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El volcán de oro
Editado
© René Contreras
20 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
Indicador El legado de un tío
Indicador Los dos primos
Indicador De Montreal a Vancouver
Indicador Vancouver
Indicador A bordo del Football
Indicador Skagway
Indicador El Chilkoot
Indicador Al lago Lindeman
Indicador Del lago Benett a...
Indicador Klondike
Indicador En Dawson City
Indicador De Dawson City a la...
Indicador La parcela 129
Indicador La explotación
Indicador La noche del 5 al 6 de...
Segunda parte
(click encima para ver el contenido del volumen)

El volcán de oro (versión original)
Primera parte - Capítulo I
El legado de un tío1

El 18 de marzo, en el antepenúltimo año de este siglo, el cartero que cumplía sus funciones en la calle Jacques Cartier en Montreal entregó en el número veintinueve una carta dirigida al señor Summy Skim. La carta decía: "El señor Snubbin saluda al señor Summy Skim y le ruega pasar sin tardanza a su estudio por un asunto que le interesa".

¿Con qué propósito quería ver el notario al señor Summy Skim? Este lo conocía, como todo el mundo en Montreal. Era un hombre excelente, un consejero seguro y prudente. Canadiense de nacimiento, dirigía el mejor estudio de la ciudad, el mismo que sesenta años antes tenía por titular al famoso señor Nick, cuyo verdadero nombre era Nicolás Sagamore, huronés de origen, patrióticamente implicado en el terrible asunto Morgaz, cuya resonancia fue muy considerable hacia 18372.

El señor Summy Skim se sorprendió mucho al recibir esta carta, pues no tenía ningún asunto en el estudio de Snubbin. Acudió sin embargo al llamado. Media hora después llegaba a la plaza del mercado Bonsecours y era introducido en el gabinete del señor Snubbin, que lo esperaba.

-Buenos días, señor Skim -dijo el notario levantándose-, y permítame presentarle mis saludos.

-Y yo los míos -respondió Summy Skim, sentándose cerca de la mesa.

-Usted es el primero en llegar, señor Skim.

-¿El primero, señor Snubbin? ¿Entonces somos varios los convocados?

-Dos -respondió el notario-: el señor Ben Raddle, su primo, ha debido recibir una carta invitándole, como a usted, a venir.

-Entonces no hay que decir "ha debido recibir" sino "recibirá" -declaró el señor Summy Skim-, pues Ben Raddle no está en Montreal en este momento.

-¿Regresará pronto? -preguntó el señor Snubbin.

-Dentro de tres o cuatro días.

-Lo lamento.

-¿Lo que usted tiene que comunicamos es algo urgente?

-En cierto modo, sí -respondió el notario-. Pero, después de todo, voy a ponerlo a usted al corriente y, cuando regrese, usted le dirá al señor Ben Raddle lo que yo estoy encargado de comunicarles.

El notario se caló las gafas, hojeó algunos papeles esparcidos sobre la mesa, tomó una carta que sacó del sobre y, antes de leer el contenido, dijo:

-El señor Raddle y usted, señor Skim, son los sobrinos del señor Josías Lacoste...

-En efecto, mi madre y la madre de Ben Raddle eran sus hermanas. Pero, desde el fallecimiento de ellas, hace siete u ocho años, hemos perdido toda relación con nuestro tío. Dejó Canadá para ir a Europa. Cuestiones de interés nos separaron. Desde entonces, nunca ha dado noticias e ignoramos lo que ha sido de él.

-Pues bien -respondió el señor Snubbin-, yo acabo de recibir la noticia de su deceso, fechada el 25 de febrero último.

Aunque toda relación estuviera desde hacía tiempo interrumpida entre el señor Josías Lacoste y su familia, esta información no dejó de impresionar vivamente a Summy Skim. Su primo Ben Raddle y él no tenían padre ni madre, y ambos, hijos únicos, se encontraban reducidos a esta relación de parentesco que una estrecha amistad hacía aún más fuerte. Summy Skim bajó la cabeza, los ojos húmedos, pensando que de toda su familia no quedaban más que Ben Raddle y él. En varias ocasiones habían tratado de averiguar noticias de su tío, lamentando que él hubiera roto toda relación con ellos. Quizás esperaban que el futuro les reservara el placer de volverse a ver. Pero he aquí que la muerte venía a destruir esta esperanza.

