reconoció al señor y la señorita Lauranay, a la señora Keller y a mi hermana, y allí supo que nosotros hacía pocos momentos que acabábamos de salir de allí; por lo tanto, comprendieron que no podíamos estar lejos. Media docena de bribones de su calaña se unieron a él, y todos se lanzaron en nuestra persecución. Lo demás ya se sabe. Entretanto, nos encontrábamos guardados de modo tal, que desafiaba a toda evasión, esperando que se decidiese acerca de nuestra suerte, lo cual no podía tardar mucho, ni ser dudoso; pues, como se dice vulgarmente, no nos quedaba más que el tiempo preciso para escribir a la familia si nos dejaban.

Mi primer cuidado fue el de examinar la habitación que nos servía de calabozo. Ocupaba la mitad del piso bajo de una casa, baja también. Dos ventanas, frente por frente la una de la otra, la iluminaban, dando una a la calle, y otra a un patio.

Indudablemente, de esta no saldríamos sino para ser conducidos a la muerte. No podíamos esperar otra cosa.

El señor Juan, bajo la doble acusación de haber herido a un oficial y de haber desertado del ejército en tiempo de guerra; yo, acusado de complicidad y probablemente de espionaje, en mi cualidad de francés; ninguno de los dos nos haríamos viejos.

Al poco tiempo oí murmurar al señor Juan.

-Por esta vez hemos llegado el fin.

Yo no respondí nada, lo confieso; mi fondo de confianza habitual había recibido un golpe mortal, y la situación me parecía completamente desesperada.

-¡Sí, el fin! -repetía el señor Juan-. ¿Y qué importaría, si mi madre, si Marta, si todos aquellos a quienes amamos estuvieran fuera de peligro? Pero después de nosotros, ¿qué será de ellos? ¡Estarán todavía en aquella población, entre las manos de los austríacos! Y desde luego, admitiendo que no hubiesen sido llevados a otra parte, una breve distancia los separaba de nosotros. Apenas había legua y media entra la Cruz del Bosque y Longwe. ¡Con tal que la noticia de nuestra detención no hubiese llegado hasta ellos!

Esto es lo que yo pensaba, y lo que temía por encima de todo. Esto hubiese sido un golpe de muerte para la pobre señora Keller. Sí, yo deseaba con vivas ansias que los austríacos las hubiesen conducido hacia las avanzadas, al otro lado del Argonne.

Sin embargo, la señora Keller estaba apenas transportable, y si se le obligaba a ponerse inmediatamente en camino, si los cuidados le faltaban.

Pasó la noche, sin que nuestra situación se hubiese modificado en nada. ¡Qué tristes pensamientos nos invaden el cerebro, cuando la muerte está próxima! Entonces es cuando toda nuestra vida pasa en un instante por delante de nuestros ojos. Es preciso añadir que padecíamos mucha hambre, no habiendo vivido desde hacía tres días más que de castañas. No se había pensado siquiera en proporcionarnos el más pequeño alimento, y, ¡qué diablo! bien valíamos mil florines para aquellos bribones de Buch y comparsa, y, por consiguiente, debían alimentarnos aunque fuera por su precio. Verdad es que no le habíamos vuelto a ver. Sin duda se habían marchado a prevenir a los prusianos de nuestra captura.

Entonces pensé yo que acaso en todo esto podría pasar algún tiempo. Los que nos guardaban eran los austríacos, y los que habían de decidir acerca de nuestra suerte eran los prusianos; por consiguiente, o estos habían de venir a la Cruz del Bosque, o nosotros seríamos conducidos a su cuartel general. De aquí se originarían las tardanzas, a menos que llegase una orden de ejecución en Longwe. Pero, en fin, fuera lo que quisieran, era preciso no dejarnos morir de hambre.

