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El camino de Francia
Editado
© Ariel Pérez
25 de agosto del 2002
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El camino de Francia
Capítulo XXI

¡Separados, después de tres semanas de un penoso viaje que, con un poco más de suerte, nos hubiera conducido a buen fin!

Separados, cuando algunas leguas más adelante teníamos todos la salvación asegurada. ¡Separados, con el temor de no volvernos a ver jamás! Y luego, ¡aquellas mujeres, abandonadas en la casa de un aldeano, en medio de una población ocupada por el enemigo, no teniendo por defensor más que a un anciano de setenta años! Verdaderamente, yo creo que hubiera debido permanecer a su lado; pero no pensando más que en el fugitivo a través del temible bosque del Argonne, que no conocía, ¿podía dudar en reunirme al señor Juan, a quien podía ser tan útil?

En cuanto al señor de Lauranay y sus compañeras, estos no tenían que temer más que por su libertad, al menos yo así lo esperaba; pero el señor Juan estaba expuesto a perder la vida. Este solo pensamiento hubiera bastado para detenerme, si hubiese tenido la tentación de volver a la Cruz del Bosque.

Veamos ahora qué era lo que había pasado, y por qué aquella población había sido invadida el día diecisiete.

Se recordará que de los cinco desfiladeros del bosque del Argonne, uno solo, el de la Cruz del Bosque, había quedado sin ocupar por los franceses. Sin embargo, a fin de estar prevenido contra toda sorpresa, Dumouriez había enviado a la desembocadura de este paso, por la parte de Longwe, un coronel con dos escuadrones y dos batallones. Esto sucedía a bastante distancia de la Cruz del Bosque para que Hans Stenger hubiera tenido conocimiento de este hecho. Por otra parte, tal era la convicción de que los imperiales no se aventurarían a pasar a través de este desfiladero, que no se tomó ninguna aldea para defenderle. No se hicieron ni fosos, ni trincheras, ni empalizadas; y hasta persuadido de que nada amenazaba el Argonne por aquella parte, el coronel solicitó volver a enviar una parte de sus tropas al cuartel general, lo cual le fue concedido en seguida.

Entonces fue cuando los austríacos, mejor informados, enviaron a reconocer el paso. Consecuencia de esto fue aquella visita de un sinnúmero de espías alemanes que aparecieron en la Cruz del Bosque, y después la ocupación del desfiladero. Y vean aquí cómo, por consecuencia de un falso cálculo, una de las puertas del Argonne quedaba abierta a los ejércitos extranjeros para entrar en Francia.

En el momento que Brunswick tuvo noticia de que el paso de la Cruz del Bosque había quedado libre, dio orden de ocuparlo; y esto sucedió precisamente en el momento en que, hallándose muy apurado para desembocar en las llanuras de la Champagne, se disponía a subir con sus tropas hacia Sedán, a fin de dar la vuelta al Argonne por el norte. Pero quedando por él la Cruz del Bosque, podía, aunque con algunas dificultades, introducirse por aquel desfiladero. Envió, pues, una columna austríaca con los emigrados, a las órdenes del príncipe de Ligne.

El coronel francés y sus hombres, sorprendidos por aquel inesperado ataque, se vieron obligados a ceder el sitio a los invasores y replegarse hacia el Grand Pré. El enemigo quedó, pues, dueño del desfiladero.

Esto es lo que había ocurrido en el momento en que nosotros nos veíamos obligados a emprender la huida. Después Dumouriez intentó reparar aquella falta tan grave enviando al general Chazot con dos brigadas, seis escuadrones y cuatro piezas de a ocho, para arrojar a los austríacos antes de que hubieran tenido tiempo de atrincherarse.

Desgraciadamente, el catorce, Chazot no se halló en disposición de operar, y el quince tampoco. Cuando atacó en la tarde del dieciséis, era ya demasiado tarde.

En efecto, si al principio rechazó, a los austríacos del desfiladero, si les causó la muerte del mismo príncipe de Ligne, bien pronto se vio obligado a resistir el choque de fuerzas superiores; y a pesar de sus heroicos esfuerzos, el paso de la Cruz del Bosque quedó definitivamente perdido.

