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El camino de Francia
Editado
© Ariel Pérez
25 de agosto del 2002
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El camino de Francia
Capítulo IX

Al día siguiente, y en los posteriores, anduvimos todos a caza de noticias. El asunto había de decidirse antes de ocho días, o poco más. Todavía pasaron tropas durante los días 21, 22 y 23. Incluso un general, que, según me dijeron, era el conde de Kaunitz, seguido de su estado mayor. Toda aquella gran masa de soldados adelantaba por el camino de Coblentza, donde esperaban los emigrados. La Prusia, prestando ayuda al Austria, no disimulaba ya que marchaba contra Francia.

Como se comprenderá fácilmente, mi situación en Belzingen empeoraba de día en día. Evidentemente, no sería mejor para la familia de Lauranay ni para mi hermana Irma, una vez que la guerra fuese declarada. El encontrarse en Alemania en tales condiciones era cosa que debía crearles, más que molestias, peligros reales, y convenía estar preparados para cualquier eventualidad.

Yo hablaba a menudo de esto con mi hermana. La pobre criatura trataba en vano de ocultar sus inquietudes. El temor de verse separada de la señora Keller no la dejaba un instante de reposo. ¡Dejar aquella familia!... Jamás se le había pasado por el pensamiento que el porvenir le reservara semejante desgracia. ¡Alejarse de aquellos seres amados, cerca de los cuales debía, a su parecer, transcurrir su vida toda entera! ¡Decirse que acaso no le sería ya posible volverlos a ver, si los acontecimientos venían mal!...

Esto era bastante para desgarrar su alma.

-Si esto sucede, moriré -decía-; sí, me moriré.

-Te comprendo, Irma -respondía yo-. La situación es difícil; pero es preciso hacer todos los esfuerzos posibles para salir de ella. Veamos. ¿No se podría conseguir que la señora Keller se decidiese a dejar a Belzingen, puesto que ahora no tiene razón ninguna para continuar en el país? A mí me parece que sería prudente tomar esta resolución antes de que las cosas se echaran a perder del todo.

-Eso sería lo más prudente, Natalis; pero, sin embargo, estoy segura de que la señora Keller se negará a partir sin su hijo.

-¿Y por qué había de negarse a seguirla el señor Juan? ¿Qué lo retiene en Prusia? ¿En arreglar sus negocios? Ya los arreglará más tarde. Ese pleito que no acaba nunca, ¿es que en las circunstancias actuales no será preciso esperar meses y meses antes de obtener un resultado?

-Probablemente, Natalis.

-Por otra parte, lo que me inquieta, sobre todo, es que el matrimonio del señor Juan con la señorita Marta no se ha verificado todavía. ¿Quién sabe los impedimentos y los retrasos que pueden sobrevenir? Que se expulse a los franceses de Alemania, lo cual es muy posible. El señor de Lauranay y su nieta se verán obligados a salir en el término de veinticuatro horas. Y entonces, ¡qué cruel separación para estos jóvenes! Por el contrario, si el matrimonio se verifica, o el señor Juan llevara consigo su mujer a Francia, o, si se ve obligado a permanecer en Belzingen, al menos quedará ella con él.

-Tienes razón, Natalis.

-Yo, en tu lugar, Irma, hablaría de esto a la señora Keller; ella lo consultaría con su hijo; se apresurarían a verificar el casamiento, y, una vez hecho, podríamos dejar marchar los sucesos.

- Sí -respondió Irma-. Es preciso que el matrimonio se haga sin tardanza. Por otra parte; los impedimentos no vendrán de Marta.

-¡Oh, no! ¡Excelente señorita!... Y, además, un marido, un marido como el señor Juan, ¡qué garantía para ella!... Ya ves, Irma; sola con su abuelo, ya anciano, obligada a salir de Belzingen, a atravesar toda la Alemania cuajada de tropas. ¿Qué sería de los dos? Es preciso, pues, despacharse y terminar pronto, y no esperar a que sea imposible verificarlo.

-¿Y ese oficial? -me preguntó mi hermana-. ¿Le encuentras todavía algunas veces?

-Casi todos los días, Irma. Es una desgracia que su regimiento esté todavía en Belzingen. Yo hubiera querido que el matrimonio de la señorita de Lauranay no fuese conocido hasta después de su marcha.

