Make your own free website on Tripod.com
Imagen que identifica al sitio Nombre del sitio Proponer un intercambio de vínculos
Línea divisoria
Página de inicio

Imagen de identificación de la sección


El volcán de oro
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Segunda parte
Indicador Un invierno en Klondike
Indicador La historia del moribundo
Indicador Las consecuencias de...
Indicador Circle City
Indicador Hacia los descubrimientos
Indicador Fort Macpherson
Indicador El Golden Mount
Indicador La audaz idea de un...
Indicador La caza del alce
Indicador Inquietudes mortales
Indicador A la defensiva
Indicador Ataque y defensa
Indicador La erupción
Indicador De Dawson City a...

El volcán de oro (versión original)
Segunda parte - Capítulo VIII
La audaz idea de un ingeniero

Lo mejor que se podía hacer era dejar al scout la responsabilidad de organizar el campamento en previsión de una estancia de algunas semanas. Cuando Ben Raddle se lanzó en esta nueva campaña, no dudó de que, según las informaciones de Jacques Laurier, exactas por lo demás, bastaría con ir al Golden Mount, sacar las pepitas del cráter, cargarlas en los carros y regresar a Dawson City. Se requerirían a lo sumo ocho días para la realización de este fácil trabajo, y el viaje, ida y vuelta comprendidas, no se prolongaría por más de tres meses. Después de haber dejado la capital de Klondike el 7 de mayo, la caravana regresaría los primeros días de agosto. Tendrían tiempo suficiente para llegar a Skagway, bajo la conducción de Bill Stell, antes de los grandes fríos, y luego a Vancouver, de donde el tren llevaría a Ben Raddle y Summy Skim a Montreal.

-¡Y qué tren -bromeaba Summy Skim-, qué tren será necesario para transportarnos a nosotros y los millones del Golden Mount, y qué exceso de equipaje!

Pero los millones estaban en el cráter, y no se los podía sacar.

El scout, como hombre entendido, tomó todas las medidas para asegurar la existencia de sus compañeros y la comida para los animales hasta el día en que les fuera absolutamente indispensable abandonar el campamento. Tratar de permanecer allí durante el invierno era imposible. Pasara lo que pasara, tuviera o no éxito la campaña, habría que dejarlo a mediados de agosto, a más tardar. Después de esa fecha, la marcha a través de esa región más allá del círculo ártico, en la que las borrascas y las tempestades de nieve causan estragos, se haría imposible.

-Ahí está el ejemplo de esos dos desdichados franceses -observó Summy Skim-, que los fríos de noviembre dejaron muertos en el camino.

La vida en ese lugar iba a ser una constante espera; se necesitaría una fuerte dosis de paciencia para soportarla. Claro, podrían observar el estado del volcán, estar al tanto de si la erupción se acentuaba, y tendrían que realizar otras ascensiones. Ni Ben Raddle ni el contramaestre, ellos sobre todo, retrocederían ante la fatiga, y seguirían día a día el progreso del fenómeno.

Summy Skim sabría aprovechar esas largas horas cazando, ya fuera en las planicies del sur y del oeste, ya en las marismas del delta del Mackensie. La caza de marisma, los patos entre otros, no faltaba, lo mismo que la caza de piel o de pluma en las praderas y en los bosques. Probablemente serían otra vez Neluto y él los únicos que no encontrarían los días interminables. Tendrían cuidado, desde luego, de no alejarse demasiado. Durante el verano, algunas tribus indígenas frecuentan el litoral del océano Polar, y lo mejor es evitarlas.

En cuanto al personal de la caravana, si quería entregarse al placer de la pesca tendría todo el tiempo que quisiera. El pescado abundaba en ese laberinto de esteros que se multiplicaban entre los ramales orientales y occidentales del río. Sólo por ese concepto, la alimentación general habría estado asegurada hasta la formación de los primeros témpanos.