Por la mañana, la puerta de la prisión se abrió a eso de las siete. Una especie de ranchero, con blusa, entró llevándonos una escudilla de sopa, mejor dicho, agua o poco menos para hacer la sopa, y unas migajas dentro. La cantidad suplía a la calidad. No teníamos derecho para quejarnos, y, además, yo tenía tanta hambre, que no hice más que soplar y sorber.

Yo hubiera querido interrogar al ranchero; saber por él lo que sucedía en Longwe, y sobro todo en la Cruz del Bosque; si se hablaba de la aproximación de los prusianos; si su intención era tomar el desfiladero para atravesar el Argonne; en qué estado, en fin, se hallaban las cosas.

Pero yo no sabía bastante alemán para ser comprendido ni para comprender; y el señor Juan, absorto en sus reflexiones, guardaba silencio. Yo no me hubiera atrevido a distraer su atención; por consiguiente, era imposible todo intento de conversación con aquel hombre.

Nada nuevo aconteció durante aquella mañana. Estábamos guardados con centinelas de vista. Sin embargo, se nos permitió entrar y salir en el pequeño patio, donde los austríacos nos examinaban con más curiosidad que simpatía, bien pueden creerlo. Al verme delante de ellos, hacía yo todos los esfuerzos imaginarios por poner buena cara. Así es que me paseaba con las manos en los bolsillos, silbando las canciones más alegres del Real de Picardía.

Pero entretanto me decía a mí mismo:

-Anda, anda; silba, pobre mirlo enjaulado, que pronto te cortarán el silbato.

A mediodía se nos sirvió otra nueva sopera con pan mojado. Como se ve, nuestra comida no era muy variada; y yo, por mi parte, comenzaba a echar de menos las castañas del Argonne. Pero, en fin, fue preciso contentarse con lo que nos daban; tanto más, cuanto que aquella especie de mastín, aquel miserable ranchero con su cara de ardilla, parecía que quería decirnos: “Esto es demasiado bueno todavía para ustedes”.

¡Santo Dios! ¡De qué buena gana le hubiere arrojado la escudilla a la cabeza! Pero más valía no echarlo todo a rodar, contentarse con lo que se nos daba, y reponer en lo posible las fuerzas, para no desfallecer en el último momento. Hasta logré conseguir que el señor Juan compartiese conmigo la clara sopa. Comprendió mis razones, y comió por último un poco. Sin embargo, en tanto que comía pensaba sin duda en otra cosa muy distinta.

Su pensamiento y su espíritu estaban en otra parte, allá abajo, en la casa de Hans Stenger, con su madre y con su prometida. Como si hablara consigo mismo, pronunciaba el nombre de ellas, y las llamaba. Algunas veces, poseído de una especie de desvarío, se lanzaba hacia la puerta, como si quisiera ir a reunirse con ellas.

Aquello era más fuerte que él. Entonces caía como desfallecido. Si es verdad que no lloraba, no causaba por eso menos compasión, pues las lágrimas lo hubieran consolado. Pero ¡no!, no lloraba, y el verlo en tal estado me desgarraba el corazón.

Durante este tiempo pasaban ante nosotros filas de soldados, marchando sin orden, con las armas a discreción, y después otras columnas que atravesaban por Longwe. Los trompetas callaban, y los tambores también; el enemigo se deslizaba sin ruido, a fin de ganar la línea del Aisne. Debieron desfilar por allí, en aquellos días muchos miles de hombres. Pero no pude saber, aunque lo deseaba mucho, si eran austríacos o prusianos. Por lo demás, ni un solo tiro de fusil se oía en toda la parte occidental del Argonne. Las puertas de Francia estaban abiertas de par en par; ni siquiera se las defendía.

Hacia las diez de la noche, una escuadra de soldados se presentó en la puerta de nuestra prisión. Aquellos eran prusianos, no me cabía duda; y lo que me dejó verdaderamente anonadado, fue que reconocí el uniforme del regimiento de Lieb, que sin duda había llegado a Longwe después de su encuentro con los voluntarios en el Argonne.

Se nos hizo salir al señor Juan y a mí, después de habernos atado fuertemente las manos a la espalda.