Falta muy lamentable para Francia, y aún añadiré que para nosotros, pues sin este deplorable error, desde el día quince hubiéramos podido encontrarnos indudablemente en medio de los franceses.

Al presente, esto ya no era posible. En efecto, Chazot, viéndose aislado del cuartel general retrocedió hasta Vouziers, en tanto que Dubourg que ocupaba la posición de Chene Populeux, temiendo ser envuelto, retrocedía prudentemente hacia Attigny.

La frontera de Francia estaba, pues, abierta a las columnas de los imperiales. Dumouriez corría peligro de ser copado y verse obligado a rendir las armas.

Si esto sucedía, ya no había obstáculos serios que oponer a los invasores entra el Argonne y París.

En cuanto a Juan Keller y a mí, es preciso convenir en que no nos hallábamos en una situación muy grata.

A los pocos momentos de haber salido yo de la casa de Hans Stenger, me había reunido al señor Juan en lo más espeso del bosque.

-¿Usted, Natalis? -exclamó al verme.

-Sí... yo.

-¿Y su promesa de no abandonar jamás a Marta ni a mi madre?

-¡Minuto! señor Juan, escúcheme.

Entonces le referí todo. Le dije que yo conocía el territorio del Argonne, cuya extensión y disposición ignoraba él; que la señora Keller y la señorita Marta me habían dado la orden de seguirle, y que yo no había dudado.

-Y si he hecho mal, señor Juan, que Dios me castigue.

-Venga, pues.

En aquel momento no se trataba ya de seguir el desfiladero hasta la frontera del Argonne. Los austríacos podían extenderse más allá del desfiladero de la Cruz del Bosque, y aun seguir el camino de Briquenay. De aquí la necesidad de marchar en línea recta hacia el sSudoeste, para franquear la línea del Aisne.

Marchamos, pues, en esta dirección hasta el momento en que el día desapareció por completo. Aventurarse en el bosque con la oscuridad de la noche no era posible. ¿Cómo orientarse? Por consiguiente, hicimos alto hasta que fuera de día.

Durante los primeras horas, no cesamos de oír los estampidos de los fusiles a menos de media legua de distancia. Eran los voluntarios de Longwe, que trataban de quitar el desfiladero a los austríacos; pero no teniendo fuerzas suficientes para ello, se vieron obligados a dispersarse. Por desgracia, no se desparramaron a través del bosque, donde nosotros hubiéramos podido encontrarlos y saber por ellos que Dumouriez tenía su cuartel general en Grand Pré. Les hubiéramos acompañado, y allí, según supe más tarde, hubiera encontrado a mi querido regimiento Real de Picardía, que había salido de Charleville para reunirse al ejército del Centro. Una vez llegados a Grand Pré,. tanto el señor Juan como yo, nos hubiéramos encontrado entre amigos, nos hubiéramos hallado a salvo, y habríamos visto lo que convenía hacer para la salvación de los seres queridos que dejábamos abandonados en la Cruz del Bosque.

Pero los voluntarios habían evacuado el Argonne y subido río arriba todo el curso del Aisne, a fin de llegar cuanto antes al cuartel general.

La noche fue muy mala. Caía una lluvia menuda que calaba hasta los huesos. Nuestros vestidos, desgarrados por las malezas, se caían a pedazos. Yo no recogería ahora ni siquiera mi manta, Nuestros zapatos, sobre todo, amenazaban dejarnos con los pies al aire. ¿Nos veríamos obligados a caminar descalzos sobre nuestra cristiandad, como se dice en mi aldea? En fin, nos hallábamos transidos, pues la lluvia continuaba cayendo a través del ramaje, y yo había buscado en vano un agujero, un resguardo cualquiera para meternos en él. Añádanle a esto algunos alertas dados por los centinelas, los tiros tan próximos, que dos o tres veces se me figuró haber visto la luz del fogonazo, y la angustia de escuchar a cada instante resonar el ¡hurrah! prusiano.