Al cabo de unos días no se había producido ningún cambio en la situación. Pero, aunque Ben Raddle no observó que la erupción mostrara una tendencia a intensificarse, pudo adquirir la certeza de que la chimenea volcánica estaba cavada en el lado este del monte. Por eso el perfil occidental era más alargado y por allí la ascensión era más fácil. Desde el campamento, establecido casi al pie del Golden Mount y que dominaba su fachada oriental, se escuchaba con bastante claridad el sordo tumulto del trabajo plutónico. El ingeniero concluía que el espesor de ese lado abrupto no debía ser muy importante y que las paredes de la chimenea no debían estar lejos de la superficie. El contramaestre compartía esta opinión. Pero, admitiendo que fuera posible cavar una galería hasta esa pared, no serviría para introducirse en la chimenea, ya que ésta estaría en toda su longitud llena de humo y quizás también de llamas. La única ventaja de cavar una galería estaba en que, como transmitiría los ruidos internos al exterior, sería más fácil reconocer los síntomas de una próxima erupción sin que fuera necesario subir a la cima para examinar el cráter.

Por desgracia, durante esta primera semana ninguna llama, ninguna materia eruptiva escapó de la boca del volcán. Lo único que se observaba era un remolino de vapores fuliginosos.

Llegó el primer día de julio. Se imaginará fácilmente con qué impaciencia vivían Ben Raddle y sus compañeros. La imposibilidad de hacer algo para modificar la situación los enervaba a todos, en grados diversos. Una vez que instalaron el campamento, el scout y sus hombres no tenían nada que hacer de la mañana a la noche. Unos pasaban el tiempo pescando, en el Rubber Creek o en el principal brazo del delta. Los otros iban a tender las redes al litoral. De esta manera tenían en abundancia pescado de agua dulce y pescado de mar. Pero nada impedía que los días se hicieran interminables.

Varias veces Summy Skim propuso a Ben Raddle que lo acompañara a cazar. Pero el ingeniero rehusó siempre. El contramaestre, el scout y él se quedaban en el campamento o erraban al pie de la montaña, conversando, discutiendo, observando, sin poder llegar a ninguna conclusión. Hicieron dos nuevas ascensiones, y encontraron las cosas en el mismo estado: volutas de humo, bocanadas violentas de vapor a veces, pero jamás una eyección.

-¿No se podría provocar una erupción -dijo un día el scout- o, en su defecto, no se podría abrir el vientre a esta montaña con dinamita?

Ben Raddle miró a Bill Stell, sacudió la cabeza y no dijo una palabra.

Pero Lorique respondió:

-Toda nuestra provisión de pólvora no bastaría, y, además, admitiendo que se abriera una brecha, ¿qué saldría de allí?

-Tal vez un torrente de pepitas -dijo Bill Stell.

-No -declaró Lorique-, nada más que vapores. Saldrían por la brecha en lugar de salir por el cráter. Eso es todo lo que ganaríamos. No habríamos avanzado un paso. Lo que es seguro es que el Golden Mount estaba dormido desde hace tiempo, y ahora se despierta. Si hubiéramos llegado algunos meses antes, es probable que hubiéramos podido bajar al cráter. Pero la mala suerte está con nosotros, y sin duda pasará tiempo antes de que la erupción se produzca. Lo más sensato es, simplemente, armarse de paciencia.

-En dos meses estaremos a principios del invierno -declaró Bill Stell.

-Lo sé, scout.

-Y si la erupción no se ha producido... habrá que partir de todos modos.

-Lo sé -repitió el contramaestre-. Y bien, en ese caso partiremos, regresaremos a Dawson City y volveremos en los primeros días de primavera.

-¿Cree usted que el señor Skim consentirá en pasar un segundo invierno en Klondike?

-Summy podrá volver a Montreal si quiere -dijo entonces el ingeniero, interviniendo en la conversación-. En cuanto a mí, me quedaré en Dawson City y sólo tendrá que reunirse conmigo allí, si quiere, en el mes de mayo próximo. Tarde o temprano el volcán estará en plena erupción, y yo quiero estar aquí.

Como se ve, el ingeniero había reflexionado bien sobre sus proyectos y estaba decidido. Pero, ¿qué haría Summy Skim?

El scout se contentó con decir:

-Sí, tarde o temprano el Golden Mount arrojará sus pepitas y su polvo de oro... Pero lo mejor sería que lo hiciera pronto... ¿Y no se podría provocar esa erupción? -dijo una vez más.

Por segunda vez, Ben Raddle se limitó a mirar sin decir palabra.

