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El volcán de oro
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Segunda parte
Indicador Un invierno en Klondike
Indicador La historia del moribundo
Indicador Las consecuencias de...
Indicador Circle City
Indicador Hacia los descubrimientos
Indicador Fort Macpherson
Indicador El Golden Mount
Indicador La audaz idea de un...
Indicador La caza del alce
Indicador Inquietudes mortales
Indicador A la defensiva
Indicador Ataque y defensa
Indicador La erupción
Indicador De Dawson City a...

El volcán de oro (versión original)
Segunda parte - Capítulo X
Inquietudes mortales

Después de que Summy Skim y Neluto partieron a cazar oriñales, Ben Raddle fue a observar el estado de los trabajos. Si ningún retardo se producía, ninguna eventualidad imposible de prever, el canal quedaría terminado en dos o tres días. Sólo faltaría abrir la sangría en la orilla izquierda del Rubber Creek, dar los últimos golpes de piqueta en las paredes de la chimenea del cráter, y las aguas se precipitarían en torrente en las entrañas del Golden Mount.

¿Tardaría en producirse la erupción? El ingeniero pensaba que no y, por lo demás, no dudaba del resultado final. Esas enormes masas líquidas, evaporadas por el fuego central, determinarían pronto un violento empujón plutoniano que lanzaría al exterior las materias volcánicas. Estas contendrían en gran parte lavas, escorias y otras sustancias eruptivas, pero las pepitas, el cuarzo aurífero, vendrían mezclados con ellas y sólo habría que recogerlos. Evidentemente, había que prever que por lo menos el humo de la erupción invadiría la galería que comunicaba la chimenea con el canal. Por esta razón, se trasladaría el campamento río arriba del Rubber Creek.

La acción de las fuerzas subterráneas tendía a acrecentarse. Los hervores, los borbotones interiores mostraban su violencia. Incluso uno podía pre­guntarse si la introducción de agua en el cráter sería necesaria.

-Lo veremos -respondió Ben Raddle al scout, que acababa de reunírsele y le había hecho esta observación-. No hay que olvidar que tenemos muy poco tiempo. Pronto estaremos a mediados de agosto.

-Sería imprudente -añadió Bill Stell- demorarnos más de quince días en la desembocadura del Mackensie. Contemos tres semanas para regresar a Klondike, sobre todo si los carros van muy pesados con el oro.

-No dude de eso, scout.

-En ese caso, señor Raddle, la estación ya estará avanzada cuando nuestra caravana entre en Dawson City. Si el invierno fuera precoz, podríamos tener grandes dificultades en la travesía de la región de los lagos para llegar a Skagway, y usted ya no encontraría barcos con destino a Vancouver.

-Usted habla de oro, mi querido scout -respondió el ingeniero en tono de broma-, y es precisamente el caso cuando se ha acampado al pie del Golden Mount. Pero no se inquiete. No me extrañaría que dentro de ocho días ya estemos camino a Klondike.

Ya se ve con qué convicción se expresaba Ben Raddle, y Summy Skim no estaba allí para discutir.

El día transcurrió en las condiciones habituales. Por la tarde no quedarían más que cinco o seis toesas del canal por excavar. El tiempo había sido bueno, con alternativas de luz y sombra. Los dos cazadores no habrían tenido motivo para quejarse.

Sin embargo, a eso de las cinco de la tarde ni uno ni otro habían sido vistos en la llanura del oeste. Es verdad que Summy Skim todavía tenía tiempo de regresar sin faltar a su promesa. Varias veces el scout se había adelantado a su encuentro, a ver si los veía. Nadie. La silueta de los dos cazadores no se dibujaba en el horizonte.

Una hora después, Ben Raddle empezó a impacientarse y se prometió amonestar a su primo.

Cuando dieron las siete y Summy Skim y Neluto no aparecían, la impaciencia de Ben Raddle se tomó inquietud, una inquietud que se redobló, una hora después, cuando los ausentes no estaban todavía de regreso.

