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El volcán de oro
Editado
© René Contreras
20 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
Indicador El legado de un tío
Indicador Los dos primos
Indicador De Montreal a Vancouver
Indicador Vancouver
Indicador A bordo del Football
Indicador Skagway
Indicador El Chilkoot
Indicador Al lago Lindeman
Indicador Del lago Benett a...
Indicador Klondike
Indicador En Dawson City
Indicador De Dawson City a la...
Indicador La parcela 129
Indicador La explotación
Indicador La noche del 5 al 6 de...
Segunda parte
(click encima para ver el contenido del volumen)

El volcán de oro (versión original)
Primera parte - Capítulo VII
El Chilkoot

Bill Stell tenía razón al preferir el paso del Chilkoot. El Paso Blanco, es verdad, se puede seguir en cuanto se sale de Skagway, mientras que el otro recién empieza en Dyea. Hay que dirigirse pues a este pueblo, que los emigrantes alcanzan fácilmente con gabarras aptas para remontar hasta el final el canal de Lynn.

He aquí lo que los viajeros tienen que hacer después de haber llegado al punto más elevado de los pasos: si han tomado el Paso Blanco, tienen que recorrer todavía cerca de ocho leguas en condiciones deplorables para llegar al lago Benett. Si han tomado el paso del Chilkoot, sólo les quedan cuatro leguas para alcanzar el lago Lindeman. Este lago mide sólo veintitrés kilómetros, y de su extremo superior por el río Caribú no hay más de tres kilómetros hasta el extremo inferior del lago Benett.

El paso del Chilkoot tiene una cuesta más empinada que el Paso Blanco, es verdad, y hay que subir un talud casi vertical de mil pies de altura. Pero resulta dificultoso sobre todo para los emigrantes, que arrastran un pesado impedimentum con ellos y, ya lo sabemos, éste no era el caso de los dos canadienses que iba a guiar el scout. Al otro lado del Chilkoot se encontrarían con una ruta convenientemente mantenida que desemboca en el lago Lindeman. Si hubieran tenido que transportar material de minero, es probable que Bill Stell les hubiera aconsejado tomar el Paso Blanco. Esta primera parte del viaje a través de la barrera montañosa del territorio no ofrecería, pues, grandes dificultades.

En cuanto al número de emigrantes que se dirigían hacia la región de los lagos, era tan considerable en un paso como en el otro. Había que contar por miles los que se arriesgaban a tales esfuerzos para alcanzar Klondike al comienzo de la campaña de explotación.

El 2 de mayo por la mañana, Bill Stell dio la señal de partida. Las dos monjas, Summy Skim y Ben Raddle, el explorador y los seis hombres que le servían tomaron la ruta del Chilkoot. Dos trineos tirados por mulas serían suficientes en esta parte del viaje, que terminaba en la punta sur del lago Lindeman, donde Bill Stell había establecido su posta principal. El recorrido no podía efectuarse en menos de tres o cuatro días en las circunstancias más favorables.

Uno de los trineos estaba destinado a las dos religiosas, que se instalaron en él bien envueltas por mantas y pieles que las protegían de una brisa extremadamente viva. Nunca imaginaron que su viaje se realizaría de esta manera, y reiteraban sus agradecimientos a Summy Skim, que se empeñaba en no escucharlos. Ben Raddle y él estaban realmente felices de poder serles útil facilitándoles el cumplimiento de su misión.

Por otra parte, el honrado Bill Stell no ocultaba la satisfacción que le producía ver que las religiosas hubiesen aceptado el ofrecimiento de sus compatriotas. ¿No era él también, como ellas y como ellos, de origen canadiense?

Además, el scout no había ocultado a la hermana Marta y a la hermana Magdalena con qué impaciencia se les esperaba en Dawson City. La superiora no podía cumplir con las exigencias del servicio, y varias religiosas se habían contagiado cuidando a los enfermos que llenaban el hospital, víctimas de diferentes epidemias. La fiebre tifoidea, en particular, asolaba por entonces la capital de Klondike. Sus víctimas se contaban por centenas. Estos desdichados emigrantes, después de haber dejado a tantos de sus compañeros en los caminos de Skagway a Dawson City, eran presa de las epidemias que permanentemente reinaban en ese lugar.

