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El volcán de oro
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Segunda parte
Indicador Un invierno en Klondike
Indicador La historia del moribundo
Indicador Las consecuencias de...
Indicador Circle City
Indicador Hacia los descubrimientos
Indicador Fort Macpherson
Indicador El Golden Mount
Indicador La audaz idea de un...
Indicador La caza del alce
Indicador Inquietudes mortales
Indicador A la defensiva
Indicador Ataque y defensa
Indicador La erupción
Indicador De Dawson City a...

El volcán de oro (versión original)
Segunda parte - Capítulo XIV
De Dawson City a Montreal

¡Qué modo tan inesperado de terminar esta campaña! ¡Qué desenlace, en lugar del que Ben Raddle y sus compañeros esperaban, que los hubiera puesto en posesión de las incalculables riquezas del volcán! Sin duda, la intervención de los texanos había contrariado los planes de Ben Raddle. Para defender la caravana el ingeniero había debido precipitar las cosas, provocando la erupción. Pero, de todos modos, aunque ésta se hubiera producido en su día y a su hora, el oro.que encerraba hubiera estado perdido para él, porque el volcán arrojaba sus materias eruptivas del lado del mar.

-Toda la desgracia -dijo el scout- proviene de que el volcán ya había despertado cuando llegamos a las bocas del Mackensie.

-En efecto -respondió Summy Skim-, Jacques Laurier creyó que estaba extinguido, cuando en verdad sólo estaba dormido, y despertó demasiado pronto.

La mala suerte había privado a Ben Raddle de todos los beneficios de su campaña, y no había palabras para consolarlo. Nunca se consolaría.

-Veamos, mi pobre Ben -dijo Summy Skim-, un poco de filosofía y un poco de cordura. Ahora sólo tenemos que volver a nuestro querido país, del que faltamos desde hace dieciocho meses.

Ben Raddle, por toda respuesta, se encaminó al campamento. Como el de Hunter había sido abandonado y los sobrevivientes de la banda habían desaparecido, juzgó conveniente tomar dos de sus carros para reemplazar los que habían sido aplastados por las piedras. Por otra parte, sus compañeros lograron traer dos o tres de los caballos que habían huido a través de la planicie. Los engancharon en los carros y regresaron todos al Rubber Creek.

Se fijó la partida para el día siguiente. Como decía y repetía el scout, no había que demorarse si Ben y Summy querían llegar a Dawson City a tiempo para tomar la ruta de Vancouver antes de que las borrascas de nieve la hicieran impracticable, y antes de que los primeros fríos interrumpieran la navegación de los ríos y de los lagos.

Se levantó el campamento como se pudo para pasar esa última noche.

La derivación del río continuaba, y quién sabe si todas las aguas del vasto estuario no irían a alimentar las entrañas del volcán durante semanas y meses.

-Quién sabe -dijo el scout a Summy Skim- si esta inundación no acabará por apagarlo, y esta vez para siempre.

-Es bien posible, Bill, pero no se lo digamos a Ben. Sería capaz de esperar. Aunque, en verdad, ya no tendría nada que recoger del cráter. La parcela del Golden Mount no vale ahora más que la del Forty Miles Creek. Si una quedó ahogada bajo la inundación, la otra se vació en el mar.

Esa última noche fue tranquila. No hubo que vigilar los accesos del campamento. Durante las pocas horas de oscuridad, ¡qué hermoso fue el espectáculo de la erupción en toda su fuerza!...

Esas llamas que subían hasta las nubes, esos surtidores de fuego de artificio impulsados con violencia extraordinaria, esa ceniza de oro cuyas volutas giraban en tomo de la cima del Golden Mount.

Al día siguiente, a las cinco, la caravana del scout efectuó los últimos preparativos. Antes de que se diera la orden de partida, Ben Raddle y Lorique exploraron la base del volcán. ¿Habrían caído por ese lado algunos bloques de cuarzo aurífero, algunas pepitas? Quisieron saberlo antes de abandonar quizás para siempre esas regiones del alto Dominion.

Nada. La erupción no se había desviado y todas las substancias, piedras, escorias, lavas, cenizas, proyectadas hacia el norte, seguían cayendo al mar, a veces incluso a una distancia de setecientas a ochocientas toesas. Del lado de la llanura, nada. En cuanto a la intensidad del fenómeno, era de una extrema violencia. Hubiera resultado imposible subir al cráter. Si Ben Raddle había tenido la intención de hacer por última vez la ascensión del Golden Mount, tuvo que renunciar a ella. Además, ¿con qué fin?

