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El camino de Francia
Editado
© Ariel Pérez
25 de agosto del 2002
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El camino de Francia
Capítulo XII

¡Qué golpe! ¡Una medida general de incorporación, tomada por el gobierno prusiano! Juan Keller, que todavía no había cumplido veinticinco años, estaba comprendido en la inscripción, viéndose obligado a partir, a marchar, con los enemigos de Francia, sin que hubiese ningún medio de sustraerse a tal obligación.

Por otra parte, ¿no hubiera faltado a su deber? Él era prusiano, y pensar en desertar... ¡Eso no; jamás! Pensar en semejante cosa era imposible.

Además, para colmo de desgracias, el señor Juan iba precisamente a servir en el regimiento de Lieb, mandado por el coronel von Grawert, padre del teniente Frantz, su rival, y desde aquel día su superior.

¿Qué más hubiera podido hacer la mala suerte para agobiar a la familia Keller, y con ella a todos los que la tocaban de cerca?

Verdaderamente, era una fortuna que el matrimonio no se hubiese verificado. ¡Qué desgracia tan grande hubiera sido para el señor Juan, casado la víspera, el verse obligado a reunirse con su regimiento para ir a combatir contra los compatriotas de su mujer. Todos quedamos agobiados y silenciosos. Abundantes lágrimas corrían de los ojos de la señorita Marta y de mi hermana Irma. La señora Keller no lloraba. Su excitación era tan grande, que no hubiera podido. Su inmovilidad era la de una muerta. El señor Juan, con los brazos cruzados, volvía la vista enrededor suyo, irguiéndose contra su mala suerte. Yo estaba fuera de mí, y pensaba:

-Pero estas gentes que nos hacen tanto daño ¿no lo pagarán un día u otro?

Entonces el señor Juan dijo:

-Amigos míos. No modifiquen en nada sus proyectos. Mañana deben partir para Francia, partan; no se detengan; no permanezcan una hora más en este país. Mi madre y yo pensábamos retirarnos a cualquier rincón de Europa, fuera de Alemania; pero hoy ya no es posible. Natalis, usted conducirá a su hermana a su país.

-Juan, yo continuaré en Belzingen -respondió Irma-. No abandonaré a su madre.

-No puede hacer eso.

-Nosotros nos quedaremos también -exclamó la señorita Marta.

-No -dijo la señora Keller, que acababa de levantarse-. Partan todos. Que me quede yo, bien, puesto que no tengo nada que temer de los prusianos. ¿No soy yo alemana, por ventura?

Y al decir esto, se dirigió hacia la puerta como si su contacto hubiera podido mancharnos.

-¡Madre mía! -exclamó el señor Juan, lanzándose hacia ella.

-¿Qué quieres, hijo mío?

-¡Quiero -respondió Juan-, quiero que tú también partas, quiero que los sigas a Francia, a tú país! Yo..., yo soy soldado; mi regimiento puede ser destinado a otro punto cualquier día; entonces te quedarías aquí sola, completamente sola, y no quiero que esto suceda.

-Me quedaré, hijo mío; me quedaré, puesto que tú no puedes acompañarme.

-¿Y cuando yo salga de Belzingen? -replicó el señor Juan, que había cogido a su madre por el brazo.

-Entonces te seguiré, Juan.

Esta respuesta fue dada con un tono tan resuelto, que el señor Juan la miró en silencio. No era aquel el instante de discutir con la señora Keller. Más tarde, acaso mañana, podría hablar con ella y podría conducirla a una apreciación más justa de las circunstancias. ¿Es que una mujer podía acompañar a un ejército en marcha? ¿A qué peligros no se vería expuesta? Pero, lo repito, era preciso no contradecirla en aquel momento; ella reflexionaría y se dejaría persuadir.

Después, bajo el golpe de una emoción tan violenta, nos separamos todos.

La señora Keller, ni siquiera había abrazado a la señorita Marta, a la cual una hora antes llamaba su hija.

