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El volcán de oro
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Segunda parte
Indicador Un invierno en Klondike
Indicador La historia del moribundo
Indicador Las consecuencias de...
Indicador Circle City
Indicador Hacia los descubrimientos
Indicador Fort Macpherson
Indicador El Golden Mount
Indicador La audaz idea de un...
Indicador La caza del alce
Indicador Inquietudes mortales
Indicador A la defensiva
Indicador Ataque y defensa
Indicador La erupción
Indicador De Dawson City a...

El volcán de oro (versión original)
Segunda parte - Capítulo XII
Ataque y defensa

Bill Stell y los otros ignoraban aún si el campamento había sido o no descubierto. Desde donde se hallaban no podían ver la cresta de la meseta. Tampoco sabían que Hunter y algunos hombres de su banda habían subido la montaña, ni que habían visto el caballo espantado. De todos modos Neluto corrió por la llanura para perseguirlo y no tardó en llevarlo de vuelta.

Todos fueron puestos al corriente de lo que pasaba y no les cupo duda de que tendrían que rechazar un ataque casi inmediato.

-Nos defenderemos -declaró el scout-, y no cederemos el lugar a esos bribones americanos.

Un unánime hurra acogió sus palabras.

¿La agresión se efectuaría el mismo día? Era probable. Hunter tendría interés en precipitar las cosas. No actuaría sin cierta prudencia, es verdad, puesto que no sabía qué fuerzas se opondrían a las suyas. Trataría de informarse antes de actuar, evidentemente. Tal vez querría parlamentar y salirse con la suya por ese medio si veía que contaba con la superioridad numérica. En todo caso, Malone y él ignoraban aún que sus contrincantes eran sus antiguos vecinos, los propietarios de la parcela 129 del Forty Miles Creek, con los cuales ya habían tenido violentos altercados. Cuando Hunter se encontrara en presencia de su adversario Summy Skim, la situación se complicaría.

El scout se ocupó de las últimas medidas de defensa, considerando que la banda de Hunter, por lo que había observado Summy Skim en el bosque, contaba con el doble de hombres. Y he aquí lo que el ingeniero propuso a Bill Stell, después de haber discutido el asunto:

-Nuestro campamento está ahora cubierto, y en consecuencia, es inaccesible. Lo protege por un lado el flanco del Golden Mount, y por el otro el Rubber Creek, que Hunter y los suyos no podrían atravesar sin exponerse al fuego de nuestras carabinas.

-En efecto, señor Raddle -respondió el scout-, pero por delante sólo nos defiende el canal que une el río y la montaña, y no es más que una fosa de siete a ocho pies de ancho con más o menos igual profundidad. ¿Detendría a los asaltantes?

-No si la fosa está seca, desde luego -declaró el ingeniero-, pero si la llenamos de agua hasta los bordes, les será difícil atravesarla.

-De acuerdo, señor Raddle. ¿Y usted piensa inundarla abriendo la orilla del río?

-Es lo que pienso, Bill -respondió Ben Raddle-. El agua llenaría enteramente el canal.

-Pero -observó el scout-, si más tarde queremos hacer estallar la pared que separa la galería de la chimenea del cráter, ¿cómo llegar hasta allá si la galería está llena de agua?

-No estará llena de agua, porque su orificio aún está cerrado por una pequeña presa que dejaremos tal como está y destruiremos con unos cuantos golpes de piqueta cuando llegue el momento.

-Bien, señor Raddle -dijo el scout-. Si es lo que hay que hacer, hagámoslo al instante. Tenemos todavía algunas horas antes de que la banda tenga tiempo de bajar y aparecer frente a nuestro campamento. ¡Manos a la obra!

Bill Stell llamó a sus hombres y les informó de lo que se había decidido. Premunidos de sus herramientas, se dirigieron a la orilla y atacaron el lugar donde empezaba el canal.

Una media hora bastó para practicar una sangría que las aguas agrandaron enseguida al precipitarse. Detenidas sin embargo por la presa que todavía mantenía cerrada la galería, se fueron calmando hasta que se equilibró el nivel entre el canal y el río.

De este modo se cortaba todo acceso al triángulo en que se hallaba el campamento, protegido por los árboles.

Mientras se ejecutaba este trabajo, Summy Skim y Lorique, ayudados por Neluto, se ocupaban de preparar las armas: carabinas, fusiles, revólveres y también los cuchillos por si era necesario luchar cuerpo a cuerpo. Quedaba suficiente reserva de pólvora y de balas, así como cartuchos.