Entonces, pues, era preciso esconderse y huir más lejos, por temor de caer en poder de los enemigos. ¡Allí, polvo y misería! ¡Cuánto tardaba en llegar el día! En el momento en que aparecieron las primeras luces del alba, emprendimos nuestra carrera a través del bosque. Digo carrera, porque caminábamos todo lo de prisa que permitía la naturaleza del terreno, en tanto que yo me orientaba lo mejor que podía, por el sol que salía en aquel momento.

Además, no llevábamos nada en el estómago, y el hambre nos aguijoneaba. El señor Juan, al huir, de la casa de los Stenger no había tenido tiempo de coger provisiones; yo, que salí como un loco por el gran temor de que los austríacos me cortasen la retirada, no había tampoco tenido tiempo de proveerme. Nos hallábamos, por consiguiente, reducidos a danzar delante del buffet, como se dice en Picardía cuando aquél está vacío.

Si las cornejas y otras muchas clases de aves abundan en el bosque, y volaban por centenares a través de los árboles, la caza parecía muy rara.

Apenas se veía de distancia en distancia alguna que otra cama de liebre, o alguna parejilla de conejos que titilan a través del follaje; ¿pero cómo atraparlos?

Por fortuna los castaños no escasean en el Argonne, ni las castañas en aquella estación. Yo asé algunas entre la ceniza, después de haber encendido un montón de ramas secas con un poco de pólvora. Esto nos libró positivamente de morir de hambre.

Llegó la noche. El bosque estaba tan espeso por aquella parte, que apenas habíamos recorrido tres leguas desde por la mañana. Sin embargo, la linde del Argonne no podía estar lejos, dos o tres leguas todo lo más. Se escuchaban las descargas de mosquetería de los exploradores que recorrían todo lo largo de la ribera del Aisne. Sin embargo, necesitaríamos todavía lo menos veinticuatro horas antes que pudiéramos encontrar un refugio al otro lado del río, fuese en Vouziers o en alguna otra aldea de la ribera izquierda.

No insistiré sobre las fatigas que pasamos. No teníamos ni siquiera el tiempo de pensar en ellas.

Aquella noche, a pesar de que mi cerebro estaba preocupado con mil temores, como tenía mucho sueño, me tendí a descansar al pie de un árbol. Me acuerdo que en el momento en que mis ojos se cerraron estaba pensando en el regimiento del coronel von Grawert, que había dejado una treintena de sus soldados muertos en la explanada, algunos días antes. Este regimiento, con su coronel y sus oficiales, le enviaba yo al diablo; y eso estaba haciendo precisamente cuando me dormí.

Cuando vino el día, pude observar perfectamente que el señor Juan no había pegado los ojos. No pensaba en sí mismo; le conocía bastante para estar seguro de ello. Pero el representarse a su madre y a la señorita Marta en la casa de la Cruz del Bosque, entre las manos de los austríacos, expuestas a tantas injurias, y acaso las brutalidades, esto le oprimía el corazón.

En suma, durante aquella noche, quien había velado era el señor Juan. Y es preciso que yo tuviera un sueño muy pesado, pues las detonaciones se escuchaban a muy poca distancia. Como yo no me despertaba, el señor Juan quería dejarme dormir.

En el momento en que íbamos a ponernos en marcha, el señor Juan me paró y me dijo:

-Natalis; escúcheme.

Estas palabras habían sido pronunciadas con la entonación de un hombre que ha tomado su resolución. Yo comprendí al punto de qué me quería hablar, y le respondí sin darle tiempo de proseguir:

-No, señor Juan, no lo escucharé, si es de separación de lo que quiere hablarme.

-Natalis -replicó-; solamente por sacrificarse por mí ha querido seguirme.

- Bueno, ¿y qué?

-En tanto que sólo se ha tratado de huir, no he dicho nada; pero ahora se trata de peligros. Si al fin soy preso, y si lo prenden conmigo, puede usted estar seguro de que no lo perdonarán. Su prisión será su muerte, y esto..., Natalis, no puedo consentirlo. Parta, pues; pase la frontera. Yo trataré también de hacerlo por mi parte; y si por desdicha no nos volvemos a ver...

-Señor Juan -respondí-; ya es tiempo de volver a emprender la marcha. O juntos nos salvaremos, o moriremos juntos.