Yo me fui triste a mi pequeña habitación, pero no me acosté. ¿Cómo hubiera podido dormirme? No pensaba en el momento de nuestra partida, y, sin embargo, era preciso que se efectuase en la fecha convenida. Todos mis pensamientos eran para Juan Keller incorporado al regimiento de Lieb, y acaso bajo las órdenes del teniente Frantz. ¡Qué escenas tan violentas se presentaban a mi imaginación!

¿Cómo podría soportarlas el señor Juan de parte de aquel oficial? Y, sin embargo, no tendría más remedio; sería un soldado, y no podría decir una palabra ni hacer un gesto. La terrible disciplina prusiana pasaría sobre él; esto era horrible.

-¿Soldado? No; todavía no lo es -me decía yo a mi mismo-; no lo será hasta mañana, hasta que haya ocupado su puesto en las filas; hasta entonces se pertenece a sí mismo.

De esta manera razonaba yo; mejor dicho, divagaba. Ideas como estas pasaban en tropel por mi cerebro, me veía obligado a pensar sin querer en todas estas cosas.

-Sí -me repetía sin cesar-; mañana a las once, cuando haya ingresado en su regimiento, será soldado; hasta entonces tiene el derecho de batirse con el teniente Frantz. Y le matará; es preciso que lo mate; de lo contrario, más tarde este oficial encontrará demasiadas ocasiones para vengarse.

¡Qué noche pasé! No, no se la deseo semejante a mi peor enemigo.

Hacia las tres de la madrugada me arrojé completamente vestido en el lecho. A las cinco estaba ya levantado, y me dirigí sin hacer ruido a observar cerca de la puerta de la habitación del señor Juan. También él estaba levantado. Entonces contuve mi respiración y apliqué el oído.

Creí escuchar que el señor Juan escribía sin duda algunas últimas disposiciones para el caso de que el encuentro le fuese fatal. De vez en cuando daba dos o tres paseos por la habitación; después volvía a sentirse, y la pluma volvía a arañar sobre el papel. No se oía ningún otro ruido en la casa.

No quise incomodar al señor Juan, y me retiré a mi habitación, y hacia las seis salí a la calle.

La noticia del alistamiento se había esparcido por todas partes, produciendo un efecto extraordinario. Esta medida alcanzaba a casi todos los jóvenes de la población, y, debo decirlo, según yo observé, la medida fue recibida con gran disgusto por todo el mundo. En realidad era muy dura; pues las familias no estaban preparados para ella de ninguna manera. Nadie la esperaba. En el término de algunas horas era preciso partir con la mochila a la espalda y el fusil sobre el hombro.

Yo di mil vueltas alrededor de la casa. Se había convenido que el señor Juan y yo iríamos a buscar al señor de Lauranay a las ocho, para dirigirnos el punto de la cita. Si el señor de Lauranay hubiese venido a buscarnos, acaso hubiese podido despertar sospechas.

Yo esperé hasta las siete y media. El señor Juan no había bajado todavía.

Por su parte, la señora Keller no había aparecido por el salón de la planta baja.

En este momento vino Irma a buscarme

-¿Qué hace el señor Juan? -le pregunté.

-No lo he visto -me respondió-; y sin embargo, no debe de haber salido. Tal vez no harás mal en averiguar algo.

-Es inútil, Irma, le he oído ir y venir por su habitación.

Entonces hablamos, no de duelo, pues mi hermana debía ignorarlo también, sino de la situación tan grave que la medida de incorporación venía a crear al señor Juan Keller. Irma estaba desesperada; y el pensar que tenía que separarse de su señora en tales circunstancias le oprimía el corazón.

En aquel momento se sintió un ligero ruido en el piso superior. Mi hermana entró, y volvió a decirme que el señor Juan estaba al lado de su madre. Yo me figuré que habría querido darle un beso, como todas las mañanas.

En su interior, era acaso el último adiós, un último beso que quería darle.

Hacia las ocho se le sintió bajar por la escalera. El señor Juan se dejó ver en el umbral de la puerta.

Irma acababa de salir.