-Tenemos para esos bandidos -dijo Summy Skim- todos los tiros que se merecen, y no los ahorraremos.

-Mi idea es -dijo Lorique- que si son acogidos por un buen tiroteo, se irán como vinieron.

-Es posible, Lorique, y, como nosotros estamos a cubierto detrás de los árboles y ellos no lo estarán al otro lado del canal, eso compensará la desventaja de ser uno contra dos. Si hemos tenido alguna vez la ocasión de apuntar bien y de no errar el tiro, es precisamente ésta. No lo olvides, Neluto.

-Cuente conmigo, señor Skim -respondió el indio.

Los preparativos de defensa finalizaron pronto y no quedó más que esperar, vigilando los accesos. Se dispusieron hombres en el canal de modo que pudieran observar toda la base meridional del Golden Mount.

No había nadie en la caravana que no se diera cuenta de la situación. No había otra salida que un paso lo suficientemente ancho como para que cupieran los animales. Si había que batirse en retirada y ceder el campo a los texanos, se podría salir por allí y llegar a la llanura remontando la orilla izquierda del Rubber Creek. Pero todos confiaban en que Hunter no lograría atravesar el canal. En cuanto al paso en cuestión, fue fácil taparlo con una barricada, dejando sólo una abertura que se cerraría en el momento del ataque.

Mientras algunos hombres estaban de guardia afuera, los otros, esperando que les correspondiera reemplazarlos, comieron bajo los árboles. Summy Skim y el scout compartieron su comida. La pesca había sido abundante en los días anteriores, y las conservas estaban casi intactas. Se encendió fuego, lo que no presentaba ahora ningún inconveniente, ya que el campamento había sido descubierto. El humo escapó libremente entre las ramas.

Nada perturbó la comida, y cuando los hombres que estaban de guardia fueron relevados, no tuvieron nada nuevo que señalar sobre la aproximación de la banda.

-Tal vez esos bandidos preferirán atacarnos durante la noche -dijo Summy Skim.

-La noche dura apenas dos horas -respondió Ben Raddle-, no pueden esperar sorprendernos.

-¿Por qué no, Ben? Tal vez piensen que nosotros ignoramos su presencia en el Golden Mount. No saben que los hemos visto en el borde de la meseta.

-Es posible -declaró el scout-, pero vieron el caballo que se escapó. Primero un perro en el bosque, luego un caballo atravesando la llanura. Es más que suficiente para que tengan la certeza de que hay una caravana acampada en este lugar. Sea por la tarde o por la noche, los veremos.

Hacia la una, Bill Stell atravesó la presa y se reunió con los hombres que observaban los alrededores.

Durante su ausencia, Ben Raddle regresó con Lorique al bosquecillo desde donde había divisado a Hunter y Malone en la cresta de la meseta. Desde allí se veían los humos del volcán, que se elevaban a unos cincuenta pies y se arremolinaban con fuerza. A veces incluso alguna llama se alzaba hasta esa altura. Los fuegos interiores se manifestaban con mayor violencia. La erupción no tardaría en producirse. Tal vez en algunos días...

Esta circunstancia hubiera sido lamentable y muy perjudicial para los proyectos del ingeniero. En efecto, el volcán hubiera lanzado con sus lavas y sus escorias las materias auríferas, pepitas y polvo de oro, a los pies de los texanos. La erupción se produciría en provecho de Hunter. ¿Cómo podría Ben Raddle disputarle la posesión? La partida estaba irrevocablemente perdida. En el campamento, la caravana tenía alguna oportunidad de éxito. A campo abierto le sería imposible luchar con alguna ventaja.

El ingeniero volvió lleno de inquietud. Comprendía que contra esa eventualidad no había nada que hacer.

En el momento en que llegaba, Summy Skim le indicó al scout, que regresaba a toda prisa. Los dos primos se adelantaron a su encuentro.

-¡Vienen! -gritó Bill Stell.

-¿Están lejos todavía? -preguntó el ingeniero.

-A una media legua aproximadamente.

-¿Tendremos tiempo de ir a hacer un reconocimiento? -preguntó Lorique.

-Sí -respondió Bill Stell.