-Se han dejado arrastrar -repetía-. Ese demonio de Skim, con un animal delante de él y el fusil en la mano, no piensa en nada. Va, va, y no hay razón que lo detenga.

-Y cuando se va en persecución de un oriñal -declaró Bill Stell-, nunca se sabe adónde lo va a conducir a uno.

-No debería haberlo dejado partir -añadió Ben Raddle.

-No estará oscuro antes de las diez -agregó el scout-, y no hay temor de que el señor Skim pueda perderse. El Golden Mount se ve desde lejos, y en la oscuridad se podría guiar por las llamas.

La observación no dejaba de tener valor. Aunque los cazadores estuvieran a tres leguas del campamento, divisarían las luminosidades del Golden Mount, y la hipótesis de que se hubieran perdido no era admisible. Pero si se había producido algún accidente... Si se encontraban en la imposibilidad de proseguir el camino... ¿Qué podría hacerse si, llegada la noche, todavía no aparecían?

Pasaron dos horas y ya se puede imaginar en qué estado se encontraba Ben Raddle. No se podía tener quieto en un lugar. El scout y sus compañeros no ocultaban su inquietud. El sol se iba a poner bajo el horizonte y el espacio sólo quedaría iluminado por el largo crepúsculo del mar Ártico. Y si Summy Skim y Neluto no llegaban antes que cayera la noche... Si por la mañana todavía no habían llegado...

Un poco después de las diez, Ben Raddle y el scout, cada vez más inquietos, abandonaron el campamento. Bordeaban la montaña en el momento en que el sol desapareció detrás de las brumas del poniente. La última mirada que tendieron sobre la llanura les había mostrado que se hallaba desierta. Inmóviles, atentos, con el oído puesto en todas direcciones, esperaban que Summy Skim, al haberse atrasado, anunciara su llegada con un disparo. Neluto y él supondrían que el ingeniero y el scout saldrían a su encuentro y querrían prevenirlos, aunque sólo fuera para evitarles cinco o seis minutos de ansiedad.

En vano Ben Raddle y Bill Stell esperaron una detonación. La llanura permaneció silenciosa y desierta.

-Se han perdido -dijo el scout.

-Perderse -replicó el ingeniero moviendo la cabeza-, perderse en este territorio, cuando el Golden Mount es visible desde todas partes y desde varias leguas...

-Entonces, ¿qué se puede suponer, señor Raddle? La caza del oriñal no es una caza peligrosa, y a menos que el señor Skim y Neluto se hayan encontrado con osos...

-Con osos... o con bandidos, con aventureros, con indios... Bill, Sí. Tengo el presentimiento de que les ha ocurrido una desgracia.

En ese instante, hacia las diez y media, escucharon unos ladridos.

-Ahí viene Stop -gritó Ben Raddle.

-No están lejos -respondió el scout.

Los ladridos continuaron, pero mezclados con quejidos, como si el perro estuviera herido y le costara un gran esfuerzo acercarse.

Ben Raddle y su compañero corrieron hacia Stop, y no habían avanzado doscientos pasos cuando se encontraron en presencia del pobre animal.

Venía solo. Sus patas traseras estaban rojas por la sangre que le salía de una herida del cuarto trasero. Parecía que ya no tenía fuerzas para caminar, y no hubiera podido llegar al campamento.

-Herido... herido... y solo -repetía Ben Raddle.

El corazón le latía con violencia ante la idea y casi la certeza de que Summy Skim y Neluto habían sido víctimas de una catástrofe, provocada ya por hombres, ya por fieras.

Sin embargo, el scout hizo esta reflexión:

-Tal vez Stop ha sido herido involuntariamente por su amo o por Neluto. Lo habrá alcanzado una bala perdida.

-¿Y por qué no está entonces con Summy? Habría podido cuidarlo y traerlo -respondió Ben Raddle.

-En todo caso -dijo Bill Stell-, llevémoslo al campamento. Vendemos la herida y, si es ligera, Stop podrá ir con nosotros y ayudarnos a encontrar la pista del señor Skim.