Se formó la caravana. El ingeniero y Summy Skim iban adelante en su tartana, conducida por Neluto. Los carros iban detrás, bajo la conducción del scout; poco cargados, como es de suponer, con el material del campamento. Los hombres, canadienses e indios, habían podido instalarse en ellos, lo que hacía la marcha más rápida. Como al venir, ésta sólo se detendría para el descanso del mediodía, durante dos horas, y ocho horas por la noche.

La comida estaba asegurada para unos quince días, pues la caza y la pesca habían permitido economizar las conservas durante las semanas pasadas en el Golden Mount. Luego, a lo largo de la ruta a los cazadores no les faltarían perdices ni patos ni presas mayores. Si Summy Skim lograba por fin cazar un oriñal, podría llegar a decirse que no lamentaba ese largo viaje y esa prolongada ausencia.

El tiempo era incierto. La buena estación tocaba a su fin. Era de esperar, sin embargo, que la capital de Klondike no fuera afectada por el mal tiempo antes del equinoccio de septiembre. La temperatura se enfriaba, ya que la curva diurna del sol bajaba de día en día. Ahora tendrían que sufrir los fríos nocturnos en sus descansos, a menudo sin protección, a través de esa región desprovista de árboles.

Cuando la caravana se detuvo para que comieran los hombres y pastaran los animales, el Golden Mount era todavía visible en el horizonte. Ben Raddle no podía apartar los ojos de esos torbellinos preciosos que se elevaban en su cima.

-Vamos, Ben -le dijo Summy Skim-, todo se va en humo, como tantas cosas en este bajo mundo. Sólo pensemos en esto: estamos todavía a (dos mil ochocientas cincuenta)1 leguas de nuestra casa de la calle Jacques Cartier en Montreal.

La caravana marchaba con toda la rapidez que le era posible hacia Fort Macpherson. Seguía la orilla izquierda del río Peel. El puesto de la Compañía de la bahía de Hudson estaba, como se sabe, en la orilla derecha. Ya el mal tiempo se hacía presente con lluvias y borrascas que hacían muy penoso el camino. Cuando la caravana llegó al fuerte, la tarde del 22 de agosto, debió permanecer allí durante veinticuatro horas.

Los hombres del scout no ocultaban el pesar que les causaba la contrariedad que habían sufrido. Ellos también contaban con las riquezas del volcán de oro, de las que les correspondería una parte. Volvían ahora con las manos vacías.

Reanudaron la ruta en la mañana del 24 de agosto. El tiempo se había hecho detestable. Las ráfagas de nieve inquietaban a Bill Stell.

A partir de Fort Macpherson la caravana abandonó el curso del Peel, que torcía hacia el sur a través de la región limitada por la enorme cadena de las montañas Rocosas. Siguieron la dirección sudoeste, tomando de este modo el camino más corto entre Fort Macpherson y Dawson City. Atravesaron el círculo polar más o menos en el mismo punto que a la ida, dejando a la derecha las fuentes del Porcupine.

La marcha se hizo entonces todavía más fatigosa. Tenían que luchar contra una fuerte brisa que soplaba del sur. Los animales avanzaban con dificultad. Summy Skim y Neluto no tenían suerte con la caza, pues las presas ya se habían marchado a las regiones más meridionales. Estaban reducidos a los patos, que no tardarían también en escasear.

Por fortuna, la salud general se mantenía en un estado bastante satisfactorio. Esos vigorosos indios y canadienses estaban hechos a las fatigas.

Por fin, el 3 de septiembre aparecieron las alturas que enmarcan la capital de Klondike. Por la tarde la caravana se detenía delante del hotel Northern, en Front Street.

Toda la ciudad se enteró inmediatamente de la llegada de la caravana del scout. No se tardó en saber lo que el ingeniero había ido a hacer por esas altas regiones del océano Ártico.

El primero que acudió al hotel fue el doctor Pilcox, siempre apresurado, siempre alegre y comunicativo. Colmó a los dos primos con manifestaciones de amistad.

-¿Se encuentran bien de salud? -fue lo primero que les dijo.