"Encantador país", se decía Summy Skim. "Y nosotros sólo iremos de pasada. Pero estas dos santas mujeres que, sin vacilar, van a desafiar tales peligros, y que quién sabe si nunca regresarán..."

No había parecido necesario llevar víveres para esta travesía del Chilkoot, cuyas pendientes son tan duras. El scout conocía, si no hoteles, por lo menos alojamientos, albergues de los más rudimentarios en los que servían comida y se podía pasar la noche. Es verdad, se paga medio dólar por la plancha que sirve de lecho, y un dólar por una comida que consiste siempre en tocino y pan a medio cocer. Sin embargo, la caravana de Bill Stell no estaría reducida a este régimen cuando atravesara la región lacustre.

El tiempo era frío. La temperatura se mantenía en diez grados bajo cero, con una brisa glacial. Pero por lo menos, cuando se internaran en el camino o huella, los trineos podrían deslizarse fácilmente sobre la nieve endurecida, no sin grandes esfuerzos de los animales de tiro, ya que la subida era empinada. Mulas, perros, caballos, bueyes y renos sucumbían allí en gran cantidad, y el paso del Chilkoot, como el Paso Blanco, se encuentra a menudo obstruido por sus cadáveres.

Al dejar Skagway, el scout se había dirigido hacia Dyea siguiendo la orilla oriental del canal de Lynn. Sus trineos, menos cargados que tantos otros que subían hacia el macizo, hubieran podido adelantárseles fácilmente. Pero los obstáculos eran prodigiosos: rutas bloqueadas por los que se retrasaban, vehículos de todo tipo atravesados o incluso volcados sobre el camino, animales que se resistían a continuar la marcha a pesar de los golpes y de los gritos, esfuerzos violentos de unos para abrirse paso, violenta resistencia de otros para oponerse, material que había que descargar y luego cargar sobre los vehículos que llegaban de Skagway, disputas y riñas en las que se intercambiaban injurias y golpes, a veces detonaciones de revólver. Ocurría también que los aperos de los trineos se enredaran unos con otros, y cuánto tiempo empleaban los conductores en desenredarlos, acompañados de los aullidos de esos animales semisalvajes... ¡Y todo eso en medio de las ráfagas, que causaban estragos en esos estrechos desfiladeros, en medio de los torbellinos de una nieve que en unos instantes forma una capa de varios pies de espesor!

La distancia que separa Skagway de Dyea generalmente la recorren los barcos del canal de Lynn en una media hora. Por tierra, a pesar de las dificultades de la marcha, esa distancia puede completarse en algunas horas. Antes del mediodía la caravana del scout había llegado a Dyea.

Dyea sólo era entonces una aglomeración de tiendas, más algunas casas o cabañas dispersas en la entrada del canal, allí donde se desembarca el material que los mineros deben transportar al otro lado del macizo.

En ese momento, no se habría podido calcular en menos de mil quinientos los viajeros que se apretujaban en este embrión de ciudad en el límite del paso del Chilkoot.

Bill Stell, con razón, no quería prolongar su alto en Dyea, deseoso de aprovechar el tiempo frío pero seco, que facilitaba el arrastre de los trineos. Lo mejor sería comer algo y luego internarse en el paso, de manera que pudieran pasar la noche siguiente en el campamento de Sheep Camp.

Al mediodía, el explorador y sus compañeros se pusieron de nuevo en camino. Las monjas habían vuelto a tomar su lugar en su trineo. Ben Raddle y Summy Skim iban a pie. Les hubiera sido difícil no admirar los paisajes salvajes y grandiosos que se presentaban en cada vuelta del desfiladero, esos macizos de pinos y de abedules cubiertos de escarcha que se alzaban hasta la cresta del talud, esos torrentes que habían resistido los efectos del frío y que saltaban tumultuosamente hasta el fondo de los abismos, cuya profundidad escapaba a la vista.