-En efecto, eso sería lo mejor.

-Temo que al saberlo, ese Frantz quiera intentar alguna mala partida. El señor Juan es bastante hombre para hacerle frente, y entonces... En fin, que no estoy tranquilo.

-Ni yo, Natalis. Es preciso, pues, hacer el matrimonio lo más pronto posible. Será preciso llenar ciertas formalidades, y temo siempre que la mala noticia estalle a cada momento.

-Habla, pues, a la señora Keller.

-Hoy mismo.

Si; importaba mucho el apresurarse, y acaso entonces mismo era ya demasiado tarde.

En efecto, un suceso recién acontecido iba sin duda a decidir a Prusia y Austria a precipitar la invasión. Se trataba del atentado que acababa de cometerse en París el día 20 de junio, y cuya noticia fue esparcida de intento por los agentes de las dos potencias coligadas.

El 20 de junio, las Tullerías habían sido invadidas. El populacho, conducido por Santerre, después de haber desfilado por delante de la Asamblea legislativa, había atacado el palacio de Luis XVI. Puertas derribadas a hachazos, rejas forzadas, piezas de cañón subidas hasta el primer piso. Todo indicaba la violencia a que se iba a entregar la muchedumbre. La calma del Rey, su sangre fría, su valor, lo salvaron, asi como a su mujer, a su hermana y a sus dos hijos. ¿Pero a qué precio? Después que hubo consentido en ponerse en su cabeza el gorro frigio.

Evidentemente, entre los partidarios de la corte, así como entre los constitucionales, aquel ataque del Palacio Real fue considerado como un crimen. Sin embargo, el Rey había quedado Rey. Se le harían ciertos homenajes; pura fórmula; ¡caldo para los muertos!... Además, ¿cuánto tiempo duraría aquello? Los más confiados no le darían dos meses de reinado, después de aquellas amenazas y aquellos insultos. Y, como es sabido, los que así pensaron, no se habían engañado, puesto que seis semanas más tarde, el 10 de agosto, Luis XVI iba a ser arrojado de las Tullerias, destituido, aprisionado en el Temple, de donde no debía salir más que para llevar su cabeza a la plaza de la Revolución.

Si el efecto producido por este atentado fue grande en París, y grande en toda Francia, difícilmente se podrá tener una idea de la resonancia que tuvo en el extranjero. En Coblentza estallaron gritos de dolor, de odio, de venganza, y no se admiren de que su eco hubiese llegado hasta aquel pequeño rincón de la Prusia en que nosotros nos encontrábamos encerrados. Por poco que los emigrados se pusieran en marcha y que los imperiales, como ya se les llamaba, fuesen en su auxilio, aquello sería seguramente una guerra terrible.

Bien se comprendía esto en París. Por consiguiente, habían sido tomadas medidas enérgicas, para estar prevenidos a cualquier acontecimiento. La organización de los federados se hizo en plazo muy breve. Los patriotas, habiendo hecho al Rey y a la Reina responsables de la invasión que amenazaba a Francia, decidieron por mandato de la Comisión de la Asamblea, que toda la nación se pusiese sobre las armas, y que obrase por si misma, sin que el gobierno tuviese que intervenir.

Y ¿qué seria preciso para que el entusiasmo se produjese? Una fórmula solemne, una declaración que será hecha por el Cuerpo legislativo: “La patria está en peligro”.

Esto es lo que supimos algunos días después de la vuelta del señor Juan, lo cual produjo en todos una agitación extraordinaria.

A cada momento temimos averiguar que Prusia había respondido a la conducta de Francia con una declaración de guerra.

Entretanto, se observaba un movimiento extraordinario en todo el país. Los correos y las estafeta pasaban a galope tendido a través de la población. Continuamente se cambiaban órdenes entre los cuerpos de ejército en marcha hacia el oeste y los que venían del este de Alemania. Se decía también que los sordos debían unirse a los imperiales, que avanzaban ya y amenazaban la frontera. Por desgracia, todos estos rumores no eran sino demasiado ciertos.

Estos acontecimientos produjeron en los Keller y en los Lauranay una inquietud extrema. Personalmente, mi situación se hacia cada vez más insostenible y difícil. Todos lo comprendían, y si yo no hablaba de ello, era porque no quería infundir nuevos motivos de disgusto a los que atormentaban ya a las dos familias.