En los días siguientes se declaró el mal tiempo. Grandes tormentas llegaron del sur, y parecía que bajo la acción de esas perturbaciones atmosféricas el volcán se volvía más activo. Algunas llamas aparecieron entre los vapores, pero sin arrastrar las sustancias contenidas en el cráter.

Las tormentas no duraron mucho y fueron seguidas por lluvias torrenciales. Se produjo la inundación parcial del estuario del Mackensie, y las aguas se desbordaron entre los dos brazos principales del río.

Por supuesto que durante este fastidioso período Summy Skim no pudo irse de caza, y los días le parecieron eternos. Por otra parte, el scout había creído su deber ponerlo al corriente de las intenciones de Ben Raddle: volver, si era preciso, a pasar el invierno en Dawson City dejando en libertad a su primo para regresar a Montreal. Podrían reanudar juntos la campaña en la primavera próxima.

El primer impulso de Summy Skim fue rebelarse. Pero se contuvo y dijo solamente:

-Estaba seguro.

Y como Ben Raddle no le hizo ninguna confidencia, él guardó la misma reserva, esperando el momento en que fuera necesaria una explicación definitiva.

El 5 de julio, después del mediodía, Summy Skim, el contramaestre y el scout fueron invitados por Ben Raddle a seguirlo a la tienda. En cuanto se hubieron instalado, el ingeniero, después de haber reflexionado una vez más el proyecto que meditaba desde hacía algún tiempo, se expresó en los siguientes términos:

-Escuchen, amigos, lo que voy a decirles.

Su expresión era grave. Las arrugas de la frente revelaban la obsesión que lo dominaba. Dada la sincera amistad que experimentaba por él, Summy Skim se sintió profundamente turbado. ¿Había tomado la decisión de abandonar la campaña, de renunciar a luchar contra la naturaleza, que se negaba a secundarlo? ¿Iba a declarar, por fin, su determinación de regresar a Montreal si la situación no cambiaba antes de la mala estación, antes de seis semanas?

-Mis amigos -continuó-, no hay ninguna duda sobre la existencia de Golden Mount y sobre el valor de las materias que encierra. Jacques Laurier no estaba equivocado... Nosotros hemos podido comprobarlo con nuestros propios ojos. Por desgracia, estas primeras manifestaciones de una nueva erupción nos han impedido entrar en el cráter del Golden Mount. Si hubiéramos podido bajar, nuestra campaña habría terminado e iríamos ya de regreso a Klondike.

-La erupción se producirá -dijo entonces el contramaestre en tono afirmativo-, y tal vez, es de esperar, ¡antes de la llegada del invierno!

-Que así sea -declaró Bill Stell- y todo habrá marchado del mejor modo.

-En seis semanas a más tardar -observó Summy Skim.

Hubo unos instantes de silencio. Cada uno, según su manera de ver las cosas, había dicho lo que tenía que decir. Pero sin duda el ingeniero tenía una proposición que hacer. Pareció que vacilaba antes de exponerla a sus compañeros.

Después de haberse pasado la mano por la frente, como hombre que se pregunta si ha previsto bien todas las consecuencias de un proyecto largamente meditado, continuó:

-Mis amigos, hace un tiempo dejé sin respuesta una proposición de nuestro guía Bill Stell. Es posible que él la haya hecho bajo la impresión del despecho que le causaba la impotencia en que nos hallamos para realizar nuestra tarea. Desde entonces, he reflexionado profundamente, he buscado los medios de ejecución... Creo haberlos encontrado. Cuando Stell, ante esta erupción que no acaba de producirse, dijo: "¿por qué no provocarla?", yo me dije a mi vez: "sí, ¿por qué no provocarla?"

El guía se levantó bruscamente, impaciente por que Ben Raddle completara su explicación, pues cuando él había dicho tal cosa en efecto lo había hecho por despecho.

Summy Skim y Lorique se miraban y parecían preguntarse si el ingeniero estaba aún en posesión total de sus facultades mentales, si tantas decepciones y preocupaciones quizás no le habrían quebrantado la razón.

Pero no. Con la lucidez de un hombre perfectamente dueño de sí mismo respondió al scout cuando éste dijo:

-Provocar la erupción del Golden Mount... Muy bien. ¿Pero cómo?