Además, Josías Lacoste había sido siempre bastante lacónico y de carácter aventurero. Su partida de Canadá para ir a hacer fortuna corriendo mundo se remontaba a una veintena de años. Soltero, poseía un modesto patrimonio que esperaba acrecentar dedicándose a la especulación. ¿Se había realizado esta esperanza? ¿No se había arruinado más bien a causa de ese bien conocido temperamento que tenía, que lo llevaba a arriesgar el todo por el todo? ¿Les correspondería a sus sobrinos, únicos herederos suyos, una pequeña parte de su herencia? Hay que decir que Summy Skim y Ben Raddle jamás habían pensado en eso, y ahora que su tío había muerto, menos pensarían en algo semejante. Sólo sentirían dolor por la pérdida de su último pariente.

El señor Snubbin dejó a su cliente entregado a sí mismo, esperando que le hiciera algunas preguntas que estaba preparado para responder. Por lo demás, no ignoraba nada de la situación de esta familia, conocida como muy honorable en Montreal, y tampoco ignoraba que los señores Summy Skim y Ben Raddle eran sus últimos representantes desde la muerte de Josías Lacoste. Como era a él a quien el gobernador del Klondike había hecho notificar el deceso del propietario de la parcela 129 del Forty Miles Creek, había invitado a los dos primos a su estudio para que tomaran conocimiento de los derechos que les venían del difunto.

-Señor Snubbin -preguntó Summy Skim-, ¿la muerte de nuestro tío se produjo el 17 de febrero?

-El 17 de febrero, señor Skim.

-¿Hace ya entonces veintinueve días?

-Veintinueve, en efecto, y ha sido necesario todo este tiempo para que la noticia llegara a mí.

-¿Nuestro tío estaba entonces en Europa, en el interior de Europa, en alguna región apartada? -continuó Summy Skim, convencido de que Josías Lacoste jamás había vuelto a poner los pies en América.

-De ninguna manera -respondió el notario.

Y le pasó una carta con los sellos canadienses.

-¿Así que se encontraba en Canadá sin que nosotros lo supiéramos?

-Sí, en Canadá, pero en la parte más retirada del Dominion, casi en la frontera que separa nuestro país de la Alaska americana y con la cual las comunicaciones son lentas y difíciles.

-Klondike, supongo, señor Snubbin.

-Sí, Klondike, donde su tío fue a instalarse hace unos diez meses.

-Diez meses -repitió Summy Skim- y, atravesando América para ir a esa región de las minas, no se le ocurrió la idea de venir a Montreal a estrechar la mano de sus sobrinos... la última vez que hubiéramos podido verlo.

Ello no dejó de afectar vivamente a Summy Skim.

-Qué quiere usted -respondió el notario-. Sin duda el señor Josías Lacoste tenía urgencia de llegar a Klondike, como tantos miles de hombres semejantes a él, enfermos, diría yo, poseídos de esta fiebre del oro que ha hecho y hará todavía tantas víctimas. De todos los lugares del mundo viene una invasión hacia los nuevos yacimientos. Después de Australia, California, después de California, Transvaal, después de Transvaal, Klondike, después de Klondike otros territorios auríferos y así será hasta el día del juicio, quiero decir, del yacimiento final.

El señor Snubbin dio a conocer a Summy Skim las informaciones que contenía la carta del gobernador. En efecto, a principios del año 1897 Josías Lacoste había llegado a Dawson City, la capital de Klondike, con el equipo de prospector que se requería. Desde julio de 1896, después del descubrimiento de oro en el Gold Bottom, un afluente del Hunter, el distrito de Klondike había despertado interés. El año siguiente, Josías Lacoste, como tantos otros mineros, llegaba a esos yacimientos. Quería dedicar a la adquisición de una parcela el poco dinero que le quedaba, seguro de hacer fortuna en ese lugar. De acuerdo con las informaciones, se convirtió en propietario de la parcela 129, situada a orillas del Forty Miles Creek, un tributario del Yukon, la gran arteria alasko-canadiense.

El señor Snubbin añadió:

-No parece que esta parcela haya dado todavía todos los beneficios que esperaba de ella el señor Josías Lacoste. Sin embargo, no parece estar agotada, y puede ser que vuestro tío haya obtenido los beneficios que esperaba. Pero a cuántos peligros se exponen los desdichados emigrantes en esa lejana región, los fríos terribles del invierno, las enfermedades endémicas, las miserias a las que sucumben tantos infortunados, y cuántos regresan más pobres que cuando partieron...

-¿Será, pues, la miseria la que mató a nuestro tío? -preguntó Summy Skim.