-Bien -respondió Summy Skim.

-¿No demasiado fatigados?

-No demasiado, doctor.

-¿Y satisfechos?

-Satisfechos de estar de vuelta -contestó Summy Skim.

El doctor Pilcox fue puesto al corriente de todo. Conoció las penurias de esta infructuosa expedición, los incidentes que la habían marcado, el encuentro con la banda de los texanos, los ataques de que había sido víctima el campamento, cómo se había producido la erupción del volcán, en qué condiciones, cómo la había provocado el ingeniero, cómo Ben Raddle y sus compañeros se habían librado de esos malhechores y cómo tantos esfuerzos habían sido inútiles, ya que las pepitas del Golden Mount yacían ahora en las profundidades del mar Polar.

-¡Vea usted, vea usted! -exclamó el doctor-. ¡Un volcán que no ha sabido ni siquiera vomitar por el lado correcto! ¡Verdaderamente valía la pena administrarle un emético!

Por emético entendía el doctor la derivación del Rubber Creek que había precipitado torrentes de agua en el estómago del Golden Mount.

Por todo consuelo, sólo pudo repetir a Ben Raddle lo que le repetía Summy Skim, con alguna variante:

-Sea filósofo. La filosofía es lo más higiénico que hay en el mundo. Si uno fuera verdaderamente filósofo...

Pero jamás explicó el doctor cuáles podrían ser las consecuencias de ese "si" medicinal.

El mismo día los dos primos se presentaron con él en el hospital. La hermana Marta y la hermana Magdalena estuvieron felices de ver a sus antiguos compañeros de viaje. Summy Skim encontró a las dos religiosas tal como las había dejado: completamente entregadas a su misión.

-Con tales auxiliares -dijo el doctor-, el servicio marcha solo. Con ellas estaríamos en condiciones de curar los trescientos quince tipos de enfermedades que afligen a la especie humana.

Durante la tertulia vespertina, que el doctor pasó en compañía de sus compatriotas, se habló de la partida.

-No tienen tiempo que perder -declaró el doctor-, a menos que quieran pasar un segundo invierno en este adorable Klondike.

-Adorable, de acuerdo -respondió Summy Skim-, pero prefiero reservar mi adoración para Montreal.

-De acuerdo también, señor Skim, pero qué ciudad esta joven Dawson City, y qué prosperidad le reserva el porvenir...

En la conversación, Ben Raddle sacó el tema de la parcela 129 del Forty Miles Creek.

-Ah, señor Ben -dijo el doctor-, esa parcela está todavía bajo las aguas del nuevo río, y Dios quiera que éste no se seque jamás.

-¿Por qué? -preguntó Summy Skim.

-Porque le han dado mi nombre -respondió el doctor-. El río Pilcox. Y estoy muy orgulloso de figurar en la nomenclatura geográfica de este hermoso país de Klondike.

No había que temer tal desgracia. La parcela 129, como la 127, permanecerían para siempre bajo las aguas del río Pilcox.

Ben Raddle y Summy Skim estaban decididos a partir sin tardanza. El invierno parecía que sería precoz, como lo había sido el verano. Los mineros que iban a residir en Skagway o en Vancouver hasta la primavera próxima ya habían abandonado Dawson City hacía unos quince días.

La campaña había sido buena. Se habían hecho fortunas en los territorios regados por los afluentes del Yukon, sobre todo los tributarios del Bonanza, del Eldorado, en las parcelas de montañas y en las ribereñas. Las previsiones del experto en catastros Ogilvie no cesaban de realizarse. Las minas de Klondike terminarían por dar tantos miles de millones como millones habían dado los yacimientos de África, América y Oceanía.

Al día siguiente de su llegada, Ben Raddle y Summy Skim trataron definitivamente con el scout la cuestión de la partida. Contaban con los servicios de este leal e inteligente canadiense para que los llevara a Skagway. Pero he aquí lo que, después de maduras reflexiones, les dijo Bill Stell:

-Señores, para mí habría sido un placer continuar con ustedes mi oficio de guía. Pero no puedo ocultarles que es demasiado tarde para emprender un viaje a través de las planicies del Pelly. Dentro de quince días, los ríos y los lagos estarán helados, la navegación se hará imposible y tendríamos que volver a Dawson City.