El señor Juan se dirigió entonces al cabo que mandaba la escuadra.

-¿Donde se nos va a conducir? -preguntó.

Por toda respuesta, aquel miserable nos echó fuera de un empujón. En aquel momento teníamos la apariencia perfecta de dos pobres diablos a quienes se va a ejecutar sin juicio ni apelación. Y, sin embargo, yo no había sido cogido con las armas en la mano. Pero; cualquiera se atrevía a decir esto ni otra cosa alguna a tal especie de bárbaros Se les reirían en sus barbas como los hulanos.

La escuadra que nos conducía, y nosotros con ella, siguió el camino de Longwe que desciende hasta la linde del Argonne, y que tuerce un poco, fuera de la población, hacia el camino de Vouziers.

Al cabo de unos quinientos pasos, nos detuvimos en medio de una explanada, donde acampaba el regimiento de Lieb.

Algunos instantes después, comparecíamos ante el coronel von Grawert.

Se contentó con mirarnos, y no pronunció una sola palabra. Después, volviéndonos la espalda, dio la señal de partida, y todo el regimiento se puso en marcha.

Entonces comprendí que se nos quería hacer comparecer ante un consejo de guerra; que se emplearían algunas fórmulas para administrarnos una docena de balas en el cuerpo, y que esto se hubiera hecho inmediatamente, si el regimiento hubiese permanecido en Longwe. Pero, según parece, los asuntos apremiaban y los aliados no tenían mucho tiempo que perder, si querían llegar antes que los franceses a la línea del Aisne.

En efecto, Dumouriez, habiendo sabido que los imperiales eran dueños del desfiladero de la Cruz del Bosque, acababa de poner en ejecución un nuevo plan. Este plan consistía en bajar todo a lo largo del límite del Argonne, por su lado izquierdo, hasta la altura del desfiladero de las isletas, a fin de retirarse a Dillon, que lo ocupaba.

De esta manera nuestros soldados podrían hacer frente a las columnas de Clairfayt, que vendría del lado de la frontera, y a las columnas de Brunswick, que se presentarían por el lado de Francia. Era de esperar, seguramente, que los prusianos atravesarían el Argonne desde el momento en que fuera levantado el campo de Grand Pré, a fin de cortar el camino de Chalons.

Dumouriez, pues, había abandonado su cuartel general, sin ruido, en la noche del quince al dieciséis después de haber franqueado los dos puentes de Aisne, vino a detenerse con sus tropas a las alturas de Autry, a cuatro leguas de Grand Pré. Desde allí, no obstante el gran pánico que por dos veces introdujo el desorden entra nuestro soldados, continuó hacia Dammartin sur Hans, con intención de ocupar las posiciones de Saint Menehould, que están situadas a la extremidad del paso de las isletas.

Al mismo tiempo, como los prusianos iban a desembocar del Argonne por el desfiladero de Grand Pré, Dumouriez tomaba todas sus precauciones a fin de que el campo de l'Epine, situado junto al camino de Chalons, no pudiese ser ocupado, en caso de que el enemigo llegara a atacarla en vez de replegarse sobre Saint Menehould.

En aquel momento, los generales Bournonville, Chazot y Dubouquet recibían la orden de reunirse inmediatamente con Dumouriez, el cual, a la vez, hacía que Kellerman, que había salido el cuatro de Metz, apresurase su marcha hacia adelante.

Si todos estos generales eran exactos a la cita, Dumouriez tendría a su disposición treinta y cinco mil hombres, con los cuales hacer frente a los aliados.

En efecto, Brunswick y sus prusianos habían vacilado algún tiempo, antes de combinar definitivamente su plan de campaña. Por fin, se decidieron por atravesar el desfiladero de Grand Pré y desembocar en el Argonne, para apoderarse del camino de Chalons, rodear al ejército francés en Saint Menehould, y obligarle a rendir las armas.