-No -respondió el notario-, la carta no dice que se haya visto reducido a esa situación. Sucumbió al tifus, tan temible en ese clima y que hace tantas víctimas. Alcanzado por los primeros síntomas de la enfermedad, el señor Lacoste abandonó la parcela, volvió a Dawson City y allí murió. Como se sabía que era originario de Montreal, a mí me informaron de su deceso para que yo diera parte a la familia.

Summy Skim había adoptado una actitud de recogimiento. Pensaba en lo que había podido ser la situación de este pariente suyo durante una explotación que, sin duda, no fue fructuosa. ¿No había empleado sus últimos recursos después de haber comprado esa parcela, tal vez a un precio exorbitante, como lo hacían tantos prospectores sin prudencia? ¿No habría muerto incluso insolvente, endeudado con los trabajadores que había contratado? Hechas estas reflexiones, Summy Skim dijo al notario:

-Señor Snubbin, es posible que nuestro tío haya dejado tras él una situación muy difícil. Pues bien, y yo garantizo que mi primo no me desautorizará, nosotros jamás dejaremos que el nombre de los Lacoste, ese nombre que han llevado nuestras madres, se desprestigie, y si hay que hacer sacrificios, los haremos sin vacilar. Será necesario, pues, y cuanto antes, establecer un inventario...

-Perdón, pero tengo que detenerlo, querido señor -respondió el notario-. Yo lo conozco a usted y esos sentimientos no me sorprenden, pero no creo que sea necesario prever los sacrificios de los que usted habla. Que vuestro tío haya fallecido sin fortuna, es probable. Sin embargo, no olvidemos que era propietario de esa parcela de Forty Miles Creek, y esa propiedad tiene un valor que permitirá hacer frente a cualquier necesidad. Y bien, esta propiedad ahora es vuestra, suya y de su primo Ben Raddle, de modo indivisible, ya que vosotros sois los únicos parientes del señor Josías Lacoste con derecho a sucesión.

De todos modos el señor Snubbin convino en que habría que actuar con cierta prudencia. Esta sucesión sólo debería ser aceptada bajo beneficio de inventario. Se establecerían el activo y el pasivo, y entonces los herederos decidirían sobre esta herencia.

-Yo me voy a ocupar del asunto, señor Skim -añadió- y me informaré del mejor modo. En suma, ¿quién sabe? Una parcela es una parcela. Incluso si hasta ahora no ha producido nada o casi nada, todavía no lo sabemos todo. Basta un feliz golpe de piqueta para que los bolsillos se llenen, como dicen los prospectores3.

-Entendido, señor Snubbin -respondió Summy Skim-, y si la parcela de nuestro tío tiene algún valor, nos apresuraremos a venderla en las mejores condiciones.

-Sin duda -respondió el notario-, pero usted deberá estar de acuerdo en eso con su primo...

-Estoy seguro -replicó Summy Skim-, y no pienso que jamás se le pase por la mente a Ben explotarla él mimo.

-¿Quién sabe, señor Skim? El señor Ben Raddle es ingeniero. Quizás, tentado... Si, por ejemplo, él descubriera que la parcela de vuestro tío está situada sobre una buena veta...

-Yo le aseguro, señor Snubbin, que no irá ni siquiera a verla. Por lo demás, debe regresar a Montreal dentro de dos o tres días. Lo consultaremos al respecto, y le rogamos entretanto tomar las medidas necesarias, ya para vender la parcela de Forty Miles Creek al mejor postor, ya, lo que es posible y es lo que yo temo, para cumplir con los compromisos de nuestro tío en el caso de que hubiera estado endeudado.

Concluida la conversación, Summy Skim se despidió del notario, fijando su próxima visita para dentro de dos o tres días. Regresó a la casa de Jacques Cartier, donde habitaba junto con su primo.

Summy Skim era hijo de un hombre de origen anglosajón y de una madre francocanadiense. Esta antigua familia del país se remontaba a la época de la conquista de 1759. Establecida en el Bajo Canadá, distrito de Montreal, poseía un dominio de bosques, tierras y praderas, su principal fortuna.

De treinta y dos años de edad por entonces, de talla por encima de la media, la fisonomía agradable, la constitución robusta del hombre habituado al aire de los campos, los ojos de un azul oscuro, la barba rubia, Summy Skim ofrecía el tipo tan personal y simpático de los francocanadienses, que había heredado de su madre. Vivía en su propiedad sin preocupaciones, sin ambición, la existencia envidiable de un caballero hacendado en este privilegiado distrito del Dominion. Su fortuna, sin ser considerable, le permitía satisfacer sus gustos, poco dispendiosos por lo demás, y jamás hubiera sentido el deseo o la necesidad de acrecentarla. Amaba la caza y podía entregarse con toda libertad a ella en medio de las vastas llanuras del distrito, de los bosques llenos de animales que lo cubren en gran parte. Amaba la pesca y tenía a su disposición toda esa red hidrográfica de los tributarios y subtributarios del río Saint Laurent, sin hablar de los extensos lagos tan numerosos en las latitudes septentrionales de América.