-Escuchen: los volcanes, como ustedes saben, están todos situados al borde del mar o en las cercanías de un litoral... el Vesubio, el Etna, el Hecla, el Chimborazo (...), tanto los del Nuevo Mundo como los del Viejo Mundo. Se concluye naturalmente que deben estar en comunicación subterránea con los océanos. Las aguas se infiltran en él, se introducen brusca o lentamente según la disposición del suelo, penetran hasta el fuego interior, se calientan, se convierten en vapores y, cuando estos vapores encerrados en las entrañas del globo han adquirido una alta tensión, provocan un trastorno interno, tratan de escapar hacia el exterior, arrastran las escorias, las cenizas, las rocas por la chimenea del volcán en medio de torbellinos de humo y llamas. Esa es, sin duda, la causa de las erupciones y de los terremotos. Y bien, lo que hace la naturaleza, ¿por qué no lo pueden hacer los hombres?

Se puede decir que en ese momento todos devoraban al ingeniero con la mirada. La explicación que acababa de dar de los fenómenos eruptivos era seguramente la verdadera. Seguramente también el Golden Mount debía recibir en sus entrañas las infiltraciones del océano Ártico. Y si, durante un tiempo más o menos largo, después de la última erupción, las comunicaciones estaban obstruidas, actualmente no lo estaban puesto que, bajo la presión de las aguas volatilizadas, el volcán empezaba a expulsar torbellinos de vapor.

¿Pero era posible alcanzar esas comunicaciones subterráneas, introducir a torrentes el agua del mar en la hoguera central? ¿Había llevado su audacia el ingeniero hasta querer intentar una obra semejante... hasta considerarla ejecutable?

Sus compañeros no querían creerlo, y fue Bill Stell el que le hizo la pregunta.

Respondió Ben Raddle:

-No, mis amigos, no se trata de semejante trabajo, que estaría por encima de mis fuerzas. No tenemos necesidad de ir a buscar en las profundidades, que pueden ser inmensas, la comunicación entre el volcán y el mar. La manera de proceder será de las más sencillas.

Lorique y el scout escuchaban sobreexcitados por la curiosidad. Lo mismo le ocurría a Summy Skim, que sabía que Ben Raddle era un hombre demasiado práctico para no hablar sino sobre bases sólidas.

-Ustedes han observado, como yo -continuó el ingeniero-, cuando estábamos en la cima del Golden Mount, que el cráter se encuentra en el costado este del monte. Allí termina el orificio de la chimenea. Por otra parte, el ruido del trabajo plutónico se escucha sobre todo por ese lado, y en este mismo momento el estruendo interior es perceptible.

En efecto, como para dar razón al ingeniero, los rugidos del volcán se propagaban con particular intensidad.

-Así pues -continuó Ben Raddle-, debemos tener por cierto que la chimenea que va de las entrañas del volcán a su cráter está cavada en el flanco lateral vecino a nuestro campamento. Si conseguimos cavar por este flanco un canal que desemboque en la chimenea, nos será fácil introducir agua en abundancia.

-¿Qué agua? -preguntó Lorique-. ¿La del mar?

-No -respondió el ingeniero-, no será necesario ir a buscarla tan lejos. Tenemos aquí mismo el Rubber Creek, que proviene de uno de los brazos del Mackensie, ramal inagotable, capaz de alimentar toda la red del delta, y que nosotros vamos a precipitar en la hoguera del Golden Mount.

El ingeniero había dicho "que nosotros vamos a precipitar", como si su plan estuviera ya en ejecución, como si el canal penetrara ya a través del macizo, como si sólo hubiera que dar un último golpe de piqueta para introducir por allí las aguas del Rubber Creek.

Ben Raddle había dado a conocer su proyec­to. Por audaz que fuera, a ninguno de sus compañeros se le hubiera ocurrido oponer objeción alguna. Si fracasaba, la cuestión estaría resuelta y no quedaría más que abandonar toda idea de explotar el Golden Mount. Si resultaba exitosa, si el volcán entregaba sus riquezas, la cuestión estaría igualmente resuelta, y los carros cargados tomarían el camino de Klondike. Pero, lanzar esas masas líquidas en la hoguera volcánica... ¿no causaría efectos violentos que luego sería imposible controlar? ¿No se corría el riesgo de tener, más que una erupción, un terremoto que conmocionaría la región y aniquilaría el campamento con sus ocupantes?