Esta perspectiva no asustó a Ben Raddle, pero Summy Skim, al escuchar las palabras del scout, no pudo menos que saltar como una gamuza.

-Por lo demás -continuó Bill Stell-, el tiempo se hace cada vez más frío, y, admitiendo que pudiéramos atravesar los lagos, con toda seguridad encontraríamos cerrados los pasos del Chilkoot, y les sería imposible llegar a Skagway.

-¿Entonces, qué hacer? -preguntó Summy Skim, que no se podía estar quieto a causa de su impaciencia.

-Lo que hay que hacer -respondió el scout es llegar a Saint Michel, a la desembocadura del Yukon. Allí encontrarán los vapores que hacen el servicio de Vancouver.

-Pero... ¿para descender el Yukon? -preguntó Ben Raddle.

-El último paquebote va a partir de Dawson City dentro de dos días y llegará de seguro a Saint Michel antes de que los témpanos hayan interrumpido la navegación sobre todo el curso del río.

Era un consejo prudente, y, viniendo de un hombre tan práctico como el scout, sólo quedaba seguirlo sin vacilaciones.

-¿Y usted? -preguntó Summy Skim.

-Yo pasaré el invierno en Dawson City, lo que ya he hecho muchas veces, y esperaré la época en que sea posible volver al lago Benett.

Le comunicaron este proyecto al doctor Pilcox y éste lo aprobó. El también creía en la proximidad de los grandes fríos, y se podía confiar en su experiencia. Por lo demás, no era hombre que se espantara por cincuenta o sesenta grados bajo cero. Ni siquiera cien grados bajo cero le inspirarían temor.

Se decidió partir antes de venticuatro horas. Los preparativos no serían largos ni difíciles.

Ben Raddle propuso a Lorique acompañarlo.

-Se lo agradezco, señor Ben -respondió el contramaestre-, pero prefiero quedarme en Dawson City. En la próxima estación trataré de colocarme en alguna concesión, y no me faltará trabajo. Y luego, usted es siempre propietario del 129, y digan lo que digan, vaya usted a saber si un día el río Pilcox le devuelve su propiedad...

-Y ese día, Lorique -respondió Ben Raddle, hablando en voz baja para que su primo no pudiera escucharlo-, ya sabe: un telegrama.

-Sí, un telegrama al señor ingeniero Ben Raddle, calle Jacques Cartier, Montreal, Dominion -respondió Lorique.

Decididamente, el ingeniero y el contramaestre estaban hechos para entenderse.

Pero si Lorique no había aceptado la proposición de Ben Raddle, no ocurrió lo mismo con Neluto, cuando Summy Skim, que apreciaba en lo que valía la lealtad de este valiente indio, le dijo:

-Neluto, ¿quieres quedarte en este país que durante ocho meses se disputan los vientos y las nieves?

-¿Dónde podría ir yo, señor Skim?

-¿Por qué no vienes conmigo a Montreal?

-Si eso le conviene a usted, señor Skim...

-Yo te instalaré en Green Valley y, cuando llegue la primavera, iremos a cazar juntos. Y, como los oriñales no tardarán en huir de este abominable Klondike, que es bueno sólo para gente como Hunter y Malone, terminaremos por cazar algunos...

-Señor Skim, estoy listo para partir -respondió Neluto con los ojos brillantes de satisfacción.

Sólo restaba arreglar con el scout los gastos de la expedición al Golden Mount, lo que se hizo en forma generosa y significó, evidentemente, un considerable deterioro para las finanzas de los dos primos. ¡Qué pesadumbre para el ingeniero al pensar que todos esos gastos debían haber sido pagados con los beneficios de la parcela 129 y luego con los del volcán de oro!

La mañana del 17 de septiembre marcó la hora de los últimos adioses. La hermana Marta, la hermana Magdalena y el doctor Pilcox acompañaron a Ben Raddle y a Summy Skim al barco en que habían reservado ubicación. El contramaestre Lorique los esperaba.

Las religiosas tenían los ojos húmedos y Summy Skim experimentaba una intensa opresión en el corazón al pensar en esas dos santas mujeres a las que, sin duda, no volvería a ver.

El doctor tampoco ocultaba su emoción cuando estrechó la mano de sus compatriotas. Las últimas palabras de Ben Raddle a Lorique fueron:

-No olvide: un telegrama.

Luego el paquebote soltó amarras y pronto desapareció en una vuelta del río.