La casa que poseían los dos primos, sin lujo, pero cómoda, estaba situada en uno de los barrios más tranquilos de Montreal, lejos del centro industrial y del comercio. Allí ambos pasaban, no sin esperar impacientes el retorno de la primavera, esos inviernos tan duros de Canadá, aunque el país esté situado en el mismo paralelo que el Mediodía de Europa. Los vientos terribles, que no detiene ninguna montaña, las borrascas cargadas del frío de la región ártica, se desencadenaban allí con extraordinaria violencia.

Montreal, sede del gobierno desde 1843, habría podido ofrecer a Summy Skim la ocasión de intervenir en los asuntos públicos. Pero, muy independiente de carácter, se relacionaba poco con la alta sociedad de los funcionarios y sentía un santo horror por la política. Además, se sometía de buena gana a la soberanía de Gran Bretaña, más aparente que efectiva. Jamás había tomado posición entre los partidos que dividen el Dominion4.

Desdeñoso del mundo oficial, era, en suma, un filósofo que hacía simplemente su vida, sin ambiciones de ningún tipo.

A su juicio, cualquier modificación en su existencia sólo le traería contratiempos, preocupaciones y disminución de su bienestar.

Se comprenderá, pues, que este filósofo jamás hubiera pensado en el matrimonio y que tampoco pensara ahora en eso, aunque treinta y dos años hubieran pasado ya sobre su cabeza. Quizás si su madre no le hubiera sido arrebatada -ya se sabe cómo las madres quieren perpetuarse en sus nietos-, tal vez le habría dado la satisfacción de tener una nuera. En este caso, no tengamos la menor duda al respecto, la mujer de Summy Skim habría compartido sus gustos. Entre esas numerosas familias de Canadá en que los niños sobrepasan a menudo las dos docenas, se le habría encontrado, ya en la ciudad, ya en el campo, la heredera que le hubiera convenido, y en tales condiciones esta unión habría sido feliz. Pero la señora Skim había muerto hacía cinco años, tres años después de su marido, y si desde hacía tiempo ella pensaba en una mujer para su hijo, éste no pensaba lo mismo, y con toda seguridad, ahora que su madre había desaparecido, jamás la eventualidad del matrimonio se le vendría a la mente.

Cuando la temperatura de este duro clima empezaba a suavizarse, cuando el sol, más matinal, anunciaba el próximo retorno de la buena estación, Summy Skim se preparaba para abandonar su casa de la calle Jacques Cartier, sin haber logrado todavía que su primo se decidiera a retomar tan pronto la existencia rural. Se dirigía entonces a la hacienda de Green Valley, a una veintena de millas en el norte del distrito de Montreal, en la ribera izquierda del Saint Laurent. Allí reencontraba la vida campestre, interrumpida por los rigores del invierno, que hiela todas las corrientes de agua y cubre todas las planicies con un espeso tapiz de nieve. Se veía en medio de sus campesinos, buenos hombres que desde hacía medio siglo estaban al servicio de la familia. ¿Y cómo estos hombres no habrían sentido un cariño sincero y una devoción a toda prueba por este amo bueno, servicial, dispuesto a hacerles cualquier servicio, aun a costa de sus intereses? No le escatimaban manifestaciones de alegría a su llegada, como no dejaban de manifestar su tristeza cuando partía.

La propiedad de Green Valley proporcionaba, fuera el año bueno o malo, unos veinte mil francos que se repartían los dos primos, pues el dominio tenía la calidad de indivisible, lo mismo que la casa de Montreal. Los cultivos se hacían en grande. El suelo era fértil en forraje y en cereales, y su rendimiento se añadía al de esos magníficos bosques que cubren todavía los territorios del Dominion, principalmente en su parte oriental. La hacienda comprendía un conjunto de construcciones bien acondicionadas y mantenidas; caballerizas, graneros, establos, patios, cobertizos; y poseía un material muy completo, muy moderno, como lo exigen hoy las necesidades de la agricultura. La casa del amo era un pabellón situado a la entrada de un vasto recinto tapizado de césped, a la sombra de unos árboles, y su sencillez no excluía la comodidad.