-Sí -agregó el ingeniero-, no voy a esperar hasta el día. Partiremos una buena cantidad de hombres, bien armados... Como usted ha dicho, Stop puede guiarnos.

El scout tomó al animal entre los brazos. Diez minutos después, Ben Raddle y él entraban en el campamento.

Llevaron al perro a la tienda. Le examinaron la herida. No era grave, al parecer; no comprometía ningún órgano.

Lo había herido una bala. El scout, entendido en este tipo de operaciones, logró extraérsela.

Ben Raddle la tomó y la examinó atentamente a la luz. Palideció. La mano le temblaba.

-No es una bala del calibre de las que emplea Summy. Es más grande y no proviene de una carabina de caza.

Era la verdad. Bill Stell, después de haberla examinado a su vez, lo reconoció.

-Se han encontrado con aventureros, con malhechores -gritó Ben Raddle-. Han tenido que defenderse de una agresión con armas de fuego. Durante el ataque, Stop fue herido. Si no se quedó con su amo es que a Summy se lo han llevado... o murió con Neluto. ¡Ah, mi pobre Summy, mi pobre Summy!

Ben Raddle no pudo contener los sollozos. ¿Qué podía responder Bill Stell? La bala no había sido disparada por uno de los cazadores. El perro había vuelto solo. Todo daba la razón al ingeniero. ¿Podía dudarse de que una desgracia les había ocurrido? O Summy Skim y su compañero habían perecido defendiéndose, o se hallaban en manos de sus agresores.

A las once, ni Summy Skim ni Neluto habían regresado al campamento. El horizonte se había cubierto de nubes al poniente, y el crepúsculo sería sombrío.

Se decidió que Ben Raddle, el scout y sus compañeros irían en busca de los ausentes. Hicieron inmediatamente los preparativos para partir. Inútil llevar víveres, ya que la caravana no se alejaría del Golden Mount, por lo menos en las primeras exploraciones. Pero todo el personal iría armado, por si les ocurría que fueran atacados por el camino o por si tenían que liberar por la fuerza a los dos prisioneros.

Habían vendado cuidadosamente a Stop. Libre de la bala, con la herida vendada, habiendo recuperado sus fuerzas, pues sobre todo estaba agotado por el hambre y la sed, el perro manifestaba su deseo de partir en busca de su amo.

-Lo llevaremos -dijo el scout-, lo llevaremos en brazos si está demasiado fatigado. Tal vez encuentre la pista del señor Skim.

Si la búsqueda fuera vana durante la noche, si, pese a recorrer una o dos leguas hacia el este, no llegaran a ningún resultado, el scout era partidario de volver al Golden Mount. Levantarían el campamento, la caravana reiniciaría su exploración, se registraría, se escudriñaría toda la región entre el océano Polar y el Porcupine. Del Golden Mount no se hablaría más en tanto Ben Raddle no hubiera encontrado a Summy Skim, en tanto no supiera lo que le había ocurrido. ¡Y quién sabe si lo lograría alguna vez!

El scout y sus compañeros partieron después de haber tomado precauciones para que los animales de tiro no pudieran dejar el campamento. Bordearon la base de la montaña, cuyos sordos rugidos estremecían el suelo. En la cumbre empenachada de vapores se destacaban lenguas de fuego, completamente visibles en la semioscuridad del crepúsculo. No había, sin embargo, ninguna expulsión de materias eruptivas.

Ben Raddle marchaba cerca de Bill Stell, el perro a su lado. Los otros los seguían con las armas preparadas. Cuando la caravana alcanzó la extremidad de la base, el lugar donde habían efectuado las ascensiones, se detuvo.

¿Qué dirección convendría tomar? ¿No estaban condenados a caminar al azar? En todo caso, lo más práctico era confiar en el instinto del perro. El inteligente animal comprendía lo que se esperaba de él y lo daba a entender con ladridos sofocados. Seguramente, si daba con la pista de su amo, no se equivocarían.

Después de unos instantes de vacilación, Stop tomó la dirección del noroeste, que no era la que Summy Skim y Neluto habían seguido cuando se alejaron del Golden Mount.