El señor Juan se llegó hasta mí y me tendió la mano.

-Señor Juan -le dije-; ya son las ocho, y debemos estar a las nueve...

No hizo más que un signo de cabeza, como si le hubiera costado trabajo responder.

Ya era tiempo de ir a buscar al señor de Lauranay.

Echamos la calle arriba, y apenas habíamos andado trescientos pasos, cuando un soldado del regimiento de Lieb se paró enfrente del señor Juan.

-¿Es usted Juan Keller? -dijo.

-¡Sí!

-Tenga, para usted.

Y le presentó una carta.

-¿Quién la envía? -pregunté.

-El teniente von Melhis.

Éste era uno de los testigos del teniente Frantz. Sin saber por qué, un temblor recorrió todo mi cuerpo. El señor Juan abrió la carta.

Decía lo siguiente:

“Por consecuencia de nuevas circunstancias, un duelo es ya imposible entre el teniente Frantz von Grawert y el soldado Juan Keller.

R. G. von Melhis”

Toda mi sangre se agolpó a mi cabeza. Un oficial no podía batirse con un soldado; ¡sea! Pero Juan Keller no era soldado todavía. Aún se pertenecía por algunas horas.

¡Dios de Dios!... a mí me parece que un oficial francés no se hubiera conducido de esta suerte. Hubiera dado una satisfacción al hombre que había ofendido o insultado mortalmente. Con toda seguridad hubiera acudido al terreno.

Pero... no quiero hablar más de esto, porque... diría más de lo que debo. Y, sin embargo, reflexionándolo bien, este duelo, ¿era posible?

El señor Juan había desgarrado la carta, y la había arrojado al suelo con un gesto de desprecio, y de sus labios no se escapó más que esta palabra.

-¡Miserable!

Después me hizo un signo de que le siguiera, y nos volvimos lentamente a nuestra casa.

La cólera me ahogaba hasta tal punto, que me vi obligado a permanecer fuera. Hasta me marché lejos, sin saber de qué lado me dirigía. Estas complicaciones que nos reservaba el porvenir eran una obsesión de mi cerebro. De lo único de que me acordaba era de que debía ir a prevenir al señor de Lauranay que el duelo no se verificaría.

Preciso es creer que yo había perdido la noción del tiempo, pues me parecía que acababa de separarme del señor Juan, cuando, a eso de las diez me encontré enfrente de la casa de la señora Keller.

El señor y la señorita de Lauranay se encontraban allí. El señor Juan se preparaba a dejarlos.

Paso por alto la escena que siguió. Yo no tendría la pluma que se necesita para contar estos detalles. Me contentaré con decir que la señora Keller procuró mostrarse muy enérgica, no queriendo dar a su hijo el ejemplo de la debilidad.

Por su parte, el señor Juan fue bastante dueño de sí mismo para no abandonarse a la desesperación en presencia de su madre y de la señorita de Lauranay.

En el momento de separarse, la señorita Marta y él se arrojaron por última vez en los brazos de la señora Keller. Después, la puerta de la casa se cerró.

El señor Juan había partido, convertido en soldado prusiano. ¿Llegaríamos algún día a volverle a ver?

Aquella misma noche, el regimiento de Lieb recibía orden de dirigirse a Borna, pequeña población a pocas leguas de Belzingen, casi en la frontera del distrito de Postdam.

Yo diré ahora que, a pesar de todas las razones que pudiese hacer valer el señor de Lauranay, a pesar de todas nuestras instancias, la señora Keller persistió en la idea de seguir a su hijo. El regimiento iba a Borna; pues ella iría a Borna también. Acerca de esto, ni el mismo señor Juan había podido obtener nada de ella.

En cuanto a nosotros, nuestra partida debía efectuarse al día siguiente. ¡Qué escena tan desgarradora me esperaba cuando llegase el momento de que mi hermana tuviese que decir adiós a la señora Keller! Irma hubiera querido permanecer en Belzingen y acompañar a su señora por todas partes por donde ésta se encontrase obligada a ir.