El Sheep Camp distaba de Dyea unas cuatro leguas, no más. Se podía llegar, pues, en algunas horas. El paso estaba constituido por rampas muy empinadas. Los animales de tiro marchaban al paso. Se detenían con frecuencia y no era sin dificultad que el conductor los obligaba a continuar la marcha.

Por el camino, Ben Raddle y Summy Skim conversaban con el scout. A una pregunta que le hicieron, éste contestó:

-Pienso llegar al Sheep Camp a las cinco o seis más o menos, y allí nos instalaremos hasta la mañana.

-¿Encontraremos un albergue donde nuestras dos compañeras puedan descansar un poco? -preguntó Summy Skim.

-Desde luego -respondió Bill Stell-. Sheep Camp es un lugar de descanso para los emigrantes.

-Pero -intervino Ben Raddle-, ¿no debemos temer que esté muy lleno de gente?

-No hay duda de que lo estará -afirmó el guía-. Además, sus albergues son poco atractivos. Quizás sea preferible levantar nuestras tiendas y pasar la noche en ellas.

-Señores -dijo sor Marta, que desde su trineo había escuchado la conversación-, nosotras no queremos ser motivo de molestia.

-¡De molestia, hermana! -respondió Summy Skim-. ¿En qué podrían ustedes molestamos? ¿No tenemos dos tiendas? Se les reservará una a ustedes. Nosotros ocuparemos la otra.

-Y con nuestras dos estufitas, que arderán hasta el amanecer -añadió Bill Stell-, no hay que temerle al frío, aunque sea intenso en este momento.

-Gracias, señores -dijo sor Magdalena-, pero cuando haya que viajar de noche no queremos que nuestra presencia sea un impedimento.

-Esté tranquila, hermana -declaró Summy Skim, riendo-. Tengan por cierto que no les ahorraremos ninguna fatiga ni ninguna molestia.

La caravana llegó a Sheep Camp hacia las seis. Los animales estaban agotados. Se les desenganchó inmediatamente, y los hombres del scout se ocuparon de darles de comer.

Bill Stell tenía razón cuando dijo que los albergues de esta aldea estaban desprovistos de toda comodidad. No eran mucho mejores que las hospederías en que la gente pobre pasa la noche. Además, no hubieran encontrado lugar en ellos.

Stell hizo levantar las dos tiendas al abrigo de los árboles, un poco en las afueras de Sheep Camp, para que no los perturbara el espantoso tumulto de la multitud.

En cuanto las tiendas estuvieron alzadas, se trasladó a ellas las mantas y las pieles de los trineos. Luego se encendieron los hornillos. Se contentaron con carne fría, pero por lo menos las bebidas calientes, té y café, no faltaron. Por fin, la hermana Marta y la hermana Magdalena, ya solas, se envolvieron en sus mantas una junto a la otra, no sin haber orado por sus generosos compatriotas.

En la otra tienda, la velada se prolongó en medio del humo de las pipas. Hicieron bien en poner los hornillos al rojo vivo, pues esa noche la temperatura descendió a diecisiete grados bajo cero.

Pensemos en los sufrimientos que debieron experimentar los emigrantes -varias centenas quizás- que no habían podido encontrar abrigo en esa aldea de Sheep Camp: mujeres, niños, ¡muchos de ellos agotados desde el comienzo del viaje y del cual no verían el término!

Al día siguiente, muy de mañana, Bill Stell hizo plegar las tiendas. Convenía partir al alba para adelantarse a la muchedumbre en el paso de Chilkoot.

Hacía el mismo tiempo seco y frío. El termómetro bajó más todavía. Pero cuán preferible era esto a las espesas ráfagas, a los torbellinos de nieve, a las violentas ventiscas, tan temibles en las regiones altas de Norteamérica...

Sor Marta y sor Magdalena fueron las primeras en abandonar su tienda. Transportaron ellas mismas su pequeño equipaje al trineo. Después de una primera colación, o más bien de algunas tazas de café o de té bien caliente, cada uno tomó su lugar en los trineos y las mulas reiniciaron la marcha bajo el látigo de los conductores.