-Vamos adonde él va -dijo el scout.

Era lo mejor que podían hacer.

Durante una hora el pequeño grupo recorrió la llanura en esta dirección. Llegó al límite del bosque que los dos cazadores habían cruzado cerca de una legua más abajo.

¿Qué hacer ahora? ¿Internarse en el bosque en medio de la profunda oscuridad de los árboles? ¿No convendría regresar al campamento, ya que no encontraban ninguna pista, y emprender al día siguiente una campaña definitiva de búsqueda?

Ben Raddle y el scout intercambiaron ideas. El ingeniero no se podía decidir a regresar, aunque comprendiera lo imprudente que era internarse en el bosque. Bill Stell, más dueño de sí mismo, juzgaba mejor la situación. Insistía en un regreso inmediato. Stop, por su parte, parecía vacilar. Permanecía inmóvil cerca del límite, no haciendo otra cosa que emitir sordos ladridos, como si el instinto le hubiera fallado.

De pronto dio un salto. De seguro no sentía ya el dolor de la herida. Corría entre los árboles, ladrando con fuerza. Era evidente que había dado con la pista que habían buscado en vano hasta el momento.

-Sigámosle, sigámosle -gritaba Ben Raddle.

Iban a precipitarse todos a través del bosque, cuando los ladridos se aproximaron.

-Esperen -ordenó Bill Stell, deteniendo a sus compañeros.

Casi inmediatamente dos hombres aparecieron. Un instante después, Summy Skim estaba en los brazos del ingeniero.

Sus primeras palabras fueron:

-Al campamento, al campamento...

-¿Qué pasó? -preguntó Ben Raddle.

-Lo que pasó ya lo diré allá -respondió Summy Skim-. Ahora preocupémonos de llegar. Al campamento, les digo, al campamento.

Guiándose por las llamas del Golden Mount, se pusieron rápidamente en marcha. Una hora después habían llegado al Rubber Creek. Era más de medianoche.

Antes de reunirse en la tienda con Ben Raddle, Lorique y el scout, Summy Skim se detuvo. Quería observar una última vez los accesos del Golden Mount. El ingeniero y Bill Stell hicieron lo mismo. Se sabían amenazados. Era la única información que habían podido arrancarle a Summy Skim durante la rápida marcha del bosque a la montaña.

Cuando se encontraron solos, Summy Skim contó brevemente todo lo que les había ocurrido entre las seis de la mañana y las cinco de la tarde: la llegada al límite del bosque, la persecución de los oriñales, la inútil cacería continuada hasta el mediodía, el descanso, la reiniciación de la caza cuando se escucharon los ladridos de Stop, y en fin, el alto que habían hecho en el claro del bosque, donde habían encontrado las cenizas de una hoguera apagada desde hacía tiempo.

-Era evidente -dijo- que alguien, indios o no indios, había acampado en ese lugar, y eso no tenía nada de extraño. Además, por el estado de las cenizas, supimos que la hoguera era antigua. No teníamos que inquietarnos.

-En efecto -declaró el scout-, ocurre incluso que las tripulaciones de los balleneros desembarcan en el litoral del océano Ártico, sin hablar de los indios que lo frecuentan durante la estación del buen tiempo.

-Pero -continuó Summy Skim-, en el momento en que íbamos a retomar el camino del Golden Mount, Neluto encontró entre las hierbas esta arma.

Ben Raddle y el scout examinaron el puñal y, tal como lo había hecho Summy Skim, reconocieron que era de fabricación española. Se dieron cuenta también de que el puñal se había perdido recientemente, porque la hoja no presentaba muestras de herrumbre.

-En cuanto a esta letra M que está grabada en el mango -observó Bill Stell-, no creo que se pueda deducir nada de ella.

-No, Bill, yo sé a qué nombre corresponde.

-¿A cuál? -preguntó Ben Raddle.

-Al del texano Malone.

-El texano Malone...

-Sí, Ben.

-¿El compañero de ese Hunter? -añadió Bill Stell.

-El mismo.