Inmediatamente, los cuatro atravesaron el canal y fueron al lugar donde estaban los vigías. Era fácil, sin ser vistos, abarcar con la mirada la parte de la llanura que limitaba con la base del Golden Mount.

A lo largo de esta base avanzaba una tropa compacta. Debía venir toda la banda. Se veían relucir los cañones de los fusiles. Por lo demás, ni caballos, ni carros; habían dejado todo el equipo en el lugar en que acampaban desde hacía dos días.

Hunter, Malone y el contramaestre marchaban a la cabeza. Avanzaban con cierta prudencia, deteniéndose a veces, alejándose a veces algunos cientos de pasos con el fin de examinar lo alto del Golden Mount.

-Antes de una hora estarán aquí -dijo Lorique.

-Es evidente que conocen la ubicación de nuestro campamento -respondió Summy Skim.

-Y que vienen a atacarlo -añadió el scout.

-Si yo esperara aquí que ese Hunter estuviera al alcance -dijo Summy Skim-, lo podría saludar con un buen tiro, y a cien pasos estoy seguro de abatirlo como a un pato.

-No, volvamos -ordenó Ben Raddle.

Era la decisión más cuerda. La muerte del texano Hunter no habría impedido a los otros atacar.

Ben Raddle, Summy Skim, el scout y Lorique, seguidos de sus hombres, volvieron al canal. En cuanto hubieron atravesado uno a uno la presa, la abertura de la barricada fue tapada con piedras preparadas para el efecto. No quedó ya ninguna comunicación entre las dos orillas del canal.

Todos se retiraron a unos sesenta pasos detrás de los primeros árboles, en donde estarían a buen recaudo si se llegaba a intercambiar tiros, lo que parecía infinitamente probable. Las armas estaban cargadas. Esperaron.

Por consejo del scout, decidieron que había que dejar a la banda aproximarse hasta el canal y no intervenir sino cuando intentara atravesarlo.

Media hora después, Hunter, Malone y sus compañeros doblaban el ángulo del monte. Unos bordearon lentamente la base. Los otros avanzaron hasta el río. Bajaron por la orilla izquierda, con las armas listas para ser empuñadas y los revólveres sujetos al cinto rojo que les ceñía los riñones.

La mayoría de esos hombres eran los mineros que Ben Raddle, Summy Skim, Lorique y Neluto habían visto trabajar en la parcela 127 del Forty Miles Creek. Eran unos treinta, sin hablar de una veintena de indios que Hunter había reclutado en Circle City y en Fort Yukon para esta campaña en el litoral del mar Polar.

La banda se reunió cuando alcanzó la orilla del canal. Hunter y Malone se detuvieron.

Ambos iniciaron una conversación con el contramaestre, que debía de ser muy viva a juzgar por la violencia de sus gestos. No cabía duda que detrás de los árboles estaba instalado un campamento. Sus manos se tendían en esa dirección. Lo que parecía provocarles una verdadera decepción era ese canal, que les oponía un obstáculo difícil de superar si estallaba un tiroteo a sesenta pasos de allí.

Por lo demás, habían reconocido que el canal había sido cavado recientemente. La tierra se veía removida y había huellas en el suelo. Pero, con qué fin se había realizado ese trabajo, no podían comprenderlo... En cuanto al orificio de la galería, el enredo de ramajes lo hacía invisible. Además, ¿habrían imaginado alguna vez una galería destinada a lanzar aguas del río en las entrañas del Golden Mount?

Hunter y Malone iban y venían por la orilla del canal, preguntándose cómo atravesarlo. Les era absolutamente necesario avanzar hasta el bosquecillo, ya para tomar contacto con los que lo ocupaban, ya para asegurarse de que habían abandonado el lugar el día anterior, lo que creían posible después de todo.

En ese momento el contramaestre se reunió con ellos. Les mostró la presa cubierta por una barricada, único paso que podría permitirles atravesar el canal a pie.

Los tres se dirigieron hacia ese lado. Viendo esa barricada que no presentaba ninguna abertura, debieron decirse que el bosque ciertamente estaba ocupado, y que, derribándola, llegarían al campamento.

Ben Raddle y sus compañeros, detrás de los árboles, seguían todos los movimientos de la banda. Comprendieron que Hunter iba a abrirse paso desplazando las piedras amontonadas en la presa. Había llegado el momento de impedírselo.

-No sé -dijo Summy Skim en voz baja- qué es lo que me detiene para romperle la cabeza. Lo tengo a tiro.