La marcha no iba a ser más rápida que la víspera. La rampa se acentuaba a medida que el paso ascendía hacia la cumbre del macizo. El scout había hecho bien en emplear mulas y no perros como animales de tiro. Los perros se reservan para cuando los trineos bajan hacia el lago. No había suficientes mulas robustas para tirar los vehículos sobre ese suelo desigual, rocoso, surcado de carriles y que sería todavía más impracticable cuando se ablandara después de un alza de la temperatura.

Como el día anterior, Ben Raddle y su primo prefirieron hacer una parte del trayecto a pie, y varias veces las religiosas, a las cuales el frío entumecía, juzgaron oportuno imitarlos.

Siempre la misma muchedumbre hormigueante y tumultuosa, siempre los mismos obstáculos que hacían la huella del Chilkoot tan insufrible, siempre las detenciones forzadas, a veces largas, cuando algún trineo accidentado o un problema con los animales de tiro cortaban la ruta. En varias ocasiones el scout y sus hombres debieron llegar a las manos para abrirse paso.

Luego, triste espectáculo, no eran solamente cadáveres de animales los que se veían tirados, aquí y allá, al pie de los taludes. No era raro divisar a algún pobre emigrante, muerto por el frío y la fatiga, abandonado bajo los árboles, al fondo de los precipicios; no tendría ni siquiera una tumba. A menudo también familias, hombres, niños, incapaces de seguir más lejos, yacían sobre el suelo helado sin que nadie se preocupara de levantarlos. La hermana Marta y la hermana Magdalena, ayudadas por sus compañeros, trataban de socorrer a estos desventurados y de reanimarlos con un poco de aguardiente, del que su trineo llevaba una reserva. Pero, ¿qué más se podía hacer por ellos? O esos infortunados no habían tenido más remedio que subir a pie el Chilkoot, o los animales que los tiraban se habían dispersado por el camino, donde morían de fatiga y de hambre. Y no es raro tratándose de caballos, de mulas, de renos, animales a los que hay que proporcionar una ración habitual. Entre Skagway y la región de los lagos el forraje alcanzaba precios excesivos, cuatrocientos dólares los mil kilos de heno, trescientos dólares la avena. Felizmente, en este aspecto los animales del guía estaban suficientemente provistos, y no había temor de que les llegara a faltar alimento antes de alcanzar el lado septentrional del macizo.

En realidad, de todos esos animales de tiro los perros eran los que tenían la comida más asegurada. Podían satisfacer su hambre devorando los cadáveres de caballos y mulas que cubrían el paso, y que se disputaban aullando, hasta los últimos restos.

La ascensión continuaba lenta y fatigosa. Dos o tres veces cada cuarto de hora había que detenerse para abrirse paso entre la muchedumbre. En algunos lugares, en vueltas bruscas, el cruce era tan angosto que los pertrechos no lograban pasar. Sobre todo tenían problemas las embarcaciones desmontables que transportaban a los emigrantes, cuyos extremos excedían el ancho del sendero. Había que descargar el trineo y hacerlas tirar una a una por mulas o caballos. Ello suponía una pérdida de tiempo considerable y un obstáculo para los trineos que seguían.

Había además lugares donde la pendiente era tan empinada que el ángulo e inclinación sobrepasaba los cuarenta y cinco grados, y los animales se resistían a subir. Estaban herrados para el hielo sin embargo, y los dientes de sus herraduras dejaban profundas huellas en la nieve, manchada con gotas de sangre.

Hacia las cinco de la tarde, el scout detuvo la caravana. Sus extenuados animales no habrían podido dar un paso más, aunque su carga fuera relativamente liviana en comparación con la de tantos otros. A la derecha del paso se abría una especie de quebrada en la que crecían gran cantidad de árboles resinosos. Bajo su follaje las tiendas encontrarían un abrigo que quizás les permitiría resistir las borrascas que se anunciaban por el alza de la temperatura.

Bill Stell conocía este lugar, donde más de una vez había pasado la noche, y el campamento se organizó en condiciones normales.

-¿Teme alguna ráfaga? -le preguntó Ben Raddle.

-Sí, la noche viene mala -respondió Stell-, y todas las precauciones serán pocas contra estas tempestades de nieve que se precipitan aquí como en un embudo.