-¿Estaban ahí hace unos días? -preguntó el ingeniero.

-Están todavía -respondió Summy Skim.

-¿Los vio usted? -preguntó Lorique.

-Escuchen el fin de mi relato y lo sabrán.

Y Summy Skim continuó en estos términos:

-Íbamos a partir cuando sonó un tiro de fusil a corta distancia. Nos detuvimos. Nuestra primera reacción fue tomar precauciones para que no nos vieran. Que hubiera cazadores en el bosque era probable, y seguramente extranjeros, ya que los indios no se sirven de armas de fuego. Pero, quien quiera que fuese, lo más prudente era estar en guardia.

"Pensé que le habían disparado a uno de los oriñales que Neluto y yo andábamos cazando, y eso fue lo que creí hasta que ustedes me contaron lo que le ocurrió a mi pobre Stop, que ya no creía que volvería a ver. Es contra él que dispararon.

-Cuando lo vimos venir sin ti -dijo entonces Ben Raddle-, herido por una bala extraña, arrastrándose apenas, piensa en lo que pasó por mi mente. Imagina mi espantosa inquietud al no verte aparecer cuando ya eran las diez de la noche. ¿Qué podía pensar sino que los habían atacado a los dos, que tu perro había sido herido durante el ataque? ¡Summy! ¡Summy!, ¿cómo olvidar que fui yo el que te arrastró hasta aquí?

Ben Raddle no podía disimular su emoción. Summy Skim comprendió lo que pasaba en el alma de su primo, consciente de la responsabilidad que pesaba sobre él al lanzarse en tales aventuras. Le tomó las manos y exclamó:

-Ben, mi querido Ben, lo que está hecho está hecho. No te reprocho nada, y si la situación se ha agravado, tampoco es desesperada. Saldremos adelante.

Después de un cordial apretón de manos, Summy Skim reanudó su relato.

-Cuando escuchamos la detonación, que venía del este, es decir de la dirección que íbamos a tomar para regresar al campamento, le ordené a Neluto que me siguiera y nos apresuramos a abandonar el claro, donde habrían podido descubrirnos. Se escuchaban voces, numerosas voces. Era evidente que una tropa de hombres avanzaba por ese lado.

"Pero si no queríamos que nos vieran, sí queríamos saber quién era esa gente, y tú comprendes, Ben, el interés que teníamos. ¿Qué venían a hacer esos hombres? Se encontraban a una hora de marcha del Golden Mount. ¿Conocían la existencia del volcán? ¿Se dirigían hacia él? ¿Debíamos temer un encuentro con ellos en el que la partida sería desigual?

"No tardaría en oscurecer en el interior del bosque. Para no caer en manos de esos aventureros, juzgué prudente esperar que la tarde estuviera más avanzada para ponernos en camino. Una vez en el límite del bosque, sabríamos guiarnos por las llamas del volcán.

"Por lo demás, no teníamos tiempo para perder en reflexiones. La tropa se aproximaba. Pensamos que, sin duda, se instalaría en el claro, cerca del río que lo atravesaba. En un instante llegamos a unos espesos matorrales, a una decena de pasos de allí. Acurrucados en medio de las altas hierbas y de las malezas, no corríamos riesgo de ser descubiertos y, lo que era esencial, podíamos a la vez ver y escuchar.

"El grupo apareció casi enseguida. Se componía de unos cincuenta hombres, de los cuales unos treinta eran americanos, y el resto, indios.

"No me había equivocado. Iban a acampar en ese lugar para pasar la noche. Empezaron a hacer el fuego que les serviría para preparar la comida.

"No conocía a ninguno de esos hombres. Neluto, tampoco. Estaban armados con carabinas y revólveres, que pusieron bajo los árboles. Apenas hablaban entre ellos, o lo hacían en voz tan baja que no podía escucharles.

-¿Pero... Hunter, Malone? -dijo Ben Raddle.

-Llegaron un cuarto de hora después en compañía de un indio y del capataz que dirigía la explotación de la parcela 127. Los reconocimos bien Neluto y yo. Sí, esos pícaros habían llegado a las vecindades del Golden Mount, y los acompañaban toda una banda de aventureros de su misma especie.