Pero nadie quería ver esos peligros, y la mañana del 6 de julio se pusieron a la obra.

El ingeniero asumió la dirección del trabajo y estimó, no sin razón, que había que atacar en primer lugar el flanco del Golden Mount. En efecto, si la piqueta encontraba una roca demasiado dura, si no se podía abrir una galería hasta la chimenea del cráter, no tendría sentido cavar un canal para desviar el río.

La abertura de la galería fue establecida a una decena de pies por encima del nivel del río, con el objeto de facilitar el flujo del agua. Por fortuna las herramientas no tropezaron con materiales resistentes, por lo menos en la primera mitad de la galería. Había tierra, restos pedregosos, fragmentos de lava endurecida, trozos de cuarzo fragmentados, sin duda a consecuencia de erupciones anteriores.

El personal de la caravana trabajaba por turnos día y noche. No había hora que perder. ¿Cuál sería el espesor de la capa de tierra que había que cavar? Ben Raddle no había podido hacer ningún cálculo, y bien podía ocurrir que la galería tuviera que ser más larga de lo que había creído. Los ruidos se hacían más perceptibles a medida que el trabajo avanzaba. ¿Pero cuándo se podría estar seguro de que la galería ya estaba cerca de la pared de la chimenea?

Summy Skim y Neluto habían suspendido sus actividades de caza. Siguiendo el ejemplo del scout y de Lorique, tomaban parte en el trabajo tal como el propio ingeniero, y cada día la excavación avanzaba cinco o seis pies.

Desgraciadamente, después de una decena de días las piquetas toparon con una masa de cuarzo contra la cual se entrampaban inútilmente. No se trataba de fragmentos de cuarzo engastados en la tierra, sino de una masa compacta y de extrema dureza. Y era de temer que esta masa impenetrable se prolongara hasta las paredes del cráter.

Ben Raddle no vaciló. Resolvió minarla. Había una cantidad de pólvora en las reservas de la caravana, y aunque Summy Skim tuviera que privarse de ella, se la utilizó en forma de cartuchos. En verdad, esta pólvora no servía solamente de munición para la caza, sino también para la defensa. Pero no parecía que el scout y sus compañeros corrieran ningún peligro; la región estaba desierta, y casi desde hacía cinco semanas que no se habían divisado indígenas ni a nadie en las cercanías del campamento.

El empleo de la mina dio bastante buen resultado, y si el promedio de excavación diaria bajó bastante, por lo menos no se detuvo. Además, ya no era necesario protegerse de los derrumbes con un enmaderado, y la galería se abría por esta dura sustancia sin peligro de desmoronamiento. El ingeniero, desde luego, tomaba todas las precauciones para evitar una catástrofe.

El 27 de julio, después de veintiún días de trabajo, la galería pareció haber alcanzado una longitud considerable. Tenía una profundidad de diez toesas, con un diámetro de cuatro pies, lo suficientemente ancha para dejar pasar una importante masa de agua. Los bramidos de la chimenea del volcán se escuchaban con tal fuerza que el espesor de las paredes no debía tener más de tres pies. Bastaban unos cuantos golpes de piqueta o algunas explosiones de dinamita para que esta pared reventara, y la abertura de la galería quedaría terminada.

Existía ya la certeza de que el proyecto de Ben Raddle no sería detenido por algún obstáculo insuperable. El canal a cielo abierto por el cual correrían las aguas del Rubber Creek se ejecutaría sin dificultad en ese suelo compuesto únicamente de tierra y arena, y aunque tuviera que medir trescientos pies, Ben Raddle pensaba que podría estar listo en unos diez días.

-Lo más difícil está hecho -dijo Bill Stell.

-Y también lo más largo -añadió Lorique.

-A partir de mañana -respondió Ben Raddle-, empezaremos a cavar el canal a seis pies de la orilla izquierda del Rubber Creek.

-Y bien -dijo Summy Skim-, ya que tenemos un día de descanso, propongo emplearlo...

-¿En cazar, señor Skim? -preguntó riendo el scout.