Y yo..., yo no hubiera tenido la fuerza suficiente para llevármela conmigo, a pesar suyo. Pero la señora Keller rehusó tenazmente, y mi hermana debió someterse.

Al llegar la tarde, nuestros preparativos habían terminado, y todos nos hallábamos dispuestos.

Hacía las cinco, poco más o menos, el señor de Lauranay recibió la visita de Kallkreuth en persona.

El director de policía de Belzingen le notificó que sus proyectos de partida eran conocidos, y que se veía en la necesidad de darle orden de suspenderlos por el momento al menos. Era preciso esperar las medidas que el gobierno creyese conveniente tomar con relación a los franceses que actualmente residían en Prusia. Hasta entonces, Kallkreuth no podía expedir pasaportes, sin cuyo documento todo viaje era por completo imposible.

En cuanto al nombrado Natalis Delpierre, éste ya era otra cosa. Yo..., como si dijéramos, cogido en la red. Parece que el hermano de Irma había sido denunciado, presentándole culpable del delito de espionaje, y Kallkreuth, que, por otra parte, no deseaba otra cosa que considerarle como espía, se preparaba a tratarle en consecuencia. Después de todo, ¿se habría sabido quizá que pertenecía al regimiento Real de Picardía? Para asegurar el triunfo de los imperiales, importaba mucho, sin duda, que hubiese un soldado menos en el ejército francés. En tiempo de guerra, cuanto más se disminuyen las fuerzas del enemigo, tanto mejor.

En consecuencia, aquel día fui reducido a prisión a pesar de las súplicas de mi hermana y de la señora Keller, y después conducido de jornada en jornada hasta Postdam, y allí, finalmente, encerrado en la ciudadela.

La rabia que se apoderó de mí no tengo necesidad de decirlo. ¡Separado de todas los personas a quienes yo quería! ¡No poder escaparme para ocupar mi puesto en la frontera en el momento en que iban a dispararse los primeros tiros!

Pero, en fin, ¿a qué conduce extenderse mucho acerca de esto? Haré observar solamente que no se me interrogó, que se me declaró incomunicado, que no pude hablar con nadie, que durante seis semanas no tuve ninguna noticia del exterior. Pero el relato de mi cautividad me llevaría demasiado lejos. Mis amigos de Grattepanche esperarán con más gusto a que en otra ocasión se los cuente con más detalles. Que se contenten, por el momento, con saber que el tiempo me pareció muy largo, y que las horas transcurrían lentas como el humo en mayo. Sin embargo, según parece, yo debía darme por muy satisfecho con que no se me juzgara, pues “mi asunto era muy claro”, según había dicho Kallkreuth. Pero con tales augurios, ya me iba temiendo que había de estar prisionero hasta el fin de la campaña.

No ocurrió así, sin embargo. Mes y medio después, el 15 de agosto, el comandante de la ciudadela me ponía en libertad, y se me conducía de nuevo a Belzingen, sin haber tenido siquiera la atención de indicarme cuáles eran los hechos que habían motivado mi prisión.

La felicidad que experimenté cuando volví a ver a la señora Keller, a mi hermana y al señor y a la señorita de Lauranay, que no habían podido salir de Belzingen, se comprenderá perfectamente, para que yo tenga necesidad de explicarla.

Como el regimiento de Lieb no había salido todavía de Borna, la señora Keller había permanecido en Belzingen. El señor Juan escribía algunas veces, indudablemente todas las que podía; y a pesar de la reserva de sus cartas, se comprendía perfectamente todo lo horrible de su situación.

Sin embargo, si bien se me había devuelto la libertad, no se me dejaba libre para permanecer en Prusia, de lo cual pueden creer con toda certeza que no pensé en quejarme.

En efecto, el gobierno había dado un decreto expulsando a los franceses del territorio prusiano. En lo que a nosotros concernía, teníamos veinticuatro horas para salir de Belzingen y veinte días para abandonar la Alemania.

Quince días antes había aparecido el manifiesto de Brunswick, que amenazaba a Francia con la invasión de los coligados.

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