-¿Pero qué vienen a hacer? -preguntó el scout-. ¿Conocen la existencia del Golden Mount? ¿Saben que una caravana de mineros llegó hasta aquí?

-Son precisamente las preguntas que me hice, mi buen Bill -respondió Summy Skim-, y he terminado por tener respuesta para todas.

En ese momento, el scout hizo señal de callarse a Summy Skim. Había creído escuchar ruidos afuera, y, saliendo de la tienda, fue a observar los alrededores del campamento.

Era el ruido de uno de sus compañeros al atravesar el canal. Aparecían ya los primeros matices de la aurora, tan temprana en esa latitud.

La vasta llanura estaba desierta. Ninguna tropa se aproximaba a la montaña, cuyos bramidos eran lo único que perturbaba el silencio de la noche. El perro no daba ninguna señal de inquietud. Permanecía tendido en un rincón de la tienda.

El scout entró y tranquilizó a Ben Raddle y a su primo.

Summy Skim continuó:

-Los dos texanos vinieron a sentarse precisamente en el límite del claro, a diez pasos del matorral detrás del cual estábamos escondidos. Podía escuchar lo que decían. En primer lugar hablaron de un perro que habían encontrado, pero sin decir que le habían disparado. "Es un encuentro bien extraño", dijo Hunter. "Sí, bien extraño... en medio de este bosque. No es posible que haya venido solo a tanta distancia de Dawson City." "Hay cazadores por aquí", respondió Malone, "no hay duda. ¿Pero dónde están? ¿No habrá ido el perro a buscarlos? Partió en esa dirección". Y, al decir esto, Malone tendía la mano hacia el oeste. "¡Eh!", gritó entonces Hunter. "¿Quién nos dice que son cazadores los amos del perro? Nadie se aventura tan lejos para perseguir rumiantes o fieras." "Pienso como tú, Hunter", declaró Malone; "por aquí andan mineros en busca de nuevos yacimientos. ¿No se dice que los hay en el alto Dominion?" "Sí," respondió Hunter, "ricos terrenos que estos condenados canadienses quieren explotar ellos solos. Pero espera a que les pongamos la mano encima y veremos lo que les queda..." "¡No podrán llenar siquiera un plato o una escudilla!", replicó Malone, mezclando sus risas con abominables juramentos.

-¿Hicieron alusión al Golden Mount? -preguntó Ben Raddle.

-Sí -respondió Summy Skim-, pues Hunter añadió enseguida: "El Golden Mount del que hablan a menudo los indios y que nuestro guía Krasak conoce, no puede estar lejos de aquí, a orillas del mar Polar, y aunque tengamos que recorrer el litoral desde la punta Barrow hasta la bahía de Hudson, terminaremos por descubrirlo".

El ingeniero se quedó pensativo. Lo que temía se había producido. El francés Jacques Laurier no era el único que conocía la existencia del Golden Mount. Un indio, ese Krasak, había revelado el secreto a los texanos, y éstos no tardarían en localizarlo, sin tener que recorrer todo el litoral del océano Ártico. Divisarían el volcán en cuanto pusieran el pie fuera del bosque en el que acababan de acampar. Verían el humo y las llamas que se arremolinaban encima de su cráter. En una hora alcanzarían la base del Golden Mount, y, cuando llegaran cerca del campamento ocupado por sus antiguos vecinos del lote 127 de Forty Miles Creek, ¿que pasaría?

Preguntó a Summy Skim:

-¿Dices que Hunter venía acompañado por una banda numerosa?

-Unos cincuenta hombres armados, y, a mi juicio, no ha debido reclutarlos entre las pocas personas honestas que existen en Klondike.

-Es probable, es seguro más bien -afirmó el scout-. Así pues, nuestra situación es grave.

La conversación terminó con esta declaración de Bill Stell. Se tomaron precauciones para guardar el campamento durante la noche. No se produjo ningún incidente hasta el amanecer.

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