-Pero -observó Summy Skim-, estaremos relativamente seguros gracias a la orientación de esta quebrada.

-Por eso he escogido este lugar -respondió Bill Stell.

Y había acertado. La tormenta, que se levantó hacia las siete de la tarde y se prolongó hasta las cinco de la mañana, fue terrible. La acompañaban torbellinos que no permitían ver a cinco pasos. Costó un trabajo inmenso mantener en actividad los hornillos, pues la fuerza del viento devolvía el humo al interior y no era fácil renovar las provisiones de leña en medio de las ráfagas. Sin embargo, las tiendas resistieron, aunque Summy y Ben debieron permanecer en vela una parte de la noche por temor de que el viento se llevara la tienda de las monjas.

Fue precisamente lo que ocurrió con la mayoría de las tiendas levantadas fuera de la quebrada, a lo largo del talud, y cuando amaneció, se pudo apreciar la importancia del desastre. La mayoría de los animales de tiro había roto sus arreos y andaban dispersos en todas direcciones. Los trineos se habían volcado. Se veía algunos hasta en el fondo de los precipicios que bordeaban la ruta y en los cuales mugían los torrentes. No se les podría usar nunca más. Había familias que lloraban, que suplicaban una ayuda que nadie podría darles.

-Pobre gente, pobre gente -murmuraban las religiosas-. ¿Qué va a ser de ellos?

Pero el scout tenía prisa por abandonar el lugar e iniciar la próxima etapa hasta la cumbre del Chilkoot. Ordenó la partida, y la caravana retomó con lentitud el camino ascendente.

La borrasca había declinado al alba. Con la brusquedad que exhibe el termómetro en esas regiones elevadas, la temperatura había vuelto a caer a doce grados bajo cero.

Cubierto por una espesa capa de nieve, el suelo adquirió pronto una extrema dureza. Esta circunstancia permitía a los trineos deslizarse con facilidad, a condición de que las pendientes no fuesen demasiado empinadas, y Bill Stell pudo tranquilizar a sus compañeros sobre este punto.

Por lo demás, el aspecto de la región había cambiado. En tres o cuatro leguas no vieron bosques. Al otro lado de los taludes se extendían blancas llanuras cuya reverberación hería los ojos. Pero hubiera podido ser peor. Cuando la nieve está próxima a fundirse, suelen producirse casos de oftalmía. Los viajeros que están premunidos de anteojos azules se los ponen en la nariz. Los que no los tienen se ven en la necesidad de embadurnarse las cejas y los párpados con carbón de madera.

Eso hicieron Ben Raddle y Summy Skim por consejo del guía. Las monjas, que llevaban el rostro cubierto por la capucha, no estaban expuestas al peligro de la reverberación. Además, acurrucadas en su trineo y envueltas en sus mantas, no tenían necesidad de abrir los ojos.

Las religiosas, más habituadas a prodigar atenciones que a recibirlas, se mostraban muy conmovidas por las atenciones de sus compatriotas. Pero Summy Skim respondía siempre que no lo hacían por ellas sino por los enfermos de Dawson City.

-Por lo demás -repetía-, sin duda Ben y yo tendremos que ir alguna vez al hospital, y con ustedes estaremos bien seguros de recibir una buena atención. Es puro egoísmo de nuestra parte.

La tarde del 4 de mayo, la caravana hizo alto en la cumbre del paso del Chilkoot y el scout estableció allí su campamento. Al día siguiente se tomarían las medidas necesarias para efectuar el descenso por la vertiente septentrional del macizo.

La planicie, en ese lugar, estaba situada a una altura de (...) pies, inferior a la del Paso Blanco, que se calculaba en (...) pies.