Tal era la residencia en que Summy Skim y Ben Raddle pasaban la primavera, y que el primero, por lo menos, no hubiera querido cambiar por ningún castillo señorial como los de los opulentos americanos. Modesta como era, su casa le bastaba y no pensaba ni en agrandarla ni en embellecerla, satisfecho de lo que la naturaleza ofrece por sí misma. Ahí transcurrían sus días, ocupados en ejercicios cinegéticos, y sus noches, favorecidas por un buen sueño.

Conviene insistir en el hecho de que Summy Skim era bastante rico con el producto de sus tierras. Las hacía producir con método y con inteligencia. Pero, aunque no permitía que su fortuna decayera, no se preocupaba en absoluto de acrecentarla, y por nada del mundo se hubiera lanzado en los negocios, que son tan variados en América, en las especulaciones comerciales e industriales, ferrocarriles, bancos, minas, sociedades marítimas y otras. No. Este hombre sabio sentía horror por todo lo que presenta riesgos o tan sólo dificultades.

Vivir siempre calculando las buenas y las malas oportunidades, sentirse a merced de eventualidades que no se pueden impedir ni prever, despertarse por la mañana con el pensamiento "¿Soy ahora más rico o más pobre que ayer?" le hubiera parecido horrible. Hubiera preferido no dormir o no despertar jamás.

Allí residía el muy marcado contraste entre los dos primos, del mismo origen canadiense. Que los dos hubieran nacido de dos hermanas, y que tuvieran sangre francesa en sus venas, no ofrecía ninguna duda. Pero si el padre de Summy Skim era de nacionalidad anglosajona, el padre de Ben Raddle era de nacionalidad americana, y existe con seguridad una diferencia entre el inglés y el yanqui, diferencia que se acentúa con el tiempo. Jonathan y John Bull, si son parientes, no lo son más que en un grado lejano, que no da derecho a la sucesión, y este parentesco, al parecer, terminará por desvanecerse enteramente.

Así pues, los dos primos, muy unidos por lo demás, si bien no imaginaban nada que pudiera separarlos en el futuro, no tenían los mismos gustos ni el mismo temperamento. Ben Raddle, de menor talla, moreno de cabellos y de barba, dos años mayor que Skim, no consideraba la existencia bajo el mismo ángulo que él. Se apasionaba por el movimiento industrial y científico de su época. Había hecho estudios de ingeniero y participado en algunos de esos prodigiosos trabajos en los cuales el americano busca triunfar por la novedad de las concepciones y la audacia de la ejecución. Al mismo tiempo, ambicionaba ser rico, muy rico, aprovechando esas ocasiones tan extraordinarias pero tan contingentes que no son raras en Norteamérica, sobre todo la explotación de las riquezas mineras. Las fabulosas fortunas de los Gould, de los Astor, de los Vanderbilt, de los Rockefeller, y de tantos otros que habían llegado a ser multimillonarios, sobreexcitaban su cerebro. De este modo, mientras Summy Skim sólo se desplazaba para sus frecuentes excursiones a Green Valley, Ben Raddle había recorrido los Estados Unidos, atravesado el Atlántico, visitado una parte de Europa sin haber podido convencer jamás a su primo de que lo acompañara. Acababa de llegar de un viaje bastante largo a ultramar, y, desde su regreso a Montreal, esperaba alguna ocasión, o más bien algún enorme negocio en el cual participar. Summy Skim podía temer, pues, que su primo fuera arrastrado a algunas de esas especulaciones por las que él sentía horror.

Por otra parte, hubiera sido lamentable que Summy Skim y Ben Raddle se hubieran visto obligados a separarse, pues se querían como hermanos, y si Ben Raddle lamentaba que Summy Skim no quisiera lanzarse con él en una empresa industrial, a Summy Skim le apesadumbraba que Ben Raddle no limitara su ambición a explotar el dominio de Green Valley, ya que éste les aseguraba independencia y, con la independencia, la libertad.

Línea divisoria

1. Michel Veme cambia casi todos los títulos de los capítulos. Aquí, lo reemplaza por “Un tío de América”, lo que es absurdo, ya que todos habitan en América.
2. El relato de este conmovedor drama es el tema de la novela Familia sin nombre, de la serie de Viajes extraordinarios. (Nota del autor)
3. El proverbio a que alude Verne implica un juego de palabras entre píoche (piqueta) y poche (bolsillo): Il suffit d’un heureux coup de pinche pour faire un heureux coup de poche. (N. del T.)
4. Dominion es el nombre de Canadá. (Nota del autor)

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