-No, no tires, Summy -respondió Ben Raddle, bajando su arma-. El que matemos a su jefe no los detendría. Tal vez sea mejor explicarnos con ellos antes de llegar a los tiros. ¿Qué piensa usted, scout?

-Pienso que siempre se puede intentar -replicó Bill Stell-. La situación no se agravará por eso. Si no nos escuchan, veremos.

-En todo caso -observó Lorique-, no nos mostremos todos. Hay que evitar que Hunter nos cuente.

-Exacto -respondió el ingeniero-. Iré yo solo.

-Yo voy también -añadió Summy Skim, que jamás hubiera dejado ir solo a Ben Raddle a enfrentarse con los texanos.

En el momento en que algunos hombres de Hunter avanzaban para demoler la barricada, Ben Raddle y Summy Skim aparecieron en el límite del bosquecillo.

En cuanto Hunter los vio, hizo seña a los hombres de que retrocedieran. La banda se mantuvo a la defensiva a unos diez pasos del canal.

Hunter y Malone se aproximaron solos con el fusil en la mano.

Ben Raddle y Summy Skim tenían cada uno su carabina. Pusieron las culatas en el suelo.

Los dos texanos hicieron lo mismo, y la primera voz que se escuchó, con cierto tono de sorpresa, fue la de Hunter.

-¡Ah! -gritó-. Son ustedes, los señores del 129.

-Somos nosotros -respondió Summy Skim.

-No esperaba encontrarlos en la desembocadura del Mackensie -dijo el texano.

-Tampoco nosotros esperábamos verlos llegar después de nosotros -replicó Summy Skim.

-¡Ah! Y entre nosotros dos hay un viejo asunto que arreglar.

-Se puede arreglar aquí igual que en las parcelas del Forty Miles Creek.

En Hunter, la cólera siguió a la sorpresa. Viéndose delante de Summy Skim, levantó el fusil. Summy Skim hizo lo mismo.

Se produjo en la banda un movimiento que Hunter reprimió con un gesto. Hubiera querido saber, antes de comprometerse en una pelea, de qué cantidad de hombres disponía Ben Raddle. En vano sus ojos hurgaban en el interior del bosquecillo. Ninguno de los hombres de la caravana se dejaba ver entre los árboles.

Ben Raddle juzgó que había llegado el momento de intervenir. Avanzó hasta la orilla del canal. Una docena de pasos lo separaba de Hunter. Malone se había quedado atrás.

-¿Qué quieren ustedes? -preguntó Ben Raddle con voz fuerte.

-Queremos saber lo que ustedes han venido a hacer al Golden Mount.

-¿Y con qué derecho quieren saber eso?

-No es cuestión de derecho, sino de hecho -respondió Hunter-, y el hecho es que ustedes están aquí a (ochenta y siete)1 millas de Dawson City.

-Hemos venido porque nos ha dado la gana -respondió Summy Skim, que empezaba a perder el control.

-¿Y si a nosotros no nos gusta encontrarlos aquí? -replicó Hunter, cuya voz delataba un furor difícilmente contenido.

-Que les guste o no, no nos interesa -contestó Summy Skim-. Aquí estamos sin permiso de ustedes, y aquí nos quedaremos sin permiso de ustedes, les guste o no.

-Una vez más -gritó el texano-, ¿qué han venido a hacer al Golden Mount?

-Lo mismo que han venido a hacer ustedes -respondió Ben Raddle.

-¿A explotar este yacimiento?

-Que es canadiense y no americano -respondió el ingeniero-, ya que está en territorio del Dominion.

Se comprende que no era un asunto de nacionalidad lo que detendría a los texanos. Respondió Hunter, dirigiendo su mano hacia el volcán.

-El Golden Mount no pertenece ni a los canadienses ni a los americanos. Es de todos.

-De acuerdo -respondió Ben Raddle-. Es del primer ocupante.

-No se trata de haberlo ocupado primero -declaró Hunter, que iba perdiendo poco a poco su sangre fría.

-¿De qué se trata, entonces? -preguntó el ingeniero.

-Se trata de estar en condiciones de defenderlo -respondió Hunter con un gesto de amenaza.

-¿Y contra quién?

-Contra los que pretenden ser los únicos que lo van a explotar.

-¿Y esos...?

-Somos nosotros -gritó Hunter.