-No, Bill -respondió Summy Skim-, en hacer una última ascensión al Golden Mount, para ver lo que pasa allá arriba.

-Tienes razón, Summy -declaró Ben Raddle-. Me parece que la erupción se está intensificando, y sería bueno confirmarlo.

La proposición era sensata, en efecto, y fue adoptada. Se decidió que emplearían toda la tarde en la ascensión del Golden Mount.

Tomarían parte en ella, como la primera vez, los dos primos, el scout y el capataz.

Se fueron los cuatro bordeando la base meridional del cono unos tres cuartos de legua, y llegaron a la extremidad alargada del talud por el cual ya habían hecho la ascensión. Habían tomado la precaución de llevar piquetas y cuerdas para subir la pendiente superior, extremadamente empinada.

El scout se puso a la cabeza y sus compañeros lo siguieron; esta vez, como conocían la dirección, sólo emplearon una hora y media en subir hasta el cráter.

Se aproximaron todo lo que pudieron, pero menos que la primera vez. Los vapores que vomitaba la chimenea se elevaban al doble de altura, y eran más espesos y fuliginosos. Ahora había también llamas, pero ni lavas ni escorias se proyectaban al exterior.

-¡Decididamente -observó Summy Skim-, no es generoso este Golden Mount! Guarda preciosamente sus pepitas.

-¡Se las quitaremos por fuerza, ya que no quiere darlas de buen grado! -respondió Lorique.

En todo caso, pudieron comprobar que el fenómeno se manifestaba ahora con más energía. Los rugidos interiores recordaban los de una caldera sometida a una cierta presión y cuyas chapas roncan bajo la acción del fuego. Una erupción se preparaba, pero pasarían semanas, quizás meses antes de que las sustancias amontonadas en las entrañas del volcán fueran arrojadas al espacio.

Ben Raddle, después de observar el estado actual del cráter, no pensó en interrumpir los trabajos que deberían activar el fenómeno o incluso producir la explosión.

Antes de bajar, los escaladores pasearon su vista en torno de ellos. La llanura y el mar parecían desiertos. Ningún humo de campamento se elevaba en la comarca, ninguna vela se dibujaba en el horizonte. Ben Raddle y sus compañeros tenían toda la razón al creerse en completa seguridad. Ni siquiera habían aparecido indios en el estuario del Mackensie. El secreto del Golden Mount no debía ser conocido en Klondike.

El descenso se efectuó sin dificultades. La tarde de ese día fue tan hermosa como la mañana. Reinaba un calor poco habitual en esas latitudes. Se hubiera creído que estaban en pleno verano en las regiones bajas del Dominion. Pero, en fin, aunque hacía tanto calor como en Green Valley, pensaba Summy Skim, Green Valley estaba lejos, y aunque el Golden Mount hubiera sido diez veces, cien veces, mil veces más alto, no se hubiera podido ver Montreal a quinientas leguas al este, ni siquiera con uno de esos anteojos que ponen la luna al alcance de la mano.

Pero Summy Skim no dijo nada. Se aproximaba el desenlace de esta campaña, cualquiera que fuese, y seguramente antes de mediados de septiembre la caravana estaría de regreso en Klondike.

Hacia las cinco, Ben Raddle y sus compañeros volvieron al campamento; al día siguiente reanudarían el trabajo.

La cena fue muy agradable. Neluto había logrado abatir algunas piezas durante la ausencia de Summy Skim. Sin embargo, antes de ir a reposar a la tienda, éste no pudo dejar de hacer esta reflexión:

-Mi querido Ben, y si apagamos el volcán con tu inundación...

-¿Apagarlo? -respondió Ben Raddle-. Ni todas las aguas del Mackensie podrían apagarlo.

-Por lo demás -añadió Lorique-, si se apagara podríamos bajar al cráter.

-Y aliviarlo de las pepitas, por supuesto -replicó Summy Skim-. Decididamente, siempre hay respuesta para todo.

Línea divisoria

Ir al próximo capítuloIr al capítulo anterior

SubirSubir al tope de la página


© Viaje al centro del Verne desconocido. Sitio diseñado y mantenido por Ariel Pérez.
Compatible con Microsoft Internet Explorer y Netscape Navigator. Se ve mejor en 800 x 600.