Esta era la razón por la cual el regimiento de Lieb había salido tan precipitadamente de Longwe, y por qué caminábamos río arriba todo el curso del Aisne.

Hacía un tiempo terrible de niebla y lluvia. Los caminos estaban intransitables, y el lodo nos cubría hasta las rodillas. ¡Qué penoso es terminar así, con los brazos atados!... Verdaderamente, hubiera sido mejor que nos hubiesen fusilado en seguida.

¡Y los malos tratamientos que recibíamos de los cuales no economizaban aquellos endiablados prusianos! ¡Y los insultos que nos lanzaban a la cara! Aquello era mucho peor que el lodo.

¡Y aquel Frantz von Grawert, que vino diez veces a insultarnos ante nuestros propios ojos! El señor Juan no podía contenerse. Las manos le temblaban bajo las cuerdas, con el ansia de coger al teniente por el pescuezo y estrangularle, como a una bestia malvada.

Costeamos el Aisne, caminando a marchas forzadas. Fue preciso pasar con el agua hasta la media pierna los riachuelos Dormoise, Tourhe y Bionne; no se descansaba nada, a fin de llegar a tiempo para ocupar las alturas de Saint Menehould. Pero la columna no podía marchar más de prisa. Se atascaba frecuentemente, y cuando los prusianos se encontrasen enfrente de Dumouriez, era de esperar, con toda seguridad, que los franceses estarían ya apoderados de las isletas.

Así caminamos hasta las diez de la noche. Los víveres se distribuyeron apenas, y si a los mismos prusianos les faltaban, ya puede considerarse lo que sucedería a los dos prisioneros, a quienes arrastraban como a bestias.

El señor Juan y yo apenas podíamos hablarnos. Por otra parte, cada palabra que cambiábamos, por insignificante que fuera, nos valía algún empujón o algún culatazo. Verdaderamente, aquellos hombres eran de una raza cruel. Sin duda querían agradar al teniente Frantz von Grawert, y desgraciadamente lo conseguían demasiado.

Aquella noche del diecinueve al veinte de septiembre fue una de las más penosas que habíamos pasado hasta entonces. En aquella situación, echábamos mucho de menos nuestras paradas bajo el follaje del Argonne, cuando estábamos todavía fugitivos.

En fin, antes de ser de día, habíamos llegado a un terreno pantanoso, el lado izquierdo de Saint Menehould, y muy próximo a este punto, allí fue instalado el campamento, en un terreno en el cual había dos pies de espesor de lodo. Se prohibió encender fuego alguno, pues los prusianos no querían dejar conocer su presencia en aquel sitio.

Un olor infecto se elevaba de aquella masa de hombres amontonados. Como se dice en mi país se hubiera podido coger más con la nariz que con una pala.

Por fin, el día amaneció; aquel día en que sin duda se libraría la batalla. El Real de Picardía estaría allí seguramente, y yo no ocuparía mi puesto entre las filas de mis camaradas.

Se observaba un gran movimiento de idas y venidas a través del campo. Estafetas y ayudantes de campo atravesaban a cada instante el pantano. Los tambores redoblaban, sonaban las trompetas, y se oían también algunos disparos de fusil hacia el ala derecha.

¡En fin! Los franceses habían ganado la delantera a los prusianos, y ocupaban Saint Menehould. Eran cerca de las once, cuando una escuadra de soldados vino a buscarnos al señor Juan y a mí. Primeramente se nos condujo ante una tienda donde se hallaban formando consejo una media docena de oficiales, presididos por el coronel von Grawert. ¡Si! ¡Él en persona presidía el consejo de guerra! Este no fue largo. Una simple fórmula para establecer nuestra identidad. Por otra parte, Juan Keller, ya condenado a muerte por haber herido a un oficial, lo fue por segunda vez como desertor, y yo... como espía francés.

No había sobre qué discutir, y cuando el coronel hubo añadido que la ejecución tendría lugar en seguida, grité yo:

-¡Viva Francia!

-¡Viva Francia! -repitió Juan Keller.

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