-Inténtenlo pues -respondió Ben Raddle.

A una señal de Malone, partieron varios tiros. Ninguno alcanzó a Ben Raddle ni a Summy Skim. Ambos se abalanzaron al bosquecillo. Summy Skim se dio vuelta, apuntó rápidamente su carabina y tiró contra Hunter.

El texano se echó a un lado y pudo evitar la bala, que alcanzó a uno de sus hombres, hiriéndolo mortalmente en el pecho.

Comenzó un tiroteo de ambos lados. Los compañeros del scout, atrincherados detrás de los árboles, estaban en ventaja en relación con los hombres de Hunter. Hubo algunos heridos entre los primeros y muertos entre los segundos.

Hunter vio que corría el riesgo de diezmar su banda si no lograba atravesar el canal. Tenía que entrar en el bosquecillo, enfrentar a los de la caravana y derrotarlos gracias a la superioridad numérica con la que pensaba que contaba, lo que era verdad, por lo demás.

Malone y dos o tres más se precipitaron a la presa para forzar la barricada. Encorvándose detrás de las rocas y las piedras acumuladas, trataron de realizar una abertura practicable.

Fue allí, en ese punto, donde se concentró la defensa. Si el paso era forzado, si la banda llegaba hasta el límite del bosque, si invadía el campamento, la resistencia se haría imposible.

Hunter, por otra parte, comprendió que no podía dejar a sus hombres expuestos a la andanada de balas y les ordenó arrojarse al suelo. La tierra arrojada al borde del canal formaba una especie de parapeto que permitía a un hombre protegerse a condición de permanecer tendido.

Improvisando en ese parapeto unas pequeñas troneras, se podía disparar contra el bosque, aunque no se presentara nadie contra quien apuntar. Los dos o tres heridos que hubo en el campo del scout lo habían sido por balas disparadas al azar.

Malone y dos de los suyos se arrastraron por el suelo y se dirigieron a la barricada. Lograron llegar a ella y, protegidos por las rocas que la componían, empezaron a sacar poco a poco las piedras, que caían al canal.

Numerosos disparos partieron del bosquecillo, sin alcanzarlos. Bill Stell, queriendo impedirles a toda costa que atravesaran la barricada, estaba decidido a atacarlos en una lucha cuerpo a cuerpo.

Era peligroso exponerse en ese espacio descubierto, de unos sesenta pasos, que separaba el bosque del canal. Pero ese peligro lo correrían igualmente Hunter y los suyos cuando corrieran hacia el campamento después de haber atravesado la barricada.

Ben Raddle aconsejó al scout esperar todavía antes de salir del bosque. Podía ocurrir que Malone y los otros, ocupados en demoler la barricada, fuesen puestos fuera de combate, y que otros corrieran la misma suerte. Nada tenía de raro entonces que Hunter abandonara la partida por temor a sacrificar inútilmente hasta al último de sus hombres. Pero había que dirigir un fuego incesante contra la barricada, respondiendo al mismo tiempo a los múltiples disparos que venían del parapeto del canal.

Pasaron unos diez minutos en estas condiciones. Ninguno de los que ocupaban la barricada había sido herido, pero, cuando la abertura se hubo agrandado, las balas empezaron a dar en el blanco.

Uno de los indios fue derribado; después que se lo hubieron llevado, otro vino a reemplazarlo cerca de Malone.

En ese momento Neluto hizo un disparo excelente. Había podido apuntarle a Malone y lo alcanzó en todo el pecho.

El texano se derrumbó. Su caída provocó un grito terrible de toda la banda.

-Bien, bien -dijo Summy Skim a Neluto, que estaba a su lado-. Gran tiro. Pero déjame a Hunter. Es un asunto entre nosotros. Yo me encargo de él.

Pero entonces, después de que Malone fue retirado, Hunter pareció renunciar al ataque. Decididamente no podría tener éxito en tales condiciones. Los asaltantes terminarían por sucumbir hasta el último hombre. No queriendo exponer más a su gente, alzó su voz en medio de las detonaciones, que continuaban de una y otra parte.

Dio la señal de retirada. La banda, llevándose a sus heridos bajo los tiros que festejaban su huida, retomó el camino de la llanura remontando la orilla izquierda del Rubber Creek y desapareció en la vuelta del Golden Mount.

Línea divisoria

1. Cifra omitida por Verne.

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