Podemos imaginar lo que debían ser las dificultades en ese lugar enteramente descubierto y expuesto a todos los rigores del clima. Más de dos mil emigrantes lo ocupaban en ese momento. Allí organizaban los "escondrijos" para guardar una parte de su material. En efecto, el descenso se hacía con dificultades extremas, y había que transportar la carga por partes para evitar catástrofes. Todos esos hombres, a los cuales la visión de las parcelas auríferas de Klondike otorgaba una energía y tenacidad sobrenaturales, después de haber bajado hasta el pie de la montaña volvían a subir a la cumbre, recogían una segunda parte de sus pertrechos, bajaban y volvían a subir una vez más y así quince, veinte veces si era necesario, durante jornadas interminables. Los tiros de perros prestaban entonces un servicio inapreciable arrastrando los trineos. La mayoría de éstos se reemplazaban por pieles de bueyes, que se deslizaban más fácilmente sobre la nieve endurecida de las pendientes. Los vientos del norte soplaban con toda su fuerza en ese lado del Chilkoot y era espantoso luchar contra ellos. Pero todos estos desdichados veían delante de ellos las llanuras de Klondike. Se decían que esos territorios (...) fortuna (...) decepciones1.

Bill Stell y su caravana no tenían que prolongar su estancia en la cumbre ni establecer escondrijos, puesto que no llevaban más que su equipaje. No tendrían que volver a escalar el macizo, como los demás; sólo les quedaba recorrer una distancia de pocas leguas para llegar por fin al extremo del lago Lindeman.

Al día siguiente, el scout levantaría sus tiendas y sustituiría las mulas de los trineos por los perros que uno de sus hombres tenía en reserva en la planicie.

Las disposiciones se tomaron como de costumbre. Pero esa última noche fue de las peores. Bruscamente, la temperatura había subido y la tormenta recomenzó con nuevos bríos. Esta vez las tiendas no estaban, como en la víspera, al abrigo de una quebrada. Ni Summy Skim ni Ben Raddle ni las religiosas pudieron instalarse en ellas. Varias veces la ráfaga las arrancó de sus estacas y fue necesario plegarlas. De otro modo se las hubieran llevado los torbellinos de nieve. No hubo más que envolverse en las mantas y esperar filosóficamente la llegada del alba.

"En verdad", pensaba Summy Skim, "haría falta toda la filosofía de todos los filósofos antiguos y modernos para aceptar las abominaciones de este viaje, en especial teniendo en cuenta que nada nos obligaba a hacerlo".

En efecto, en los raros momentos de calma, en medio de una oscuridad profunda, en ausencia de toda hoguera -que hubiera sido imposible mantener-, estallaban los gritos de dolor y de terror, las más horribles imprecaciones. A los gemidos de los heridos, a quienes las ráfagas hacían rodar por el suelo, se mezclaban los ladridos, los relinchos, los mugidos de los animales despavoridos.

Amaneció. Bill Stell dio la señal de partida. Los perros fueron enganchados a los trineos, a los cuales nadie se subió, por prudencia. Solamente, por consejo del guía y siguiendo su ejemplo, los dos primos se pusieron tres pares de medias, unas sobre otras, y hubieran usado también mocasines, calzado que facilita mucho la marcha, si no hubieran temido que de este modo las dos monjas no hubieran podido seguirlos. Los mocasines son muy necesarios en las pendientes heladas, donde es muy difícil prevenir las caídas.

Sin embargo, gracias a las precauciones que tomaron y gracias también a la experiencia del explorador, el descenso se efectuó, si no exento de fatigas, por lo menos sin accidentes. Los dos trineos alcanzaron felizmente la llanura a la salida del paso de Chilkoot. El tiempo se había tornado más favorable, y el viento, menos vivo después de haber llegado al este. El termómetro subía, sin provocar un comienzo de deshielo que habría hecho más difícil la marcha.

A la salida del paso, una cantidad de emigrantes se había reunido a esperar la llegada de sus bártulos. El emplazamiento era amplio, y los obstáculos, menos considerables que en la planicie superior. Se extendían bosques alrededor y se podían levantar las tiendas con toda seguridad.

Allí pasó la noche la caravana. Al día siguiente reemprendía la marcha siguiendo un camino bien mantenido y, después de haber recorrido cuatro leguas, llegaba al mediodía cerca de la punta meridional del lago Lindeman.

Línea divisoria

1. Julio Verne deja en blanco dos líneas en las que pensaba describir la esperanza de la fortuna y la realidad de las decepciones.

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