-¡Natalis!

-¡Le juro por Dios, que no lo abandonaré, Juan!

Por fin, nos pusimos en marcha. Las primeras horas del día habían sido muy calurosas y sofocantes.

La artillería dejaba oír sus estampidos en medio de las detonaciones de la mosquetería. Era un nuevo ataque que se libraba en el desfiladero de la Cruz del Bosque; ataque que no tuvo éxito para los franceses en presencia de un enemigo tan numeroso.

Después, hacia las ocho, todo quedó de nuevo silencioso. No se escuchaba ni un solo tiro de fusil. ¡Terrible incertidumbre para nosotros! Ninguna duda quedaba de que se había librado un combate en el desfiladero. ¿Pero cuál había sido el resultado de este combate? ¿Debíamos cambiar de rumbo y subir a través del bosque? No; por instinto comprendía yo que esto hubiera sido entregarse. Era preciso continuar marchando; seguir a pesar de todo, sin dejar la dirección de Vouziers.

A medio día, algunas castañas asadas entre la ceniza fueron, como el día antes, nuestro único alimento. El bosque era por aquella parte tan espeso, que apenas recorríamos quinientos pasos por hora; sin contar las alarmas repentinas, tiros y cañonazos a derecha o izquierda, y, en fin, otro sinnúmero de peripecias, que nos llenaban el alma de pavor, sobre todo el toque de rebato que sonaba en los campanarios de todas la poblaciones del Argonne.

Llegó la noche, y yo comprendí que no debíamos hallarnos a una legua del curso del Aisne, Al día siguiente, si no nos veíamos detenidos por algún obstáculo, nuestra salvación estaba asegurada del otro lado del río. No tendríamos más que seguir su curso, bajando una hora por la orilla derecha, y lo pasaríamos por el puente de Senue o por el de Grand Ham, de los cuales ni Clairfayt ni Brunswick eran dueños todavía.

Hacia las ocho de la noche hicimos alto. Lo primero de que nos ocupamos fue de buscar un sitio espeso que nos resguardara del frío y de los espías.

No se escuchaba más que el tintineo de las gotas de lluvia sobre las hojas de los árboles. Todo estaba tranquilo en el bosque, y, sin embargo, yo no sé por qué, encontraba algo de inquietante en aquella tranquilidad.

De repente, a la distancia de unos veinte pasos, se oyeron dos voces. El señor Juan me cogió la mano.

-Sí -decía uno-; estamos sobre su huella desde la Cruz del Bosque.

-¡No se nos escapará!

-Pero... nada de los mil florines a los austríacos.

-No; nada, compañeros.

Yo sentía la mano del señor Juan, que oprimía más fuertemente la mía.

-La voz de Buch -murmuró a mi oído.

-¡Bribones! -respondí-. Seguramente serán cinco o seis. No los esperemos.

Y en seguida nos echamos fuera de la espesura, escurriéndonos sobre la hierba.

De repente, el ruido que produjo al quebrarse una rama seca nos denunció. En el mismo instante el fogonazo de un tiro iluminó la parte baja del bosque. Habíamos sido descubiertos, desgraciadamente.

-Venga, señor Juan, venga -le grité.

-No sin haber aplastado la cabeza a uno de estos miserables -me respondió.

Y descargó su pistola en dirección del grupo que se precipitaba hacia nosotros.

Estoy casi seguro de que uno de aquellos bribones cayó al suelo. Pero no me pude cerciorar, porque tenía otra cosa más importante de que ocuparme.

Corrimos con toda la velocidad de nuestras piernas; sentía que Buch y sus camaradas venían a nuestros talones. Estábamos exhaustos de fuerzas.

Un cuarto de hora después, la banda entera cayó sobre nosotros. La componían media docena de hombres armados.

En un instante nos echaron al suelo, nos ataron las manos, y después nos hicieron marchar delante de ellos, sin escatimarnos, por supuesto, los golpes.

Una hora después, estábamos en poder de los austríacos, acampados en Longwe, y más tarde encerrados y con centinelas de vista en una casa de la población.

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