En suma, no había tiempo que perder. Puesto que el casamiento estaba convenido, era preciso celebrarle sin tardanza ninguna.

Esto fue resuelto aquel mismo día, y con toda urgencia.

De común acuerdo se fijó la fecha, que fue el día 29. Este plazo se creyó que bastaría para el arreglo de las formalidades necesarias, que eran muy sencillas en aquella época. La ceremonia se verificaría en el templo, delante de los testigos indispensables, escogidos entre las personas relacionadas con las familias Keller y Lauranay. Yo debí de ser uno de dichos testigos. ¡Qué honor para un simple sargento!

Otra cosa fue igualmente decidida; a saber; que se obraría todo lo secretamente posible. No se diría nada de lo que se trataba de hacer sino es a los testigos cuya presencia era indispensable. En aquellos días de revuelta, era preciso evitar el llamar la atención sobre sí. Kallkreuth hubiera metido muy pronto la nariz en el asunto. Además, había la cuestión del teniente Frantz, quien, por despecho o por venganza, hubiera podido producir cualquier escándalo, del cual nacerían tal vez complicaciones que era necesario evitar a toda costa.

En cuanto a los preparativos, estos no debían exigir mucho tiempo. Era opinión de todos que la ceremonia debía organizarse y llevarse a cabo lo más sencillamente posible, y sin preparar fiestas, en las cuales todos hubieran gozado en otras circunstancias manos inquietantes. Es decir, habría matrimonio, pero no habría bodas. Esto seria todo.

Y era necesario apresurarse, sin perder ni una hora. No era aquel el momento a propósito para repetir el antiguo refrán picardo que dice: “No hay necesidad de apresurarse, porque la feria no está sobre el puente”. La situación era amenazadora, y de un instante a otro podía cerrarnos el paso.

Sin embargo, a pesar de todas las precauciones que se habían tomado, parece que el secreto no se guardó como hubiera debido guardarse. Era cosa segura que los vecinos -¡oh, los vecinos de provincia!- se preocupaban de lo que se preparaba entra las dos familias. Había indudablemente algunas idas y venidas y algún movimiento que estaban fuera de lo acostumbrado. Esto, como era natural, despertó la curiosidad de todos. Además, Kallkreuth no cesaba un momento de tener la vista fija sobre nosotros. No cabía duda de que sus agentes tenían orden de vigilarnos de cerca. Tal vez las cosas no marcharían tan sencillamente como nos habíamos figurado.

Pero lo que hubo en esto de más sensible, fue que la noticia del matrimonio llegó a oídos del teniente von Grawert.

La primera que supo esto fue mi hermana, por conducto de la criada de la señora Keller.

Algunos oficiales del regimiento de Lieb habían hablado de este asunto en la Plaza Mayor.

Por casualidad, Irma pudo también escuchar la conversación, y vean las noticias que pudo comunicarnos.

Cuando el teniente tuvo noticia del proyectado matrimonio, se había abandonado a un violento acceso de cólera, diciendo a sus camaradas que el tal matrimonio no se llevaría a efecto, porque se encontrarían buenos todos los medios para impedirlo. Yo esperaba que el señor Juan no supiera nada de esto. Por desgracia, toda la conversación le fue referida. A mí me habló de ello, sin poder dominar su indignación. Mucho trabajo me costó el calmarle. Quería ir a buscar al teniente Frantz y obligarle a dar explicaciones de sus palabras, por más que era muy dudoso que un oficial consintiese en entenderse con un paisano como el señor Keller.

En fin, aunque con grandes esfuerzos, logré convencerle, después de haberle hecho comprender que su determinación nos pondría en peligro de comprometerlo todo.

El señor Juan se rindió. Me prometió no hacer caso de las palabras del teniente, cualesquiera que ellas fuesen, y no se ocupó más que de las formalidades de su matrimonio.

Todo el día 23 pasó sin incidente alguno. No había que esperar ya más que cuatro días. Yo contaba las horas y los minutos. Celebrada la unión, se resolvería el grave problema de abandonar definitivamente a Belzingen.

Pero la tempestad estaba sobre nuestras cabezas, y el rayo estalló en la noche de aquel mismo día. La terrible noticia llegó a eso de las nueve de la noche.

Prusia acababa de declarar la guerra a Francia.

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