La distancia entre Dawson City y Saint Michel por el Yukon es de unas seiscientas leguas. El yukonero, de unos cien pies de largo y sesenta de ancho, movido por su poderosa rueda trasera, descendía rápidamente la corriente del río, que empezaba a acarrear algunos témpanos. Pasó a seis leguas de Dawson City entre el pico del Viejo a babor y la punta de la Vieja a estribor. Después de haber hecho escala durante algunas horas en Cudahy, y de atravesar después la frontera a treinta y seis leguas de la capital de Klondike, llegó a Circle City, ese pueblo de unas cincuenta isbas de donde Hunter había partido para el Golden Mount. Luego la navegación continuó a través de esa pintoresca región, entre centenares de islas cubiertas por espinos, abedules, álamos que hacían resonar las cimas de la orilla con sus silbidos. Se estacionaron durante medio día en Fort Yukon.

A partir del lugar en que el Porcupine se mezcla con el gran río, donde alcanza el punto más alto de latitud, el Yukon tuerce hacia el sudoeste para desembocar en la bahía de Norton.

Ben Raddle y Summy Skim no dejaban de interesarse en los incidentes de esta navegación, cuyas siguientes etapas fueron Fort Hamlin, simple depósito de aprovisionamiento, y Rampart City, en la desembocadura del Munook Creek, ocupado entonces por un millar de mineros, más allá del cual todavía no se habían emprendido exploraciones. ¡Qué avidez, qué ansiedad despertaban esos lugares en los pasajeros del yukonero, la mayoría de los cuales regresaba con las manos vacías después de una infructuosa campaña!

El tiempo era inseguro, lluvioso, nevoso incluso. El frío se dejaba sentir, y río abajo encontraron más témpanos de los que habían supuesto. Ya se formaban capas heladas. La marcha del barco, que se interrumpía cada noche, se retardó mucho. La duración del viaje alcanzó el doble de lo habitual; en lugar de efectuarse en seis días, se efectuó en doce. Después de haber hecho escala sucesivamente en los montes Tanana, en Novikakat, en Nulato, frente a Volassatuk, en Kaltag, en Fort Get There, en Anvik, donde se fundó una misión, simples campamentos de tribus indias todos esos lugares, el yukonero llegó a Starivilipak, el punto más meridional del río, que tuerce a partir de allí hacia el noroeste para desembocar en Kullik, en el mar de Bering.

Desde allí, la navegación de treinta y dos leguas hasta Saint Michel sólo tardó medio día, pues la marcha ya no se veía obstaculizada por los hielos.

El señor Arnis Semiré dice que en este puerto, donde están establecidas las compañías de navegación del Yukon, llueve siempre, más de seis pies de agua por año. Y fue bajo un diluvio que Ben Raddle, Summy Skim y Neluto desembarcaron la tarde del 29 de septiembre, después de una travesía de catorce días.

Tuvieron la suerte de encontrar pasaje para el día siguiente en el Kadiak, que partía en dirección de Vancouver. Mil ciento cincuenta leguas los separaban todavía de esta ciudad, desde donde salía el tren que los llevaría a Montreal. Pero el Kadiak fue azotado por fuertes tormentas, sobre todo en la travesía de la extensa península de Alaska, y debió buscar refugio durante cuarenta y ocho horas en las islas Pribylof.

De todos modos, este viaje de retorno fue más breve y sobre todo menos fatigoso que el que efectuaron a través de la región lacustre hasta Chilkoot. El scout había dado un buen consejo a Ben Raddle y Summy Skim.

El Kadiak hizo su entrada en el puerto de Vancouver el 17 de octubre.

Cuatro días más tarde, Ben Raddle y Summy Skim, seguidos por Neluto, entraban en su casa de la calle Jacques Cartier, en Montreal, después de dieciocho meses de ausencia.

¡Cuánta pesadumbre, cuántos deseos insatisfechos habitaban en el espíritu del ingeniero! Su carácter se había resentido y parecía que en cualquier instante iba a estallar en recriminaciones contra la mala fortuna.

Desde entonces, Summy Skim decía a menudo:

-Sí, mi pobre Ben está siempre a punto de hacer erupción. Después de todo, cuando has tenido un volcán en tu vida, ¡siempre te queda algo!

Línea divisoria

1. Cifra omitida.

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